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Algunos negocios financieros y mineros de los Rothschild en España

Los liberales vendieron España a los usureros internacionales.

En un artículo anterior hablábamos de la génesis y desarrollo de la famosa Casa Rothschild, hoy nos centraremos en la expansión de algunos de sus negocios en España.

El nombre de los Rothschild se ha identificado siempre en España como el símbolo más emblemático del poderío de las altas finanzas extranjeras sobre la endeble estructura económica del país, gracias a su capacidad para movilizar inmensos capitales y para controlar diversos mercados de materias primas, a sus manos fueron a parar los mayores y más rentables negocios que la economía hispana pudo generar a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX.

 Cabe recordar, sin embargo, que, a pesar de los años, la Casa Rothschild era y sigue siendo una sociedad estrictamente familiar que, en sus inicios, en plenas guerras napoleónicas, contó con cinco ramas diferenciadas que se repartían por Francfort, Londres, París, Viena y Nápoles. No obstante, las que más destacaron fueron las sedes de Londres, donde Nathan Mayer y sus herederos crearon en la firma N.M. Rothschild & Sons, una de las más prestigiosas casas de banca de la City y la de París, que James de Rothschild convirtió en la casa privada de banca más importante de Europa hasta su muerte, acaecida en 1868.

Se multiplicaron las sedes y razones sociales pero esto no significó una desvinculación entre los distintos miembros de la familia y, de hecho, buena parte del éxito de la famosa Casa de banca a lo largo de todo el siglo XIX residió en su sentido de la coordinación, discreción y solidaridad en los negocios; unos compromisos mutuos que quedaban institucionalizados periódicamente a través de pactos internos, que funcionaron desde 1814 hasta, al menos, 1905, aunque algunos estudiosos opinan que simplemente han perfeccionado la ocultación de sus actos en primera persona, actuando como intermediarios las agencias Rothschild. Las Agencias se encontraban en la cúspide de la banca. La instalada en Madrid y las más importantes casas gaditanas, estaban unidas entre sí por estrechos lazos financieros, aunque, siguiendo las normas de la Casa, independientes las unas de las otras, pero con la confianza en  los flujos de información basados en una red de confidentes o informantes especializados que eran y, al parecer, siguen siendo, determinantes para su éxito. En un nivel intermedio se hallaban los importadores y exportadores establecidos en los principales puertos españoles. 

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Las casas de París y Londres intervinieron explícitamente en la mayor parte de los negocios en España, llegando al punto de compartir agentes, financiación y contabilidad en las operaciones. Los franceses aprovecharon un buen número de ventajas coyunturales y estructurales para instalarse en el mercado español ante la ausencia de competencia nacional o extranjera. Entre las coyunturales, la Guerra de Sucesión (1700-1714), seguida por el advenimiento de los Borbones al trono español, facilitó la incursión francesa en el comercio colonial,  en la trata de esclavos, en la producción de artículos de lujo y las finanzas. Destacaron en la industria textil, que halló en España y en sus colonias un importante mercado hasta la Guerra de Independencia, incluso después de liquidarse el monopolio llegó hacer frente a la competencia de los tejidos de Silesia y Hamburgo.

La primera operación que con claridad la familia Rothschild realizó en España, fue la financiación del ejército del duque de Wellington en campaña contra Napoleón, uno de los hechos económicos de mayor envergadura en tiempos de guerra por las alambicadas características y dificultades de la financiación que comportó en su momento, pues se produciría prácticamente en tiempo real y sin una planificación previa digna de tal nombre, haría que el clan Rothschild alcanzara una notoriedad singular por esta hazaña financiera sin precedentes. El Tesoro británico, al alimón con la Casa de Rothschild, envía con carácter de urgencia 1.400.000 libras al ejército inglés para facilitar la tarea de rechazar al emperador. La Casa obtendría unas contrapartidas leoninas, −amén de concesiones ‘a posteriori’ por parte de un país con poca capacidad de negociación, habida cuenta la incompetencia del monarca hispano, el escaso margen de maniobra y la falta de aliento tras una guerra de resistencia y devastación sin precedentes en tan corto periodo de tiempo−. 

En 1814 la Corona española se encontraba técnicamente en bancarrota. El Estado reconocía títulos por valor de 12.000 millones de reales, más de diez veces los ingresos anuales de la Hacienda, a pesar de haber aceptado sólo una parte de la deuda generada durante la Guerra de Independencia. Esa deuda se podría haber refinanciado a través de varios empréstitos pero esa política se descartó de antemano por la renuencia de Fernando VII a acudir al crédito exterior.

Los liberales del Trienio sí que confiaron en las bondades de un endeudamiento. Los Rothschild fueron los primeros en ser consultados y llegarían a ofertar un empréstito, pero sus iniciativas se vieron frenadas por la negativa de las Cortes a pagar los intereses de sus emisiones en Londres y por la oposición de Canga Argüelles a cederles la venta del azogue de Almadén en México, fundamental para la obtención de plata de sus minerales. No obstante, los banqueros no cejaron en su intento por hacerse con la tutela financiera de las Cortes así que ofrecieron sus servicios para pagar la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, y concedieron a Angulema crédito ilimitado durante la campaña. Ésta finalizó inmediatamente después de la liberación del Rey en Cádiz, donde las Cortes se habían refugiado del ejército invasor, y en parte gracias a los 2 millones de francos que Nathan Rothschild remitió para sobornar a algunos parlamentarios liberales.

