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Viviendo la Revolución

Lo que esta joven no sabía, de lo que no era consciente, es de que la revolución no solamente ya había llegado, sino que vivimos inmersos en ella.

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«Ha llegado el día de la revolución». Esta frase la pronunció una joven que conoció un servidor tiempo ha, en los años de la última gran crisis económica —ya saben, aquella que decía Zapatero que no existía—, allá por el 2010. Pero tranquilos. No se asusten. No están los bárbaros a las puertas. 

Uno puede realmente comprender a la chica en cuestión: una persona joven de verdad —ahora se llama joven a cualquiera que no chochee—, en la veintena; vital, apasionada; antifascista, anticapitalista, feminista; en su inocencia, incluso, ella pensaría que era también rebelde. Lo que viene siendo una idealista, vamos, una mística de la revolución, una persona que quiere cambiar las cosas. Ingenua, en realidad —y entendible a causa de su edad—, porque lo que esta joven no sabía, de lo que no era consciente, es de que la revolución no solamente ya había llegado, sino que vivimos inmersos en ella. Pasamos a explicarnos.

Bien, primeramente, ¿qué es una revolución? Entendemos por tal cosa un cambio sustancial, profundo, en el orden político, económico y/o social que viene dado, al menos en la imagen mental que casi todos tenemos formada, de forma violenta. Obviamente, previo al estallido revolucionario, se ha debido de producir ese mismo cambio sustancial y profundo en el orden del pensamiento, de las ideas, pues no hay árbol que no tenga raíz. Entendida así la revolución, cualquiera podría citar, cuando menos, las dos revoluciones más significativas y famosas de los últimos doscientos cincuenta años: la Revolución Francesa y la comunista. La primera es considerada, podríamos decir, la madre de todas las revoluciones, pues es la alumbradora inmediata del mundo que conocemos, la que parió y exportó el pensamiento moderno —el liberalismo— plasmado en el trilema libertad, igualdad, fraternidad

Ahora bien, la idea de este escrito no es tanto analizar en profundidad las diferentes revoluciones sino conocer propiamente la Revolución. Así, con mayúscula. La Revolución de la que hablamos no es una en concreto sino el proceso de socavamiento, desplazamiento y destrucción de la civilización cristiana con el objetivo último no sólo de apartar al hombre de Dios, sino de sustituirle. Es decir, la Revolución es, primariamente, antropológica, y sólo secundariamente será política, económica y social. Esta civilización cristiana que, como cualquier otra cosa donde se encuentre el hombre, era imperfecta, estaba fundada, en cambio, en unos pilares sólidos, en verdades, en certezas, y el hombre tenía claro el fin último de su vida, que era sobrenatural. El hombre de entonces tenía, pues, un norte, un destino al que llegar: la salvación y la vida eterna, Dios mediante. Pero como decimos, la imperfección es lo propio del hombre. Y en esas que, para corregir esas imperfecciones, apareció Lutero y la armó a base de bien. Difícilmente nos equivocaremos si afirmamos que el Protestantismo está en el origen de todas las revoluciones posteriores, la francesa incluida. Si bien había una erosión previa de la Cristiandad a causa de algunas herejías, con Lutero fue con quien se evidenció la ruptura. 

La cuestión es si la Revolución, que es esencialmente antropológica, como hemos dicho, puede triunfar o no, es decir, si puede conseguir su objetivo. Vamos a argumentarlo, por supuesto, pero podemos adelantar la conclusión: No puede. Y no puede por una razón muy sencilla, de perogrullo. El hombre no puede sustituir a Dios porque, en resumidas cuentas, NO ES DIOS. 

Y ahora pasamos a explicarnos.

