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Dos canciones para una crisis

La nueva normalidad debiera ser un escarmiento, una carga normativa para gobernantes y responsables políticos.

Imagen con licencia Pixabay

Como si de la canción del verano se tratase, no paro de escuchar que tras esta crisis las cosas, la vida, no van a volver a ser igual. Nueva normalidad. Pero de lo que se oye sobre cómo serán, de verdad, no me gusta ni la letra, ni la música, ni la simple melodía. Me hacen imaginar un abyecto hit parade.

Durante la transición se cantaba una canción del grupo Jarcha, llamada Libertad sin Ira. En una estrofa se decía: pero yo sólo he visto gente obediente hasta en la cama. Gente que sólo quiere vivir su vida, la fiesta en paz. Nos hemos pasado de obedientes pastueños y la fiesta ha sido cara.

Desde el 2008 el mundo ha  encadenado una secuencia de crisis, que a nadie puede dejar indiferente: crisis económica y financiera 2008, la sanitaria y económica actual. Un ciclo continuado, difícil de imaginar y de muy terribles dimensiones que conviene  analizar desde un punto de vista, que no es el habitual. Sobre todo para poder trabajar en evitar que las consecuencias de las próximas sean peores. 

En España hay un común denominador que me hace estremecer de forma violenta. Me atemoriza. En 2008 el gobierno mintió sobre la crisis. Mintió en la contabilidad nacional. Utilizó el presupuesto nacional como herramienta electoral y tomó unas medidas de gobierno sin sentido de estado. Las consecuencias de todo aquello fueron desastrosas para la nación. Nadie, salvo los ciudadanos, pagó por aquello.

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Hoy en día se nos ha vuelto a mentir. Se ha mentido sobre la pandemia, sobre los muertos y contagiados, sobre las medidas económicas a aplicar, sobre el recorte de libertades, sobre la situación económica y sanitaria. Una sucesión de mentiras, y unas medidas de gobierno que sólo son desperdicio de dinero público del que no sabemos su destino. Agravado por una utilización vil, chantajista y falsa de las medidas de protección social, como por ejemplo los ERTES. Y me temo que tampoco van a existir responsabilidades por semejante crimen.

En ambos casos,  los ciudadanos no tienen culpa alguna y tan sólo han sido víctimas de una terrible gestión malintencionada con resultados crueles y catastróficos. De aquí saldremos débiles, pero al menos pongamos los medios para que lo privado, las personas y empresas no volvamos a ser las víctimas pagadoras del desastre y arbitrariedad amoral de lo público. A mí se me hace difícil comprender ahora, como el pueblo español ha sufrido en silencio confundiendo la sustantividad de una crisis, con las nefandas actitudes de los gobiernos.

 La nueva normalidad, no debiera recaer sobre lo privado, con nuevas normas de conducta, adicional complicación legislativa y un previsible recorte de libertades. La nueva normalidad, esta vez, debiera ser un escarmiento, una carga normativa para gobernantes y responsables políticos. Estamos hablando del sistema  moral  y ético de lo público. Es preciso renovar en lo público todo código de conductas, prácticas de buen gobierno, análisis de conflictos de intereses, etc. El sistema que debiera tener tres pilares básicos.

  • SISTEMA DE RESPONSABILIDAD

Las responsabilidades de un cargo público deben ser al menos, como las de cualquier cargo en una empresa privada. Por gestionar caudales públicos, el nivel de probidad exigido debiera ser mayor que el habitual en el sector privado. Los aforamientos, por lo tanto, carecen de sentido. No se puede proteger jurídicamente a quien tanto daño puede generar por  desidia o mala gestión. La mentira en cargo público debe constituir un tipo penal de especial gravedad. Igual que se debe establecer un sistema que haga efectivos los juramentos realizados en las tomas de posesión.  No se trata de hacer imposible el acceso a un cargo político, sino de incrementar el nivel de autoexigencia moral y profesional.

No es razonable que yo, en el consejo de administración de una empresa, responda personal y patrimonialmente, sin poder alegar desconocimiento puesto que tengo obligación de preguntar, mientras que  Chaves y Griñán declaren en sede judicial que se enteran de lo que ocurre por la prensa.

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Si ahora  acaba habiendo indemnizaciones a cargo del estado, no lo pagarán los dirigentes políticos. Esa carga económica, recaerá sobre los ciudadanos.

  • SISTEMA DE CONTROL

El sector privado debe exportar al sector público todos los sistemas de control que tiene establecidos para evitar situaciones en las que hay un conflicto de interés. Todo el sector público acaba siendo controlado por los comités centrales de los partidos políticos. Todas las comisiones regulatorias tienen consejos de administración nombrados por los partidos políticos. Lo que supone un amoral conflicto de intereses.

Los comités de los partidos eligen hasta el último candidato a una concejalía. No es de recibo que además de eso elijan a la fiscalía, al consejo de las televisiones, Banco de España, CNMV, de las Telecomunicaciones, Mercados y Competencia, Tribunal de Cuentas, etc. Nada, absolutamente nada está sujeto al control privado. Y por si algo pudiera fallar, también controlan el nombramiento de los jueces. 

Todo el sistema de control debe privatizarse y profesionalizarse. Ahora, lo único que está injustamente claro es que el ciudadano particular, responde y paga por todo lo que hacen los gerentes públicos estando obligado él (el particular) a una conducta más que ejemplar. Curiosa moral.

  • SISTEMA DE CODIGOS DE CONDUCTA

Hay conductas que debieran erradicarse de la vida pública. Por ejemplo la relación existente entre gobiernos y medios de comunicación supone un desvergonzado conflicto de interés, a vigilar por independientes. Del mismo modo que una firma de auditoría no se puede perpetuar en una compañía, hay que limitar la permanencia en los nuevos órganos de control (privados) e instaurar un  buen sistema de incompatibilidades.

El pueblo español no puede seguir siendo pastueño y dejar pasar esta obligación de erradicar un sistema en el que la gestión pública no tiene responsabilidad, y las terribles consecuencias de sus actos las asume lo privado. Si no lo cambiamos y con el engendro de estado que tenemos, no podremos resistir nuevos envites como estos. Y nos veremos como en aquel pueblo blanco, que colgaba de un barranco y del que Serrat nos contaba que nacer o morir es indiferente.

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