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Un aniversario que no debemos olvidar: el martirio de Marco Antonio Bragadin (1571-2021)

La respuesta cristiana al tuvo lugar el 7 de octubre de ese mismo año en aguas de Lepanto, donde la flota turca fue aniquilada.

Marco Antonio Bragadin oficial militar de la República de Venecia, martirizado por los mahometanos.

Por Roberto De Mattei

Hay muchos personajes históricos que esperan ser elevados a los altares porque fueron muertos por odio a la fe y la civilización cristianas: Simón de Monfort (1170-12181), víctima de los herejes albigenses; la reina de Escocia María Estuardo, condenada a muerte en 1587 por Isabel Tudor; los reyes de Francia Luis XVI y María Antonieta, guillotinados en 1793 por los jacobinos y, por último, Marco Antonio Bragadino, heroico defensor de Famagusta, desollado vivo por los turcos en 1571. Este año se cumplen 450 de la victoria de Lepanto, y también del sacrificio de Marco Antonio Bragadino. La trágica muerte del patricio veneciano ha pasado a la historia gracias a un testigo ocular, Nestore Martinnegro (1547-1598), que en 1572 presentó a las autoridades de la República de Venecia una célebre relación titulada Asedio y conquista de Famagusta. Quienes deseen profundizar en el contexto religioso y político de este episodio podrán hacerlo en el libro Pio V. Storia di un Papa santo, que he publicado este año en la editorial Lindau.

Todo comenzó la noche del 13 al 14 de septiembre de 1569, cuando se oyó una estruendosa explosión en Venecia. El senado de la República atribuyó la responsabilidad a saboteadores a sueldo de Josef Nassi, acaudalado judío de origen portugués y enemigo jurado de la Serenísima República que vivía en Constantinopla y auzaba al sultán Selim II para que conquistara todas las islas del Egeo.

Selim II (1524-1574), que había sucedido a su padre Solimán el Magnífico a la cabeza del Imperio Otomano, decidió romper el acuerdo de paz con Venecia sellado en 1540, y reivindicó presuntos derechos sobre la isla de Chipre, colonia veneciana de gran importancia estratégica que era el único enclave cristiano aparte de Malta en un mar dominado por los turcos.

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Las autoridades de la República de Venecia se vieron ante un dilema: o abandonar Chipre o desafiar el poderío otomano renunciando a la política de conciliación con los turcos que la Serenísima había seguido en los últimos decenios. El 28 de marzo de 1570 Selim envió un embajador a Venecia para dar  un ultimátum: si no entregaban Chipre se les declararía la guerra. La conversación entre el emisario turco y el dux Pietro Loredan duró escasos minutos. «La República se defenderá confiando en la ayuda de Dios y en la fuerza de sus armas», declaró el anciano Dux. El lunes de Pascua se encomendó en la Basílica de San Marcos la bandera de combate a Girolamo Zane, capitán general del mar de la flota de la Serenísima. Venecia se disponía para la guerra.

El papa Pío V (1566-1572), que reinaba desde hacía cuatro años, se alegró con la noticia: la guerra supondría una oportunidad ideal para alcanzar la meta que se había fijado desde el principio de su pontificado, que era constituir una Santa Liga de príncipes cristianos para combatir al enemigo secular de la Fe católica. Estaba convencido de que lo que estaba en juego no eran solo los intereses de Venecia sino los de toda la Cristiandad.

Puede leer:  Algunas consideraciones sobre el pasado y sobre el presente.

Entre tanto, el 3 de julio de 1570 las tropas de Lala Mustaf’a Pachá (c.1500-1580) desembarcaron en Chipre y pusieron sitio a Nicosia, capital de la isla. La guarnición veneciana estaba integrada por 6000 hombres que se enfrentaban a 100.000 otomanos pertrechados con 1500 cañones y apoyados por unas 150 naves que bloqueaban la llegada de suministros y refuerzos. A pesar de la empecinada defensa, Nicosia sucumbió al cabo de dos meses; la guarnición fue masacrada y más de dos mil de sus habitantes fueron capturados y vendidos como esclavos. Con todo, Famagusta, principal plaza fuerte de la isla, quedó en manos venecianas.

