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Por qué el Carlismo tiene que ser una Comunión y no un partido

De nuestra capacidad para coordinar sin imponer, de atraer y de aceptar la diversidad de vocaciones, competencias y funciones, dependerá su capacidad para ser simultáneamente germen de restauración social y recuperación de hábitos comunitarios

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Por Javier Urcelay

El Carlismo es más que un partido político. O tiene que ser diferente. De hecho, nunca ha gustado considerarse un partido político, aunque no haya tenido más remedio que constituirse como tal de cara a operar políticamente en el régimen partidista liberal.

El Carlismo pretende la restauración de la sociedad, para que los llamados cuerpos sociales intermedios sean el ámbito de la participación y el cauce de representación natural de los individuos y las familias, constituyendo un régimen orgánico o corporativo en el que los partidos políticos ideológicos actuales no tengan razón de ser. Propugna el reconocimiento de la soberanía social, complementaria de la soberanía política, tal y como magistralmente expuso Vázquez de Mella. O “más sociedad y menos estado”, en una formulación más sintética.

La obra de la Revolución ha sido destruir las sociedades, para dejar una escombrera con sólo dos realidades: el Estado -convertido en un nuevo Leviatán que hiperregula todos los aspectos de nuestras vidas- y una masa de individuos aislados e impotentes, sin más prerrogativa que depositar una papeleta en una urna cada cuatro años, que constituye el cheque en blanco que se otorga a las oligarquías de los partidos para que usurpen la representación popular.

Según el dictamen del llamado “principio de correlación orgánica”, a una sociedad así devastada, sólo puede corresponderle un régimen a la vez estatista e individualista como el actual, hecho a su medida. Por contra, un orden como el representado por la Monarquía tradicional, exige una ineludible labor previa de restauración social. Sin una sociedad viva y palpitante, no son posibles las libertades concretas -tan distintas de una libertad abstracta y puramente nominal-, ni es posible generar una verdadera democracia, entendida esta como la participación y representación del pueblo en las tareas de gobierno.

La Comunión Carlista debe ser exponente en su propia naturaleza de esta concepción social y orgánica, constituyéndose como una confederación de entidades sociales de distinto tipo, cada una llamada a una misión específica, y coaligadas todas en una unidad de propósito y una misma finalidad de restauración cristiana y orgánica de la sociedad. Es, después, toda esa energía social la que la Comunión debe vertebrar y articular para la batalla en los ámbitos del poder político.

Esta estructura orgánica interna, diversa, multiforme y plural, es la que confiere al Carlismo su carácter de Comunión, caracterizada por ser más que un partido político, una agrupación de personas unificadas por una comunidad de ideales, pero abierta a una diversidad de cometidos y responsabilidades. Diríase que la Comunión es así una orquesta, compuesta por distintos instrumentos, cada uno responsable de un cometido diferente pero unidos todos en la interpretación de una partitura común y coordinados por una dirección por todos aceptada. Representa así, a su escala, el equivalente de lo que sería, en la monarquía tradicional, la autárquica vida social del Reino sometida a la soberanía política de la Corona.

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La Comunión así concebida, es así, al mismo tiempo que una organización política, una de esas nuevas formas de comunidad -descritas por Rod Dreher en su famoso libro “La opción benedictina”- dentro de las cuales pueda continuar la vida moral, de tal modo que moralidad y civilidad sobrevivan a la época de barbarie y nuevo totalitarismo blando en la que se adentra el mundo moderno. Redes de relación humana, de apoyo y conocimiento mutuo, de fortalecimiento y de sostenimiento en nuestros principios religiosos y de derecho natural frente a la hostilidad ambiental.

Si “restaurar todo un mundo desde sus cimientos” es, como señalaba San Pío X, la tarea que corresponde a los cristianos de nuestro tiempo, no es menor la necesidad también de disponer de pequeñas ciudadelas, que al modo de pequeños oasis o reductos -como los antiguos monasterios benedictinos-, nos permitan sobrevivir al invierno de humanidad que se cierne sobre nosotros.

