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José María Arrizabalaga y los últimos Mártires de la Tradición

El 27 de diciembre de 1978 la banda terrorista ETA asesinaba en Ondárroa (Vizcaya) a José María Arrizabalaga Arcocha, jefe de las Juventudes Tradicionalistas del Señorío de Vizcaya. Tenía 27 años.

En el magnífico -y nunca suficientemente recomendado- libro de Víctor Javier Ibáñez «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo«, encontramos los datos para la historia de aquel cobarde atentado.

José María Arrizabalaga era natural de Ondárroa (Vizcaya). Era soltero y vivía con su hermana y su cuñado, trabajando como responsable de la biblioteca municipal de Ondárroa, situada en la Casa de la Cultura de dicha localidad. Desde hacía aproximadamente un año, había estado de baja laboral hospitalizado para rehabilitación en un centro de rehabilitación en Archanda (Bilbao), debido a una fractura de columna sufrida durante un salto en paracaídas, que era su gran afición. Al acercarse la Navidad, el hospital le dio un permiso para regresar a Ondárroa a pasar las Fiestas con su familia, por lo que el joven aprovechó para acercarse a la biblioteca e ir adelantando algo del trabajo que había ido acumulando desde su lesión.

El día 27 de diciembre, en torno a las seis de la tarde, Josemari Arrizabalaga se encontraba en el primer piso de la Casa de la Cultura, en compañía únicamente de dos niños que estaban leyendo un par de libros. En ese momento, dos individuos se acercaron hasta el mostrador tras el cual estaba sentado el joven y le obligaron a identificarse. Inmediatamente ambos sacaron una pistola y le dispararon a bocajarro. Josemari recibió once disparos: cuatro en el pecho, cerca del corazón y el resto en la cara y las piernas. Poco después, los asesinos bajaron las escaleras y, una vez en la calle, se dieron a la fuga en el coche en que les esperaba un tercer terrorista. Los dos niños, que habían presenciado el crimen, salieron gritando de la biblioteca. Cuando los primeros adultos en llegar al lugar descubrieron el cuerpo de José María eran ya las siete y cuarto de la tarde.

Noticia del atentado publicada en el diario ABC

Un hermano de José María, Miguel Ángel Arrizabalaga, que había sido alcalde de Ondárroa durante seis años, manifestó entonces a la prensa:

Que yo sepa, no había recibido amenazas de muerte. José María era un carlista de los de siempre, un hombre muy de derechas, pero que no ha tenido nunca un problema en el pueblo. Es más, era apreciado por la mayoría […] Desconozco la intención de los autores, pero seguro que su muerte y el atentado que sufrimos en la droguería hace siete años (un artefacto explosivo en diciembre de 1971 contra la perfumería de su propiedad) se debe a creer en Dios y amar a España”.

Josemari era un niño grande y bonachón, como reconocen todos los que le conocieron, y al que sus amigos llamaban «El Chato». Su único delito era ser tradicionalista, católico y amante de su patria chica y de su patria grande.

Los restos mortales del bibliotecario requeté fueron trasladados a su domicilio, en el número 33 de la calle Primo de Rivera. Dos días después, el 29 de diciembre, ETA militar reivindicaba el atentado, acusando a José María Arrizabalaga de ser un elemento represivo en Ondárroa, así como de haber participado, junto a  Sixto de Borbón-Parma, en los trágicos sucesos de Montejurra en el año 76.

Al día siguiente, el 28 de diciembre, se celebró el funeral por el alma del fallecido en la Iglesia parroquial de Santa María, en Ondárroa.

La Policía Armada desplegó sus efectivos en la localidad, mientras que miembros de la Guardia Civil se encargaron de controlar los accesos. Una de las personas que fue retenida en los controles fue precisamente Sixto de Borbón-Parma, que tuvo que marcharse al impedírsele la entrada al pueblo. La misa de cuerpo presente se celebró con la iglesia abarrotada, pese a que sólo se había permitido la entrada a los parientes de José María y a los vecinos de Ondárroa. Algunos de los asistentes llevaban boinas rojas y pegatinas con la bandera de España. El cuerpo de José María Arrizabalaga, con un rosario entre las manos, aparecía vestido con uniforme de requeté y el féretro estaba cubierto con la bandera nacional.

