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No quiero ser conspiranoico, aunque a veces … (II)

Artículo cuasi-humorístico para leer en voz alta, pero sin molestar. Hay alguien teletrabajando. El teletrabajo ha venido para quedarse.

Quizás, a veces, me sale un ramalazo de conspiranoico. Perdón, me arrepiento de ello. La segunda parte de la palabra conspiranoico viene de paranoia. La “paranoia” es, según el DRAE, “Perturbación mental fijada en una idea o un orden de ideas”, y dicho de las personas “perturbarse” es “perder el juicio”. Claramente, habría perdido el juicio si dudase. Jamás debería ocurrírseme no estar al día de la desinformación y menos aún, ponerla en duda razonada y sistemáticamente. “Muy mal, con lo que ellos se preocupan por nosotros”.

Dudar no es juicioso, no es sensato. De hecho, dudar cansa hasta el agotamiento y comentar las dudas aísla hasta la soledad. No debemos ser conspiranoicos. La conspiración no existe y, además, está muy mal visto pensar-lo. Por otra parte, el insulto prudente y espontáneo a los que dudan, me hace dudar. ¿Encubre ese insulto la pobreza de sus argumentos, la torpeza de sus medios, la maldad de su jugarreta y la cobardía social manifestada en el comportamiento “rebaño”, tan importante en estos días? No. Su insulto es una guía para que no haya más ovejas descarriadas y para reconvenirme dulcemente. Nunca volveré a ser conspiranoico, ni un poquito. Hago mucho mal a los grandes pensadores que se informan por el telediario. Y a los que lo informan. He de ser solidario.

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Reconocería a un conspiranoico si éste dijese falsedades como: “La aplastante caradura de los medios oficialistas y su oligopolio, su gusto por el linchamiento, que tantas satisfacciones ha dado a la chusma de toda la Historia, están siendo espoleados claramente”. Porque yo no pienso así. Nadie debería pensar… así. – “Mi nombre es nadie”, La Odisea-. Sin embargo, a veces, me siguen llamando conspiranoico en mis limitados círculos, porque lo de linchar es “barra libre”, pero lo hacen con buen corazón. Tengo que mejorar. He de ser prudente. No debo hacer memoria de lo que dijeron los medios de información en el pasado, o incluso en la noticia anterior; tampoco debo estructurar mis dudas y razonamientos a partir de la oficialidad previa o vigente, no sea que vea evidentes contradicciones en el juego de “donde dije digo, digo Diego”, o por no ser sexista, “digo Dina”; debo olvidar hasta mi capacidad de hacer “reglas de tres”, tan dañinas para el argumentario de los esforzados periodistas, que las evitan como pueden. La oficialidad cambia continuamente de argumentos y cuando ya no puede más, “cambia de tema, Filomena”. El pecado de recordar públicamente lo que se dijo antes, también públicamente, es muy serio, sobre todo, si la consigna ha cambiado. Cada vez más, creo que soy un poquito conspiranoico y debo curarme. Tengo que ser como esos millones de personas que fingen no enterarse de nada en Occidente y digo fingen, porque no pueden ser tan oficialistas sin querer. He de sentirme apoyado por esos importantes personajes que hacen declaraciones en las “teles”: expertos que no siguen en el cargo, sin afeitar, de grasientos cabellos, en camiseta, detrás de veladas pantallas -la tecnología al rescate-; me siento apoyado por las ancianas entrevistadas en la calle que se quejan de que haya gente en las calles –la sabiduría popular-; o incluso me debo sentir apoyado por esos jóvenes que opinan ante un micrófono –¿cómo resistirse?- sobre cualquier cosa que desconocen, pero que, a la vez,  lo hacen con una auténtica sabiduría comprometida, sostenible, digital, solidaria, a vista de dron, guiada por inteligencia artificial, –que es mucho más ecológica y eficaz, a lo que parece, que la natural-, porque son y han alcanzado, de nuevo, la meta volante soñada –a lo castigo de Sísifo-: ser la generación mejor preparada -van más de 20 años así-.

Seamos auténticos defensores del oficialismo. Lo malo tiene remedio y lo arreglarán desde arriba, espontáneamente, sin preguntarnos, en un summum ético que conjuga, amigablemente, el bien de todos con los sanos esfuerzos de las grandes corporaciones para hacer un mundo más solidario, sostenible, y olé. Y eso, de manera espontánea, sin que nadie se lo hay pedido. No se puede ser mejor persona.

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Confía.  Parafraseando a Shakespeare: “nada huele a podrido en Dinamarca”. Basta con taparse la nariz, lo cual se ha complicado algo con lo de la mascarilla.

Tranquilos. Si seguimos con cuidado, nunca nadie nos llamará conspiranoicos. ¡Qué alivio! Adiós al miedo. El próximo Espacio Informativo de Televisión Espantosa nos dará la razón, y si no fuese así, aprendamos de lo que dice, a guisa de sesuda novedad, el periodista paseante y gesticulero. ¡Qué casualidad, están diciendo lo mismo en la otra cadena!  Eso va a ser, que es verdad, que es la verdad de momento.

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