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La época final del reinado de Fernando VII supuso un giro sustancial en la forma de hacer política en España. Más aún cuando el Rey se empeñó en la defensa de los derechos sucesorios de su hija Isabel frente al Infante don Carlos, que acabó en un acercamiento a los grupos liberales. La llegada de Luis Felipe al poder en Francia y del rey liberal don Pedro en el vecino Portugal, apoyado por Mendizábal y Nathan Rothschild, dibujan un nuevo marco en las relaciones diplomáticas en Europa, en el que se ha rebajado claramente la influencia de las monarquías conservadoras. Los Rothschild reaccionaron rápido a estas señales. Otras casas privadas de comercio y banca vieron en los Rothschild un apoyo para negocios privados, que compensaron con creces con su apoyo incondicional frente al gobierno español. El primero de ellos fue el mercader-banquero Vicente Bertrán de Lis, que actuó como primer corresponsal de los Rothschild en España en los años 20 del siglo XIX. Otro corresponsal importante fue el Marqués de Gaviria, quien entre 1836 y 1840 facilitó los contactos institucionales con la Regente Mª Cristina para que Weisweiller se llevara buena parte de las operaciones de préstamos al Gobierno sobre la Hacienda de Cuba y se llevara las sucesivas contratas para comercializar el mercurio. También fueron corresponsales de la Casa, Íñigo Ezpeleta, y su cuñado Domingo Pérez Ansoategui, que desde 1832, organizaron desde Bayona, Cádiz y Sevilla la entrega a los banqueros de la totalidad de la producción de Almadén. Con ella, la de México y la de Idria en Austria, los Rothschild monopolizaron el mercado. En Bayona se encontraba también la Casa del comerciante-banquero Rodríguez Salcedo, intermediario necesario en el negocio de exportación/importación de monedas y metales preciosos con España..

Al tiempo, James Rothschild firmó un acuerdo con Aguado y otros banqueros para elevar el precio de la Deuda del 15 por cien al 30 por cien de su nominal en París.

En 1834, fallecido Fernando VII, los Rothschild se dieron prisa por recuperar su dinero. Un empleado de la Casa fracasó en julio, así que Nathan Rothschild mandó a Madrid a su hijo Lionel para que negociara el reintegro del préstamo y evitara que Toreno pudiera incluir el mercurio de Almadén en cualquier combinación de empréstito. Lionel hizo bien su trabajo y, tras diez meses de negociaciones, consiguió la devolución del préstamo y el contrato del mercurio de Almadén por otros tres años, tras un flagrante fraude en la subasta y un soborno bien documentado a la Reina y al propio Toreno. 

La estancia de Lionel se saldaría con otros dos logros: el principal sería la creación de una agencia estable en Madrid, de la que se encargaría el joven Daniel Weisweiller, que se destaparía pronto como el más eficiente de los agentes de los Rothschild en el extranjero; además, la familia asumió la corresponsalía del Banco de San Fernando en Londres y París, que a posteriori se convertiría en la base de buena parte de sus operaciones en España. A fines de los años 40 los Rothschild enviaron en ayuda de Weisweiller a otro judío, Ignacio Bauer, uno de los más brillantes empleados de la Casa vinculado a importantes figuras de la misma, quien, de momento, sería el segundo de a bordo aunque pronto, tendría el mismo nivel que Weisweiller. En 1850 la casa central envió a Guillermo Ettling que tendría un papel más secundario.

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Según la historiografía, el nombramiento de Mendizábal fue fruto de los consejos del embajador inglés Villiers a María Cristina, por considerar que era «la única persona de este país que goza de la total confianza de los mercados financieros extranjeros, cosa absolutamente indispensable para enfrentar la presente crisis financiera». Los banqueros, sin embargo, discrepaban de la eficiencia de las resoluciones del Ministro y especialmente de las posibilidades a corto plazo de la desamortización, por lo que fue imposible cerrar ningún acuerdo. Los Rothschild enviaron a la Agencia de Madrid ya en 1838, a Karl Scharfenberg con la misión de acelerar el pago de libranzas o letras sobre la hacienda de la isla de Cuba, (con las que se financió una parte considerable del gasto de la primera guerra Carlista), y remitir estos fondos directamente a Londres o a Nueva York al también agente de la Casa Augusto Belmont.

El Tesoro, siempre con deudas, negoció con los acreedores el intercambio de sus derechos por títulos al 3 por cien pero Weisweiller no convirtió nada, puesto que no había firmado contratos en los meses previos,  pero sí participó en las operaciones dando salida a la enorme cantidad de títulos que quedaron en manos de Salamanca y Agustín Muñoz, el marido de la antigua Regente. De esta manera, entre febrero y junio de 1845, vendió en su nombre, en París, 130 millones de reales del 3 por cien consolidado. A ésta se unió otra colocación de 700.000 libras del 5 por cien exterior en Londres. 

