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La Hispanidad en la hora de su encrucijada

La Hispanidad no habrá salido definitivamente de su crisis, sino cuando afronte triunfalmente el mayor de los peligros que la acechan, que es el naturalismo, la negación radical de los valores del espíritu.

Patria: palabra que en el labio adquiere, si quien la pronuncia lo hace desde la desnuda entraña, vibración de saeta y resonar de bronce antiguo. Palabra que, tras Dios, y Padre y Madre, llega a nuestros oídos de chiquillos para completar esa cuarteta alada de nuestros amores infantiles; aquellos que, al final del día, resultan los más puros, los más ciertos. 

“Dulce y bello es morir por la patria” (1) se permitía aconsejar el poeta latino a sus juventudes, ya algo renuentes a bélicas empresas; y Tirteo, bardo guerrero por excelencia, imprecaba a sus compatriotas espartanos en inflamados dísticos(2): 

“Tú a la batalla por el patrio suelo
valiente corre, y por tus hijos muere;
deja de infame vida el torpe anhelo.”

Si la afección hacia la patria, tal como la que se tributa a los padres y a la propia progenie, impele a tales muestras de supremo sacrificio, como la de ofrendar, generosa, la propia vida en plena juventud, bien se puede sustentar estas disquisiciones iniciales sobre el hecho, rotundamente probado a lo largo de la historia, de que tal palabra corresponde a una entidad real, entrañable, esencial, digna de inspirar las acciones más sublimes que nacer puedan de los humanos pechos.

Sea propicio este exordio para enfrentar, con probabilidades verosímiles de éxito, el tema que interesa a estas líneas: el porvenir de la Hispanidad.

Decía, a mediados de aquella década crucial del siglo XX que fuera la de los dramáticos 30, don Ramiro de Maeztu, adalid por entonces de la Reconquista espiritual del pueblo español, en las resonantes líneas de su Defensa de la Hispanidad, que “la Hispanidad no habrá salido definitivamente de su crisis, sino cuando afronte triunfalmente el mayor de los peligros que la acechan, que es el naturalismo, la negación radical de los valores del espíritu”.

Pues bien, esta nuestra renaciente Hispanidad, que pareciera tornar con inusitado empuje, a constituirse en patria mayor de cerca de setecientos millones de personas de este orbe desnortado, se halla hoy en la encrucijada lúcidamente predicha por aquel ilustre, y nobilísimo, varón de las Españas. 

¡Congratulémonos por ello! Como movimiento espiritual, como posibilidad de reencuentro histórico y como fuente de inspiración política, la Hispanidad ha llegado, tras el paso de dos largas centurias de obliteración, al momento auroral de su fulgurante reaparición en la historia. ¡La Hispanidad está aquí, está presente, vive! No es ya el fantasma evanescente de aquella Edad Dorada del Imperio, invocado intrépidamente por Maeztu, animado por las imprecaciones vigorosas del Padre Zacarías de Vizcarra, defendido por la recia esgrima lógica de don Manuel García Morente, rescatado valientemente para la historiografía americana por Vasconcelos en México, por Julio Carlos González en la Argentina y por otros cronógrafos más en cada una de las naciones surgidas de la gesta de Colón, y elevado, en fin,  a categoría de venero poético mayor por aquel vate fugado del Olimpo que fuera el americano (y, al final, tan español) Rubén Darío. 

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La Cruz de los Austrias, la misma que izaran, por sobre el estridor y el incendio de las armas, los Tercios de España que forjaron su leyenda en aquella Europa de los Siglos de Oro, vive una segunda, y ¿quién sabe? quizá definitiva reconquista de los alcázares perdidos, ondeando desafiante, robusta, inflamada, en manos de los biznietos de aquellos que la combatieron y loaron su infortunio. Tal hecho, de por sí desasido de toda lógica pedestre e ilación superficial, arremete contra quienes se empeñan en negar, prisioneros de contumaz ceguera, la intervención de una Providencia superior en los aconteceres humanos. Esa Providencia Divina, cuya mano inasible, acalla las tormentas del devenir y actúa como silenciosa levadura que fermenta las portentosas masas de pensamiento que se alzan por sobre las falacias impuestas por la esperpéntica tramoya de los hechos aparentes: esa Providencia divina, que una vez llegadas al punto de su eruptiva inflamación, conduce esas ígneas masas del espíritu hacia la luz reverberante de su explosión histórica para pasmo de los incautos, terror de los centinelas del status quo, aliento de los exánimes y vuelta al ruedo de los rendidos y dolientes. Con muy plausible certeza, pues, para la Hispanidad toca ya a fin la hora de la elegía, y adviene, centelleante, la llamada gloriosa a la epopeya. 

Una epopeya espiritual que no necesariamente bélica (aunque, tal como es debido, las armas permanezcan en vela); obra extensa, y aún de ignoradas rutas, que habrá de suscitar, puntualmente, sus campeadores y paladines, sus trovadores y heraldos tanto aquí como allá, en cualquier punto del ancho y generoso territorio comprendido en el ámbito unificador de Hispania. Una epopeya que requerirá valor y esfuerzo sobrehumanos, temple de cruzados y corazón de hidalgos de antiguo cuño, de aquellos que hincaban la rodilla tan solo ante el Señor, y si repetían este gesto ante sus reyes, lo hacían porque estos representaban, genuinamente, a Aquél, y a Aquél servían desde sus elevados asientos. Una epopeya que, ya en el transcurso de este breve lapso de gimnasia dialéctica pre-bélica, ha logrado plantar sus banderas en campo adversario y ascender mediante formidables escalas a las almenas capturadas, desde hace más de dos centurias, por las huestes de los conjurados enemigos de España.

