Noé: la película

Por Tomás Alfaro Drake

El domingo 6 de Abril fui a ver la película “Noé”. A lo largo de la misma cambié varias veces de opinión y de juicio respecto a ella. Al final mi juicio fue positivo. Diría que muy positivo, aunque estoy seguro de que a muchos “puristas” no les gustará. Ahora bien, ¿cómo podría hablar de ella sin “destriparla”? No sé, voy a intentarlo. Tengo una ventaja, que sabemos cómo acabó la historia y, por lo menos, no puedo “destripar” el final.

Ciertamente, hay en ella contradicciones claras con el texto del Génesis (que no cito para no destripar la película), así como una gran parte que, sin entrar en contradicción con el texto, lo novela de forma bastante libre como para construir una historia. Ninguna de estas cuestiones me parece importante. Dado que el texto del Génesis no debe tomarse al pie de la letra, creo que esas contradicciones no son importantes y que esa “novelación” es perfectamente admisible.

Hay también algún flagrante error teológico –¡lástima!–, que tampoco desvelo por la misma razón. Sí digo, sin embargo, que está relacionado con un misterioso párrafo del Génesis:

“Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la haz de la tierra y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas” (Génesis 6, 1-2). “Por aquel entonces había gigantes en la tierra, y también los hubo después que los hijos de Dios se unieran a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos: estos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos” (Génesis 6, 4).

Pero no es ni de la exactitud con la película sigue el texto del Génesis ni de los errores teológicos que pueda tener de lo que quiero hablar, sino del personaje de Noé, presentado de una forma extremadamente agónica en su libertad y en su intento de entender a Dios, enfrentándose a su terrible silencio. Nada distinto de la forma agónica en la que a veces se presenta nuestra libertad en momentos en los que odiamos ser libres por la pesada carga que supone serlo y preferiríamos que nos dijesen alto y claro lo que debemos hacer. Esas situaciones que hacen que, de forma incoherente, mucha gente que defiende la sacrosanta libertad se revuelva contra quién nos ha hecho libres.

Efectivamente, Noé ha constatado, desde niño, la maldad del hombre, fruto del pecado original, aunque él procura mantenerse justo y misericordioso. Pero cuando empieza a construir el arca se encuentra con esa maldad en un grado en el que jamás pudo imaginar y, lo que es peor, ve el mismo germen de maldad en sí mismo y en sus hijos. Cuando entra en el arca está convencido de que el plan de Dios es restaurar la creación, pero sin el hombre, que en caso de existir en la nueva creación, volvería a corromperla. En el Génesis, la primera intención del Creador es exterminar a toda criatura. En este libro, se presenta la intención de Dios en dos fases. La primera supone el exterminio de toda la creación, hombres y todos los vivientes, pero por culpa de la maldad humana:

“Viendo el Señor que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó al Señor de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo el Señor: “Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, —desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo— porque me pesa haberlos hecho” (Génesis 6, 5-7).

Cartel de la película Noé

Cartel de la película Noé

Pero en seguida nos dice que el Señor se arrepintió y decidió salvar a las criaturas, el hombre incluido, a través de la familia de Noé. Sin embargo, en la película, Noé no lo entiende así. Cree que el plan de Dios es la salvación de la creación, pero el exterminio del género humano que es el causante del mal. Por tanto, ve su misión y la de su familia como la de ser los que lleven a los animales del arca a ese mundo nuevo que emergerá de las aguas, pero cree que luego él y su familia deben autoinmolarse para cumplir los planes del Señor. Y él deberá ser el brazo ejecutor de esa autoinmolación.

Ciertamente, en el texto del Génesis, no se plantea la cuestión con esa crudeza, sino que dice claramente que establecerá una alianza con Noé, aunque no especifica la naturaleza de esa alianza. Pero aunque las clausulas de esa alianza suponían, lo sabemos, la salvación del género humano, nada impide pensar que la revelación de la misma fuese en varias fases. El hecho es que en la película Noé cree, al entrar en el arca, que sólo han sido indultadas las bestias, pero no el hombre.

