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Daniel Miguel López: “El llamado Nuevo Orden Mundial no es más que la hegemonía de las potencias anglosajonas”

La Unión Europea no tiene potencia geopolítica como muestra su vasallaje a Estados Unidos.

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(Una entrevista de Javier Navascués) –

Daniel Miguel López Rodríguez (Huelva, 1980) es Licenciado en filosofía por la Universidad de Sevilla. Máster de Filosofía y Cultura Moderna. Doctor en Filosofía (Sobresaliente Cum Laude) bajo la tesis titulada «Materialismo y espiritualismo. La crítica del materialismo filosófico al marxismo-leninismo» e Investigador asociado a la Fundación Gustavo Bueno. Autor de “La Revolución de Octubre y el mito de la revolución mundial”, así como de numerosos artículos en la revista “Posmodernia. Recientemente ha publicado en 2021 “El coronavirus y el 8 de marzo”.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre la historia del globalismo?

Porque es un tema que siempre me interesó mucho desde que lo conocí a raíz de la publicación en 2004 de La vuelta a la caverna. Terrorismo, guerra y globalización de Gustavo Bueno. El libro de Bueno, además de esclarecedor, era demoledor con la ideología de la Globalización oficial. Por tanto, al introducirme en estos temas con Bueno, nunca fui víctima del mito de la globalización. El «virus» del globalismo no me enfermó porque ya estaba «vacunado».

Pero el libro de Bueno era más bien una filosofía de la globalización y me pareció oportuno escribir una historia del globalismo, es decir, de las instituciones que defienden la globalización (y las que yo trato Bueno no citaba en su libro, y esa sería precisamente mi aportación).

Entonces la distinción que hace Bueno entre globalización positiva (que es realmente existente a través de los medios de comunicación y transporte) y la globalización aureolar (que aspira a una unificación de la humanidad a través de un sistema de gobernanza mundial, o directamente mediante un «Estado Mundial») me pareció muy potente, como otras clasificaciones que expone Bueno que también se aplican en mi libro, para entender la trama de las instituciones globalistas (lideradas por la plataforma anglosajona) y sus implicaciones con la globalización positiva que sí es efectiva y que, salvo hecatombe mundial (como pueda ser una guerra nuclear) es algo irreversible (esté la cosa más o menos interconectada).

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A su vez, me pareció importante, dada la confusión y oscuridad general que hay sobre estos temas, explicar la trama de las instituciones globalistas (Mesa Redonda, Chatham House, CFR, Club Bilderbrerg, Comisión Trilateral) criticando las teorías de la conspiración mundial, que diagnostico como «conspiranoicas». Y al mismo tiempo arremeto contra el oficialismo ingenuo o más bien hipócrita.

Es un libro de filosofía de la historia de la globalización crítico con el llamado «Nuevo Orden Mundial» que ni conspiranoicos ni oficialistas quieren que el público lea. Es un libro incómodo tanto para los unos como para los otros. Pero en filosofía rigurosa, al margen de retórica y demagogia, lo que se pretende es ser rigurosos y no complacientes.

¿Cuál es la principal filosofía que hay detrás del Nuevo Orden Mundial?

La principal crítica que en el libro hago del llamado «Nuevo Orden Mundial» es su monismo, es decir, su fantasiosa pretensión de querer unificar la multiplicidad política que recubre el globo terráqueo en un sistema de gobernanza mundial.

Respondiendo a su pregunta, la filosofía de los «nuevoordenmundialistas» es, pues, el monismo, que plantea la realidad geopolítica como si algún día fuese posible que todo estuviese relacionado y conectado con todo, como si los países del planeta algún día se unificasen bajo un solo Estado. Cuando, si nos damos un baño de realidad, lo que necesariamente se impone es la pluralidad, la cual implica discontinuidad (frente al continuismo más o menos armónico de la filosofía monista).

Aquí está la crítica a la teoría de la conspiración mundial que, necesariamente, al menos desde nuestra óptica materialista pluralista, es conspiranoica, esto es, disparatada, descabellada y por ende imposible; frente a la necesidad prácticamente irreversible (salvo, insisto, por hecatombe mundial) de la globalización positiva.

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¿Por qué se pregunta si existen sociedades con poderes omnímodos sobre la humanidad, cuando para muchos es evidente?

