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Por qué no podemos dejar de llamarnos «cristianos» (Croce)

Para Croce, todo el pensamiento europeo moderno, ya sea la ciencia galileana o la filosofía de Vico, Kant y Hegel, es heredero del cristianismo.

Benedetto Croce
Las opiniones son del autor, sin que necesariamente coincida con la línea editorial de este medio.

Por Denis Collin – Traducción: Carlos X. Blanco

Benedetto Croce escribió un breve ensayo en 1942 bajo el título: «Perché non possiamo non dirci ‘cristiani’» . Croce dice que esta denominación es la simple verdad y que la consideración de la historia es suficiente para convencernos de ello. ¿Quién es ese «nosotros» del que habla Croce? ¿El propio Croce? ¿Los italianos? ¿Los europeos y sus extensiones en otros continentes? Escribe a su amiga, la poetisa Maria Curtopassi: 

«… He continuado, y casi terminado, el Nuevo Testamento estos días. […] Estoy profundamente convencido y persuadido de que el pensamiento y la civilización modernos son cristianos, la continuación del impulso dado por Jesús y Pablo. He escrito una breve nota sobre este tema, de carácter histórico, que publicaré en cuanto disponga de espacio. Por lo demás, ¿no sienten que, en esta terrible guerra mundial, lo que se enfrenta es una concepción todavía cristiana de la vida con otra que podría remontarse a la época precristiana, incluso prehelénica y preoriental, y vincular a esta antes de la civilización, la violencia bárbara de la horda?» 

Se podría discutir una parte de la afirmación de Croce: la barbarie moderna no es una vuelta al pasado, sino una de las posibles figuras de la civilización occidental que rompe con el impulso de Jesús y Pablo. Pero este es otro asunto. El breve ensayo de Croce debe ser meditado hoy, y esta meditación de Croce nos llevará por otros caminos.

Para Croce, el cristianismo fue la mayor revolución que la humanidad ha llevado a cabo, «tan grande, tan completa y profunda, tan fecunda en sus consecuencias, tan inesperada e irresistible en su aplicación, que no es de extrañar que haya aparecido o pueda aparecer como un milagro, una revelación de lo alto, una intervención directa de Dios en los asuntos humanos«. No se trata de la fe de Croce (o no). Como discípulo de Hegel, Spaventa y Labriola, la fe no debía ser la principal preocupación de Croce, ¡que era ateo! Independientemente de las cualidades que pueda encontrar en el cristianismo y la Iglesia católica, su inmanentismo e historicismo crean una brecha insalvable con la doctrina católica, como señaló el jesuita Padre Mandrone en la Civiltà Cattolica poco después de la publicación del ensayo de Croce.

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Como buen neohegeliano y defensor del método historicista, Croce busca en la historia el progreso del espíritu humano, y en este sentido el cristianismo marca una ruptura profunda y radical. Todas las revoluciones anteriores (Grecia, Roma) siguen siendo limitadas y las grandes revoluciones intelectuales de la edad moderna sólo fueron posibles sobre la base de esta revolución introducida por el cristianismo. «La razón de ello es que la revolución cristiana operó en el centro del alma, en la conciencia moral, y, al darla y, al adelantar lo interior y propio de esta conciencia, parece haber adquirido una nueva virtud, una nueva cualidad espiritual, de la que la humanidad estaba hasta entonces privada

Me resulta difícil no seguir a Croce en esta valoración. Hemos de seguirle para ir un poco más lejos que él. Croce atribuye al cristianismo la invención de la interioridad – Charles Taylor en Las fuentes del yo muestra la centralidad de Agustín y sus Confesiones en la genealogía del yo. Pero Agustín es aquí una de las mejores expresiones del «espíritu del cristianismo». Y es, en efecto, el enigma del yo el que constituye el hilo rojo del pensamiento europeo, heredero del Imperio Romano cristianizado, al que hay que vincular la segunda y la tercera Roma, y que no debe reducirse a la Iglesia católica de Occidente. Esta búsqueda del yo no es difícil de encontrar en la poesía, en la literatura clásica -las novelas francesas del siglo XVII son un buen ejemplo-, en la pintura y en la escultura. Pero también, por supuesto, en la filosofía. Por muy bella que sea la arquitectura de las mezquitas, éstas expresan la total sumisión del hombre a Dios, y el alma humana no tiene cabida en ellas. El  Dios hecho hombre del cristianismo  saca a la luz la verdad feuerbachiana de la religión -es el hombre el que hace a Dios- ha producido obras que nos tocan en lo más profundo.

