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NOVEDAD EDITORIAL: «Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica»

Ni era, ni es posible, la fusión entre la revolución y la contrarrevolución.

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Tras la revolución de septiembre de 1868 Isabel de Borbón (Isabel II para los liberales) abandonada por sus fieles marchó a un exilio del que ya no volvería. En París, la hija de Fernando VII coincidió con don Carlos VII, rey legítimo de la corona española y nieto de don Carlos V, desposeído ilegítimamente de sus derechos al trono de España. En París se encuentran de esta forma dos dinastías, una inconsecuente que pretendía mantener los principios liberales, aunque moderando las consecuencias lógicas de dichos principios, la irreligión y el caos, encarnada por Isabel de Borbón, y la otra dinastía, integra y respetuosa siempre con la dignidad real, encarnada por don Carlos VII, fiel siempre a los principios de la tradición. En París, por tanto, se enfrentaron la dignidad del destierro carlista, frente al colaboracionismo revolucionario de los Borbones liberales.

Tras la revolución del 68 se demostró como el pueblo español, siempre dispuesta a defender los derechos de la dinastía legítima, fue incapaz de levantar una sola mano, una sola espada, para defender la ilegitimidad de Isabel, y es que Isabel trato de unir lo que la naturaleza no permite, la unidad de religión y la ilegitimidad dinástica. Efectivamente, la legitimidad no solo tiene que ser de origen, sino ante todo de principios, y los diferentes gobiernos isabelinos demostraron que cuando se prescinde de la Santa Religión la revolución se enseñorea de los pueblos, y el caos y la corrupción son las consecuencias naturales, no accidentales, de los dogmas revolucionarios.

Antonio Juan de Vildósola y Mier en su obra «Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica», escrita en 1869, nos muestra como los carlistas, con las generosidad y caballerosidad que es típica en ellos, contemplaban respetuosamente en el exilio a la hija de Fernando VII, ya que veían en ella a una víctima de un gran infortunio, no por merecido en parte, menos digna de lástima.

En este contexto la obra que hoy presentamos se escribió con un claro fin: frente a los intentos de unificación dinástica tras la expulsión de Isabel, el autor nos recuerdo que la legitimidad, tanto de origen, como de ejercicio, estaba depositada en la rama carlista, y como el real pleito no era tanto dinástico como de principios. La falta de legitimidad de la rama liberal quedó inconfundiblemente refrendada por el pueblo, por cuanto este nada hizo tras el despojo realizado a Isabel, a diferencia de los voluntarios carlistas, que sin tropas y sin dinero, siempre supieron defender a sus legítimos reyes, aun sabiendo que lucha era titánica, y aún hoy, doscientos años después, esos mismos carlistas siguen dando el combate contra la revolución. Efectivamente Isabel durante todo su gobierno solo contó con el ejército, nunca con el pueblo. El ejército lo hacía todo, ora levantaba la revolución con los progresistas, ora la refrenaba con los moderados, pero siempre la hacía avanzar hacia el abismo. Un trono no se puede mantener sin la religión verdadera y sin un pueblo fiel a unos principios sacrosantos. Las coronas no adornan a las personas, sino a los principios, y los principios revolucionarios siempre son ajenos al orden y a la verdad, pues el egoísmo y el individualismo son sus únicos amigos.

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Los carlistas siempre representaron, y siguen representado, el valor para lidiar, el sufrimiento para no ceder, la hidalguía para no transigir, y la fuerza de la convicción para no desesperar, pues la historia del carlismo es la historia de una epopeya que no desmerece de los grandes acontecimientos históricos que protagonizó el pueblo español en su época dorada.

La historia demuestra que el liberalismo engañó al pueblo incauto, tratando de realizar la separación entre carlismo y catolicismo, como si hubiera algún carlista que no fuera católico, o como si hubiera algún católico más católico que el carlista. El trono isabelino fue el trono de la revolución, cuyo fondo y cuya esencia consistió en la impiedad, mientras que el trono de don Carlos representó la verdad católica en toda su pureza.

En la pequeña obra que hoy presentamos, el autor se enfrenta a todos aquellos católicos que bajo pretexto de pacíficos permanecieron pasivos a los ataques a la religión, y critica a todos aquellos que colaboraron, y siguen colaborando, tanto activa como pasivamente, por acción o por omisión, con el liberalismo, que es tanto como decir con la revolución. Han pasado más de ciento cincuenta años desde la publicación del libro, pero la situación española sigue siendo la misma, pues los que dicen ser moderados en política no se atreven a decir que el error no reside ni en los políticos, ni en las personas, sino en el sistema instaurado inspirándose en los principios revolucionarios.

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