El Carlismo es un movimiento político, pero la lucha hoy no se sostiene sólo en el ámbito estricto de lo político. Es necesario librarla también en los terrenos de la educación y de la cultura, de la vida económica y del mundo profesional, de la comunicación, de las redes sociales, del ocio, e incluso en el interior de la misma Iglesia, también asaltada por las corrientes del relativismo. Para cada una de esas tareas hacen falta respuestas adaptadas a la naturaleza de la labor a realizar, y un partido político ni puede ni debe ser el instrumento universal.

Vivimos tiempos de manipulación de la verdad histórica, y del deliberado intento de reescribir el pasado desde un revisionismo inspirado en los presupuestos ideológicos de la llamada cultura Woke. También la historia del Carlismo es victima de esa tendencia a la deformación, el ocultamiento o la manipulación del pasado. Es obligación del Carlismo evitar esa profanación de la verdad y tutelar su patrimonio histórico, el de sus gestas, sus héroes y mártires, para evitar que caiga en el olvido o, aún más, para evitar que sea reescrito con distinto signo. Son los historiadores y los investigadores los que deben llevar a cabo labor, a través de estudios, publicaciones, conferencias y seminarios. No es labor de la Comunión como partido político, sino de Institutos Históricos, Fundaciones, editoriales, periódicos etc que puedan llevar a cabo esa labor. El “C.E.H.P General Zumalacárregui” o el Museo Carlista de Madrid son entidades apropiadas para cubrir esos frentes de manera más eficaz a como lo haría el partido político, que no debe lastrar su imagen -como hemos comentado anteriormente- enzarzándose en cuestiones de siglos pasados.

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La educación de la juventud y la siembra de nuevas vocaciones para la Causa es un aspecto fundamental de la renovación y perduración de la misma. Si no existiera una organización juvenil y campamental como “Cruz de Borgoña” habría que inventarla. Pero no se trata de succionar su impulso por parte de un partido político, sino de establecer un entendimiento coordinado para desarrollar mejor cada uno su tarea.

Otro tanto podría decirse de la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz como entidad canónica y de carácter religioso. Su papel es ofrecer alimento espiritual y calor fraternal para el mantenimiento del espíritu de Cruzada, proporcionando medios para la propia santificación y la vivencia personal y comunitaria de los ideales del Reinado de Cristo en nuestra patria. Tampoco es misión para un partido, ni debe su espíritu propio mediatizarse o subordinarse a intereses ajenos a su fin propio.

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O de Acción Social Empresarial, o de Abogados Cristianos, o del Instituto de Estudios Hispánicos Felipe II, o de la Real Orden de la Legitimidad Proscripta, o de las diversas fundaciones existentes, las universidades católicas, los medios de comunicación y las páginas web, las cofradías tradicionales, los círculos recreativos y culturales de todo tipo…

Y así podríamos proseguir con otros ejemplos, que mostraran que la Comunión debería entenderse, más que como un partido político, como una constelación de instituciones e iniciativas en distintos terrenos, orientadas todas ellas a la restauración del orden social cristiano y nuestra tradición nacional.

Una Comunión en la que caben diversidad de grupos y asociaciones, pero, sobre todo, en la que tienen que caber diversidad de gustos , de estilos, de preferencias por un ámbito de actuación u otro, de afinidades personales con una persona u otra. Porque la Comunión tiene que ser una anticipación y germen de ese orden social cristiano que se pretende, y no un grupo cerrado, excluyente y uniformado por un molde único.

El Carlismo tiene que poder hacer el papel de un partido político, porque ese frente -quizás el más evidente y acuciante- debe ser cubierto y en él hay que presentar batalla. Pero la Comunión no puede concebirse a si misma como un partido político al uso, ni pretender un tipo de organización férreo y monolítico como el de los partidos que sólo persiguen hacerse con el poder.

De nuestra capacidad para coordinar sin imponer, de atraer y de aceptar la diversidad de vocaciones, competencias y funciones, dependerá su capacidad para ser simultáneamente germen de restauración social y recuperación de hábitos comunitarios destruidos por el individualismo o el estado totalitario.

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Es tarea de todos reflexionar sobre qué virtudes serán necesarias para llevar a cabo esta labor; y evitar, por el contrario, aquellas actitudes de sectarismo, cerrazón, puritanismo, monopolismo o soberbia intelectual que tienen la capacidad de frustrarla.

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