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“La Agonía de Cristo”: el testamento de Santo Tomás Moro

La Agonía de Cristo es el testamento teológico e intelectual de uno de los más grandes pensadores cristianos de todos los tiempos.

Aunque Cristo nuestro Salvador nos manda tolerar la muerte, si no puede ser evitada, antes que separarnos de Él por miedo a la muerte (y esto ocurre cuando negamos públicamente nuestra fe). Sin embargo, está tan lejos de mandarnos hacer violencia contra nuestra naturaleza (como sería el caso si no hubiéramos de temer en absoluto a la muerte), que incluso nos deja la libertad de escapar si es posible del suplicio, siempre que esto no repercuta en el daño de su causa.Santo Tomás Moro, La Agonía de Cristo (1535)

¿Quiénes de entre vosotros, conocedores y defensores de la Tradición, no habíais oído hablar de Santo Tomás Moro? ¿A quién no le viene a la cabeza la palabra Utopía cuando se menciona el nombre de este celebérrimo terciario inglés? ¿Alguien no lo ha puesto, acaso, en relación con otros grandes humanistas cristianos de comienzos del siglo XVI como Desiderio Erasmo o Juan Luis Vives e, incluso, con el infame Martín Lutero? ¿Acaso uno de los clásicos del pensamiento político renacentista, al nivel de Maquiavelo o Pico della Mirandola, necesita presentaciones? Sea como fuere, algunas facetas de los hombres más ilustres necesitan ser redescubiertas, releídas, reveladas (que no inventadas o cínicamente resaltadas) o, simplemente, tenidas en cuenta. En este sentido, nos, desde nuestra humilde posición de escritor, estimamos oportuno huir de los tópicos sobre Thomas More y, de esa guisa, mostrarles a nuestros lectores su faceta martirial y heroica: aquella que se ve reflejada en su última obra, La Agonía de Cristo (1535). El susodicho texto, sin duda alguna, podría ser considerado como el testamento teológico e intelectual de un hombre de extraordinaria valentía, arrojo y piedad que, ante una muerte más que segura, decidió sacrificarse, no sólo en pos de sus elevados ideales, sino por la mismísima Verdad.

Tomás Moro (1478-1535), un verdadero “atleta” de Cristo

Ciertamente, la Inglaterra de los años 30 del siglo XVI no era el lugar más propicio para cualquier hombre (o mujer) amante y defensor de la Justicia, la Verdad y la Belleza. En las décadas precedentes, el rol de árbitro e intermediario con respecto a los viejos (papado e Imperio) y nuevos (la Monarquía Hispánica, el Reino de Francia y el Imperio Otomano) poderes universales, había conducido a Enrique VIII a una posición cada vez más incómoda y comprometida. Cegado por la ambición y obsesionado por el vacuo sueño de la fama, aquel al que Su Santidad León X le había concedido, en 1521, el título de Fidei Defensor, se adentró por el mismo sendero (oscuro, incierto y tortuoso) que estaban recorriendo prusianos, sajones, daneses y otros bárbaros norteños: el de la ruptura, la apostasía y la excomunión, más conocido como la Reforma. Así, el despótico Tudor empezó renegando de Catalina de Aragón, aquella noble y virtuosa esposa (tanto dentro como fuera del palacio) con la que, casi treinta años antes, había contraído matrimonio en la Catedral de San Pablo. De manera concupiscente y desmedida, decidió entregarse carnalmente a cualquier dama o doncella de la Corte que le pudiese dar un hijo varón. Aquel despropósito culminó con la embajada de Wolsey a Roma para que Clemente VII le concediese el divorcio de forma inmediata, a lo cual el pontífice se negó en rotundo, arrastrando al, entonces, Arzobispo, de York a la infamia y el olvido. Él, detentador de la segunda dignidad episcopal más importante de Inglaterra, había actuado en contra de sus propios principios, colocando al César (o más bien a una versión despótica y obesa del mismo) por delante de Dios. “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24).