Sigamos a Croce de nuevo: «Aunque toda la historia pasada fluye a través de nosotros y somos hijos de toda la historia, la ética y la religión antiguas han sido superadas y resueltas en la idea cristiana de la conciencia y la inspiración moral, y en la nueva idea del Dios en el que somos, vivimos y nos movemos, y que no puede ser ni Zeus ni Yahvé, ni siquiera (a pesar de las adulaciones de las que ha sido objeto en nuestros días) el Wotan germánico ; y por eso, más particularmente en la vida moral y en el pensamiento, nos sentimos directamente hijos del cristianismo. » Por eso, para Croce, todo el pensamiento europeo moderno, ya sea la ciencia galileana o la filosofía de Vico, Kant y Hegel, es heredero del cristianismo.

Esta revolución del alma humana ha puesto en primer plano la universalidad de la vida humana. Algo nos une a cada hombre, en la medida en que es hombre. No al hombre en general, sino al individuo con el que hablo o pienso. Pensar en la humanidad en cada hombre individual. Ama a tu prójimo, incluso a tu enemigo. Un mandamiento increíble, casi imposible de cumplir, y sin embargo el núcleo de la civilización moderna. Incluso a tu enemigo, y quizás primero a tu enemigo, ¡porque amar a tus amigos es lo más fácil del mundo!

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El cristianismo no lo inventó todo. Los inicios de esta concepción del hombre se encuentran en los filósofos estoicos, pero éstos acaban aceptando el mundo tal como es, ya que el orden del mundo no depende de nosotros, y sólo buscan protegerse dentro de este mundo, construir esta «ciudadela interior», por utilizar la expresión de Pierre Hadot en su introducción al pensamiento de Marco Aurelio. El cristianismo, por el contrario, es desde el principio una nueva organización del mundo. Desde las primeras comunidades cristianas, a las que se dirigió Pablo de Tarso, hasta la construcción de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, se trata de dar vida a esta revolución de la conciencia, de hacerla efectiva. Fue la Iglesia la que consiguió civilizar a todos los «bárbaros» que se habían apoderado del Imperio Romano, lo habían troceado e impuesto su propia legislación. El bautismo de Clodoveo no es sólo una imagen Épinal, una de esas imágenes que adornaban nuestros libros de historia en la escuela primaria, es la marca de la entrada de los francos en un nuevo orden construido en torno a la Iglesia. En muchos aspectos, es a la Iglesia a quien debemos el rescate de buena parte de la cultura antigua. En los ropajes de la teología cristiana, la filosofía griega sobrevivirá y producirá más tarde nuevos frutos. Esto es algo que nunca debe olvidarse. Es cierto que los monjes copistas se tomaron a veces libertades con los textos que tenían delante, y no siempre utilizaron los métodos de fijación de los textos que hubieran sido adecuados. Sin embargo, no hay que olvidar que lo que ha sobrevivido de la cultura antigua en el lado árabe-musulmán se debe también a los cristianos que tradujeron el griego de Platón y Aristóteles al siríaco y luego al árabe. En otras palabras, lo que a veces se nos presenta como la gran aportación del Islam es de origen cristiano. Platón en Avicena, Aristóteles en Averroes: el eslabón intermedio es el cristiano.

