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Anatomía de la conspiración

Es tan poco realista creer que todo procede de una conspiración como aseverar que las conspiraciones no existen.

Imagen con licencia Pixabay

Por Carlos Manfroni

El profesor Jeffrey Bale, de la universidad británica de Birmingham, quien dedicó 40 años a sus estudios de terrorismo, escribió, en un artículo titulado “Paranoia política vs. realismo político”, que “muy pocas nociones generan hoy en día tanta resistencia intelectual, hostilidad y burlas dentro de los círculos académicos como la creencia en la importancia histórica o la eficacia de las conspiraciones políticas”.

El profesor Bale se queja de que los estudiosos cierren sus mentes de tal manera que, aun cuando inadvertidamente descubren un complot en el curso de sus investigaciones, sienten vergüenza de admitirlo.

Es tan poco realista creer que todo procede de una conspiración como aseverar que las conspiraciones no existen, sobre todo cuando la historia de la humanidad está colmada de complots probados y fuera de toda discusión.

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Normalmente, el armado de cualquier plan no requiere que todas las personas que van a participar de él conozcan sus detalles y ni siquiera sus propósitos. Únicamente unos pocos suelen saberlos y los demás son movidos de acuerdo con su propia vocación, intereses o resentimientos, en la mayoría de las ocasiones sin enterarse de los verdaderos móviles de los autores intelectuales.

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Del complot para matar a Julio César participaron veintitrés hombres: Marco Antonio, el principal de ellos, quien quería sucederlo; Casio, quien había sido perdonado por César tras perder contra él en la batalla del Ponto; Galba, que había combatido para César en la Guerra de las Galias con tan mal desempeño que fue despedido; Espurio Melio, frustrado y lleno de envidia porque su antigua familia no había progresado desde hacía cuatrocientos años, y, el más conocido, Marco Bruto, protegido de César y a la vez resentido con él porque el más famoso general romano había sido amante de su madre. Muchos miembros del círculo eran hombres frustrados que vivían de viejas glorias pasadas.

La historia contemporánea no es diferente. Más bien agrega complejidad a las tramas conspirativas.

Ali Agca era un joven miembro de los Lobos Grises –un grupo de ultraderecha turca– y durante años alimentó la obsesión de asesinar a un papa a causa de su odio a todas las religiones que no fueran la islámica, pero especialmente al catolicismo romano. Fue reclutado por Sedam Siri Kadem, un excompañero de colegio y después su amante, quien trabajaba para el KGB.

Kadem, quien al comienzo dijo a su amigo que formaba parte de la mafia turca, viajó con él a Siria, donde Agca fue entrenado por la inteligencia soviética para asesinar a Juan Pablo II, a quien hirió gravemente al disparar contra él en la Plaza de San Pedro. Hasta tiempo después de su llegada a Siria, el terrorista turco no supo que serviría a los objetivos del KGB.

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En 1978, el grupo terrorista italiano Brigadas Rojas secuestró a Aldo Moro, ex primer ministro de Italia y presidente de la Democracia Cristiana.

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En el momento de los hechos, Aldo Moro estaba negociando con el secretario general del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer, la incorporación del PCI al parlamento.

El Partido Comunista de Italia, a pesar de haber sido el más grande de Occidente, tenía una posición más bien moderada (para lo que era entonces el comunismo) y no muy buenas relaciones con el Partido Comunista Soviético.

Berlinguer soportaba en esa época la fuerte infiltración del Partido Comunista Chino, a consecuencia de lo cual una parte de la masa de afiliados trataba de burócratas a los dirigentes.

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Moro conocía, por supuesto, la situación de la dirigencia comunista de Italia y quería aprovechar esa circunstancia para integrar el partido al sistema democrático y separarlo así aún más de la Unión Soviética y, por supuesto, de la guerrilla. Era una política de pacificación. Tras su secuestro, el papa Pablo VI ofreció una recompensa económica por su liberación y abrió una línea para el diálogo por vía de Amnesty International, pero no hubo resultados.

Moro fue finalmente asesinado y su cadáver apareció en un automóvil. En 2015 –es decir, 37 años después– el general Nicolò Bozzo declaró al diario Il Fatto Quotidiano que desde el primer momento sabían dónde estaba secuestrado Aldo Moro, pero el general Mario De Sena, jefe del Estado Mayor de los Carabineros, bloqueó cualquier movimiento y no permitió rastrear el objetivo.

En 1990, De Sena se convirtió en el alcalde de la ciudad de Nola, con apoyo de la Camorra napolitana. En 1993 fue condenado judicialmente por un negociado inmobiliario con esa organización criminal. Murió en 2012. Una calle importante de Nola lleva su nombre.

También los servicios secretos de Israel habían dado información al gobierno sobre el lugar donde Moro estaba secuestrado, un dato que no fue considerado.

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Varios años después, el Servicio de Informaciones y Seguridad Militar de Italia –Sismi– reveló que en 1978 (año del asesinato de Moro) había recibido un documento sobre elementos argentinos en Europa dispuestos a organizar secuestros y que, además, miembros de Montoneros asesoraban a organizaciones terroristas italianas, españolas y francesas.

Con la investigación que se abrió en 1981, se comprobó que casi todos los integrantes del comité de crisis llamado a actuar ante el secuestro de Aldo Moro pertenecían a la logia Propaganda Due, formaban parte de los servicios de inteligencia italianos y estaban implicados en un negociado de petróleo con Libia.

Los terroristas de las Brigadas Rojas recibieron penas muy leves y pronto fueron liberados. Uno de ellos instaló un restaurante en Managua, protegido por el gobierno sandinista. Eran asesinos, por supuesto, pero asesinos que probablemente ni llegaron a saber en favor de quiénes trabajaban.

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La pacificación que Moro quería siguió siendo saboteada. En 1980, en el momento de mayor afluencia de público, estalló una poderosa bomba en la estación de Bolonia que mató a 85 personas e hirió a más de 200.

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Por el atentado fueron imputados el terrorista de extrema derecha Stefano Delle Chiae, ladero de Licio Gelli –jefe de Propaganda Due–; el propio Gelli, y otro de sus hombres cercanos: Francesco Pazienza, quien además quedó involucrado en la investigación del intento de homicidio del papa Juan Pablo II y en la quiebra estrepitosa del Banco Ambrosiano.

Gelli había sido un militante fascista hasta 1944, pero desde ese año comenzó a trabajar secretamente para los servicios soviéticos, aunque prefirió conservar la imagen de un simpatizante de la derecha.

Delle Chiae, tras un paso por la SIDE en la Argentina, apareció en Bolivia, donde formó escuadrones para proteger a los “barones de la coca” en Santa Cruz de la Sierra, con el apoyo del régimen de derecha del general Luis García Meza. No estaba solo. Entre los que ayudaron a organizar esas fuerzas figuraba el mayor Hugo Miori Pereyra, quien había dado un entrenamiento inicial al núcleo duro de Montoneros, cuando ellos todavía anidaban en el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía, en la Argentina.

Una conspiración suele componerse de un cerebro con un proyecto político-económico, una segunda línea ideológica y una masa de seguidores que ni imagina los fines últimos de la conducción.

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Quien quiera examinar la historia desde una perspectiva ideológica solo estará contemplando la función de un teatro de títeres.

Este artículo se publicó en la nacion.com.ar

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