Pero, tras esta necesaria congratulación, sigue el reclamo, la protesta imperativa de nobleza, de claridad de intención, doctrina y acción de esta nueva empresa de los hijos del Cid y de Pelayo, de Santa Teresa y de Isabel de Castilla. ¿Cuál es el sentido de esta protesta, el porqué y el para qué de estos recelos? 

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La respuesta es sencilla: porque la Hispanidad no ha surgido de la Nada. Pero ha surgido sí de un hontanar profundo, enclavado entre peñascos de vigorosa roca, al costado de la cual se alza una ermita, y en la ermita una cruz, y en la cruz una razón para toda sinrazón. Enunciada de la manera más recta posible, la encrucijada inscrita en esta inquisición de capital importancia es esta: O la Hispanidad es la prolongación histórica de esa humilde cruz o no es la Hispanidad. En palabras más universales: O la Hispanidad es católica o no es Hispanidad.

Es así. La Hispanidad no podrá ser nunca un dubitativo Hamlet de tercer acto que fatigue las escaleras de arriba abajo y de abajo arriba, dudando entre el ser o el no ser, entre la acción o el pasotismo, coqueteando cual moza casadera con pretendientes adictos a hábitos ideológicos tan disímiles entre sí -aunque paradójicamente convergentes en su animadversión esencial hacia la sustancia misma de España -como el liberalismo a la inglesa (protestantismo elevado a ciencia sociológica por Weber), la socialdemocracia a la escandinava (nihilismo llevado hasta sus últimas consecuencias) o el nacionalismo de campanario (según la prístina adjetivación debida a don Marcelo Gullo) de nuestras repúblicas americanas adictas al demagógico brebaje del taumatúrgico y dionisiaco “Libertador” Simón Bolívar. 

Así es, y no puede ser de otra manera. Si la Hispanidad se desviare de ese rumbo, tal vez llegará a tener nombres o adjetivos coyunturales que suenen vagamente a hispánicos, pero sustancia ninguna, forma tampoco, y finalidad, pues quién sabría y a quién le importaría. Si pretendiere ser fiel a sí misma, a sus principios y a su razón de ser, a su logos, la Hispanidad no podrá ser inclusiva, en el sentido que hogaño ha adquirido esa palabra. Tendrá forzosamente que apuntar a un rumbo, uno solo, y reclutar a aquellos que estén convencidos de que ése, sólo ése y no otro, es el Camino. No serán tal vez los mejores, quizá ni siquiera los más aptos; pero serán los que crean en lo que siempre ha creído España, a saber, en una Fe, una Tradición y un Reino…todos ellos representados en la humilde cruz ante la cual se han persignado los hidalgos guerreros de ayer y de siempre. La cruz de Nuestro Señor Jesucristo, la que inspiró a la más noble de las Reinas a alentar la más osada empresa que el mundo haya conocido, y a confiar en aquel obstinado, y a veces bastante díscolo, Almirante de la Mar Océano; la misma cruz que trajera a nuestras latitudes solares la única luz que le hacía falta, la que diera, al fin, sentido a tanta belleza, a tanto Edén desperdiciado: la luz de la Estrella de Belén, signo luminoso del sobrehumano misterio del Niño Dios encarnado. 

Sin esa luz venida a nosotros desde la patria celestial, no habría para los hispanos del mundo entero, ninguna razón para encender la llama en esta noche oscura. Seríamos más de lo mismo, que es lo mismo que decir que no seríamos nada. Seríamos liberalismo matizado de hispánico, socialdemocracia maquillada, nacionalismo tuerto, tercerposicionismo descafeinado, cualquier cosa, menos lo que podríamos y deberíamos ser. 

Roguemos, pues, que pluguiere a Dios,  Nuestro Señor, librarnos de tales errores y dotarnos de la sabiduría requerida para hallar la angosta senda que ha de conducirnos a su reino de paz, justicia y caridad verdaderas. Esas que el Mundo ha jurado, en su soberbia, desconocer y combatir. Esas mismas que aquellos frailes y guerreros que se llamaban Lope, Juan, Sancho, Gonzalo, Martín, Fernando, Hernán, Rodrigo, tras haber rezado ante aquella solitaria ermita rocosa, se afanaron en llevar por el orbe entero como semillas de verdad, de vida eterna y de esperanza. Quiera Dios que tal sea la Hispanidad a la cual seamos llamados. Así, y solo así, valdrá la pena luchar por ser escogidos.

(1)dulce et decorum est pro patria mori: Verso de Quinto Horacio Flaco (65 a.C.-8 d.C.) en Carmina Liber III, 2, 13.

(2)Tirteo, Canto I, traducción de José del Castillo y Ayensa (1795-1861).

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