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Si realmente el doctor don Pedro Sánchez Pérez-Castejón hubiera querido investigar, le bastaba con preguntar a quienes sufren los defectos de la diplomacia económica española y dar así una visión desde un punto de vista distinto al oficial de la Secretaría de Estado de Comercio.

Foto: OK diario.

Allá por el Siglo de Oro, vivió en Madrid Juan Pérez, un joven de ascendencia relativamente modesta, hijo de un librero y descendiente de judíos, que a base de esfuerzo y padrinos logró hacerse un hueco en el panorama literario de la época. Sus obras, de diversos géneros literarios y alguna de ellas bastante subida de tono, alcanzaron gran éxito y, si hoy día es bastante desconocido, es porque en aquellos tiempos brillantes no faltaban literatos que lo superaron. Es de suponer que, si Juan Pérez de Montalbán hubiera nacido en otra época, figuraría en todas las historias de la literatura española.

A nuestro Juan Pérez, sin embargo, le perdían la vanidad y la soberbia. Allá donde iba se presentaba altaneramente como “el doctor don Juan Pérez de Montalbán”, y no consentía ser llamado de otra manera. No está muy claro que tuviera derecho al ‘don’, que en la España peninsular estaba acotado a los hidalgos desde 1611, ni de dónde salía el Montalbán que ya usaba su padre; pero sí es cierto que doctor lo era, en Teología, tras muchos esfuerzos de su padre por pagarle los estudios. El caso es que terminó teniendo una trifulca literaria con Quevedo, mal enemigo, que le fulminó con unos versos que han pasado a la historia mucho más que toda la obra de Montalbán.

El doctor, tú te lo pones;

el Montalbán, no lo tienes;

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conque, en quitándote el don,

vienes a quedar Juan Pérez.

Viene esto al caso porque no hemos cambiado tanto desde las primeras décadas del siglo XVII, al menos en lo que toca a la vanidad y la soberbia. De ello es un buen ejemplo nuestro actual Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que no deja de tener varias cosas en común con el Juan Pérez del Siglo de Oro, como son el origen relativamente humilde, y la concatenación de apellidos hasta encontrar uno que no termine en “ez”, para afectar alcurnia.

Y el empeño en doctorarse, claro. En el siglo XVII, un doctorado era rarísimo, siquiera sea porque el analfabetismo estaba muy extendido y porque las universidades españolas en el siglo de Oro eran exactamente once (diez en la actual España, y la de Coimbra), lejos del barullo actual, en que no hay provincia que no tenga su universidad, ni palurdo que no se crea, no ya con la capacidad, que eso es secundario, sino con el indudable derecho de alcanzar las mayores cotas académicas. Y, así como a Montalbán, una persona de indudable talento, doctorarse le costó una enormidad, y otra a su padre, que tuvo que hipotecarse para costear sus estudios, Pedro Sánchez ha despachado el asunto con una tesis que mejor le habría salido si la hubiera escrito con espíritu crítico y con verdaderas ganas de trabajar, en lugar de salir del paso lo más pronto posible. Porque el tema elegido, la diplomacia económica española, no es malo. Lo malo es el tratamiento que le da nuestro presidente, a base de refritos de informes oficiales, y con el triunfalismo típico de los mismos.

Los que hemos trabajado cerca de la diplomacia económica española somos conscientes de sus limitaciones y defectos, que ciertamente no aparecerán en ningún informe publicado por sus mismos responsables, porque nadie tira piedras a su propio tejado. Es más, si realmente el doctor don Pedro Sánchez Pérez-Castejón hubiera querido investigar, le bastaba con preguntar a quienes sufren los defectos de la diplomacia económica española y dar así una visión desde un punto de vista distinto al oficial de la Secretaría de Estado de Comercio. El único problema, ay, es que eso cuesta mucho trabajo y desvelos, y quizá quedar mal con algún compadre que se esté dedicando precisamente a eso, mientras que el objetivo, da toda la impresión, no era demostrar una suficiencia investigadora y contribuir al tratamiento académico de una materia novedosa, sino añadir con calzador el doctorado al currículum del investigador y poder enmarcar el título y colgarlo del despacho.

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Vanidad y soberbia, pues, como en el siglo XVII, con la complicidad de unos miembros del tribunal a quienes debería caérseles la cara de vergüenza tras haber calificado semejante panfleto con un sobresaliente cum laude. De momento, su prestigio, académico o del tipo que sea, quedará en entredicho durante toda su carrera, y no faltará quien les señale con el dedo y, cuando medren o pretendan alcanzar un cargo, les recuerde que fueron ellos quienes no ya aprobaron, sino que consideraron inmejorable un trabajo que apenas hubiera merecido un aprobado.

Pero lo peor es que episodios como éste contribuyen a rematar el poco prestigio que le venía quedando a la universidad española, que ya estaba mareado a base de contratos sospechosos, másteres fraudulentos y licenciaturas milagrosas, para que nos llevemos ahora la sorpresa de que tampoco los doctorados son trigo limpio. Al menos en eso, y me temo que en muchas más cosas, el Siglo de Oro era muchísimo más digno que los tiempos actuales, y el doctor don Juan Pérez de Montalbán, con todas sus ínfulas y su ego inflado, mucho más honrado que el doctor don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que posee las mismas ínfulas y ego que el anterior, pero que ni siquiera es capaz de escribir una tesis que merezca la pena. Así nos va.

Por Amparo TORTAJADA NAVARRO, Analista política.

Este artículo se publicó por primera vez en la Revista Reino de Valencia.

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