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La pancarta de la Revolución

Sólo el respeto al orden de la Creación y de la ley natural inscrita en el ser de las cosas podrán librarnos del negro futuro al que la Revolución está abocándonos.

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El concepto de Revolución es esencial en la doctrina tradicionalista, que a si misma se define como contrarrevolucionaria. Lo es también en el pensamiento católico, porque la Revolución no es, en su dimensión social, más que la manifestación del pecado.

Se trata, sin embargo, de una idea hoy distorsionada y no comprendida por la mayor parte de la gente, que interpreta la palabra Revolución como sinónimo de revolución, con minúscula, equivalente a algarada, desorden público o alteración brusca del orden legal establecido.

Tampoco, consiguientemente, la idea de Contrarrevolución es entendida, en buena medida por la propaganda comunista de los años 60 y 70 del pasado siglo, que usó este término para denunciar a los grupos paramilitares incontrolados que luchaban contra el castrismo o las revoluciones americanas por él inspiradas.

Sin embargo, mientras que aquella revolución, con minúsculas, triunfante en Cuba fue exponente de la Revolución, con mayúsculas, aquella contrarrevolución a tiros, a veces indiscriminados, poco o nada tenía que ver con la verdadera Contrarrevolución.

La Revolución debe entenderse como el proceso histórico que busca el trastocamiento del Orden Natural, es decir, el orden objetivo determinado por el ser de las cosas, y su sustitución por un nuevo orden creado a la medida del hombre. De ahí que por Contrarrevolución deba entenderse no una revolución de signo contrario, sino lo contrario de la Revolución, es decir, la reconstrucción del mundo desde sus cimientos, basados en la ley natural y la ley divina, en un orden externo y que nos viene dado, del que no somos fautores.

Responde este comentario inicial al texto de la pancarta portada en la cabecera de una de las manifestaciones a favor de la nueva ley trans introducida por el gobierno de Sánchez, y que pudimos ver en algún periódico: “Mi identidad no la decide nadie”.

Detrás de esta afirmación, cuya trascendencia probablemente escapa a sus propios responsables, se esconde esa rebeldía contra el Orden Natural que constituye la esencia de la Revolución. Y se rebela también la falsedad intrínseca en la que se basa. Por eso merece la pena que la dediquemos una pequeña reflexión.

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“Mi identidad no la decide nadie” equivale a ese “non serviam” que es el sustrato luciferino de la Revolución. Ni Dios, autor de la Creación, ni la propia naturaleza pueden imponerme nada, puesto que mi voluntad es la ley suprema, la única que reconozco. No tengo un autor, un creador, que me ha dotado de una naturaleza, a cuyas leyes tengo que atenerme. Ni siquiera existe una naturaleza autónoma y autocreada cuyas reglas tengo que respetar. No hay un ser objetivo de las cosas, que me impone unas normas que me vienen dadas, y que sólo puedo humildemente aceptar. Soy yo el nuevo Ser Supremo, y es a mi a quien me corresponde dictar lo que es bueno y lo que es malo, lo que debe ser y cómo debe ser cada cosa.

Resulta inevitable ver en ello la resonancia de aquella primera tentación a nuestros primeros padres: si coméis del fruto prohibido, seréis como dioses. Es decir, poseeréis la ciencia del bien y del mal.

Los trans -que como personas cuentan con todo mi respeto- que reivindican ser dueños absolutos de su propia identidad, han recogido el espíritu interno de la Revolución, y lo han aplicado a su deseo de imponerse a la propia realidad biológica de su naturaleza. No han hecho más que seguir la estela de lo que antes se aplicó en otros ámbitos: respecto al origen de la autoridad, a la constitución de la sociedad, a las leyes de los ecosistemas, a la naturaleza del amor humano, el matrimonio y la familia… Diríase que, derribados los muros exteriores, la Revolución llega ya al último reducto que quedaba por trastocar, la naturaleza del propio yo, la autoproclamación de la soberanía autónoma sobre mi propia identidad.

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Pero esa pancarta de “Mi identidad no la decide nadie”, muestra al tiempo la falacia de la Revolución, la falsedad en la que se basa, el espejismo que la dota de pies de barro y la mentira que, en definitiva, e irremediablemente, la condena al fracaso. Porque la Revolución es como una bicicleta, que si deja de pedalear se cae.

Es falso que nadie decida la identidad, como hombre o mujer, de una persona trans: lo hacen los cromosomas de todas las células de su órganos y tejidos; lo hace el código genético que regula toda la actividad biológica de sus cuerpos, incluidas las funciones neuronales, y hasta donde se quiera pensar que estas afectan a nuestras funciones superiores. Lo hace el tratamiento hormonal que modifica los caracteres sexuales secundarios, o la cirugía que lleva a cabo una ficción de cambio de sexo. Lo hacen las leyes civiles de ingeniería social que, a capricho de mayorías, les inscriben en un registro de hombre o mujer, o les imponen condiciones de un tipo u otro para consumar sus deseos.

Nada hay, de hecho, más irreal que afirmar que “nuestra identidad no la decide nadie”, nada más fantasioso que creer que basta con creernos algo para convertirlo en realidad. Basta interrumpir durante una temporada el tratamiento hormonal para que toda la quimera levantada se nos venga abajo. Nuestra identidad biológica depende de todo, menos de nuestra voluntad. Nos es dada, por Dios, por la naturaleza, por la biología, por la genética, por la endiablada combinación de las bases nitrogenadas de los ácidos desoxirribonucleicos de nuestros cromosomas, por el estado atómico de las moléculas de nuestro organismo…por lo que usted quiera, menos por nosotros mismos.

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Una falsedad de base que es aplicable a todas las propuestas de la Revolución: porque detrás de la pretensión de expulsar a Dios y a la ley natural de nuestras vidas, de crear un hombre superior y una sociedad nueva, no se vislumbra un mundo mejor, sino la realidad de muerte y desolación que trajo consigo el pecado y cuyos trazos, sombríos y tenebrosos, se vislumbran en el horizonte de esta humanidad doliente del primer tercio del siglo XXI.

Podemos negar la naturaleza de las cosas, pero no por nuestra ceguera o locura esta desaparece ni deja de operar.

Sólo el respeto al orden de la Creación y de la ley natural inscrita en el ser de las cosas podrán librarnos del negro futuro al que la Revolución está abocándonos.

Ley natural o autodestrucción, ese es hoy el dilema.

Nada sin Dios.

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Javier Urcelay
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