El párroco Jesús Garitaonaindía pidió que cesara la violencia. El celebrante, Padre Basterrechea, no pronunció homilía. Al finalizar el acto, varios jóvenes transportaron el féretro a hombros hasta el cementerio municipal.

Entrada del cementerio de Ondárroa y tumba de José María Arrizabalaga profanada con pintadas

La Jefatura Nacional de Requetés y la Comunión Tradicionalista Carlista difundieron un comunicado tras el asesinato de José María Arrizabalaga, en el que calificaban el atentado como «un acto gravísimo cometido contra todos los requetés» y afirmaban que «ante la ineficacia de un Gobierno que no puede garantizar la vida de los ciudadanos, la sociedad tiene el derecho de actuar en legítima defensa», asegurando que «la Comunión Tradicionalista-Carlista y los requetés en ella encuadrados no tolerarán ni una provocación más». Firmaban el comunicado José Arturo Márquez de Prado, Jefe Nacional de Requetés, y Guillermo de Padura, como Secretario General de la Comunión Tradicionalista-Carlista.

Por el crimen de Arrizabalaga (y otros) fueron condenados los miembros de ETA Juan Carlos Gorrindo Echeandia, José Antonio Echevarri Ayesta y José María Sagarduy Moja. El primero estuvo en la cárcel 16 años, abandonándola en agosto de 1996, sin ninguna muestra de arrepentimiento por sus crímenes. José Antonio Echevarri Ayesta salió de prisión en enero de 2002, habiendo cumplido 22 de los 94 años de condenas que acumulaba. Por su parte, Juan Carlos Gorrindo Echeandia obtuvo el tercer grado penitenciario en agosto de 1996, tras haber cumplido 16 de los 58 años a los que había sido condenado por los asesinatos de Juan Cruz Hurtado Fernández y José María Arrizabalaga Arcocha. Por último, en abril de 2011 quedó en libertad José María Sagarduy Moja, alias Cachatua y Gatza, tras haber cumplido 31 años en prisión, siendo el preso de ETA que más tiempo estuvo en prisión al no beneficiarse de reducción de penas por haber agredido a un funcionario y registrado un intento de fuga.

Hoy los tres viven y pasean sin problemas por sus localidades de origen.

No así la familia Arrizabalaga, carlistas con todos los apellidos vascos. Pasadas algo más de dos semanas desde el asesinato, se fueron del pueblo y nunca más volvieron. Miguel Ángel Arrizabalaga, hermano de José María, había sido alcalde de la localidad pesquera casi ocho años, entre 1969 y 1977, y también diputado provincial. En 1971 le quemaron su perfumería y arreciaron las amenazas. El exregidor ondarrés tuvo que asistir al funeral de dos compañeros suyos en la diputación vizcaína asesinados por ETA: el presidente de la misma, Augusto Unceta-Barrenechea, y el alcalde de Galdácano, Víctor Legorburu.

Puede leer:  La testa del Conde de España

Los Arrizabalaga se fueron inicialmente a Alicante, y después a Albacete, logrando a duras penas recomponer su vida. En 1993, Miguel Ángel recuperó una plaza de funcionario en excedencia que tenía en la diputación vizcaína y volvió para vivir discretamente hasta su jubilación.

