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La matanza de frailes en Madrid en 1834

La degollación de los frailes, en San Francisco el Grande (Madrid). Reproducción de una obra de Ramón Pulido.
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Los dos grandes pecados de España son: el haber suprimido la masonería y el haber batido al comunismo en nuestro territorio (Francisco Franco Bahamonde)

No, no hay confusión. El tema de hoy trata de una matanza de frailes ocurrida 100 años antes de las sufridas durante la guerra civil, ambas alentadas, con toda seguridad, por  fraternales miembros de distintas ramas pero de un mismo tronco común masónico.

Situación política en España

La intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823 puso fin al Trienio liberal y dio paso a la llamada «Década Ominosa», en la que Fernando VII recuperó plenos poderes desde 1823 a 1833, pero sin retornar plenamente al Antiguo Régimen sino entroncando con el despotismo ilustrado de Carlos III. La reacción antiliberal fue menos fuerte que en la primera época, y ello provocó, en el marco de los problemas sucesorios, la división entre los «realistas puros», descontentos de la moderación del régimen y que apoyaron al hermano del Rey, Don Carlos María Isidro, y aquellos que respaldaron a Fernando VII y su apertura moderada.

Tras la muerte del rey el 29 de septiembre de 1833, el 3 de octubre de ese año se hizo público su testamento, en el que nombraba a su viuda, María Cristina de Borbón, Gobernadora del Reino durante la minoría de edad de su hija Isabel II, instituyéndose un Consejo de Gobierno que habría de asesorarla y que se encargaría de realizar la transición liberal. La regente trató de hacer las reformas mínimamente necesarias, primero con Cea Bermúdez al frente del gobierno quien en política exterior intentó mantener buenas relaciones con Portugal, Austria, Prusia y Rusia y en política interior mantuvo el absolutismo en una especie de despotismo ilustrado. Los liberales radicales no estaban dispuestos a permitirlo, querían un cambio de régimen y estaban decididos a recurrir a la violencia si era preciso.

A esto se unió el problema sucesorio, pues pronto se formó un grupo en torno a don Carlos, el hermano del rey difunto, dispuesto a proclamarle rey y mantener los fundamentos del Antiguo Régimen. Efectivamente, el infante don Carlos con el “Manifiesto de Santarem” (4 de octubre de 1833),se autoproclama rey de España, estallando la Primera Guerra Carlista. El ejército, de nuevo tiene un papel estelar y, parece que los primeros éxitos que estaba logrando el carlismo, con la entrada en España de don Carlos y las primeras victorias de Zumalacárregui tenían furiosos a los liberales, descontentos además, por las leves concesiones que les hacía el Estatuto Real de Martínez de la Rosa.

Influencia de las logias en dicha revolución

En España, ya el 2 de julio de 1751, el rey Fernando VI (1713-1759) prohibió[1] las Congregaciones de los Franc-Masones, actitud que será mantenida por Carlos III, quien, pese a su aureola de ilustrado, siendo Rey de Nápoles había prohibido la masonería bajo severas penas por considerarla «gravísimo negocio o perniciosa secta para el bien de Nuestra Santa Religión y del Estado”. Llegado el reinado de Fernando VII se caracterizó, entre otras cosas, por la particular virulencia de su combate antimasónico, aunque más que de una existencia organizada y continua de la Masonería, en la España del siglo XVIII, hay que hablar de la presencia esporádica y sin mayor trascendencia de algunas logias[2] que no tuvieron ninguna importancia ni continuidad, excepción hecha de las logias británicas situadas en Gibraltar[3] y Menorca[4].

En 1772, unos soldados holandeses de la Guardia Walona de Su Católica Majestad el Rey de España, constituyeron una logia, en Madrid, por mediación de «La Discrète Imperiale» de Alost, dependiente del Gran Maestre Provincial de los Piases Bajos, pero será Napoleón quien favoreció la ideología masónica en todo su imperio, así que cuando impuso a su hermano José en España, él y los jefes del ejército francés difundieron por todo el país las ideas de la Revolución Francesa. El resultado fue la creación de diversas logias masónicas en San Sebastián, Talavera de la Reina, Barcelona, Vitoria, Madrid, Santander, Salamanca, Gerona, Figueras, Santoña, Sevilla y Zaragoza que pertenecían al Gran Oriente de Francia, por lo que siguiendo su ideología anticlerical, impusieron la supresión de algunas órdenes religiosas.