Esos «muchos» (y realmente lo son, aunque todavía son muchos más los oficialistas, porque controlan los principales medios de comunicación) tienen la evidencia que podían tener los hombres de la Antigüedad o la Edad Media, esto es, la evidencia de que el Sol gira en torno a la Tierra porque veían como salía por el Este y se ponía por el Oeste. Entonces era algo de sentido común, porque era lo que creían la inmensa mayoría de los mortales, al verlo con sus propios ojos. Pero desde hace unos siglos sabemos que eso es un disparate astronómico, por mucho que sigamos viendo cómo el astro rey sale por un horizonte y se precipita por el otro.

Para algunos es evidente que el mundo está controlado, o está en camino de ser controlado (de ahí lo de idea aureolar), por una camarilla de magnates que mueven los hilos a su antojo. Y a su vez creen que los demás seres humanos, prácticamente toda la humanidad, somos ganado. Pero el mundo es demasiado grande para estar en manos de una camarilla, por muy multimillonarios que sean sus miembros.

Lo que podemos llamar «época globalista», es decir, cuando los globalistas dominaron el mundo (no como Estado mundial sino como hegemonía mundial) a través de Estados Unidos como superpotencia unipolar, va desde la caída de la Unión Soviética hasta el apogeo de China y la remilitarización de Rusia en los últimos años, ha mostrado que el mundo es multipolar, pues aun con todo el poderío que tenía Estados Unidos tras el derrumbe soviético, no ha sido posible imponer un Estado mundial, que es tanto como hablar de un Imperio Universal (de hecho, la paraidea de Estado Mundial es una redefinición de la también paraidea o idea-límite de Imperio Universal, que plantearon tanto españoles, Imperio Católico, como los británicos).

Estados Unidos no ha podido homologar la democracia al resto del planeta, poniendo así el «fin de la historia», como decía Fukuyama en 1989 con su famoso artículo y en 1992 con su libro El fin de la historia y el último hombre. La pluralidad y las discontinuidades de la geopolítica real se han impuesto inexorablemente.

¿Cuáles son las principales sociedades mundialistas y cómo funcionan?

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Las principales instituciones mundialistas (en el libro, siguiendo a Gustavo Bueno, se hace una distinción entre «globalización» y «mundialización» que aquí no podemos exponer) son los think tanks más influyentes geopolíticamente hablando: el Royal Institute of International Affairs del Reino Unido (la Chatham House), el Council on Foreign Relations de Estados Unidos, el Grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral. Estas son las principales organizaciones que el mundo anglosajón (en alianza con las élites europeas a través del Bilderberg y también con las japonesas mediante la Trilateral) pone como palancas de su dominio internacional.

Funcionan discretamente aunque no son tampoco un completo secreto. De hecho todas estas organizaciones (que si bien son muy semejantes no son exactamente lo mismo) tienen su página web y todo el mundo a poco que investigue sabe que existen y que están ahí, y que tienen su influencia, que a veces es enorme. Eso sí, desconocemos los planes y programas que en sus reuniones y congresos llevan a cabo, aunque a veces y a través de testigos presenciales se filtran informaciones.

¿Por qué tienen como objetivo común establecer el llamado Nuevo Orden Mundial?

El llamado Nuevo Orden Mundial no es más que la hegemonía de las potencias anglosajonas que se sirven de estas instituciones, de los mencionados think tanks, para imponer su hegemonía mundial. Creen que sin su orden vendría el caos. «O nosotros o el caos», podría ser su lema. Es lo que Bueno llama mito apotropaico, pues los globalistas creen que sin su orden mundial, el orden mundial de las potencias anglosajonas (principalmente de Estados Unidos, aunque no hay que olvidar al Reino Unido dadas las riquísimas familias que allí hay, como la familia Rothschild), lo que vendría sería el caos mundial.

Este mito apotropaico lo dice expresó muy bien en 1997 Zbigniew Brzezinsky, la mano izquierda de David Rockefeller, en su libro El gran tablero mundial: «Las consecuencias perjudiciales de la explosión de la población, las migraciones motivadas por la pobreza, la urbanización radical, las hostilidades étnicas y religiosas y la proliferación de armamento de destrucción masiva pasarían a ser incontrolables si el marco existente y subyacente basado en los Estados naciones -pese a su rudimentaria estabilidad política- pasara a fragmentarse. Sin una participación estadounidense sostenida y directa, antes de mucho tiempo las fuerzas de desorden global podrían dominar la escena mundial. Y la posibilidad de tal fragmentación es inherente a las tensiones geopolíticas, no sólo a las de la Eurasia actual sino a las del mundo en general».

¿Por qué no se ha podido instaurar el Nuevo Orden Mundial?