Años más tarde los Rothschild avalarían también las emisiones para los grandes arreglos de la deuda española de Salaverría (1876) y Camacho (1881) de acuerdo con el Banco de España y el Tesoro que fueron las últimas grandes operaciones que abordó la familia en el ámbito de las grandes finanzas públicas europeas. El Banco de España salió muy reforzado de las operaciones de conversión y de una serie de acuerdos con el Gobierno que pondría en sus manos la dirección de la tesorería del Estado y la política monetaria durante el resto del siglo, lo cual le ayudaría a convertirse en el Banco central más rentable de Europa.

A partir de 1875-1880 el grupo Rothschild dio un segundo giro fundamental en sus negocios, tendente a diversificar sus inversiones, de modo que además del control casi exclusivo de las ventas de mercurio de Almadén en toda Europa, merced al largo contrato con el gobierno español que les concedió vender sus productos en exclusiva, y que se extendió casi sin interrupciones entre 1835 y 1921,  se decantó por una nueva estrategia que le llevó a centrar sus inversiones en el campo de las compañías mineras y sus industrias afines. Tal y como ocurriría en el caso del cobre y el plomo, metales sobre los cuales los Rothschild habían desarrollado intensos intercambios desde mediados del siglo XIX, y el petróleo, merced a los crecientes intereses de la Casa en los campos de crudo del Cáucaso. De esta manera, se produce sucesivamente la aportación decisiva de los Rothschild en la creación de la refinadora de petróleo Deutsch et Cíe (1879), que operaba en Italia, España y Francia, la petrolera caucásica Bnito (1882) y la Sociedad Minera y Metalúrgica Peñarroya, 

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El nacimiento en 1881 de lo que luego sería el emporio del plomo Peñarroya fue fruto de la combinación de ciertas maniobras estratégicas de varios grupos comerciales, bancarios y ferroviarios que confluyeron en el entorno originario de esta empresa, en el norte de la provincia de Córdoba. Los principales actores de este acontecimiento fueron, por una parte, los socios de la Cía Ferroviaria de Badajoz y, por la otra, la rama francesa de la Casa Rothschild, cuyos intereses económicos pasaron, en un momento dado, de la competencia a una colaboración que desencadenaría la gestación de esta empresa. 

Las relaciones de los Rothschild con el plomo español se remontan a inicios de los años cuarenta del siglo XIX, cuando comenzaron a firmar una serie de contratos de exportación de los plomos del sudeste de la península que les llevaron a movilizar unas respetables 11.641 Tm. de plomo en 1860, lo que venía a suponer en torno al 22 % de las exportaciones españolas de este metal. No obstante, esta cifra marcó el cenit de un ciclo que se tornó depresivo merced a la guerra de precios que plantearon los productores británicos. La respuesta de los Rothschild fue una profunda reforma de sus actividades. La fábrica de refino que poseían en El Havre se modernizó en profundidad y se optó por acuerdos de abastecimiento a largo plazo, para poder hacer frente a una producción a mayor escala. En esa línea se firmaron, en 1877, sendos contratos con la casa Jorquera & Walker y la sociedad EscombrerasBleyberg, de Hilarion Roux, que se comprometían en los siguientes cinco años a entregarles no menos de 500 Tm. al mes de plomo fundido, con considerables contenidos en plata, que se completaron con algunas  compras a los Bonaplata y las que se consiguieron a partir de un contrato hipotecario con el malagueño Carlos Huelin . De esta manera, a inicios de los años ochenta, con Huelin, Roux y Jorquera en manos de los Rothschild y Heredia en retirada del negocio, la familia de banqueros rivalizaba casi en exclusiva con los Figueroa para hacerse con las exportaciones españolas de plomo a Francia.

Al tiempo, la necesidad de sacar sus productos, hizo que se desarrollara la industria del ferrocarril de la que se hablará posteriormente y no dudaron en rodearse de profesionales reputados en el sector que desarrollaron el antecedente más inmediato de los modernos servicios de estudios, con capacidad ejecutiva. Así, por ejemplo, la Casa Rothschild Frères contrató en los años 70 los servicios de Jules Aron, un capacitado ingeniero de minas que tendría la misión de aconsejar a sus nuevos jefes sobre las inversiones más provechosas, además de encargarse de coordinar y supervisar la política industrial y comercial de las empresas en las que se trabajara. Aron fue impuesto como ingeniero adjunto a la dirección de Peñarroya y Le Nickel y estuvo en este cargo hasta 1917. Le sustituiría René Weil, que desempeñó el puesto durante los años veinte y treinta.

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Los ingenieros supieron optimizar los aspectos técnicos, diversificando la producción tradicional de plomo y plata hacia otros productos derivados que incrementasen el valor añadido de la fábrica de Peñarroya  Desde 1908 se pudo empezar a recuperar el cinc de los minerales que procedían de la mina de S. Froilán, propusieron obtener ácido sulfúrico empleando el ácido sulfuroso que desprendía la tostación de las blendas a fabricar superfosfatos, de gran demanda entre los agricultores de la zona, cuya fábrica tuvo gran éxito. Las buenas perspectivas y los resultados de estas actividades dieron lugar a la creación de otras dos filiales: la Sociedad de Piritas de Sevilla y la Sociedad Española de Tejidos Industriales. La primera se generó como un medio para asegurarse el abastecimiento del azufre para los superfosfatos,. En el segundo de los casos la compañía se las volvió a ingeniar para obtener un beneficio comercial de una parte de su producción, al llegar a un acuerdo con la Cía International de Brevets Textilose, para crear una filial para fabricar «textilose». Este material, a base de papel y algodón, era muy apto para fabricar los sacos en los que expedir los productos cada vez más variados de las plantas de Peñarroya y su bajo coste dejaba margen de beneficio.