La revolución en el corazón mismo del alma de la que habla Croce es la matriz de la libertad de conciencia. Conozco de antemano las objeciones: ¿qué pasa con la Inquisición? ¿Y la «caza de brujas»? ¿Y Bruno? ¿Y Galileo? Sin embargo, todos estos casos deben considerarse como reacciones del cuerpo de la Iglesia a los efectos indeseables del cristianismo. En efecto, hay dos ideas profundamente inquietantes en el corazón del cristianismo: no se nace cristiano, sino que se llega a serlo, podríamos decir, parafraseando un famoso lema, y lo verdaderamente sagrado es el hombre. Estas dos ideas enfrentan regularmente a la Iglesia como aparato de poder. No se nace cristiano, es más, hay que bautizarse, pero al igual que bautizamos a los nietos para evitar que vaguen eternamente por el limbo, este bautismo debe confirmarse cuando el niño va a entrar en la adolescencia y va a entrar de lleno en la comunidad de los cristianos. ¡Tienes que decir «sí» con tu propia voz para convertirte en cristiano! Un segundo ejemplo es el del matrimonio. En todas las sociedades, incluidas las dominadas por el cristianismo, los matrimonios son asuntos familiares y están más o menos concertados. Sin embargo, las sociedades cristianas fueron las primeras que empezaron a romper esta atadura milenaria: como el matrimonio es un sacramento, los novios deben consentir, igual que consintieron en su comunión solemne, pero aquí deben consentir este matrimonio, y es este consentimiento el que lo hace irrompible. Si, por ejemplo, la novia no da su consentimiento, la Iglesia debe protegerla. El culto mariano desempeñará también un gran papel en la evolución de las mentalidades cristianas, y las comunidades femeninas cristianas se convertirán en verdaderos centros de subversión del orden patriarcal -pensemos, por ejemplo, en los beguinajes [religiosas laicas que vivían en comunidad en Flandes y Países Bajos, N- del T.]-. A menudo se cita a Pablo con sus máximas sobre la inferioridad de la mujer, pero es el mismo Pablo quien afirma que, a partir de ahora, con la proclamación de la buena nueva, ya no hay hombre ni mujer, como tampoco hay amo ni esclavo, judío ni gentil…

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No es casualidad que fueran las naciones cristianas las primeras en enunciar los derechos naturales del hombre. Hegel afirma que el cristianismo declaró que el hombre como tal es libre, mientras que los antiguos despotismos proclamaban que sólo un hombre es libre (el tirano) y las antiguas repúblicas como la griega afirmaban que sólo algunos son libres. El hombre es libre, pero ¿cómo puede serlo si es una criatura de Dios? Esto es exactamente lo que dice la encarnación: Jesús es Dios hecho hombre, es el hijo de Dios y el hijo del hombre al mismo tiempo, y debemos concluir que Dios y el hombre son la misma cosa y que, por lo tanto, es el hombre el que es sagrado en el cristianismo. En el cristianismo, uno no se somete al poder de Dios, sino que asume su libertad comportándose según los preceptos establecidos por Cristo.

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Por tanto, no es necesario creer en un Dios personal y trascendente (cosa lógicamente muy extraña) para llamarse cristiano. El marco teológico del cristianismo puede dejarse de lado fácilmente. Este es el camino que propone Spinoza: recuperar las enseñanzas éticas del cristianismo por la vía de la recta razón -esto es lo que hace decir a Spinoza que Jesús es el más grande de los filósofos [Sobre esta cuestión, véase Cristo y la salvación de los ignorantes en Spinoza, por Alexandre Matheron; la obra original en francés es: Le Christ et le salut des Ignorants chez Spinoza (1971)]. Se puede, pues, ser cristiano y «ateo» (un ateo que piensa que el hombre es un Dios para el hombre) y redescubrir así el sentido profundo del gran libro de Ernst Bloch, El ateísmo en el cristianismo [traducido al español en editorial Trotta: https://www.trotta.es/libros/ateismo-en-el-cristianismo/9788498797039/]. También es correcto decir que el comunismo fue la última gran herejía cristiana, ya que la figura del proletariado como depositario de la misión histórica de abolir la clase y la alienación podría superponerse fácilmente a la de Cristo Redentor.

Bibliographie

Croce, B. : Pourquoi nous ne pouvons pas ne pas nous dire « chrétiens », Payot, Rivages. En version italienne sur internet : https://www.centropannunzio.it/obj/files/Benedetto%20Croce-%20Perch%C3%A8%20non%20possiamo%20non%20dirci%20cristiani.pdf 

Matheron, A. : Le Christ et le salut des ignorants chez Spinoza

Bloch, E., Athéisme dans le christianisme¸ NRF, Gallimard 

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Este artículo se publicó en francés en https://denis-collin.blogspot.com/2021/05/pourquoi-nous-ne-pouvons-pas-ne-pas.html

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Carlos Blanco
Escrito por

Carlos Javier Blanco, asturiano, Doctor en Filosofía. Autor de diversos libros como "La Caballería Espiritual", "La Luz del Norte", "Oswald Spengler y la Europa Fáustica", "De Covadonga a la Nación Española".

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