Esto produce en Noé un desgarro y un sufrimiento espantoso, además de la incomprensión de su familia y hasta el odio de alguno de sus miembros. En una escena terrible, hincado de rodillas en la cubierta del arca, implora a Dios que le dé una señal de lo que quiere de él. Pero sólo oye un ominoso silencio, subrayado por el sonido del viento, la furia de las aguas y la negrura del cielo. Sólo una pequeña mancha en el cielo, de un gris más claro, casi imperceptible, suaviza un poco su enorme negrura. Y Noé interpreta ese silencio, esa violencia y esa negrura, a pesar de la mancha grisácea, como un refrendo por parte del Creador a lo que él cree su misión. Le grita con fuerza al cielo repetidas veces: ¡No te fallaré!

Cuando llega el momento de esa inmolación, Noé, tras dejar fuera de combate a su hijo Sem, va a empezar por matar a sus dos nietas gemelas, nacidas en la misma arca. Su madre, la mujer de Sem, quiere tenerlas abrazadas cuando las mate, mientras las arrulla suavemente, cantándoles una nana que las duerme, y le pide a su suegro, sin odio, con una enorme serenidad, que sea rápido. Pero Noé, ante tanta ternura y tanto amor, es incapaz de matar a las niñas. Sin embargo, está convencido de haberle fallado a Dios. Por su culpa –piensa– la tragedia de la humanidad se repetirá y el mal, que tiene su germen también en su familia, volverá a corromper el mundo.

Cuando, por fin, salen del arca, Noé se aparta de los suyos y vive solo, sumido en la amargura de haberle fallado a Dios. Es esa amargura la que le lleva a emborracharse con el vino que acaba de descubrir. Cam ve su desnudez, le desprecia y también se aparta de la familia. La película es más suave que el Génesis, pues en ella, no aparece la maldición de Noé a Cam que sí se produce en la Biblia. Ésta nos dice que Cam será el padre de Canaán, el pueblo al que los hijos de Sem, los hebreos, expulsarán de la Tierra Prometida.

Pero una vez más, su dulce nuera, la mujer de Sem, la madre de las niñas a las que Noé no tuvo valor para matar, en un acto de amor, le hace ver que la voluntad del Creador no era la que él creía, sino la de dar una nueva oportunidad a la humanidad. El amor será su tabla de salvación frente al odio, el ansia de poder y de venganza. La película termina con la vuelta de Noé con su familia, de la que Cam se ha ido, pero al que Noé bendice –bendición que no aparece en el Génesis–, y la aparición en el cielo de oleadas de un brillo deslumbrante que da el asentimiento a la segunda alianza de Dios con la humanidad.

Pero, más allá de la historia que narra la película están el tema de la libertad del hombre y del silencio de Dios. Este silencio, a veces terrible, es, sin embargo, la condición de necesidad de nuestra libertad. Si Dios, en el momento en el que Noé se lo pedía, le hubiese dado una señal inconfundible, ¿dónde estaría la libertad? Aquél al que le guste una religión edulcorada, no debe ir a ver esta película. Pero puede ser de ayuda para quien busca respuestas a las cuestiones más duras de la vida. A veces pretendemos convertir a Dios en el chico de los recados –“¡Cht! ¡Niño! ¡Trae un café!”– o en la voz en off que nos da las respuestas a nuestros dilemas, como si fuese el amiguete al que llamamos en un concurso de la tele utilizando el comodín: “645 32 65 21 píííí… píííí… píííí… Pepe, de prisa, ¿quién marco el gol de la victoria del Madrid en la final de la Copa de Europa del 59? ¿Puskas? Gracias tío”. Y nos cabreamos si no nos trae el café en cinco minutos o si no coge el teléfono cuando nosotros queremos. Recuerdo, de la película “La isla”, el siguiente diálogo entre Ewan McGregor, uno de los clones, y Steve Buscemi que hace de un empleado del centro de producción de esos clones:

– ¿Has dicho “Dios”? ¿Qué es “Dios”?

– Mmm… A ver, ¿alguna vez has cerrado los ojos y deseado con todas tus fuerzas que te sucediera algo?

– Sí.

– Pues ese que te ignora, es Dios.