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En 1909, tuvo lugar otro acto simbólico en la red Rothschild que, a priori, daba fin al acuerdo de familia y la sociedad de bienes creada en 1810. Por un nuevo acuerdo solemne, los cabeza de familia firmaron un documento solemne por el cual las tres ramas supervivientes (Londres, París y Viena) se separaban formalmente y se comprometía a no iniciar en ningún caso negocios en competencia o perjudicando a otros miembros de la familia. El acuerdo de ruptura amistosa es evidente, y aparentemente definitivo, lo cual no quiere decir que muchos negocios siguieran coordinándose, fundamentalmente entre las ramas francesa e inglesa, al haberse gestado en su día a partes iguales, como era el caso de Rio Tinto o la De Beers.

En 1912 se produjo un nuevo ciclo de expansión absorbiendo, a la Sociedad Escombreras Bleyberg. Por esta operación, Peñarroya se hacía de una tacada con una fundición en Cartagena, la fábrica de cinc de Bleyberg, en Bélgica, 42 minas en Cartagena y Mazarrón  y 62 participaciones en otras minas. Posteriormente, con la guerra de 1914, la compañía minera tuvo un gran desarrollo al alcanzar el plomo elevados precios. La diversificación de los productos y la acción diplomática por la que se llegó a un acuerdo entre los gobiernos francés e inglés en la que se decidió que, desde agosto de 1917, el plomo se compraría en España a 750 ptas./Tm. y se repartiría entre los aliados a través de Minerais & Metaux, solucionó la distribución. La consecuencia real fue que la compañía acaparó un porcentaje cada vez mayor de la producción española de plomo y multiplicaba su gama de productos derivados de blendas, galenas y carbón.

La guerra había permitido mantener abiertos en España gran cantidad de filones en franca decadencia en todas las cuencas. Sin embargo, a su fin, la sobreexplotación y la bajada de los tenores metálicos en las menas afectaron a la rentabilidad de buena parte de los establecimientos. Los niveles de producción del país se hundían prácticamente a la mitad de 1912.

Por la necesidad de ampliar la capitalización, los Rothschild acapararon en ese momento el 10,23% del total de capital y el 12,8% de las acciones presentadas. Una cantidad más que suficiente para controlar la Asamblea de Accionistas, a causa de la enorme dispersión de los títulos. Junto a ellos encontramos algunos accionistas españoles, como Romanones, el Banesto o la Sociedad Oyarzum, en tanto que Mirabaud y Cahen d’Anvers apenas conservan sus acciones originales. Por lo que quedaba confirmado y reforzado el predominio de la familia Rothschild sobre la sociedad.

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La relativa bonanza en las actividades de Peñarroya apenas podría mantenerse unos años más. Desde 1925 el mercado del plomo sufrió un proceso de sobreproducción y hundimiento de precios. La situación se agravó por la bien conocida crisis de la producción en España, que fue tomando progresivamente nuevos matices por la actitud cada vez más intervencionista del Estado. Desde prácticamente principios del Siglo XX los sucesivos gobiernos fueron endureciendo la política de control de las sociedades extranjeras radicadas en España, muy especialmente con empresas emblemáticas, como las ferroviarias y las mineras. El plano fiscal fue posiblemente el elemento más importante de intervención, con reformas importantes en los impuestos de utilidades, beneficio y timbre y el endurecimiento de las tarifas de exportación de mineral (arancel de 1920). El control se hizo mucho mayor en la Dictadura de Primo de Rivera y la República, afectando además a la organización de la producción y los mercados y a la política de contratación y salarios.

La paralización inminente del grupo San Quintín y la mina El Soldado, que habían producido, respectivamente, 550.000 Tm. y 600.000 Tm. de galenas a lo largo de su historia, marca el hundimiento de la producción minera de la sociedad, que se reduce entre 1928 y 1935 a menos de un tercio de su capacidad. La dirección, a la vista de la más que probable detención de la fundición de Peñarroya, creyó oportuno la construcción de una moderna fábrica de plomo en Noyelles-Godault, capaz de tratar de 50 a 60.000 Tm. de mineral de plomo al año, para que la sociedad pudiera continuar siendo un gran productor de plomo. La previsión de gastos de 1932 anunció una reducción de las partidas destinadas para proyectos en España de 8 millones a sólo 480.000 pesetas, avanzando los cambios que se avecinan, que ya no tendrán marcha atrás. La Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya decide vender por falta de rendimiento la fábrica a la Sociedad Papelera del Sur. 

La conclusión es que se perdió una auténtica corporación multinacional por falta de capacidad de gestión de los dirigentes españoles que se limitaron a permitir las extracciones y, en algunos casos, obtener beneficios personales pero no supieron crear industrias transformadoras de aquellos productos que hubieran permitido el crecimiento de España.

