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¿A qué hueles, Pablo?

La humanidad, desde sus orígenes, ha mostrado el más vivo afán de transmitir una imagen positiva ante quienes nos rodean.

Imagen con licencia Pixabay

¿Fue una información falsa, de tanto repetirse, la que nos ha hecho rechazar el olor corporal de nuestra propia especie? Habitualmente las modas se imponen desde le élite dominante y el «resto», mayoría obediente y silenciosa, persigue sin descanso cualquier atisbo para asemejarse a ella. Desde qué cremas usar hasta cuántas veces y con qué productos ducharnos cada día, los comentarios públicos y privados nos aportan información –muchas veces incorrecta- sobre qué debemos hacer para destacar o al menos no desentonar en sociedad.

Pero no por mucho reiterar algo, alcanza mayor veracidad. Aunque muchas de esas afirmaciones se conviertan en dogmas de comportamiento pese a no contar con ninguna base científica.

Me vienen a la memoria al respecto, dos anécdotas relativas al tema de hoy que voy a compartir con ustedes. La primera de ellas se relaciona con el mito de que Isabel «La Católica» era sucia y maloliente. Una fabulación que tiene origen en la Leyenda Negra y que confirma aquello de que una mentira repetida mil veces termina por asentarse mejor que la verdad. Pues bien, un compañero valenciano en el Consejo de Administración de una sociedad anónima, se refirió varias veces al aserto anterior durante los almuerzos previos a aquellas reuniones de trabajo. Él se regocijaba jocoso en que, según sus datos, entre la relación de artículos que el rey Fernando de Aragón trajo desde Zaragoza a la corte castellana figuraba su bañera, un artilugio, a su entender, poco menos que desconocido en Castilla. Y entonces, claro, repetía la machacona cita sobre el pretendido juramento de la reina de que “no se lavaría ni cambiaría de camisa hasta que Granada fuese conquistada por los cristianos”. Yo confieso que he lamentado durante muchos años no haber salido en defensa de mi reina preferida, pero ya saben ustedes la mezcla heterogénea resultante de juntar política, economía y educación, que impide muchas veces a uno, decir lo que piensa.

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La otra historia trae origen en un gran amigo carmelita, el padre Alfonso Herrera. Durante alguna de las largas caminatas que disfrutamos con el grupo de “los amigos del Camino” en peregrinación a Santiago, se habló precisamente de la higiene corporal, Alfonso nos contó que durante su etapa como capellán de un hospital, una gitanilla que aguardaba impaciente el resultado de la intervención de su marido, exclamó cuando finalmente pudo acercarse a él, a quien habían aseado convenientemente para la operación: “¿Pero qué le han hecho? ¿A qué huele? ¡No, no! ¡No puede ser, mi marido no hiede así!”. Y es que a veces no nos damos cuenta que el olor característico con el que nos dota la naturaleza forma parte de nuestra identidad, y lo ha sido siempre, hasta que la civilización acercó agua corriente y abundante a nuestras ciudades. Quien se adentra en un entorno extraño, tarda poco en constatar que determinados olores a los que no esté habituado le puedan resultar repelentes. Poco importa si son el resultado de un cambio de hábitos hacia mayor o menor limpieza.

Porque también existen vivencias en sentido opuesto, como la experiencia que relata el libro: You’re Showering Too Much (Te estás duchando demasiado), de James Hamblin, un profesor de medicina preventiva de la Universidad de Yale, quien afirma sentirse perfectamente bien tras una experiencia personal e investigadora, por la que no se ha bañado en los últimos cinco años. Asegura en una entrevista para la BBC que “con el tiempo el cuerpo se acostumbra para que no huela tan mal sin usar desodorante ni jabón”. Entre argumentos de tipo ecológico, menor consumo de agua y disminución de la contaminación de fluviales, explica que el olor del cuerpo lo origina un tipo de bacterias que se alimenta de nuestras secreciones cutáneas. En su opinión, los jabones del baño diario destruyen el ecosistema de nuestra piel y, aunque esta microbiota se repueble al poco tiempo, las especies se desequilibran con ventaja para los microbios que producen el olor. De su propia experiencia deduce que, tras un proceso de regulación, el ecosistema llega a un estado estable y se deja de oler mal. “No hueles como agua de rosas. Simplemente hueles como una persona”, dice. Es meramente su olor “propio” y, al igual que en la historia de la gitanilla del padre Alfonso, a su esposa le gusta y para otras personas no parece resultar desagradable.

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La literatura científica especula sobre el enigmático sentido del olfato, al que algunos consideran actualmente dormido. Pero no está ahí por casualidad, porque nos permite detectar peligros, reconocer un entorno familiar, y/o recordar momentos memorables. No hay un consenso sobre si nuestra capacidad olfativa permitiría diferenciar más de 10.000 olores diferentes o los millones que apuntan otros, pero en lo que coincide la mayoría es que nuestra nariz no aprecia el olor que emite nuestra propia piel. ¿Por qué sería imposible olernos a nosotros mismos y avisarnos del riesgo social que pudiese conllevar un mal olor? Nuestro epitelio olfatorio se suele apagar cuando transcurre mucho tiempo con la misma percepción, y lo hace como simple medida de autodefensa, pues un olor nauseabundo persistente nos podría volver locos. Nos advierte del peligro de la pestilencia, pero se desconecta después para evitarnos sufrimiento. 

La humanidad, desde sus orígenes, ha mostrado el más vivo afán de transmitir una imagen positiva ante quienes nos rodean. El hombre antiguo sabía que su olor formaba parte de la impronta que comunicaba con otras personas. Sin embargo, la biología social fue introduciendo una cultura en que la gente esperaba que el otro no oliese a nada o mejor incluso, que oliese como una rosa, un bálsamo o un perfume, pues de lo contrario se le clasificaría como sucio. Así pues, daba por hecho que dejar un rastro de olor humano sería detestable y negativo. Fue la causa que propició los baños públicos, -en Grecia ya se conocían en el siglo XI A.C.- y estaban llamados a resolver un problema de higiene junto a otras necesidades religiosas y sociales, para terminar por convertirse en “puntos de encuentro”.

Cierto que, para afrontar su convivencia en un grupo, el hombre precisa acatar ciertas normas. Y ésta, la del baño frecuente ¿no forma parte de la educación? Tal convicción, erigida en ley casi universal por múltiples culturas, invita a considerar las ofertas de los notables discrepantes a que hemos aludido, como anécdotas curiosas dignas de consideración. No es ni fácil ni prudente pretender cambiar de golpe el legado de tantos siglos, que ha llegado a asociar la limpieza del alma con la del cuerpo. La religión musulmana con sus abluciones previas a la oración, que libera al creyente de sus actos contra los preceptos del Corán; o la hindú que ofrece a cualquier peregrino que se sumerja en el Ganges, el perdón de todos sus pecados para él y sus ascendientes hasta la 88 generación. Estos ejemplos muestran, en efecto, cómo está de incrustado el hábito de la limpieza del cuerpo en nuestros genes y lo peligroso que resultaría tratar de cambiarlos.

Pero respetando lo que a cada cual le resulte mejor, nada impide, sin embargo, suscribir la frase de Confucio cuando dice que: todo y todos tienen belleza, aunque no todo el mundo la vea”.

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