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RESEÑA: «La guerra de Stalin» de Sean McMeekin

La editorial Ciudadela recientemente ha publicado la versión española del último libro del meritorio Sean McMeekin «La guerra de Stalin. Una nueva historia de la II Guerra Mundial».

McMeekin ha escrito destacados estudios sobre la Revolución Rusa, los orígenes de la Primera Guerra Mundial y el Imperio Otomano, caracterizados por una extensa investigación de archivos en múltiples idiomas, sin embargo, en esta ocasión se ha superado, por cuanto en «La guerra de Stalin. Una nueva historia de la II Guerra Mundial» la lista de los archivos y bibliografía que ha consultado el autor ocupa más de cuarenta páginas (pp. 643-687), y ha examinado también un inmenso número de colecciones impresas de documentos, memorias y fuentes secundarias.

El lector podrá comprobar como estamos ante una nueva visión, y ¿más acertada?, de la II Guerra Mundial y de su génesis. Tanto en Estados Unidos como en la Europa Occidental , la II Guerra Mundial ha pasado a la historia como la guerra de Hitler, y el líder alemán ha pasado como la nueva representación de todos los males (racismo, belicismo, crueldad, totalitarismo …), sin embargo, para millones de europeos del este Hitler no fue el verdadero protagonista, pues la guerra acabó realmente en 1989, al igual que para millones de asiáticos dicha guerra y sus efectos siguen teniendo vigencia (China, Corea del Norte, Taiwán), e incluso en la Rusia de Putin la figura de Stalin y del comunismo sigue presente, por lo que fácil es concluir que el líder soviético fue el verdadero protagonista del conflicto bélico.

Podemos decir que la literatura de la II Guerra Mundial es germanocéntrica hasta la obsesión, como bien refiere el autor, cuando lo cierto es que el único que ganó con el conflicto fue Stalin, pues con el agotamiento de las economías capitalistas a excepción de USA, consiguió el tan deseado avance del comunismo. Stalin fue el único líder que estuvo en el poder desde la génesis del conflicto con la toma de Manchuria por el Japón, hasta su finalización en la fase bélica (1945).

La invasión rusa de siete estados vecinos entre 1939-1941 ha sido injustamente olvidada por una historiografía más empeñada en ocultar los errores estratégicos de las potencias occidentales, que en transmitir la verdadera guerra entablada por Stalin contra todas las potencias rivales o vecinas. Igualmente, la historiografía más común aplica un doble rasero al denunciar los crímenes de Hitler y silenciar los de Stalin, teniendo en consideración además que los perniciosos efectos de la política estalinista perviven hasta hoy en día.

Sean McMeekin nos guía magistralmente por el entramado estratégico urdido por Stalin, quien para destruir a las potencias capitalistas buscó deliberadamente impulsar un conflicto entre Alemania y las potencias occidentales, con ocasión de la ocupación de Polonia, no dudando en hacer uso en dicha guerra de desgaste de los diferentes Partidos Comunistas presentes en los países liberales, y muy especialmente del Partido Comunista francés, el cual siguiendo instrucciones directas del dictador comunista llegó a apoyar la invasión alemana de Francia, apoyando Stalin financieramente a Hitler a través del petróleo para que la invasión alemana fuera todo un éxito.

Igualmente, resulta sangrante que la historiografía más difundida haya ocultado que Stalin desarrolló a ciencia y conciencia una guerra salvaje durante todo el conflicto, pues ni le importaba el bienestar de los prisioneros enemigos, ni el de los propios, no llegando a firmar nunca la Convención de Ginebra de 1929, y siendo la URSS la única potencia que durante la guerra condenaba tanto al soldado como a su familia en caso de rendición o derrota, aplicando de esta forma el principio de la culpa colectiva por lo que todas las familias rusas se veían amenazadas por la conducta del soldado rendido o derrotado, condenándose igualmente la deserción y la cobardía con la pena capital. Desde esta óptica no resulta extraño que Molotov siempre impidiera la entrada de los inspectores de la Cruz Roja, por cuanto el trato a los prisioneros llegaba a un límite de inhumanidad que superaba con mucho el dispensado por el resto de las potencias contendientes.

En «La guerra de Stalin. Una nueva historia de la II Guerra Mundial» McMeekin, con amplia profusión documental, demuestra como la ayuda militar a Stalin por parte principalmente de Estados Unidos y Reino Unido, fue completamente gratuita, a diferencia de la ayuda prestada al resto de países contenientes, por cuanto incluso el propia Imperio Británico tuvo que endeudarse con la administración americana. El gran Churchill en numerosas ocasiones se tuvo que humillar ante los americanos para conseguir un rácano apoyo militar, mientras que Stalin tenía línea directa con la Casa Blanca para solicitar el armamento más sofisticado y el apoyo de los técnicos militares, y todo de una forma gratuita. En este sentido podemos decir que la administración Roosevelt era prisionera de Stalin, pues este fue incrementando su exigencia con el avance bélico, de tal manera que en 1942 los requerimientos de armamento realizados por los soviéticos llegaban a ser atendidos en un plazo máximo de 48 horas, consiguiendo los técnicos soviéticos ser los únicos con acceso a las fábricas americanas, por lo que incluso resulta innecesario el espionaje industrial.