En un artículo anterior hablábamos de la génesis y desarrollo de la famosa Casa Rothschild, hoy nos centraremos en la expansión de algunos de sus negocios en España.

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El nombre de los Rothschild se ha identificado siempre en España como el símbolo más emblemático del poderío de las altas finanzas extranjeras sobre la endeble estructura económica del país, gracias a su capacidad para movilizar inmensos capitales y para controlar diversos mercados de materias primas, a sus manos fueron a parar los mayores y más rentables negocios que la economía hispana pudo generar a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX.

 Cabe recordar, sin embargo, que, a pesar de los años, la Casa Rothschild era y sigue siendo una sociedad estrictamente familiar que, en sus inicios, en plenas guerras napoleónicas, contó con cinco ramas diferenciadas que se repartían por Francfort, Londres, París, Viena y Nápoles. No obstante, las que más destacaron fueron las sedes de Londres, donde Nathan Mayer y sus herederos crearon en la firma N.M. Rothschild & Sons, una de las más prestigiosas casas de banca de la City y la de París, que James de Rothschild convirtió en la casa privada de banca más importante de Europa hasta su muerte, acaecida en 1868.

Se multiplicaron las sedes y razones sociales pero esto no significó una desvinculación entre los distintos miembros de la familia y, de hecho, buena parte del éxito de la famosa Casa de banca a lo largo de todo el siglo XIX residió en su sentido de la coordinación, discreción y solidaridad en los negocios; unos compromisos mutuos que quedaban institucionalizados periódicamente a través de pactos internos, que funcionaron desde 1814 hasta, al menos, 1905, aunque algunos estudiosos opinan que simplemente han perfeccionado la ocultación de sus actos en primera persona, actuando como intermediarios las agencias Rothschild. Las Agencias se encontraban en la cúspide de la banca. La instalada en Madrid y las más importantes casas gaditanas, estaban unidas entre sí por estrechos lazos financieros, aunque, siguiendo las normas de la Casa, independientes las unas de las otras, pero con la confianza en  los flujos de información basados en una red de confidentes o informantes especializados que eran y, al parecer, siguen siendo, determinantes para su éxito. En un nivel intermedio se hallaban los importadores y exportadores establecidos en los principales puertos españoles. 

Las casas de París y Londres intervinieron explícitamente en la mayor parte de los negocios en España, llegando al punto de compartir agentes, financiación y contabilidad en las operaciones. Los franceses aprovecharon un buen número de ventajas coyunturales y estructurales para instalarse en el mercado español ante la ausencia de competencia nacional o extranjera. Entre las coyunturales, la Guerra de Sucesión (1700-1714), seguida por el advenimiento de los Borbones al trono español, facilitó la incursión francesa en el comercio colonial,  en la trata de esclavos, en la producción de artículos de lujo y las finanzas. Destacaron en la industria textil, que halló en España y en sus colonias un importante mercado hasta la Guerra de Independencia, incluso después de liquidarse el monopolio llegó hacer frente a la competencia de los tejidos de Silesia y Hamburgo.

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La primera operación que con claridad la familia Rothschild realizó en España, fue la financiación del ejército del duque de Wellington en campaña contra Napoleón, uno de los hechos económicos de mayor envergadura en tiempos de guerra por las alambicadas características y dificultades de la financiación que comportó en su momento, pues se produciría prácticamente en tiempo real y sin una planificación previa digna de tal nombre, haría que el clan Rothschild alcanzara una notoriedad singular por esta hazaña financiera sin precedentes. El Tesoro británico, al alimón con la Casa de Rothschild, envía con carácter de urgencia 1.400.000 libras al ejército inglés para facilitar la tarea de rechazar al emperador. La Casa obtendría unas contrapartidas leoninas, −amén de concesiones ‘a posteriori’ por parte de un país con poca capacidad de negociación, habida cuenta la incompetencia del monarca hispano, el escaso margen de maniobra y la falta de aliento tras una guerra de resistencia y devastación sin precedentes en tan corto periodo de tiempo−. 

En 1814 la Corona española se encontraba técnicamente en bancarrota. El Estado reconocía títulos por valor de 12.000 millones de reales, más de diez veces los ingresos anuales de la Hacienda, a pesar de haber aceptado sólo una parte de la deuda generada durante la Guerra de Independencia. Esa deuda se podría haber refinanciado a través de varios empréstitos pero esa política se descartó de antemano por la renuencia de Fernando VII a acudir al crédito exterior.

Los liberales del Trienio sí que confiaron en las bondades de un endeudamiento. Los Rothschild fueron los primeros en ser consultados y llegarían a ofertar un empréstito, pero sus iniciativas se vieron frenadas por la negativa de las Cortes a pagar los intereses de sus emisiones en Londres y por la oposición de Canga Argüelles a cederles la venta del azogue de Almadén en México, fundamental para la obtención de plata de sus minerales. No obstante, los banqueros no cejaron en su intento por hacerse con la tutela financiera de las Cortes así que ofrecieron sus servicios para pagar la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, y concedieron a Angulema crédito ilimitado durante la campaña. Ésta finalizó inmediatamente después de la liberación del Rey en Cádiz, donde las Cortes se habían refugiado del ejército invasor, y en parte gracias a los 2 millones de francos que Nathan Rothschild remitió para sobornar a algunos parlamentarios liberales.