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 En 1821, se fundó en Madrid «La Sociedad de Caballeros Comuneros«, con la intención de reformar la masonería española a la que se acusaba de depender excesivamente de las organizaciones masónicas extranjeras y ese mismo año se creó, también en Madrid, una tercera sociedad, «Los Carbonarios«, integrada asimismo por los liberales exaltados, que terminaría colaborando con «Los Comuneros«, a pesar de que unos y otros diferían en los medios a utilizar.

Por la represión de Fernando VII los masones y liberales que se exiliaron, acudieron en busca de apoyo a los Grandes Orientes extranjeros. La mayor parte se unieron al «Grande Oriente Lusitano Unido«; otras al «Grande Oriente de Francia«, al «Grande Oriente de Italia«, y,  las menos, a la «Gran Logia de Inglaterra» y al «Grande Oriente de Bélgica«. Con estos mimbres, en la sociedad se va construyendo dos tipos de discursos, naturalmente enfrentados: el masónico, sus ideas laicistas y anticlericales y el conservador que defiende valores tradicionales.

Causas de la revolución

Entre 1830 y 1835 una epidemia de cólera, que se había originado en la India hacia 1817, se extendió por toda Europa. A España llegó en enero de 1833, probablemente llevada por barcos ingleses a Vigo, que fue  la primera población afectada. A finales de año se había extendido por Andalucía y desde este foco o desde Portugal había pasado a Castilla traída por las tropas del general José Ramón Rodil y Campillo que combatieron a los miguelistas portugueses y a los carlistas. Al mismo tiempo se extendía por los puertos del Mediterráneo diseminada por un navío militar procedente de Francia. Durante los dos años que duró la epidemia causó más de cien mil muertos en toda España y medio millón de personas enfermaron. ​El ejército de Rodil, desde la frontera de Portugal, fue siguiendo el trayecto que llevó la epidemia de cólera que ya tenía a Andalucía aislada y a La Mancha con cercos sanitarios para protegerla a pesar de lo cual no se le impidió a Rodil la entrada en Madrid, desde donde iba a dirigirse al norte para relevar a las tropas del general Vicente Genaro de Quesada que no lograban controlar al ejército carlista. ​

En Madrid los primeros casos de cólera se dieron a finales de junio de 1834 y aunque el gobierno de Francisco Martínez de la Rosa negó su existencia, (¡cómo recuerda actitudes similares de gobiernos posteriores!), abandonó rápidamente Madrid el 28 de junio, junto con la regente María Cristina de Borbón- Dos Sicilias y la familia real, para refugiarse en el palacio de La Granja en Segovia. ​A esta sensación de desamparo por parte de los gobernantes, se sumó el calor del verano, el incremento de los precios de los alimentos y los rumores de inminentes ataques carlistas, lo que aumentó el descontento popular. ​ El día 15 de julio llegaba la noticia a Madrid de que el ejército de Rodil tampoco había logrado contener a los carlistas y que el pretendiente Carlos María Isidro de Borbón había entrado en España proclamándolo en un manifiesto desde Elizondo el 12 de julio de 1834. ​

Justo el día en que llegaron a Madrid estas malas noticias para los cristinos sobre la marcha de la primera guerra carlista, la epidemia se recrudeció, “muriendo los enfermos a centenares, con las circunstancias horrorosas compañeras de tan cruel plaga”, según relata Alcalá Galiano.​ Los principales afectados eran los habitantes de los barrios más empobrecidos donde habían fallecido más de quinientas personas diarias desde el día 15. Al terror del pueblo se unió su decepción y descontento por la huida de la familia real y el gobierno al palacio de La Granja, en Segovia, donde parece que no había llegado el cólera, dejando a los más humildes de su pueblo abandonados a su suerte.                                      

