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Non licet tibi” — “No te es lícito” (Mc 6, 18)

Habría que recordar a quienes detentan el poder en España la frase de Becket al monarca Plantagenet: ¡Non licet tibi!, No te es lícito!

29 DE DICIEMBRE: SANTO TOMÁS, ARZOBISPO DE CANTORBERY Y MÁRTIR DE LA LIBERTAD DE LA IGLESIA

Estas graves palabras del Precursor resonaban en los oídos de Herodes Antipas recordándole cuánto desagradaba al Cielo su incestuosa unión con Herodías, la esposa de su hermano Filipo. Y cuando, a instancias de Salomé, los labios de San Juan Bautista fueron sellados para siempre por la espada del verdugo, se diría que aquellas recriminaciones cesarían definitivamente.

Sin embargo, no fue así: el rey criminal viviría hasta el final de sus días atormentado por el recuerdo del profeta que continuaba interpelándolo: “Non licet tibi!” .

Más de un milenio después de este episodio, habiendo la Iglesia civilizado ya a las naciones y establecido su influencia espiritual sobre ellas, una voz serena y firme —como la del Precursor— se dejaba oír en Inglaterra, recordándole a otro tirano los límites de su poder real: esa era la voz de Santo Tomás Becket. Cerca de otro milenio posterior a su martirio, recordamos su biografía y añoramos que su valiente personalidad no encuentre ejemplo ante la preocupante situación por la que atraviesa España con gobernantes cada vez más parecidos en su totalitarismo y atropello de las instituciones al rey Enrique II Plantagenet, causante de su martirio y de su gloria.

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Tomás nació en 1118 en una familia trabajadora y fue bautizado el mismo día. Se educó con los monjes en la abadía de Merton en Surrey, después en Londres y más tarde en la Universidad de París. Las crónicas dicen que era guapo, amistoso, le gustaba el buen vestir y el deporte, a pesar de lo cual, no se distraía de su vocación porque era un hombre puro y le gustaban las cosas de Dios.

Al morir su padre se quedó en aprietos económicos por lo que desde 1142 fue empleado en la corte del Arzobispo Theobald de Canterbury quien se dio cuenta de sus excelentes cualidades. Su nobleza, sagacidad y capacidad le ganaron la confianza del arzobispo. Juntos viajaron a Francia, Roma y otras partes del continente. Llegó también a ganarse la amistad del rey. Tomás obtuvo permiso para estudiar ley canónica y civil en Bologna, Italia y en Auxerre.

En 1154 fue ordenado diácono y posteriormente, arzobispo de Canterbury. En esta posición fue negociador de los asuntos de la Iglesia con la corona. Tomás convenció al Papa Eugenio III de no reconocer la sucesión de Eustace, hijo del Rey Esteban de Blois. Esto aseguró el derecho de Enrique de Anjou al trono como Enrique II[1] al morir Esteban en 1154, reuniendo bajo su dominio, además de Inglaterra, los feudos franceses de Normandía, Bretaña, Maine, Turena y Anjou, a los que añadió Aquitania por su matrimonio con Leonor de Aquitania (1152). Enrique II impulsó además la conquista de las islas Británicas bajo dominio inglés, sometiendo Escocia y Gales e iniciando la conquista de Irlanda (1171). Un imperio frágil, disperso geográficamente, de culturas diversas y solo unido bajo su persona. Un imperio que iba a costar múltiples quebraderos de cabeza a los sucesivos monarcas Plantagenet, incluidos interminables conflictos bélicos contra los Capeto, los monarcas franceses. Su ambición de acrecentar los límites de su imperio le llevó a anexionarse Bretaña y, posteriormente, a casar a sus hijos con lo mejor de la nobleza europea.

En 1155, por sugerencia del Arzobispo Theobald, Tomás fue elegido como canciller de Inglaterra, puesto en el que sirvió lealmente a Enrique II por 7 años. Su deber era administrar la ley y lo hizo con sabiduría e imparcialidad. Pero el rey tenía oscuros intereses sobre la Iglesia. Tomás, comprendiéndolo, le dijo: “Si me haces Arzobispo te arrepentirás. Ahora dices que me amas, pero ese amor se convertirá en odio”. Así ocurrió. Renunció a su puesto de canciller, lo nombraron Arzobispo en 1162 y desde la consagración episcopal se entregó por completo a servir al Rey de Reyes, donde la gloria está en la humildad y la disciplina.