La época final del reinado de Fernando VII supuso un giro sustancial en la forma de hacer política en España. Más aún cuando el Rey se empeñó en la defensa de los derechos sucesorios de su hija Isabel frente al Infante don Carlos, que acabó en un acercamiento a los grupos liberales. La llegada de Luis Felipe al poder en Francia y del rey liberal don Pedro en el vecino Portugal, apoyado por Mendizábal y Nathan Rothschild, dibujan un nuevo marco en las relaciones diplomáticas en Europa, en el que se ha rebajado claramente la influencia de las monarquías conservadoras. Los Rothschild reaccionaron rápido a estas señales. Otras casas privadas de comercio y banca vieron en los Rothschild un apoyo para negocios privados, que compensaron con creces con su apoyo incondicional frente al gobierno español. El primero de ellos fue el mercader-banquero Vicente Bertrán de Lis, que actuó como primer corresponsal de los Rothschild en España en los años 20 del siglo XIX. Otro corresponsal importante fue el Marqués de Gaviria, quien entre 1836 y 1840 facilitó los contactos institucionales con la Regente Mª Cristina para que Weisweiller se llevara buena parte de las operaciones de préstamos al Gobierno sobre la Hacienda de Cuba y se llevara las sucesivas contratas para comercializar el mercurio. También fueron corresponsales de la Casa, Íñigo Ezpeleta, y su cuñado Domingo Pérez Ansoategui, que desde 1832, organizaron desde Bayona, Cádiz y Sevilla la entrega a los banqueros de la totalidad de la producción de Almadén. Con ella, la de México y la de Idria en Austria, los Rothschild monopolizaron el mercado. En Bayona se encontraba también la Casa del comerciante-banquero Rodríguez Salcedo, intermediario necesario en el negocio de exportación/importación de monedas y metales preciosos con España..

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Al tiempo, James Rothschild firmó un acuerdo con Aguado y otros banqueros para elevar el precio de la Deuda del 15 por cien al 30 por cien de su nominal en París.

En 1834, fallecido Fernando VII, los Rothschild se dieron prisa por recuperar su dinero. Un empleado de la Casa fracasó en julio, así que Nathan Rothschild mandó a Madrid a su hijo Lionel para que negociara el reintegro del préstamo y evitara que Toreno pudiera incluir el mercurio de Almadén en cualquier combinación de empréstito. Lionel hizo bien su trabajo y, tras diez meses de negociaciones, consiguió la devolución del préstamo y el contrato del mercurio de Almadén por otros tres años, tras un flagrante fraude en la subasta y un soborno bien documentado a la Reina y al propio Toreno. 

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La estancia de Lionel se saldaría con otros dos logros: el principal sería la creación de una agencia estable en Madrid, de la que se encargaría el joven Daniel Weisweiller, que se destaparía pronto como el más eficiente de los agentes de los Rothschild en el extranjero; además, la familia asumió la corresponsalía del Banco de San Fernando en Londres y París, que a posteriori se convertiría en la base de buena parte de sus operaciones en España. A fines de los años 40 los Rothschild enviaron en ayuda de Weisweiller a otro judío, Ignacio Bauer, uno de los más brillantes empleados de la Casa vinculado a importantes figuras de la misma, quien, de momento, sería el segundo de a bordo aunque pronto, tendría el mismo nivel que Weisweiller. En 1850 la casa central envió a Guillermo Ettling que tendría un papel más secundario.

Según la historiografía, el nombramiento de Mendizábal fue fruto de los consejos del embajador inglés Villiers a María Cristina, por considerar que era «la única persona de este país que goza de la total confianza de los mercados financieros extranjeros, cosa absolutamente indispensable para enfrentar la presente crisis financiera». Los banqueros, sin embargo, discrepaban de la eficiencia de las resoluciones del Ministro y especialmente de las posibilidades a corto plazo de la desamortización, por lo que fue imposible cerrar ningún acuerdo. Los Rothschild enviaron a la Agencia de Madrid ya en 1838, a Karl Scharfenberg con la misión de acelerar el pago de libranzas o letras sobre la hacienda de la isla de Cuba, (con las que se financió una parte considerable del gasto de la primera guerra Carlista), y remitir estos fondos directamente a Londres o a Nueva York al también agente de la Casa Augusto Belmont.

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El Tesoro, siempre con deudas, negoció con los acreedores el intercambio de sus derechos por títulos al 3 por cien pero Weisweiller no convirtió nada, puesto que no había firmado contratos en los meses previos,  pero sí participó en las operaciones dando salida a la enorme cantidad de títulos que quedaron en manos de Salamanca y Agustín Muñoz, el marido de la antigua Regente. De esta manera, entre febrero y junio de 1845, vendió en su nombre, en París, 130 millones de reales del 3 por cien consolidado. A ésta se unió otra colocación de 700.000 libras del 5 por cien exterior en Londres. 

