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Amnistía y Tradición

España vive, desde hace unos años, en un proceso de degradación constante y cada vez más acelerado.

Manifiesto de tradicionviva.es

Un cuerpo sano se caracteriza por el correcto funcionamiento de sus órganos en la preservación no solo de su vida, sino de su propia salud. Sin embargo, un cuerpo enfermo se caracteriza por la disfuncionalidad de alguno de sus órganos, o la paralización o ralentización de alguna de sus funciones. Y ello de modo tal que si no se remedian estas alteraciones, el cuerpo entra en un proceso de decadencia y perturbaciones que acaba en la inoperancia total de alguno de sus órganos y funciones, y en la muerte y putrefacción del cuerpo.

España vive, desde hace unos años, en un proceso de degradación constante y cada vez más acelerado, que se hizo evidente a todos a partir del año 2012 cuando un grupo minoritario de catalanes, debidamente coordinados y apoyados por otra minoría de españoles de fuera de Cataluña, iniciaron un proceso por ellos llamado «procés català» para alcanzar la secesión de Cataluña del pueblo, la nación y el territorio español.

Tal proceso tuvo su punto álgido, que no final, en octubre de 2017, con la celebración, el 1 de octubre, de un referéndum ilegal, y la posterior aprobación e inmediata suspensión, el 27 de octubre, de la declaración unilateral de «independencia» por el Parlamento de Cataluña, y la posterior detención, juicio y condena de parte de los implicados (los que no se fugaron).

Ahora, una parte mayoritaria de diputados de la Nación, capitaneados por el PSOE, pretenden amnistiar a esa minoría de responsables que fueron condenados o contra los que se abrieron actuaciones legales y judiciales al día de hoy no finalizadas por su huida de la Justicia.

La amnistía, se plantee como se plantee, es completa, radical y absolutamente ilegal en nuestro sistema jurídico y moral; y a mayores, la amnistía de quien activamente, por medios ilegales, quiso la secesión de una parte del pueblo y del territorio de una nación, es ilegal en cualquier Nación, pues atenta al bien común, y a la integridad de la propia nación. Y, además, tampoco se cumple en este caso un principio fundamental de cualquier otorgamiento de perdón: el arrepentimiento y el propósito de enmienda para no volverlo a hacer.

Sin embargo la corrupción moral de nuestros políticos y de la mayor parte de personalidades que debieran dar ejemplo y marcar el vigor moral al resto de españoles; la arbitrariedad de todas nuestras instituciones oficiales, que no laboran por el cumplimiento de sus respectivas encomiendas, sino por los intereses particulares (vestidos de intereses políticos) de aquellos que designan a los que deben formar parte de las mismas; la desintegración de nuestro pueblo, convertido en simple masa desorganizada que se mueve por resortes sentimentales, de una sentimentalidad artificial recreada por los que mandan; y en fin, la descomposición de España, cuarteada en Comunidades Autónomas artificiales que no reman en la misma dirección, sino unas contra otras; nos ha colocado en una postración total nunca antes conocida en nuestra historia, ni siquiera en las decadentes cortes de Carlos IV o Fernando VII, ni en la bochornosa restauración responsable de la pérdida de nuestros últimos territorios ultramarinos, ni en el gobierno de las hordas de la II República.

A todo esto se une el silencio, que ya es cómplice, de la Iglesia Jerárquica, que no llama a los católicos, con la exigencia martirial de estos tiempos, a regenerar el cuerpo social de una nación marchita, como regeneraron los primeros cristianos la corrupción de Roma y la barbarie de los pueblos nórdicos, llevando a la Civilización a las cumbres de la Cristiandad, cuando el espíritu del evangelio gobernaba todas las instituciones. Y es que no solo no llama  a esta regeneración, sino que incluso permite que en colegios llamados católicos (y a los que autoriza a conservar tal nombre), se impartan contenidos inspirados en la perversa ideología de género, e incluso se expliquen, como conquistas de la civilización, determinadas conquistas de La Revolución, ese monstruo que todo lo devora.

Puede leer:  El problema de España es un problema de identidad

Sin embargo, los buenos españoles no podemos perder la esperanza. Somos un pueblo categórico, de SI SI NO NO, y cuando nos hemos empeñado hemos sido los únicos en conseguir logros que nadie más consiguió. Somos el único pueblo que logró expulsar al Islam una vez se señoreó de nuestro territorio; fuimos el único en derrotar militarmente al Comunismo; fuimos el primer pueblo que derrotó militarmente a la Revolución, que se vistió con el uniforme napoleónico.

Para repetir estas hazañas solo nos falta DESPERTAR. Y parece que ya una parte de los españoles lo está haciendo. Tenemos que romper con el régimen engañoso del 78, pues de esos lodos vienen estos barros; romper con ese igualitarismo ramplón, que todo lo iguala por abajo, suprimiendo el valor del mérito; tenemos que alcanzar un sistema político que sea auténticamente representativo del pueblo real, naturalmente constituido, y no una farsa en la que nuestros supuestos representantes solo representan los intereses de sus partidos.

La solución nos la dieron las generaciones que nos precedieron: LA TRADICIÓN.

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