Comienza el enfrentamiento

Los caballeros de la isla estaban hartos de que se utilizara su potencial bélico y sus impuestos para defender unas posesiones lejanas que en nada les beneficiaban y se rebelaban por ello, el reinado de Enrique II de Inglaterra se caracterizó por un reforzamiento del poder real, en lucha incesante contra los señores feudales y la Iglesia.

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El 1 de octubre de 1163 empezaba en la abadía de Westminster el sínodo convocado por el rey Enrique II para debatir sobre cuestiones concernientes al gobierno de la Iglesia en Inglaterra. El monarca no estaba de acuerdo con el privilegium fori del clero y, además, no admitía que súbditos suyos fuesen excomulgados sin su consentimiento. Asimismo quería que se restauraran otras prerrogativas disfrutadas por sus antepasados normandos.

Todos los obispos eran unánimes en cuanto a la imposibilidad de ceder a tales pretensiones. Pero, ¿quién se alzaría a enfrentarle? Era al Arzobispo de Canterbury, Primado de Inglaterra, al que le tocaba realizar esa difícil tarea. Tomás Becket, que había sido poco tiempo atrás Canciller Real y gran amigo de Enrique II, asumía el embarazoso encargo. En su momento, se levantó y le explicó al rey la independencia existente entre el poder espiritual y el temporal, discurrió sobre el carácter sagrado del sacerdocio y, finalmente, alegó antiguos derechos que los obispos poseían de juzgar y castigar a los miembros del clero. El monarca entró en cólera. Interrumpió las palabras del prelado exigiendo que todos aceptasen sin condiciones las propuestas que él había hecho. Santo Tomás Becket le respondió que obedecerían salvo ordine suo , o sea, en la medida en que las reglas que dictase fueran lícitas para un clérigo. Al oír esto, el rey se retiró airado, sin ni siquiera decir una palabra de despedida.

Esta contienda entre los obispos ingleses y su monarca no resultaba ser excesivamente fuera de lo común en aquellos tiempos. Muchos soberanos de aquella época se arrogaban el derecho de nombrar a los obispos, legislar sobre la organización interna de la Esposa de Cristo, disponer de sus rentas o gobernar libremente sobre los miembros del clero, obviando la circunstancia de que eran personas consagradas.

El Primado de Inglaterra no podía aceptar de ninguna manera estas constituciones que subyugaban de este modo el poder espiritual al temporal. Tan sólo cinco de las dieciséis cláusulas, concernientes efectivamente al gobierno civil, eran de hecho aceptables y fueron posteriormente admitidas por el Papa. No obstante, el rey decidido a someter a la Iglesia a sus pretensiones decretó la ruina de quien con tanta fuerza se oponía a ellas. Acusó al prelado de falsos delitos jurídicos y

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financieros, además de perjurio por no aceptar aquellas Constituciones (llamadas) de Clarendon y fue convocado ante la corte reunida en Northampton, en octubre de 1164.

Ante esas insólitas denuncias, el arzobispo le pidió a Enrique tiempo para aconsejarse con sus hermanos en el episcopado y preparar su defensa. La mayoría de los obispos, que temían perder la benevolencia del soberano, insistían al Primado que cediese ante el rey y renunciase a su cargo. El Arzobispo de Canterbury, se negó y haciendo valer su primacía, les prohibió a los obispos que tomasen parte en el juicio. Según narra un conceptuado biógrafo, el arzobispo fue condenado probablemente a cadena perpetua, pero Tomás consiguió escapar y refugiarse en la abadía cisterciense de Pontigny en Francia, donde pasó seis años. Entre tanto, se sucedieron intrincadas actividades diplomáticas e intentos de reconciliación, ora promovidas por el Pontífice, ora por el rey de Francia.

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Llegar a un acuerdo no era fácil, ya que si prevaleciesen las exigencias del monarca inglés, como Tomás escribía al Papa, “la autoridad de la sede apostólica en Inglaterra desaparecería completamente o sería reducida a casi nada”. Enrique II, por su parte, reconocía que si continuaba con su política de oposición a la Iglesia tendría que sufrir penas canónicas. “Sé que pondrán un entredicho sobre mi reino, pero ¿no puedo yo, que soy capaz de tomar una fortaleza cada día, apresar a un clérigo si pone en entredicho mi tierra?”, inquirió a un legado papal. Le autorizó a Becket a volver a su diócesis, pero sin consentir darle el ósculo de la paz.