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Viendo lo que ha pasado en estas tres décadas tras la caída de la Unión Soviética es evidente que una sola superpotencia no puede quedarse con todo el poder mundial. La dialéctica se impone, porque es la misma realidad. En cambio, sí podríamos hablar de un nuevo orden mundial positivo, como lo fue una vez que el mundo dejó de estar dividido en dos bloques, dos superpotencais, tras el derrumbe soviético. Entonces, como decía Bush padre, se instauraba un nuevo orden mundial («a new world order»), esto es, el orden mundial de Estados Unidos como única superpotencia. Pero a este orden mundial le sucedió otro orden mundial en el que otras potencias compiten con Estados Unidos. El espectáculo de las dialécticas de Imperios continúa.

Muchos afirman que el experimento de la pandemia global estaba encaminado a ese fin.

Si los globalistas han pensado que con una pandemia tal y como la que hemos vivido en estos dos años y medios iban a imponer el Gobierno Mundial entonces son más ingenuos de lo que yo pensaba.

Ahora bien, eso es algo que le han atribuido teóricos que yo denomino como «conspiranoicos». Eso sí, hay que advertir, porque ocultarlo sería una impostura y los conspiranoicos me señalarían con toda la razón de desinformador, que el 18 de octubre de 2019 se celebró en Nueva York el Evento 201, un simulacro de pandemia de un coronavirus que saldría de Brasil y que acabaría con la vida de 60 millones de personas que organizaron el Instituto John Hopkins, la Fundación Rockefeller, la Fundación Bill y Melinda Gates y el Foro de Davos, es decir, los globalistas.

¿Casualidad?

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Los hay que dicen que en política, y menos aún en geopolítica y globalismo, no existen las casualidades. No obstante, no hay pruebas de que haya causalidad entre el Evento 201, o los organizadores del mismo, con la pandemia de COVID-19.

El origen del virus viene a ser algo así como un misterio guardado en un secreto envuelto en un enigma. Podría ser perfectamente natural o no. Nadie se pone de acuerdo y hay versiones dispares. En mi libro El coronavirus y el 8 de marzo (Adarve, 2021) suspendo el juicio. Ignaramus, ignarabimus?

¿Cuál es el escenario geopolítico actual y sobre todo que considera que nos puede deparar el futuro?

El escenario g

Daniel Miguel López: “El llamado Nuevo Orden Mundial no es más que la hegemonía de las potencias anglosajonas”

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Daniel Miguel López Rodríguez (Huelva, 1980) es Licenciado en filosofía por la Universidad de Sevilla. Máster de Filosofía y Cultura Moderna. Doctor en Filosofía (Sobresaliente Cum Laude) bajo la tesis titulada «Materialismo y espiritualismo. La crítica del materialismo filosófico al marxismo-leninismo» e Investigador asociado a la Fundación Gustavo Bueno. Autor de “La Revolución de Octubre y el mito de la revolución mundial”, así como de numerosos artículos en la revista “Posmodernia. Recientemente ha publicado en 2021 “El coronavirus y el 8 de marzo”.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre la historia del globalismo?

Porque es un tema que siempre me interesó mucho desde que lo conocí a raíz de la publicación en 2004 de La vuelta a la caverna. Terrorismo, guerra y globalización de Gustavo Bueno. El libro de Bueno, además de esclarecedor, era demoledor con la ideología de la Globalización oficial. Por tanto, al introducirme en estos temas con Bueno, nunca fui víctima del mito de la globalización. El «virus» del globalismo no me enfermó porque ya estaba «vacunado».

Pero el libro de Bueno era más bien una filosofía de la globalización y me pareció oportuno escribir una historia del globalismo, es decir, de las instituciones que defienden la globalización (y las que yo trato Bueno no citaba en su libro, y esa sería precisamente mi aportación).

Entonces la distinción que hace Bueno entre globalización positiva (que es realmente existente a través de los medios de comunicación y transporte) y la globalización aureolar (que aspira a una unificación de la humanidad a través de un sistema de gobernanza mundial, o directamente mediante un «Estado Mundial») me pareció muy potente, como otras clasificaciones que expone Bueno que también se aplican en mi libro, para entender la trama de las instituciones globalistas (lideradas por la plataforma anglosajona) y sus implicaciones con la globalización positiva que sí es efectiva y que, salvo hecatombe mundial (como pueda ser una guerra nuclear) es algo irreversible (esté la cosa más o menos interconectada).

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Puede leer:  Policía, bomberos, militares dimitidos por mandato de vacunas. ¿Es este el plan de China para destruir Estados Unidos?

