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Ratzinger y los discursos que lo hicieron Papa

Días atrás había muerto Juan Pablo II, dejando al mundo en orfandad. Después de esas homilías, la del “Sígueme” de Jesús y contra la “dictadura del relativismo”, la nueva roca en la cual asirse debía ser para muchos Ratzinger.

(Gaudium Press) Es claro: decir que sus brillantes homilías, primero en la Misa de Exequias del Difunto Pontífice Romano,  el 8 de abril del 2005 –ante el cuerpo de Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro–, y luego en la misa Pro Eligendo Pontifice (para la elección del Romano Pontífice) –que marcaba el inicio del cónclave el 18 de abril–, lo ‘convirtieron en Papa’, es más que una exageración.

Pero a muchos, las palabras que salieron entonces de la boca del Decano del Cuerpo Cardenalicio, los convenció o terminó de convencer de que –entre otras cosas– no había nadie que tuviese una visión más exacta de la situación de la Iglesia de Cristo y del camino a seguir, en la senda del Papa polaco.

Pocos días atrás había muerto Juan Pablo II, dejando al mundo con un altísimo patrón, y también en una gran sensación de orfandad. Todos buscamos de donde asirnos, ‘de donde agarrarnos’, y para muchos, después de esa homilías, esa roca sin duda debería ser Ratzinger, el guardián de la fe.

A continuación algunos apartes de estas dos históricas piezas (los subtítulos son de la redacción de Gaudium Press). El 19 de abril, un día después de la segunda homilía, ya no sería uno de los 115 purpurados habilitados como electores en la Iglesia Romana, sería el 265º sucesor de Pedro, uno de los pocos papas alemanes de toda la historia:

Extractos Homilía en la Misa de Exequias del Difunto Pontífice Romano – 8 de abril de 2005

“«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II.”

“«Sígueme». Cuando era un joven estudiante, Karol Wojtyla era un entusiasta de la literatura, del teatro, de la poesía. Trabajando en una fábrica química, circundado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus estudios en la facultad teológica de la Universidad Jagellónica de Cracovia”.

Al ser Juan Pablo II elegido obispo auxiliar de Cracovia, “Dejar la enseñanza universitaria, dejar esta comunión estimulante con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven sacerdote. «Sígueme»: Karol Wojtyla aceptó, escuchando en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. Y así se dio cuenta de cuanto es verdadera la palabra del Señor: «Quien pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará viva»”.

“«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia: «Simón de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas». A la pregunta del Señor: Karol, ¿me amas?, el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su corazón: «Señor, tú lo sabes todo: Tú sabes que te amo»”: Juan Pablo II era entonces elegido Papa.

Reflexionaba Ratzinger al final de esa homilía, sobre lo que estaba en la esencia del paso de Cristo por esta tierra, según el Papa Wojtyla: “Ha interpretado para nosotros el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: El límite impuesto al mal «es en definitiva la Divina misericordia»”.

La Madre de Dios, el reflejo más puro de la Divina Misericordia

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“Divina Misericordia – decía Ratzinger: El Santo Padre encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. El, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser (eis ta idia: Jn 19,27)-Totus tuus. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo”.

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Extractos Homilía en la Misa Pro Eligendo Pontifice – 18 de abril de 2005

Isaías y la venganza de Dios

Comentando la primera lectura, afirmaba Ratzinger que “El Mesías, hablando de sí mismo, dice que ha sido enviado «a proclamar el año de misericordia del Señor, día de venganza de nuestro Dios» (Is 61, 2). Escuchamos, con alegría, el anuncio del año de misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal, nos dijo el Santo Padre. Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en mandato nuestro a través de la unción sacerdotal; estamos llamados a proclamar, no sólo con palabras sino también con la vida, y con los signos eficaces de los sacramentos, «el año de misericordia del Señor»”.

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La misericordia y la venganza se unen en el cuerpo de Cristo muerto y resucitado

“Pero ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia el «día de venganza del Señor»? Jesús, en Nazaret, en su lectura del texto profético, no pronunció estas palabras; concluyó anunciando el año de misericordia. (…) San Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: ‘Maldito todo el que está colgado de un madero’, a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Ga 3, 13-14)”.

“La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente. El día de venganza y el año de misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona de su Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más nos toca la misericordia del Señor, tanto más somos solidarios con su sufrimiento, tanto más estamos dispuestos a completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24)”.

La deriva del mundo – La dictadura del relativismo

Comentando la segunda lectura, decía que para San Pablo ser inmaduro en la fe era “ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina…» (Ef 4, 14). ¡Una descripción muy actual!”

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.”

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Cristo es y será siempre el alfa y el omega

Pero el cristiano tiene una roca firme, “el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —sólo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad. A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe» (1 Co 13, 1).”

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