De regreso a la Patria

Triunfal fue la acogida que, el 2 de diciembre de 1170, el pueblo de Canterbury le dispensó a su recordado Pastor. Sin embargo, estaba convencido de que la paz no sería duradera si no prevalecia el orden puesto por las leyes de Dios y de la Iglesia; no existiría la verdadera paz.

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Al día siguiente, tres mensajeros llegaron a la ciudad enviados respectivamente por los arzobispos Roger, de York, Gilbert, de Londres, y Jocelin, de Salisbury, quienes pedían la revocación de la excomunión lanzada sobre ellos, por haber procedido a la ceremonia de coronación del hijo del rey, contrariando la prohibición expresa del Arzobispo Primado y del propio Vicario de Cristo. Tomás ordenó que les respondieran que una pena impuesta por el Papa sólo él la podía abolir.

La respuesta hizo reencender la cólera de Enrique II, que ya se había sentido incómodo con la conmovida recepción brindada por el pueblo a su legítimo prelado. Cada día que pasaba, el clima de enemistad contra el arzobispo se iba acentuando en la corte. Uno de los biógrafos de Santo Tomás Becket afirma que el rey, arrebatado por la furia, provocaba a sus cortesanos con frases como esta: “¡Qué colección de vagos cobardes tengo en mi reino que permiten que un clérigo de baja estofa se burle de mí tan vergonzosamente!”. Algunos decidieron escucharle… Dicho y hecho: cuatro de los caballeros de su Corte –Reginald Fitzurse, Hugh de Morville, William de Tracy y Richard Brito–, al oírle despotricar de ese modo, tomaron la imprecación al pie de la letra, se reunieron en el castillo de Saltburn (Kent) para planear el magnicidio y, acto seguido, cabalgaron hasta Canterbury ..

Llegados allí, uno de ellos interpeló al eclesiástico con términos agresivos, por haber recusado absolver a los clérigos y monjes excomulgados. — La sentencia no fue dictada por mí, sino por el Papa. Que los interesados se dirijan a él para pedirle perdón, respondió Tomás.

La victoria  de la verdad

Los caballeros se retiraron furiosos para ir a coger sus armas, mientras que algunos monjes y servidores del valeroso prelado, al ver el gran peligro que corría, consiguieron con dificultad llevarle a la catedral. Era la hora del rezo de Vísperas y el templo estaba lleno. Tras el cortejo de los monjes y del santo arzobispo, entraron los enfurecidos caballeros y con las espadas desenvainadas se precipitaron sobre él. — ¡Absuelve a los obispos!, gritó uno de ellos y embistieron contra el indefenso ministro de Dios. El primer espadazo le alcanzó los hombros y los siguientes le hirieron en la cabeza. Entonces dijo: “En tus manos, Oh Señor, encomiendo mi espíritu”. Sus últimas palabras, según un testigo, fueron: “Muero voluntariamente por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”.

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El crimen causó indignación en toda la Cristiandad. El rey Enrique fue forzado a hacer penitencia pública y construir el monasterio en Witham, Somerset. La tumba de Tomás Becket se convirtió en un centro de peregrinación y entre los innumerables devotos que acudieron a su sepultura se encontraba el propio Enrique II que, después de haber pedido perdón al Papa y renunciado a las Constituciones de Clarendon , se dirigía a Canterbury a pedir clemencia al santo mártir.

En la actualidad muchos gobiernos una vez más se oponen a que la Iglesia proclame la verdad sobre el hombre y la sociedad. En España, al menos, es difícil compaginar la verdad con el derecho, la libertad, a defenderla. Tristemente, vuelve a haber en nuestro país personas perseguidas por exponer sus ideas, basándose en unas empresas que se dicen comprobadores de la verdad y que actúan tan dictatorialmente como Enrique II en su tiempo.