Sin embargo, no es verdad. Aunque el silencio de Dios puede a veces ser sobrecogedor, siempre responde. Rara vez en el momento en el que nosotros queremos, ni con la respuesta que nosotros queremos, ni a través del medio que nosotros queremos. Pero responde. Simplemente, no está a nuestras órdenes. Pero responde con signos tenues, sutiles, a menudo apenas perceptibles. Por tanto, para oír su respuesta y entenderla, hay que estar entrenado. Como para entender el inglés o como para disfrutar de una sinfonía. Una vez, un amigo mío me invitó a un aguardo de jabalíes en su finca. Yo, que nunca me había visto en esta situación, decidí tomármelo con el máximo interés. Era una noche helada de luna llena del mes de febrero en una finca de los montes de Ávila. Yo estaba quieto, congelado, atento a todo ruido para oír entrar al jabalí al ir a beber a la charca. El campo nocturno hervía de pequeños ruidos, pero ninguno especial. De pronto mi amigo, tocándome en el hombro, me hizo ostentosos gestos con la boca. AHÍ ESTÁ EL JABALÍ –me decía sin emitir un solo sonido mientras señalaba con el dedo hacia un lugar próximo a mí. Escuché con más atención. NO OIGO NADA –dije con similares movimientos de la boca. Yo no oía nada, pero el jabalí sí oyó nuestros “silenciosos” movimientos. Con un bufido, a menos de tres metros de mí, el jabalí echó a correr rompiendo monte. Lo había tenido a mi lado sin siquiera enterarme. Mi amigo, que estaba entrenado, lo había oído. Yo no. Me dijo más tarde que al jabalí no se le oye nunca. Se oye su silencio. Se descubren sus signos. El campo se calla por donde pasa. Un grillo deja de cantar. Un pájaro sale volando. Así es la sensibilidad para detectar la voz silenciosa de Dios. Cuando uno está entrenado, sabe oír, la siente. Tiene el oído educado. No puede demostrar a los demás que la está oyendo, ni siquiera puede demostrárselo a uno mismo. No suena, pero ahí está. Simplemente, se sabe. Pero si uno no está entrenado, o prefiere hacerse el sordo, no le es lícito decir que quien la oye está chiflado o que se engaña o que está equivocado. Y menos aún si ese uno tiene tanto ruido dentro de sí que impide que el jabalí ni siquiera se acerque.

A Noé Dios le había hablado sutilmente de varias maneras en la película. Pero la definitiva, la que le hace darse cuenta, es la llamada del amor, que el mismo Dios había puesto en su corazón y él había cultivado durante toda su vida. El amor que le hace adoptar a su nuera cuando era una niña. El amor de su mujer que le suplica misericordia. El amor de su nuera hacia sus hijas, que le toca ese corazón preparado, tal vez sin él saberlo, para recibir esos mensajes. Y por eso no lleva a término la inmolación. Pero él no es consciente de haber oído, cree que ha traicionado al Creador. Pero, una vez más, el amor de su nuera le hace ver que no ha sido débil, que no ha traicionado a su Señor, sino que ha seguido sus caminos silenciosos. Ese es nuestro Dios. El que no te ha dado lo que deseabas con todas tus fuerzas, pero sí lo que necesitabas con toda tu alma. Pero para oírle y entenderle debemos entrenarnos. Y sólo hay un medio de entrenamiento: la intimidad con Él a través de la oración y los sacramentos.

Así pues, creo que, por encima de licencias novelísticas o errores teológicos, la película trata con gran respeto la figura de Noé y, lo que es más importante, capta y transmite lo esencial que creo que quiere transmitir ese pasaje del Génesis.

Noé, claro, no podía anticipar lo que pasaría muchos siglos más tarde, cuando el mismo Dios, hecho hombre, pidiese: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. O cuando en mitad de su tormento gritase “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado!” Pero las últimas palabras antes de morir de ese Dios hecho hombre fueron: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, tras tres días, la Resurrección. Noé podía poner en duda la presencia de Dios en su vida y quejarse de su silencio, porque no había visto a Cristo. Pero nosotros, después de Jesucristo, no. “Dichosos vosotros –nos ha sido dicho– por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos; porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron”. Nosotros sabemos, o al menos deberíamos saber, que el Silencio de Dios es su Palabra y que su Palabra, es Palabra de vida eterna. Pero, ¿nos entrenamos para ello?

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