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San José, el más grande de los Santos

Cuando busques un santo protector, un santo defensor que sea oído por Dios de manera singular y particular. Un santo que te ayude a defender la pureza y la gracia contra los embates del demonio, el mundo y la carne, no dudes en acudir a San José.

Imagen con licencia Pixabay

Por León de Manresa. 

Todos sus privilegios y toda su dignidad le vienen de ser el esposo de María, padre de Jesús y, a la vez, de ser el hombre justo y bueno, a quien el Señor puso al frente de su familia. ¡Cuántas veces jugaría con Jesús, le enseñaría a trabajar, y sobre todo, le demostraría un amor a toda prueba! José es el hombre del silencio. No nos dice ni una palabra en el Evangelio. Pero, con su actitud callada y reservada, nos enseña a ser humildes y a cumplir calladamente y sin alardes nuestras obligaciones de cada día. ¡Cuántas veces sufriría por no tener algo mejor que darle a Jesús! ¡Cuántas veces pasaría hambre y sed en su camino y estadía en Egipto! Pero toda su vida estuvo al servicio de Jesús y de María. Y supo cumplir bien su misión. Por eso, Dios lo ha encumbrado por encima de todos los santos.[1]

Con estas palabras del padre Peña quise comenzar esta breve reflexión sobre la santidad de San José. Después de la Santísima Virgen María, el más santo entre los santos del cielo.

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Aunque no lo sabemos a ciencia cierta, puesto que no es una verdad divinamente revelada por Dios, no es difícil que una sana teología católica nos lleve a considerar a San José como el más grande santo en el cielo. Muchos santos y grandes teólogos de renombre así lo han considerado, y ¿por qué? Pues si del Bautista leemos en la sagrada escritura que fue santificado desde el vientre de su madre, ¿no lo había de ser también quien fuera escogido por Nuestro Señor como custodio de lo más precioso, lo más sagrado que jamás haya existido o pisado nuestra tierra? Así es, mucho teólogos afirman, como opiniones privadas claro, que San José también fue santificado desde antes de nacer. ¿Podríamos por ventura encontrar un hombre como éste, lleno del espíritu de Dios? (Gén. 41, 38).

Ahora, hablemos un poco sobre una teoría, que en lo personal es muy de mi agrado sobre el por qué San José, entre los santos de Dios, es el más encumbrado en el cielo.

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El padre Antonio Royo Marín O.P. sostenía la teoría de la soberana santidad del patriarca San José en la unión hipostática de Nuestro Señor. Para empezar, definamos en que consiste la hipóstasis del Señor. La unión hipostática consiste en la unión de las dos naturalezas, humana y divina, en una sola persona (en este caso la segunda de la Santísima Trinidad). Ahora, podremos preguntarnos ¿y esta unión efectuada en Jesús qué tiene que ver con San José, siendo él una persona completamente diferente de la segunda de la Santísima Trinidad? Pues tiene mucho que ver, bastante diría yo. El padre Royo Marín empieza su explicación diciendo, que así como la Virgen María participó directamente de la santidad de Nuestro Señor, ya que en su benditísimo vientre sucedió un milagro que deja sin luz al sol más grande, como lo fue la unión de las dos naturalezas en la única persona del Salvador, así el glorioso patriarca San José, si no participó directamente, claro que lo hizo indirectamente.

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¿Cómo es que se explica la participación de San José en esta unión si no hubo participación de su parte en la concepción del Señor? El padre Royo Marín utiliza un ejemplo que a mí me resulta especialmente hermoso. Había una palomita sobrevolando un paraje, llevaba una semilla en su pico. Luego, al ver un jardín particularmente hermoso dejó caer aquella semilla que con el transcurso del tiempo floreció hasta volverse el árbol más hermoso. Pues bueno, la palomita era el Espíritu Santo, la semilla era Nuestro Señor Jesucristo y el jardín sobre el que cayó dicha semilla era el purísimo vientre de la Reina del cielo. ¡Pero el dueño de ese jardín es San José! Esa semillita no sólo cayó en la más dulce de las vírgenes, esa semillita cayó dentro de la propiedad de San José, dentro del vientre de su purísima esposa. Y ya sabemos que la Escritura nos dice que hombre y mujer son una sola carne.[2] Así, haciendo esta bellísima pintura, el padre Antonio Royo Marín subraya la especialísima predilección de Dios hacia el santo patriarca y su preeminencia por sobre todos los santos, ya que a ningún otro santo o ángel existente le permitió participar directa o indirectamente de la unión hipostática de su hijo. Únicamente a María y a José. Y como decía Juan Pablo II: precisamente, del matrimonio con María es de donde derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. Es cierto que la dignidad de la Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; pero, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad… se sigue que Dios ha dado a José como esposo a la Virgen no sólo como compañero de vida, testigo de su virginidad, sino también para que participase por medio del pacto conyugal en la excelsa grandeza de ella.[3]