Es un libro de filosofía de la historia de la globalización crítico con el llamado «Nuevo Orden Mundial» que ni conspiranoicos ni oficialistas quieren que el público lea. Es un libro incómodo tanto para los unos como para los otros. Pero en filosofía rigurosa, al margen de retórica y demagogia, lo que se pretende es ser rigurosos y no complacientes.

¿Cuál es la principal filosofía que hay detrás del Nuevo Orden Mundial?

La principal crítica que en el libro hago del llamado «Nuevo Orden Mundial» es su monismo, es decir, su fantasiosa pretensión de querer unificar la multiplicidad política que recubre el globo terráqueo en un sistema de gobernanza mundial.

Respondiendo a su pregunta, la filosofía de los «nuevoordenmundialistas» es, pues, el monismo, que plantea la realidad geopolítica como si algún día fuese posible que todo estuviese relacionado y conectado con todo, como si los países del planeta algún día se unificasen bajo un solo Estado. Cuando, si nos damos un baño de realidad, lo que necesariamente se impone es la pluralidad, la cual implica discontinuidad (frente al continuismo más o menos armónico de la filosofía monista).

Aquí está la crítica a la teoría de la conspiración mundial que, necesariamente, al menos desde nuestra óptica materialista pluralista, es conspiranoica, esto es, disparatada, descabellada y por ende imposible; frente a la necesidad prácticamente irreversible (salvo, insisto, por hecatombe mundial) de la globalización positiva.

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Esos «muchos» (y realmente lo son, aunque todavía son muchos más los oficialistas, porque controlan los principales medios de comunicación) tienen la evidencia que podían tener los hombres de la Antigüedad o la Edad Media, esto es, la evidencia de que el Sol gira en torno a la Tierra porque veían como salía por el Este y se ponía por el Oeste. Entonces era algo de sentido común, porque era lo que creían la inmensa mayoría de los mortales, al verlo con sus propios ojos. Pero desde hace unos siglos sabemos que eso es un disparate astronómico, por mucho que sigamos viendo cómo el astro rey sale por un horizonte y se precipita por el otro.

Para algunos es evidente que el mundo está controlado, o está en camino de ser controlado (de ahí lo de idea aureolar), por una camarilla de magnates que mueven los hilos a su antojo. Y a su vez creen que los demás seres humanos, prácticamente toda la humanidad, somos ganado. Pero el mundo es demasiado grande para estar en manos de una camarilla, por muy multimillonarios que sean sus miembros.

Lo que podemos llamar «época globalista», es decir, cuando los globalistas dominaron el mundo (no como Estado mundial sino como hegemonía mundial) a través de Estados Unidos como superpotencia unipolar, va desde la caída de la Unión Soviética hasta el apogeo de China y la remilitarización de Rusia en los últimos años, ha mostrado que el mundo es multipolar, pues aun con todo el poderío que tenía Estados Unidos tras el derrumbe soviético, no ha sido posible imponer un Estado mundial, que es tanto como hablar de un Imperio Universal (de hecho, la paraidea de Estado Mundial es una redefinición de la también paraidea o idea-límite de Imperio Universal, que plantearon tanto españoles, Imperio Católico, como los británicos).

Estados Unidos no ha podido homologar la democracia al resto del planeta, poniendo así el «fin de la historia», como decía Fukuyama en 1989 con su famoso artículo y en 1992 con su libro El fin de la historia y el último hombre. La pluralidad y las discontinuidades de la geopolítica real se han impuesto inexorablemente.

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Las principales instituciones mundialistas (en el libro, siguiendo a Gustavo Bueno, se hace una distinción entre «globalización» y «mundialización» que aquí no podemos exponer) son los think tanks más influyentes geopolíticamente hablando: el Royal Institute of International Affairs del Reino Unido (la Chatham House), el Council on Foreign Relations de Estados Unidos, el Grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral. Estas son las principales organizaciones que el mundo anglosajón (en alianza con las élites europeas a través del Bilderberg y también con las japonesas mediante la Trilateral) pone como palancas de su dominio internacional.

Funcionan discretamente aunque no son tampoco un completo secreto. De hecho todas estas organizaciones (que si bien son muy semejantes no son exactamente lo mismo) tienen su página web y todo el mundo a poco que investigue sabe que existen y que están ahí, y que tienen su influencia, que a veces es enorme. Eso sí, desconocemos los planes y programas que en sus reuniones y congresos llevan a cabo, aunque a veces y a través de testigos presenciales se filtran informaciones.

¿Por qué tienen como objetivo común establecer el llamado Nuevo Orden Mundial?