La Revolución puede, y de hecho lo ha hecho ya, hacer caer a la civilización cristiana; puede convencer a la mayoría de que Dios no existe; y puede convencer al hombre de que la libertad, como decíamos, es equivalente a la satisfacción de sus deseos, al cumplimiento de su mera voluntad. Pero la Revolución, por mucho que lo pretenda, no puede endiosar al hombre y no puede triunfar plenamente porque parte de un error: ignora que la condición humana es inmutable desde que el hombre es hombre; ignora que, sin ser Dios, sí tiende hacia Él, le busca; ignora que el hombre es un ser material pero también espiritual y que busca un sentido a la existencia. Y ahí tienen la razón por la cual la modernidad ha parido —a partir de la raíz del liberalismo— tantas ideologías. Nacionalismo, anarquismo, comunismo, socialismo, fascismo… tanto da. Aisladas o sus combinaciones, no son otra cosa sino religiones civiles, sustitutos de la religión que intentan dotar de un sentido al mundo en que vivimos. Pero al seguir ignorando —o negando— la perenne condición humana y al seguir intentando crear un hombre nuevo, el resultado no puede ser otro que el fracaso y la frustración. La realidad siempre se acaba imponiendo, inexorablemente. Siempre. 

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La propia naturaleza relativista de la Revolución es la que provoca que esa búsqueda de sentido no acabe nunca. Al no tener certezas, al no tener verdades eternas, carece de fundamentos sólidos. Lo más que tiene son mitos, imágenes: la democracia, la ciencia, el progreso, la igualdad, la paz… Y al no tener un norte está condenada a ir a la deriva. Por eso Occidente produce lo que produce: majaras que creen ser extraterrestres, que creen ser perros, que creen ser niñas, que se implantan aletas de pez… Son casos extremos, es verdad, pero también el reflejo de nuestro tiempo.

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La progresiva descristianización de la sociedad por la Revolución ha ido minando también la resistencia de las comunidades. Los anarquistas, los comunistas y los fascistas de hace ochenta, noventa o cien años, siendo como eran hijos de la Revolución, no dejaban de estar insertados en una sociedad todavía cristiana, y eran gentes con determinación que no se andaban con pamplinas. En cambio, los supuestos revolucionarios de hoy en día abrazan todas las causas promovidas por las élites, y los demás, la gente corriente, la que quizá no tenga una conciencia política fuerte pero conserva un mínimo de sentido común y ve que el único progreso que hacemos es hacia el absurdo, está totalmente anestesiada. Ya se puede hundir el mundo a su alrededor que no piensan mover un dedo como no les afecte directamente. Así nos quiere la Revolución: castrados, sumisos, temerosos, callados; egoístas. Ganado.

En alguna ocasión hemos defendido que Occidente ha muerto. Vamos a hacer un ejercicio de optimismo y a caer en contradicción, y vamos a decir que aún respira, aunque sea con dificultad. Lo que es obvio es que Occidente está implosionando. No se puede vivir contra natura; lo acabaremos pagando. Las mujeres no tienen pene. El heteropatriarcado es una milonga. La igualdad es mentira —salvo en la dignidad de la persona misma—. La carne artificial no es carne. Los hombres no somos violadores en potencia. La democracia no es el gobierno del pueblo ni lo ha sido nunca. El aborto no es un derecho. Los gallos no violan a las gallinas. El mundo no se acaba. Izquierda y derecha no son enemigos reales sino las dos caras de la misma moneda. Los animales no tienen derechos. El arte moderno ni es arte ni es nada. Existen el bien y el mal y existe la verdad, no tu verdad.

Decíamos al principio que estén tranquilos, que los bárbaros no están a las puertas. Y no lo están. La cosa es que NOSOTROS SOMOS LOS BÁRBAROS. Nosotros nos hemos cargado la civilización al pretender subvertir el orden natural de las cosas. Y cuando otros más bárbaros aún se lancen definitivamente a por los frutos (materiales) del progreso, entonces, y sólo entonces, ya demasiado tarde, nos daremos cuenta de cuán imbéciles hemos sido. 

Lo Rondinaire

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