Ahora, viendo que si la Virgen fue preservada de toda mancha desde antes de nacer, San José santificado desde el vientre de su madre para participar de esta unión y ser digno custodio de estas dos preciosísimas prendas, Jesús y María, podemos preguntarnos ¿a qué cumbres de santidad no llegarían la Virgen y San José viviendo enamorados de Dios y teniendo por director espiritual al mismísimo Jesús durante todas sus vidas? Es algo bruto, algo abismal, algo insondable pensar en la santidad de este singular par predilecto de Dios.

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Y siendo que este par se amaba tanto, y ellos amaron con infinito amor al hijo que Dios les mandó, muchos han hablado sobre la asunción de San José, cosa que como opinión personal yo estoy completamente persuadido. Y no, hablar de la asunción de San José no contradice el dogma católico, puesto que no atenta contra verdad alguna de las consideradas de fide. Así que con completa libertad teológica podemos hablar sobre el tema. El padre Royo Marín afirma que qué tristeza habría en el cielo, si como de fide sabemos que están en cuerpo y alma los cuerpos de Jesús y María no estuviese el de San José. Qué triste que la Sagrada Familia que tanto se amó en este mundo y que tanta luz irradió a cuantos trataron con ellos, estuviera incompleta en el cielo. No, para muchos esto no puede ser así y muchos nos negamos a pensar que San José aún se encuentra enterrado en nuestro miserable suelo, esperando la resurrección de la carne. El famoso italiano Isidoro de Isolano (+1528), llamado el profeta de san José, en su obra Somma dei doni di san Giuseppe, escrita en 1522, dice: El evangelio atestigua que los cuerpos de muchos santos resucitaron después de la pasión del Salvador (Mt 27, 52-53). Y estamos persuadidos que, entre ellos, se encuentra, sin duda alguna, el de José… Además, es propio del hijo honrar a su padre y cuidar de su cuerpo después de muerto. Por eso, Cristo, al resucitar los cuerpos de muchos santos, no podía dejar en el sepulcro el cuerpo de su padre putativo… Igualmente, podemos creer que, si en vida honró a José más que a todos los otros, llamándole padre, también lo ensalzaría por encima de todos después de su muerte.[4] Si Jesús no podía estar en el cielo y dejar enterrada en este mundo a su madre, no hay pero que valga para no pensar lo mismo de su padre. Si bien, adoptivo, pero su padre al final de cuentas. A su vez San Leonardo de Puerto Mauricio afirma: decid que san José, al morir, fue transportado al empíreo en cuerpo y alma por privilegio particular anotado en los Proverbios: Todos los de su casa van vestidos con doble estola (Prov. 31, 21), es decir, los de la familia de la mujer fuerte, o de la Virgen María, llevan doble estola, entendiendo los sagrados intérpretes por doble estola, la glorificación del alma y del cuerpo.[5] Y por último, tratándose de este tema dice san Francisco de Salesno hemos de dudar en manera alguna de que este glorioso santo goza en el cielo de mucho crédito ante Aquel que tanto le favoreció hasta el punto de elevarlo hasta allí en cuerpo y alma; lo cual es tanto más probable cuanto que no nos queda de él ninguna reliquia en la tierra; y me parece que nadie puede dudar de ello, porque ¿cómo pudo negar a san José esta gracia Aquel que se le mostró obediente durante toda su vida?… Y, si es verdad, cosa que debemos creer, que en virtud del Santísimo Sacramento que recibimos, nuestros cuerpos resucitarán el día del juicio, ¿cómo podemos dudar de que hizo subir consigo a los cielos en cuerpo y alma al glorioso san José que había tenido el honor y había recibido la gracia de llevarlo con tanta frecuencia en sus brazos, en los cuales Nuestro Señor tanto se complacía? Es pues indudable que san José está en el cielo en cuerpo y alma. ¡Qué dichosos seríamos, si mereciésemos tener parte en sus santas intercesiones! Porque nada se le niega ni por parte de Nuestra Señora ni de su glorioso esposo.[6]

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Así pues, cuando busques un santo protector, un santo defensor que sea oído por Dios de manera singular y particular. Un santo que te ayude a defender la pureza y la gracia contra los embates del demonio, el mundo y la carne, no dudes en acudir a San José. Quisiera terminar esta pobrísima reflexión sobre la santidad  del señor San José con las siguientes palabras del Damasceno:

“José es esposo de María, nada mayor puede decirse”

Ad maiorem Dei gloriam

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Este artículo se publicó inicialmente en Dominus Est

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