No es necesario bucear en la historia más oculta para comprobar la deliberada ceguera de la administración americana ante las tropelías del dictador comunista, por cuanto ejemplos como la matanza de Katyn demuestran como los norteamericanos eran capaces de ocultar la responsabilidad soviética, y utilizar su enorme poder propagandístico para acusar falsamente al régimen nazi. Igualmente, resulta patente la ceguera americana al permitir que Stalin permaneciera ajeno al conflicto en el Pacífico contra Japón, negándose en todo momento a apoyar a los aliados en un escenario de guerra que hubiera resultado muy favorable a los soviéticos, teniendo en consideración la cercanía geográfica con el Imperio Japones. Igualmente resulta suficiente comprobar como las tropas aliadas en el Pacífico en numerosas ocasiones presentaron problemas de recursos y avituallamiento, mientras los comunistas veían atendidos todos los pedidos logísticos con una celeridad sorprendente.

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Durante toda la guerra Stalin tuvo claro que no tenía que guardar gratitud a las potencias aliadas, pues su único fin era perseguir una guerra de desgaste que permitiera al comunismo hacerse con presas fáciles por medio mundo; así incluso en 1943, mientras recibía la generosa ayuda americana y británica, Stalin seguía coqueteando con la posibilidad de llegar a un acuerdo de paz con Alemania si el mismo beneficia su estrategia de expansión.

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Podemos decir que «La guerra de Stalin. Una nueva historia de la II Guerra Mundial» en realidad no es una nueva historia, sino la verdadera historia ocultada durante ya demasiados años, la historia de como las potencias aliadas fueron totalmente incautas al entregar todo el poder a los comunistas, al igual que fueron incautas al ir cediendo zonas estratégicas a  la influencia rusa. Un ejemplo esclarecedor es la actitud de Churchill en Yugoslavia a partir de septiembre de 1943, pues los británicos, en un error monumental que costaría muy caro a los países europeos, retiraron su apoyo al gobierno monárquico en el exilio, y a su ministro del ejército, Draza Mijailovic, para pasar a apoyar el criminal Tito. Otro ejemplo indiscutible de esa falta de clarividencia de las potencias aliadas lo podemos encontrar en la Cumbre de Teherán (1943) en la que Roosevelt cedió total y cobardemente a los postulados soviéticos, regalando media Europa al dictador comunista, conformándose los americanos con conservar la otra media como mercado cautivo para los productos americanos, resultando evidente que en Teherán fue derrotada la libertad de los  pueblos.

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Esta humillante claudicación de los aliados se produjo igualmente en el escenario asiático, por cuanto engañados por los rusos, y las falsas acusaciones de corrupción, los americanos dejaron de apoyar al líder chino Chiang Kai-shek, dejando vía libre para que la gran China cayera en manos de Mao Tse- Tung.

Tras la lectura de «La guerra de Stalin. Una nueva historia de la II Guerra Mundial» la conclusión es evidente, Stalin jugó la misma carta ante Hitler y ante los aliados, solicitando a Roosevelt y a Churchill lo mismo que había pedido al líder alemán: el control de Europa del este. La única diferencia es que los aliados también le entregaron zonas de influencia inicialmente no soñadas por Stalin, léase los Balcanes (salvo Grecia), Corea del Norte, y le posibilitaron una influencia directa en China, y todo esto de forma gratuita, mientras que el Imperio Británico, el gran aliado de USA, estuvo pagando su deuda del guerra hasta el año 2006. Tal y como expresa el propio McMeekin en su prólogo, no estamos ante una biografía de Stalin o una historia militar del frente oriental, sino ante una reexamen del conflicto en su conjunto para ver con nuevos ojos el papel jugado por el líder soviético y su cúpula en los años de la guerra, sus precedentes y sus consecuencias. El principal punto fuerte de la obra es el abundante uso de fuentes primarias, muchas de ellas inéditas, procedentes de archivos de Polonia, Rusia, Bulgaria, Alemania, Nueva York, California, Washington, Londres, París… Son decenas de páginas dedicadas exclusivamente a desvelar cada uno de los documentos, ya sean primarios o secundarios, leídos en varios idiomas y usados para apoyar sus ideas.

Datos de la obra

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Abogado, académico de la Academia Internacional de Ciencias, Tecnología, Educación y Humanidades y colaborador de numerosas publicaciones y revistas, exdirector de la sección cultura del periódico digital Minutodigital, e impulsor de numerosas iniciativas de la sociedad civil para fomentar la participación ciudadana real en la vida política y social, como el Centro Jurídico Tomás Moro, el Centro de Estudios Históricos General Zumalacárregui, o la Asociación Editorial Tradicionalista. Actualmente es director de Tradición Viva

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