Los liberales radicales descontentos además, por las leves concesiones que les hacía el Estatuto Real de Martínez de la Rosa y los triunfos que tenía el ejército carlista por el que temían una vuelta al absolutismo y la persecución contra ellos, decidieron entonces, así lo afirma Menéndez Pelayo, precipitar la revolución en las calles. De modo que lanzaron el rumor por Madrid de que la causa de la epidemia era el envenenamiento de las fuentes públicas, ya que a muchas personas el cólera se manifestaba después de beber agua, según relata un testigo y aseguraron que los autores del envenenamiento habían sido los frailes; sobre todo culpaban a los jesuitas a quienes también se acusaba posteriormente de haber disparado desde los conventos contra las masas que se dirigían hacia ellos  y de estar  relacionados con el apoyo que los religiosos daban a los carlistas.​

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Según la narración de La Fuente: “El cólera hacía estragos en Madrid y en los pueblos inmediatos: la noche del 16 de julio estaba tempestuosa, y el calor era asfixiante, la epidemia crecía… en tropel de milicianos urbanos y plebe se dirigieron dando gritos de: «¡Viva la república, mueran los frailes!» de convento en convento. En medio del silencio de la noche y de los relámpagos… un malvado pasaba y repasaba por la calle de Toledo y de los Estudios, cantando al son de una »mala guitarra esta horrible y satánica copla:

Muera Cristo,

Viva Luzbel,

Muera D. Carlos,

Viva Isabel.”

Hasta el Presidente del Consejo de Ministros de entonces Don Francisco Martínez de la Rosa, reconoció: “Fue público y notorio que aquella catástrofe fue obra de las sociedades secretas para precipitar la revolución y arrojar del mando al partido moderado; aprovechándose del terror que difundió la aparición repentina del cólera inventando lo del envenenamiento de las aguas, como tantas otras cosas absurdas se inventaron en otras capitales»:[5] (Barcelona, Zaragoza y Murcia, principalmente).

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Esto del envenenamiento que naturalmente no era cierto, sirvió para que la masonería, llevada por su afán laicista y anticlerical, tuviera mucho interés en propalar el bulo. Les venía muy bien  porque con ello, si la revolución culminaba en triunfo, conseguían:

*anular las pretensiones de don Carlos, su gran enemigo por cuanto era defensor de la Tradición y rechazaba las medidas que los liberales habían adoptado contra la Iglesia.

*eso podría significar un mayor acercamiento y poder en el gobierno de la Regente.

*al señalar como culpables de la epidemia de cólera a los jesuitas instigando al pueblo contra ellos[6] descubrieron lo fácil que resultaba soliviantar a la ciudadanía y encauzarla según sus intereses.

Era la primera vez que la Iglesia se veía sometida a las actitudes incontroladas de sus mismos fieles. Por desgracia, no será la última.

Los hechos

El primer suceso violento se produjo a las 12 del mediodía en la Puerta del Sol con el asesinato de un muchacho que por juego había arrojado tierra a la cuba de un aguador. Según cuenta Benito Pérez Galdós en Un faccioso más y algunos frailes menos (cap. xxvii), era travesura frecuente, que se «castigaba comúnmente a pescozones»,  pero que en aquella ocasión se tomó como excusa para culpar a los frailes, aprovechando que el joven eracelador de los jesuitas.

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Tras los sucesos de la Puerta del Sol, el segundo hecho violento ocurre una hora después en la plaza de la Cebada donde un conocido realista es increpado y asesinado. A las cuatro de la tarde un religioso franciscano es atacado en una calle próxima, en la calle de Toledo.

A esas primeras horas de la tarde ya se habían formado diversos grupos integrados también por abundantes milicianos urbanos y algunos miembros de la guardia real que se habían congregado en la Plaza Mayor, en la Puerta del Sol y en la Plaza de la Cebada profiriendo gritos contra los frailes.​ Reunidos estos grupos se dirigieron al Colegio Imperial de San Isidro regentado por los jesuitas que fue asaltado a las cinco de la tarde. El pretexto, corroborar la versión que desde el día anterior había corrido sobre dos cigarreras de la cercana fábrica de tabacos a las que se acusaba de haber sido sorprendidas con polvos de veneno para echar en las fuentes y que, por supuesto, aseguraban que estaban pagadas por los jesuitas.