En este contexto de crispación, Tomás Moro, Lord Canciller desde 1529 hasta 1532, hubo de ejercer de Séneca ante un Enrique VIII que cada vez recordaba más a Nerón. Si bien es cierto que Moro apostó por la templanza y la prudencia ante los delirios de grandeza del Tudor (siendo muy reticente, por ejemplo, a expresar sus opiniones en público), su oposición a las constituciones conocidas como Acta de Supremacía (Supremacy Act, 1534, por la que el rey inglés se convertía en la “cabeza” de la Iglesia nacional) y Juramento de Sucesión (Oath of Succesion,1534, aceptando a Ana Bolena como “reina” de Inglaterra) lo pusieron en una posición cada vez más comprometida. De hecho, en virtud de otra constitución aprobada en el Parlamento (Treasons Act o Acta de Traiciones, 1534), sus adversarios políticos (Thomas Cromwell entre ellos) se coaligaron para convencer al monarca de que lo condenase por “alta traición”. Y así resultó, pues, Moro, negándose a ser defendido en una farsa de juicio por otro que no fuese él mismo, fue sumariamente imputado con la pena capital y encerrado en la Torre de Londres con los peores criminales del Reino. “El gobernador les preguntó de nuevo: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato les dijo*: «¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo?». «¡Sea crucificado!», dijeron todos. Pilato preguntó: «¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban aún más: «¡Sea crucificado!» (Mt. 27: 21-23).

Mas, ¿por qué? ¿Cuál fue el motivo por el que un hombre inocente, que además tenía la razón de su parte, no optase por una defensa acérrima de su causa? ¿Acaso no habría partidarios de la misma entre los magnates y optimates de Albión? ¿Por qué ni siquiera se planteó la posibilidad de huir a España, a los Países Bajos o a cualquier otro dominio de los Habsburgo en el que hubiese sido bien acogido? Sencillamente, porque no lo necesitaba para cumplir lo que Dios había dispuesto para él: dar testimonio público de su fe y convertirse en un verdadero atleta de Cristo, nada menos que en el segundo mártir del cisma anglicano. Pese a que muchos en su situación se hubiesen dejado llevar por el miedo, la ira, aparte de por una amplísima gama de bajas y rastreras pasiones (sobre todo el odio o el resentimiento), Santo Tomás Moro no dejó de orar por la conversión de sus todos enemigos, pidiéndole al Señor misericordia hacia los que se movían en las densas tinieblas en las que el Enemigo había envuelto a Inglaterra. Así pues, hacinado en una celda, a la que sus acusadores acudían con frecuencia para tentarle con los mayores honores y méritos si capitulaba y desistía en su empeño, nuestro autor escribió la obra que nos disponemos, a continuación, a analizar más en profundidad, la cual termina (muy agudamente) con el siguiente epitafio:

THOMAS MORVS IN HOC OPERE VLTERIVS PROGRESSVS NON EST, HACTENTVS ENIM CVM ESSET PERVENTUM, OMNI NEGATO SCRIBENDI instrumento, multo arctius qua mantra in carcere detentus: non ita multo post prope turrim londinensem loco consueto securi percussus est, secundo Nonas Iulii, Anno Domini supra millesimum quingentésimo tricésimo quinto, Regis vero Henrici Octavi vicésimo séptimo.

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Algunas lecciones extraídas de la Agonía de Cristo

Antes de entrar en profundidad a propósito de las ideas y argumentos esgrimidos por Tomás Moro, hombre de enormes conocimientos teológicos y bíblicos, en su última obra, es necesario que la caractericemos y definamos. Por lo que a su esencia y naturaleza respecta, podríamos decir, in primis, que se trata de un tratado de teología, más concretamente de su rama cristológica. Empero, a poco que uno realice una lectura atenta y, a partir de ella, interiorice su contenido, se atisba una correlación entre el sufrimiento y captura de Nuestro Señor, por parte de los esbirros de la casta sacerdotal judía, con las circunstancias en que se desarrollaron los últimos meses de la vida de Moro. Ahora bien, nuestro autor dejó, desde el principio, muy claro que, pese a lo injustas, penosas y aterradoras que pudieran ser las acusaciones, castigos y torturas sufridas por los mártires, una sola gota de la sangre preciosísima del Cordero había valido para redimir a todo el género humano. De esta guisa, cabe añadir que el sacrificio del Hijo del Hombre, sin poder ser, en modo alguno igualado, ha servido a lo largo de los siglos como referencia o modelo a imitar por parte de todas aquellas personas de fe que se vieron acorraladas, ninguneadas, vejadas y torturadas por parte de un poder político o religioso opresor e intolerante ante los preceptos del Evangelio. Por este motivo, es menester reconocer que más allá de la tratadística, la dicha obra es una verdadera guía (a través de uno de los pasajes bíblicos más importantes) para llevar vida cristiana plena, o sea, en comunión con la Santa Iglesia, respetuosa con los Mandamientos del Señor y, por supuesto, acorde a las enseñanzas del mismo Jesucristo.