Los turcos enviaron a los defensores de Famagusta la cabeza de Nicolò Dandolo, gobernador de Nicosia, a fin de amonestarlos para que se rindiesen. Pero los venecianos, capitaneados por el gobernador civil Marco Antonio Bragadino y el comandante militar Astorre Baglioni (1526-1571) estaban decididos a resistir contra viento y marea.

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En enero de 1571, el audaz comandante veneciano Marco Querini zarpó de Creta y forzó el bloqueo turco con dieciséis galeras, evacuó los civiles de Famagusta y reforzó la pequeña guarnición con municiones, víveres y 1600 hombres. Bragadino y Baglioni consiguieron resistir durante todo el invierno gracias a la excelente fortificación de la ciudad y a las sorpresivas incursiones que realizaban fuera de los muros en el campamento de los sitiadores. Los venecianos envenenaron los pozos exteriores de agua e hicieron creer que habían evacuado la ciudad, con lo que animaron al enemigo a acercarse sin tomar precauciones y le infligieron cuantiosas pérdidas.

Con la llegada de la primavera los ataques turcos se renovaron con cada vez mayor brío. Mientras tanto, Pío V consiguió formar su Liga Santa, integrada por los Estados Pontificios, España y la República de Venecia.

Bragadino no contaba ya sino con la llegada de los refuerzos cristianos, pero Mustafá, que temía otra desastrosa derrota como la que había sufrido cinco años antes en Malta, pidió más refuerzos y llegó a reunir 250.000 efectivos, frente a poco más de 2000 combatientes venecianos. Tras once meses de heroica resistencia, los bombardeos incesantes y el agotamiento de los víveres y municiones obligaron a Bragadino a decretar la rendición de Famagusta el 1º de agosto de 1571.

Lala Mustafá había prometido en un documento firmado que permitiría que los supervivientes abandonaran la isla embarcados en sus naves «con redoble de tambor, las enseñas desplegadas, artillería, armas y bagajes, y sus mujeres y sus hijos», a pesar de lo cual se deshonró con una infame traición. El 2 de agosto, Bragadino, acompañado de Astorre Baglioni y los otros representantes de la delegación veneciana fueron inmediatamente decapitados. A Bragadino lo esperaba una suerte peor: le cortaron las orejas y la nariz y pasó doce días recluido en una jaula bajo un sol ardiente con poquísima agua y comida. Al cuarto día, los turcos le propusieron la libertad a cambio de convertirse al islam, pero Bragadino rechazó con indignación la propuesta.

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El 17 de agosto, el comandante veneciano fue suspendido dl mástil de su propia nave y fustigado con más de cien latigazos, después de lo cual lo obligaron a portar sobre los hombros por las calles de Famagusta una enorme cesta llena de piedras y arena hasta que se desplomó. Entonces lo llevaron a la plaza principal, donde lo encadenaron a una columna y un renegado le puso un cuchillo en el hombro izquierdo y empezó a desollarlo vivo. El comandante veneciano soportó el martirio con heroísmo mientras invocaba el Miserere e invocaba el nombre de Cristo hasta que, con el busto y los brazos ya despellejados, exclamó: «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», y expiró. Eran las quince horas del 17 de agosto de 1571. El cuerpo de Bragadino fue seguidamente descuartizado y su piel rellena de paja y algodón; tras lo cual, vestida con las ropas del comandante, desfiló macabramente por las calles de Famagusta, para más tarde ser colgada del mástil de una galera que la llevó a Estambul como trofeo junto con las cabezas de los capitanes cristianos.

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La respuesta cristiana al tuvo lugar el 7 de octubre de ese mismo año en aguas de Lepanto, donde la flota turca fue aniquilada. La piel de Marcantonio Bragadino, sustraída en 1580 del arsenal de Estambul, fue llevada a Venecia y se venera como reliquia en la iglesia de los Santos Juan y Pablo tras el monumento al héroe veneciano. Marcantonio Bragadino merece figurar entre los bienaventurados del V Cielo del Paraíso descrito por Dante en la Divina Comedia, así como ser recordado entre las grandes figuras que han combatido por la fe en los últimos siglos desde los vandeanos hasta los cristeros. Tal vez un día la Iglesia lo canonice como mártir.

Traducido por Bruno de la Inmaculada para adelantelafe.com

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