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Las tonterías que dicen algunos: “La meritocracia es corrosiva para el bien común”

Tras el COVID-19 Michael Sandel ha llegado a afirmar que “la meritocracia es corrosiva para el bien común”

Michael Sandel, autodenominado filósofo político, y profesor de origen judío en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, se caracteriza por defender doctrinas contrarias a la lógica mas elemental, tal y como se manifiesta en su intervención en la II edición del Foro Telos organizado por la Fundación Telefónica.

Sandel tienes varias bestias personales, una de ellas, que podemos compartir, es el pensamiento neoliberal, la otra es la meritocracia, al considerar que la misma se opone al bien común.

Según ha manifestado “moralmente no estábamos preparados para esta pandemia”, al ponerse de manifiesto las desigualdades económicas que se han producido en las últimas décadas, sin embargo, Sandel olvida que el principal problema no es la desigualdad económica (que existe, y que puede llegar a ser injusta), sino la bajeza moral de una sociedad construida bajo los dogmas nacidos con la Revolución Francesa.

Según Sandel la brecha económica se acreciente por los efectos de la meritocracia, que ha provocado que los representantes de la meritocracia vivan en una burbuja que invisibiliza a quienes lo están pasando mal.

Sandel sostiene que uno de los efectos de la meritocracia se ha manifestado en la brecha entre quienes han podido conservar su empleo y trabajar desde casa, sin exposición ni riesgo, y los que por la naturaleza de sus funciones no han tenido más opción que salir a la calle y exponerse al virus (y los que se han quedado sin trabajo), es decir, que para Sandel el sacrificio, el trabajo, la dedicación y el esfuerzo no tienen que ser recompensados con una mejor calidad de vida, pues por lo visto comete injusticia todo aquel que se aprovecha de su esfuerzo pasado para obtener una mejor calidad de vida; por lo visto lo justo, según Sandel, es que todos hubiésemos vivido esta crisis en igualdad de condiciones, haciendo abstracción de la previsión anterior, o del esfuerzo personal realizado desde nuestro nacimiento.

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La cuestión es que, según Sandel, en este tiempo hemos visto que sin personal sanitario, trabajadores industriales, repartidores, mozos de almacén, dependientes, camioneros y un largo etcétera saliendo de sus casas a trabajar, la vida de una ciudad, de un país, puede congelarse. La paradoja es que, además de que no suelen estar bien pagados, esos trabajos son poco reconocidos, y ahora resulta que son trabajadores esenciales. Argumento tramposo, pues parece que todos aquellos que pudieron realizar teletrabajo no tienen ningún valor social, sin embargo, la realidad demuestra otra cosa, pues en teletrabajo, y sin salir a la calle, se encontraban muchos trabajadores que posibilitaron mantener las redes de comunicación, muchos trabajadores que diseñaron, o perfeccionaron los vehículos en los que viajaron aquellos que no pudieron optar por el teletrabajo, al igual que en teletrabajo estuvieron muchos de los técnicos que inventaron y desarrollaron esas máquinas que fueron imprescindibles para que funcionaria al industria, y todos aquellos que posibilitaron con su trabajo y su esfuerzo anterior que muchos trabajos se puedan desarrollar ahora en modalidad de trabajo a distancia. Ahora Sandel nos vuelve a salir con el asunto de la diferencias de clases, en lugar de apoyar la justa diferencia de mérito.

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Según Sandel es necesario dudar acerca de la idoneidad de la meritocracia como método para establecer una escala de valor social, pues considera que la meritocracia “resulta corrosiva para el bien común”. Según el autor la meritocracia parte de la idea de que, en igualdad de condiciones, los que triunfan son los mejores, pero el problema surge dado que nadie pone en duda la promesa de que “si te esfuerzas conseguirás el éxito”. Y, así, los que triunfan creen que lo han hecho por sí mismos y que merecen todas las recompensas recibidas, mientras que los que se quedan atrás se dicen: “No he sido capaz, soy un fracaso”. Estas creencias han generado arrogancia en unos, desmoralización en los otros, y han contribuido a la indignación y al rechazo hacia las élites meritocráticas, según el autor de origen judío.

Pero lo que no valora Sandel es que el desprecio por el que no llega no se soluciona eliminando la meritocracia, ni defendiendo el igualitarismo, ni si quiera recurriendo al estado asistencial, pues la verdadera sanación de la barrera entre el triunfador y el fracasado viene de un concepto olvidado en el occidente post revolucionario: la caridad.

Efectivamente, ni la solidaridad, ni el asistencialismo estatal, ni la justicia son mecanismo para reducir las diferencias sociales, en primer lugar porque la diferencia no es una problema, sino un acicate para el esfuerzo, en segundo lugar, porque la justicia no es la solución, pues esta determina que hay que dar a cada uno lo que le corresponde, pero ¿al que ejercita la desidia hay que corresponderle por justicia?. Evidentemente la respuesta es no, la respuesta es que la caridad es la única solución posible, y es la virtud que atempera la realidad social, la realidad de la diferencia.

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Otra cosa bien distinta es lo que entendemos por éxito personal pues Sandel no logra vaciar su equipaje revolucionario y considera la economía como lo prioritario, olvidando que el destino del hombre no es comodidad material, sino el bien moral, y la consecución de la vida eterna. Está claro que el liberalismo es el origen de nuestros males, pero el igualitarismo no es la solución, la única solución es la vuelta a la tradición y a los valores cristianos, entre ellos el ejercicio de la caridad.

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