Tres hechos, y se podrían citar muchos más, en apariencia sin conexión, pero que obedecen a un mismo fenómeno, el de la tiranía de lo políticamente correcto, un nuevo fundamentalismo referente a determinadas materias, que pretende reescribir la historia y la cultura, quitando la libertad. Ante el piquete de esta nueva Inquisición nada está a salvo del furor revisionista. Tres ejemplos:

*Acusación de ultracatólico contra un profesor carlista en un instituto de Villena, por explicar a unas alumnas en el patio del colegio, lo que significaba la bandera LGTBI y por qué no debían exhibirla en el centro. Dos cuestiones: 1)*Al parecer, un docente no tiene libertad para explicar aquello que contradiga la doctrina oficial, porque pasa a ser políticamente incorrecto y 2) *Si además se trata de defender normas morales y valores éticos en una sociedad que no los aprecia, termina siendo motejado de ultracatólico de forma reprobatoria y despectiva.

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*La persecución contra el médico de Formentera, Dr. Ruiz Valdepeñas por exponer su teoría sobre el coronavirus que concuerda con declaraciones de eminentes personalidades en biología y virología, a pesar de lo cual, negando la libertad a que todo individuo tiene derecho, es separado de su puesto de trabajo y suspendido de sueldo porque su relato no se acomoda a lo expuesto por el Gobierno, es decir, no es correcto políticamente y esto se castiga.

*El asunto más parecido al de Becket es el del Padre Custodio Ballester. El cardenal Omella concedió al Padre Custodio Ballester un año sabático para que en su transcurso se olvidase la campaña desatada en su contra por la alcaldesa socialista de Hospitalet y otros sectores radicales del municipio. La razón principal: el posicionamiento claro y rotundo del entonces párroco en Hospitalet a favor de la unidad de España y en contra de la deriva secesionista de muchos curas y obispos catalanes. La cima del despropósito la alcanzó posteriormente un grupo islámico especializado en detectar lo que prejuzgan como «odiadores» al remitir a la Fiscalía de Odio unas manifestaciones hechas por el sacerdote. La fiscal de Odio en Málaga, citaba como ejemplo de intolerancia y odio clerical, un largo artículo publicado por Custodio Ballester titulado: “El imposible diálogo con el Islam”, del que se extraía, expresamente descontextualizado, el siguiente párrafo: “No nos engañemos, el Islam de hoy y de siempre, que es lo que estamos intentando cohonestar con el cristianismo, con una mano impulsa las obras de caridad, mientras arma la otra mano para aniquilar a todos aquellos que se niegan a reconocer a Alá, y a Mahoma como el último y definitivo profeta de Dios”. Se trata de un escrito presentado como trabajo final de la asignatura de “Diálogo interreligioso”, que fue calificado como “sobresaliente” en la Facultad de Teología de Cataluña por el profesor Jaume Flaquer, jesuita, director de la fundación “Migra Studium”, nada sospechoso de islamofobia, por cierto.

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La fiscal pide para el P. Custodio su ingreso en prisión por tres años y una multa de 3.000€. Preguntado éste por qué no se persigue con la misma contundencia a quienes a diario vierten expresiones y hacen manifestaciones de odio contra los cristianos, contesta con rotundidad que “porque son ellos mismos los responsables de hacerlo quienes están frontalmente contra los cristianos. La libertad de ideas, de creencias, de expresión y de culto es para los de su cuerda. Para los cristianos no hay ni puede haber libertad en el sistema estatal de valores. Imposible”.

De momento se libra de los espadazos sufridos por Becket, estaremos pendientes del método a utilizar, pues es claro que faltan voces que clamen por su defensa, que es la de todos. Especialmente estruendoso es el preocupante silencio que mantiene la Iglesia. Una vez más, se requieren hombres y mujeres santos que, como Santo Tomás Becket, sean fieles en las pruebas.

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En definitiva, es un problema de abuso de poder al coartar la libertad del pueblo. Crece el déficit cuando aparece una casta privilegiada instalada en el gobierno que no admite su sumisión a las leyes establecidas, de manera que, faltando el respeto a la separación de poderes, actúa dictatorialmente al trabajar no para España, sino contra España.

Practican descaradamente un nepotismo abusivo hasta la náusea colocando a multitud de amigos en cargos públicos muy bien remunerados, perjudicando con ello a otros con mejor derecho y en este ejercicio abusivo de su autoridad, otorgan la ciudadanía española a un individuo inglés que lleva tres años en España, en perjuicio de quienes llevan más de 10 aspirando a lo mismo. El mérito, el haber principal a favor del señor Rhodes consiste en ser amigo y seguidor del vicepresidente del Gobierno.