En las casi doscientas páginas del escrito, el relato de la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní y su posterior captura y entrega a las autoridades sacerdotales sirve para hacer un retrato fidedigno, tanto de la vida de los creyentes y de sus más comunes fallos y tentaciones como de la propia condición humana. Así, en lo que toca a la axiología del texto de Santo Tomás Moro, inseparable de aquella de los Evangelios, se distinguen tres líneas maestras: la importancia de la oración, las miles de maneras en las que los hombres seguimos traicionando a Dios, además de resaltar el papel esencial de la caridad en la vida del cristiano.

En primer lugar, los más adelantados entre apóstoles (Pedro, Juan y Santiago) se vieron incapaces de velar y orar junto al Maestro, vencidos, no sólo por la fatiga, el sueño y la añoranza de un lecho caliente y confortable, sino por la complacencia y la comodidad. Es ahí, según Thomas More, cuándo el Enemigo (“como león hambriento”) se abalanza sobre nosotros, máxime en momentos de tristeza (la de los Apóstoles al conocer qué iba a ser de Jesús).  Por ello, cuando nos desesperamos tendemos a creer que nuestras plegarias son inútiles ante un sino inexorable e inesquivable (estaríamos “predestinados” a la fatalidad). También, el santo londinense aprovecha para realizar una crítica a los obispos y demás clérigos, acusándoles de aplazar o postergar la oración y la defensa de la Cristiandad (amenazada por el Turco) en beneficio de los asuntos mundanos (el dinero, el poder y demás vanaglorias).

En segundo lugar, la figura de Judas Iscariote, o más bien, su torpeza y mezquindad, representan todo aquello de lo que el fiel debe huir y alejarse. Más allá de la evidente traición perpetrada hacia Aquel con el que había compartido su intimidad (quién lo delató en el Cenáculo), el crimen de Judas abarca otros tres aspectos: la concupiscencia ante el “vil metal” y otros asuntos del Reino del César que nos llevan a alejarnos del Padre del Cielo e, incluso, a negarlo o ignorarlo delante de nuestros supuestos benefactores y “superiores”; también, al estar cegados por el oscuro velo de las Tinieblas, la vehemencia y la insistencia en el pecado nos llevan a enorgullecernos de los actos más repugnantes, crueles y censurables que podamos imaginar, agravando nuestra falta previa; y, por supuesto, nuestra negativa a reconocer y a arrepentirnos de nuestros errores que, por muy graves que nos parezcan, serán condonados por el Misericordioso. ¿Acaso, ninguno de nosotros pecadores se ve identificado con alguna de estas lamentables y recurrentes conductas? ¿Creemos, todavía, estar libres de emular al Traidor entre los traidores?

Por último, una de las figuras que más desapercibidas suelen pasar en los relatos evangélicos, más concretamente en el de Marcos (14:51-52), es la de un joven (parece ser que se trataba de un criado) que, desde la distancia, observa el prendimiento del Señor. De acuerdo con el primer obispo de Alejandría, éste vestía un lienzo fino del que, al ser apercibido, amenazado y agarrado por uno de los matones de Caifás, se desprendió, pudiendo escapar sin mayores dificultades.  Esto, queridísimos lectores, está directamente relacionado, no solo con la actitud de renuncia por parte de los santos y los mártires (almas perfectas), sino también con la virtud teologal de la Caridad. ¿De que forma? Primero, abandonando nuestros “compromisos” y “proyectos” mundanos para seguir a Jesús [“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Mateo, 16:18-19]. Segundo, el Señor, nos invita en su Evangelio, una vez que hemos dado el paso anterior, a llevar el cumplimiento de la Ley de Dios a su plenitud:

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 Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. Mateo, 22: 36-40

En resumen, podemos decir que la vida y obra de Santo Tomás Moro, allá por el año del Señor de 1535, alcanzaron una conjunción perfecta, ya que, tanto las convulsas circunstancias históricas y las luchas de poder acaecidas en la Inglaterra de aquellos tiempos (contagiada del patológico afán destructor y disolvente de la Reforma) como su propia ortodoxia en lo que respecta a la defensa de la Doctrina, lo llevaron, tras una injusta condena a muerte, a padecer el martirio. La Agonía de Cristo sería, así, el diario y el testamento teológico e intelectual de uno de los más grandes pensadores cristianos de todos los tiempos que, durante su estancia en prisión, recordó los últimos instantes de libertad del Redentor (una vez instituida la Eucaristía), para convertir su sufrimiento en una auténtica lección de virtud cristiana.

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