Años más tarde los Rothschild avalarían también las emisiones para los grandes arreglos de la deuda española de Salaverría (1876) y Camacho (1881) de acuerdo con el Banco de España y el Tesoro que fueron las últimas grandes operaciones que abordó la familia en el ámbito de las grandes finanzas públicas europeas. El Banco de España salió muy reforzado de las operaciones de conversión y de una serie de acuerdos con el Gobierno que pondría en sus manos la dirección de la tesorería del Estado y la política monetaria durante el resto del siglo, lo cual le ayudaría a convertirse en el Banco central más rentable de Europa.

A partir de 1875-1880 el grupo Rothschild dio un segundo giro fundamental en sus negocios, tendente a diversificar sus inversiones, de modo que además del control casi exclusivo de las ventas de mercurio de Almadén en toda Europa, merced al largo contrato con el gobierno español que les concedió vender sus productos en exclusiva, y que se extendió casi sin interrupciones entre 1835 y 1921,  se decantó por una nueva estrategia que le llevó a centrar sus inversiones en el campo de las compañías mineras y sus industrias afines. Tal y como ocurriría en el caso del cobre y el plomo, metales sobre los cuales los Rothschild habían desarrollado intensos intercambios desde mediados del siglo XIX, y el petróleo, merced a los crecientes intereses de la Casa en los campos de crudo del Cáucaso. De esta manera, se produce sucesivamente la aportación decisiva de los Rothschild en la creación de la refinadora de petróleo Deutsch et Cíe (1879), que operaba en Italia, España y Francia, la petrolera caucásica Bnito (1882) y la Sociedad Minera y Metalúrgica Peñarroya, 

El nacimiento en 1881 de lo que luego sería el emporio del plomo Peñarroya fue fruto de la combinación de ciertas maniobras estratégicas de varios grupos comerciales, bancarios y ferroviarios que confluyeron en el entorno originario de esta empresa, en el norte de la provincia de Córdoba. Los principales actores de este acontecimiento fueron, por una parte, los socios de la Cía Ferroviaria de Badajoz y, por la otra, la rama francesa de la Casa Rothschild, cuyos intereses económicos pasaron, en un momento dado, de la competencia a una colaboración que desencadenaría la gestación de esta empresa. 

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Las relaciones de los Rothschild con el plomo español se remontan a inicios de los años cuarenta del siglo XIX, cuando comenzaron a firmar una serie de contratos de exportación de los plomos del sudeste de la península que les llevaron a movilizar unas respetables 11.641 Tm. de plomo en 1860, lo que venía a suponer en torno al 22 % de las exportaciones españolas de este metal. No obstante, esta cifra marcó el cenit de un ciclo que se tornó depresivo merced a la guerra de precios que plantearon los productores británicos. La respuesta de los Rothschild fue una profunda reforma de sus actividades. La fábrica de refino que poseían en El Havre se modernizó en profundidad y se optó por acuerdos de abastecimiento a largo plazo, para poder hacer frente a una producción a mayor escala. En esa línea se firmaron, en 1877, sendos contratos con la casa Jorquera & Walker y la sociedad EscombrerasBleyberg, de Hilarion Roux, que se comprometían en los siguientes cinco años a entregarles no menos de 500 Tm. al mes de plomo fundido, con considerables contenidos en plata, que se completaron con algunas  compras a los Bonaplata y las que se consiguieron a partir de un contrato hipotecario con el malagueño Carlos Huelin . De esta manera, a inicios de los años ochenta, con Huelin, Roux y Jorquera en manos de los Rothschild y Heredia en retirada del negocio, la familia de banqueros rivalizaba casi en exclusiva con los Figueroa para hacerse con las exportaciones españolas de plomo a Francia.

Al tiempo, la necesidad de sacar sus productos, hizo que se desarrollara la industria del ferrocarril de la que se hablará posteriormente y no dudaron en rodearse de profesionales reputados en el sector que desarrollaron el antecedente más inmediato de los modernos servicios de estudios, con capacidad ejecutiva. Así, por ejemplo, la Casa Rothschild Frères contrató en los años 70 los servicios de Jules Aron, un capacitado ingeniero de minas que tendría la misión de aconsejar a sus nuevos jefes sobre las inversiones más provechosas, además de encargarse de coordinar y supervisar la política industrial y comercial de las empresas en las que se trabajara. Aron fue impuesto como ingeniero adjunto a la dirección de Peñarroya y Le Nickel y estuvo en este cargo hasta 1917. Le sustituiría René Weil, que desempeñó el puesto durante los años veinte y treinta.

Los ingenieros supieron optimizar los aspectos técnicos, diversificando la producción tradicional de plomo y plata hacia otros productos derivados que incrementasen el valor añadido de la fábrica de Peñarroya  Desde 1908 se pudo empezar a recuperar el cinc de los minerales que procedían de la mina de S. Froilán, propusieron obtener ácido sulfúrico empleando el ácido sulfuroso que desprendía la tostación de las blendas a fabricar superfosfatos, de gran demanda entre los agricultores de la zona, cuya fábrica tuvo gran éxito. Las buenas perspectivas y los resultados de estas actividades dieron lugar a la creación de otras dos filiales: la Sociedad de Piritas de Sevilla y la Sociedad Española de Tejidos Industriales. La primera se generó como un medio para asegurarse el abastecimiento del azufre para los superfosfatos,. En el segundo de los casos la compañía se las volvió a ingeniar para obtener un beneficio comercial de una parte de su producción, al llegar a un acuerdo con la Cía International de Brevets Textilose, para crear una filial para fabricar «textilose». Este material, a base de papel y algodón, era muy apto para fabricar los sacos en los que expedir los productos cada vez más variados de las plantas de Peñarroya y su bajo coste dejaba margen de beneficio.