El asesinato de José María Arrizabalaga fue un paso más que obligó a tantos vascos que pensaban como él a marcharse de sus pueblos, a evitar manifestar sus ideas en público o a encerrarse, por miedo, en un exilio interior. Otros, muy pocos, se enfrentaron abiertamente al terrorismo nacionalista.  Como afirmó Gorka Angulo Altube en una Tribuna en El Español que dedicó al requeté ondarrés asesinado, “fue una limpieza étnica o una depuración ideológica en toda regla”. *

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Ondárroa era por entonces una población con muchos vecinos con afinidades carlistas y de sentimientos españolistas. En las primeras elecciones generales de 1977, Alianza Popular fue la segunda fuerza más votada en Ondárroa. Incluso en los años 80, los votantes de Blas Piñar superaban a los del PSOE, según testimonio del mismo Gorka Angulo: “Carlistas que hablaban euskera bastante mejor que castellano, con todos los apellidos vascos, votaban en régimen de clandestinidad a partidos de la derecha españolista más neta. En la intimidad de sus hogares quedaban auténticos museos de la Tradición con fotos del pretendiente Sixto Enrique, boinas, banderas españolas y banderas blancas con el aspa borgoñona. Durante muchos años la bandera española aparecía sin complejos en numerosos balcones de Ondárroa en fechas señaladas”. No en vano, como también señala, La villa marinera fue el municipio de España que más voluntarios (48) dio en la Cruzada a lo que los carlistas locales llamaban “boina roja de los mares”.

Gradualmente Ondárroa  se fue convirtiendo, sin embargo, entre el miedo de unos y el exilio de otros, en un bastión de nacionalistas y bilduetarras. En 1978, los carlistas vizcaínos pretendieron organizarse para presentar alguna lista en elecciones locales. Ese mismo año ETA asesinó en Vizcaya a otros tres afines a la causa tradicionalista, repitiéndose la misma historia de destierros y silencios obligados. El PNV se valió del terrorismo de ETA para eliminar al Carlismo, la única fuerza que podía competir con el nacionalismo en arraigo popular y defensa de la identidad vasca, pero desde su profunda españolidad.

Víctor Javier Ibáñez recuerda en su  libro a los tradicionalistas mártires del terrorismo abertzale en el País Vasco y Navarra. Fueron vascos y navarros que denunciaban con su mera existencia  la pretendida exclusividad de lo vasco que se arrogaba el nacionalismo. El asesinato de José María Arrizabalaga tenía toda la intención de ser la puntilla que acabara con las posibilidades de una alternativa tradicionalista a las pretensiones hegemónicas del PNV.

Hoy, 45 años después, José María Arrizabalaga sigue siendo en buena medida víctima del mismo terrorismo, aunque ahora se ejerza sin las Parabellum.  Su nombre sigue cubierto por el silencio, y su familia, como tantas otras víctimas del terrorismo, tiene que sufrir las repetidas profanaciones de su tumba, el relato de los verdugos, los ongi etorris con el que se recibe a los etarras puestos en libertad, la cínica equidistancia inmoral en que se sitúa el PNV, y el silencio cómplice sobre los casi 200.000 vascos que se vieron obligados a abandonar su tierra. Las conveniencias políticas de unos gobiernos sin escrúpulos, vasco y español, valen más que el sufrimiento de las víctimas y el derecho a la verdad histórica.

A pesar de todo, los más próximos e íntimos de Josemari Arrizabalaga no han dejado de recordar su memoria con una misa anual, con ofrendas florales y oraciones. Contra viento y marea.

A los carlistas de toda España toca mantener viva su memoria, y honrarle como lo que fue, el último mártir de la Tradición, en unión de Carlos Arguimberri, Victor Legorburu, Esteban Beldarraín, José Javier Jaúregui, Elías Elexpe, Dionisio Imaz, Jesús María Colomo, Luis María Uriarte, Jesús Ulayar y Alberto e Ignacio Toca Echeverría, carlistas vascos y navarros asesinados, como él, por el terrorismo etarra.

A todos ellos, y al resto de buenos españoles víctimas del terrorismo, recordamos este 10 de marzo de 2023 en la Fiesta de los Mártires de la Tradición instituida por Carlos VII,  junto a todos los que los que, en los campos de batalla, los hospitales, los presidios o el destierro, dieron su vida por la Santa Causa de Dios y de la Tradición española.

* Gorka Angulo es periodista y autor del libro ‘La persecución de ETA a la derecha vasca’.

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