El llamado Nuevo Orden Mundial no es más que la hegemonía de las potencias anglosajonas que se sirven de estas instituciones, de los mencionados think tanks, para imponer su hegemonía mundial. Creen que sin su orden vendría el caos. «O nosotros o el caos», podría ser su lema. Es lo que Bueno llama mito apotropaico, pues los globalistas creen que sin su orden mundial, el orden mundial de las potencias anglosajonas (principalmente de Estados Unidos, aunque no hay que olvidar al Reino Unido dadas las riquísimas familias que allí hay, como la familia Rothschild), lo que vendría sería el caos mundial.

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Este mito apotropaico lo dice expresó muy bien en 1997 Zbigniew Brzezinsky, la mano izquierda de David Rockefeller, en su libro El gran tablero mundial: «Las consecuencias perjudiciales de la explosión de la población, las migraciones motivadas por la pobreza, la urbanización radical, las hostilidades étnicas y religiosas y la proliferación de armamento de destrucción masiva pasarían a ser incontrolables si el marco existente y subyacente basado en los Estados naciones -pese a su rudimentaria estabilidad política- pasara a fragmentarse. Sin una participación estadounidense sostenida y directa, antes de mucho tiempo las fuerzas de desorden global podrían dominar la escena mundial. Y la posibilidad de tal fragmentación es inherente a las tensiones geopolíticas, no sólo a las de la Eurasia actual sino a las del mundo en general».

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Viendo lo que ha pasado en estas tres décadas tras la caída de la Unión Soviética es evidente que una sola superpotencia no puede quedarse con todo el poder mundial. La dialéctica se impone, porque es la misma realidad. En cambio, sí podríamos hablar de un nuevo orden mundial positivo, como lo fue una vez que el mundo dejó de estar dividido en dos bloques, dos superpotencais, tras el derrumbe soviético. Entonces, como decía Bush padre, se instauraba un nuevo orden mundial («a new world order»), esto es, el orden mundial de Estados Unidos como única superpotencia. Pero a este orden mundial le sucedió otro orden mundial en el que otras potencias compiten con Estados Unidos. El espectáculo de las dialécticas de Imperios continúa.

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¿Casualidad?

Los hay que dicen que en política, y menos aún en geopolítica y globalismo, no existen las casualidades. No obstante, no hay pruebas de que haya causalidad entre el Evento 201, o los organizadores del mismo, con la pandemia de COVID-19.

El origen del virus viene a ser algo así como un misterio guardado en un secreto envuelto en un enigma. Podría ser perfectamente natural o no. Nadie se pone de acuerdo y hay versiones dispares. En mi libro El coronavirus y el 8 de marzo (Adarve, 2021) suspendo el juicio. Ignaramus, ignarabimus?

¿Cuál es el escenario geopolítico actual y sobre todo que considera que nos puede deparar el futuro?

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El escenario geopolítico actual, marcado por la pandemia (que a ver si termina) y la guerra de Ucrania, ni que decir tiene que es muy complicado.

Ya no vivimos en el mundo unipolar en el que Estados Unidos era la única superpotencia una vez derrumbado el gigante con pies de barro soviético. Ahora seguimos teniendo a Estados Unidos como superpotencia (desde luego) pero China ya se puede decir, y desde hace unos años, que es una superpotencia (al menos en lo económico y en lo tecnológico). Y Rusia está demostrando que hay que contar con ella en el escenario geopolítico, como no puede ser de otra manera tratándose de una superpotencia nuclear (posiblemente la mayor del mundo).

Vivimos, pues, en un mundo tripolar, esto es, con tres superpotencias desiguales: Estados Unidos, China y Rusia. Aunque también hay que contar con el Reino Unido y con la India (un país con 1.300 millones de habitantes y con bomba nuclear).

La Unión Europea no tiene potencia geopolítica como muestra su vasallaje a Estados Unidos. Con la guerra de Ucrania esto se ha hecho más evidente (si es que cabía más evidencia, porque ésta ya era notable).

Sobre el futuro a largo plazo no voy a decir nada porque no soy profeta, pero a corto plazo no hace falta ser profeta para pronosticar que lo tenemos muy difícil. España está sometida a la UE (que no es más que el eje franco-alemán) y ésta a su vez -como digo- está sometida a Estados Unidos. Mucho tendrán que cambiar las cosas para encontrar una salida no tan desastrosa a esta crisis. Pero como el futuro está vacío… Pues ya se verá.

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Por Javier Navascués

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Javier Navascues Perez

Periodista y guionista. Productor del canal Agnus Dei. Colaborador en diversos medios de comunicación católicos (El Correo de España, Infocatólica, NSE, EWTN, Radio María, Canal San José, Ahora de la Información …)

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