En 1909, tuvo lugar otro acto simbólico en la red Rothschild que, a priori, daba fin al acuerdo de familia y la sociedad de bienes creada en 1810. Por un nuevo acuerdo solemne, los cabeza de familia firmaron un documento solemne por el cual las tres ramas supervivientes (Londres, París y Viena) se separaban formalmente y se comprometía a no iniciar en ningún caso negocios en competencia o perjudicando a otros miembros de la familia. El acuerdo de ruptura amistosa es evidente, y aparentemente definitivo, lo cual no quiere decir que muchos negocios siguieran coordinándose, fundamentalmente entre las ramas francesa e inglesa, al haberse gestado en su día a partes iguales, como era el caso de Rio Tinto o la De Beers.

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En 1912 se produjo un nuevo ciclo de expansión absorbiendo, a la Sociedad Escombreras Bleyberg. Por esta operación, Peñarroya se hacía de una tacada con una fundición en Cartagena, la fábrica de cinc de Bleyberg, en Bélgica, 42 minas en Cartagena y Mazarrón  y 62 participaciones en otras minas. Posteriormente, con la guerra de 1914, la compañía minera tuvo un gran desarrollo al alcanzar el plomo elevados precios. La diversificación de los productos y la acción diplomática por la que se llegó a un acuerdo entre los gobiernos francés e inglés en la que se decidió que, desde agosto de 1917, el plomo se compraría en España a 750 ptas./Tm. y se repartiría entre los aliados a través de Minerais & Metaux, solucionó la distribución. La consecuencia real fue que la compañía acaparó un porcentaje cada vez mayor de la producción española de plomo y multiplicaba su gama de productos derivados de blendas, galenas y carbón.

La guerra había permitido mantener abiertos en España gran cantidad de filones en franca decadencia en todas las cuencas. Sin embargo, a su fin, la sobreexplotación y la bajada de los tenores metálicos en las menas afectaron a la rentabilidad de buena parte de los establecimientos. Los niveles de producción del país se hundían prácticamente a la mitad de 1912.

Por la necesidad de ampliar la capitalización, los Rothschild acapararon en ese momento el 10,23% del total de capital y el 12,8% de las acciones presentadas. Una cantidad más que suficiente para controlar la Asamblea de Accionistas, a causa de la enorme dispersión de los títulos. Junto a ellos encontramos algunos accionistas españoles, como Romanones, el Banesto o la Sociedad Oyarzum, en tanto que Mirabaud y Cahen d’Anvers apenas conservan sus acciones originales. Por lo que quedaba confirmado y reforzado el predominio de la familia Rothschild sobre la sociedad.

La relativa bonanza en las actividades de Peñarroya apenas podría mantenerse unos años más. Desde 1925 el mercado del plomo sufrió un proceso de sobreproducción y hundimiento de precios. La situación se agravó por la bien conocida crisis de la producción en España, que fue tomando progresivamente nuevos matices por la actitud cada vez más intervencionista del Estado. Desde prácticamente principios del Siglo XX los sucesivos gobiernos fueron endureciendo la política de control de las sociedades extranjeras radicadas en España, muy especialmente con empresas emblemáticas, como las ferroviarias y las mineras. El plano fiscal fue posiblemente el elemento más importante de intervención, con reformas importantes en los impuestos de utilidades, beneficio y timbre y el endurecimiento de las tarifas de exportación de mineral (arancel de 1920). El control se hizo mucho mayor en la Dictadura de Primo de Rivera y la República, afectando además a la organización de la producción y los mercados y a la política de contratación y salarios.

La paralización inminente del grupo San Quintín y la mina El Soldado, que habían producido, respectivamente, 550.000 Tm. y 600.000 Tm. de galenas a lo largo de su historia, marca el hundimiento de la producción minera de la sociedad, que se reduce entre 1928 y 1935 a menos de un tercio de su capacidad. La dirección, a la vista de la más que probable detención de la fundición de Peñarroya, creyó oportuno la construcción de una moderna fábrica de plomo en Noyelles-Godault, capaz de tratar de 50 a 60.000 Tm. de mineral de plomo al año, para que la sociedad pudiera continuar siendo un gran productor de plomo. La previsión de gastos de 1932 anunció una reducción de las partidas destinadas para proyectos en España de 8 millones a sólo 480.000 pesetas, avanzando los cambios que se avecinan, que ya no tendrán marcha atrás. La Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya decide vender por falta de rendimiento la fábrica a la Sociedad Papelera del Sur. 

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La conclusión es que se perdió una auténtica corporación multinacional por falta de capacidad de gestión de los dirigentes españoles que se limitaron a permitir las extracciones y, en algunos casos, obtener beneficios personales pero no supieron crear industrias transformadoras de aquellos productos que hubieran permitido el crecimiento de España.

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