Sensu contrario es el caso del venezolano Luis Armando Pérez a quien la dictadura de Maduro le ha matado a dos hermanos y un tío y él mismo tuvo que huir para evitarlo. Tras salir de Venezuela hace más de dos años y pasar por varios países de Sudamérica, Luis Armando está en España, donde ha solicitado asilo. Ayer acompañó a los diputados en el exilio Wilmer Azuaje y Franco Casello en la presentación de unas espeluznantes fotos y vídeos de la matanza de El Junquito en la que fue ejecutado de un tiro en la cabeza su hermano Óscar. Las han aportado a la Corte Penal Internacional y la Oficina de Derechos Humanos de la ONU como pruebas de crímenes de lesa humanidad, a pesar de lo cual, como el responsable de las matanzas es, al parecer, amigo entrañable del Gobierno, o, al menos, de la parte más fuerte de él, le han denegado la petición de asilo.

Por último, un ejemplo más de la utilización del poder absoluto y, encima, en beneficio propio y no de la Nación, la encontramos en el empeño gubernamental de conceder el indulto a los golpistas catalanes antes de las elecciones del 14 de febrero en Cataluña. Se trata del enésimo pago en especies políticas, de soberanía y judiciales que Sánchez ha de hacer al independentismo catalán (también en el vasco) en agradecimiento por los apoyos que de ellos recibió en su investidura y ahora en los PGE. Y ello a pesar de lo que al respecto digan en sus respectivos informes preceptivos la fiscalía y la Sala del Tribunal Sentenciador del Tribunal Supremo.

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Los fiscales probablemente se opondrán al indulto por la gravedad de los delitos cometidos por los golpistas catalanes, por su falta de arrepentimiento y por haber alardeado, como lo han hecho Junqueras y Cruixart, que lo volverían a hacer. Sin embargo y a pesar de estas actitudes y de los dictámenes de los fiscales y del tribunal sentenciador, parece claro que Sánchez (-el Presidente, quién es?…Pues eso)  los va a indultar una vez que ello forma parte de sus pactos de la investidura y de los PGE con los dirigentes de ERC.

Los indultos, dicen los técnicos, son jurídica y políticamente una infamia y no contribuyen en nada a la convivencia catalana porque no hay arrepentimiento y además los golpistas amenazan con otra intentona cuando estén en libertad, máxime si además consiguen el poder en Cataluña. Pero hay algo mucho más grave; en estas circunstancias los indultos serían interpretados como una desautorización y rectificación de la sentencia del Tribunal Supremo y en consecuencia causarían daño irreparable a la Justicia española y al Tribunal Supremo en España y en Europa.

De ahí la gravedad de la situación que se está planteando y para colmo con prisas y urgencias -que no deben ser aceptadas por la fiscalía y el tribunal sentenciador-, que Iglesias está transmitiendo al ministro Campo para que los indultos queden concluidos antes de febrero. Y para que, en ellos, se les incluyan la eliminación de toda la condena: la penas de cárcel por sedición y malversación y también las de inhabilitación.

Habría que recordar a quienes detentan el poder en España la frase de Becket al monarca Plantagenet: ¡Non licet tibi!, No te es lícito!, es decir, por mucho poder que tengas, hay unas reglas morales que no puedes arrasar. Pero estos, más arrogantes y vanidosos que Enrique II, creen que sí pueden.

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Y, visto su despotismo, no ilustrado, pero despotismo al fin, deberían recordar las palabras de D. Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca en 1936, porque casi 85 años después de ser pronunciadas, podría parecer que van dirigidas a ellos mismos:

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”.


[1] Rey de Inglaterra, primero de la dinastía Plantagenet (Le Mans, Francia, 1133 – Chinon, 1189). Era hijo de Godofredo V de Anjou y de Matilde, hija y heredera de Enrique I de Inglaterra. Al morir su abuelo Enrique I en 1135, el trono fue usurpado por Esteban de Blois (nieto de Guillermo Iel Conquistador) y se abrió una guerra civil (1139-53), que terminó cuando Esteban reconoció como sucesor al hijo de Matilde, Enrique II.

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