Dentro del convento matan a sablazos a unos, apresan a otros y los linchan en las calles laterales, desnudando y acribillando con escarnio los cuerpos moribundos. La tropa llega a la media hora nada menos que con el capitán general y superintendente de policía, Martínez de San Martín, experto en reprimir motines de los liberales exaltados durante el Trienio constitucional  en Madrid. Tomando partido, recrimina a los jesuitas el envenenamiento y busca pruebas del mismo, mientras siguen matando frailes a un palmo de su presencia.​ En total catorce jesuitas fueron asesinados.

El siguiente objetivo de los amotinados fue el convento de Santo Tomás de los dominicos en la calle de Atocha donde ya habían tenido tiempo de huir parte de los frailes. Allí además de matar a siete frailes en presencia de la tropa, que tampoco hizo nada por impedirlo, los amotinados realizan actos burlescos vistiéndose con ropas litúrgicas y formando una danza sacrílega que continuaron por las calles de Atocha y Carretas. (Actos similares volvieron a repetirse en España un siglo después)

Hacia las nueve de la noche fue asaltado el convento de San Francisco el Grande donde fueron asesinados cuarenta y tres frailes franciscanos (o cincuenta, según otras fuentes) en medio de escenas macabras, sin que los oficiales del regimiento de la Princesa que estaba acantonado en sus dependencias dieran la orden de intervenir a los más de mil soldados que lo componían. A las once de la noche fue atacado el convento de San José de los mercedarios en la actual plaza de Tirso de Molina, con el resultado de nueve o diez asesinatos más.

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Pasada la medianoche hubo conatos dispersos de asaltos a otros conventos, pero no hubo más víctimas. Quedaron, sin embargo, el resto de los frailes sumidos en el terror: algunos optaron por disfrazarse y refugiarse en casas de amigos, los capuchinos del Prado optaron por la heroicidad de abrir las puertas y esperar orando.

Se calcula que más de 100 personas, en su mayor número religiosos pero también varios seglares, fueron asesinadas ese día, de manera tan terrible que esos actos se conocieron como “el degüello” de los frailes. De los religiosos sabemos que en San Francisco el Grande, fueron asesinados, cuarenta y un franciscanos; en el Colegio Imperial de San Isidro murieron diecisiete jesuitas; en el convento de Santo Tomás, seis dominicos. Por último, en el de la Merced, siete mercedarios descalzos, conocidos, y otros cuatro cuyos nombres se ignoraban en la época. A los daños personales hay que añadir los destrozos materiales que las turbas causaron. La opinión pública recriminó ese oprobio al Gobierno, a las autoridades de Madrid; y a las sociedades secretas de francmasones y comuneros, como directoras del asesinato y a los carbonarios como instrumentos pagados y ejecutores. Los confederados isabelinos pertenecían a las tres ramas. Siempre supieron infiltrarse muy bien.


  • [1] Ese Decreto de 2 de julio de 1751 supuso el inicio de la legislación antimasónica en España
  • [2] La primera logia de la que se tiene noticia en España fue la fundada, el 15 de febrero de 1728, en la madrileña calle de San Bernardo, por el Duque de Wharton, con el nombre de «Las Tres Flores de Lys.
  • [3] Se constituyó el 9 de marzo de 1729. Llevaba el nombre de «Lodge of St. John of Jerusalem». Estaba registrada con el número 51, inmediatamente después de la de Madrid.
  • [4] Como consecuencia del Tratado de Utrecht la isla de Menorca, como Gibraltar, tuvo que se cedida al Imperio británico, pero durante 89 años continuará siendo disputada por británicos, franceses y españoles, período en el cual se crearon, casi todas en Mahón,  la Antigua Logia nº72, la Lodge de Fortitude nº141 y la Union Lodge nº 117. Al abandonar los ingleses la isla, se creó la Provincial Grand Lodge. Posteriormente, ya en el s XIX, aparece Amigos de la Humanidad nº 158, los Hermanos de la Humanidad y la logia de adopción Creación y el Mallete. Toda esta influencia masónica animó, por una parte la actividad evangélica y espiritista y por otra, el movimiento republicano federal.
  • [5] D. Vicente de La Fuente. Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España. Madrid, 1874.
  • [6] “El resultado de poco más de doce horas de violencia fue una orgía de sangre y venganza” como escribe  Javier Herrero, en  Los orígenes del pensamiento reaccionario español

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Escrito por

Licenciada en Geografía e Historia, fue profesora hasta su jubilación.

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