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Romanticismo

El tipo de “héroe” romántico de estilo delicado podría ser un hombre delgado, pálido, de facciones regulares, grandes ojos melancólicos perdidos en lo indefinido del horizonte, con un desaliño poético en el peinado y en el traje, el pecho palpitante de aspiraciones ardientes, indefinidas, torturantes, por una felicidad afectiva completa. Pero él es un incomprendido. En rincones desconocidos de su personalidad hay horizontes sublimes, anhelos indecibles que piden, buscan, imploran la comprensión de un “alma hermana”. Debe existir por la vastedad de este mundo un ser hecho para comprenderlo. Él lo busca, pues así encontrará la felicidad… y vaga tristón por la vida, hasta que lo encuentre. El de estilo terrible, es idéntico desde el punto de vista moral, pero un tanto diverso en la apariencia física, exuberante de varonilidad, complexión atlética, belleza un tanto sombría como algún personaje de Wagner, gran fortuna, gran situación social, influencia inmensa, en fin, todo lo que la vida puede ofrecer… pero, y ahí está lo romántico del cuadro, en el corazón una llaga: un afecto ardiente, una decepción tremenda, una persuasión tan pesada y tan fría como una losa sepulcral, de que jamás ha de encontrar en la tierra la correspondencia afectiva con que sueña su corazón.

Simétricamente, se formó la figura de la “heroína” romántica. La de estilo tierno es un mimo de delicadeza de alma y de cuerpo. Cualquier dolor le hace llorar, cualquier arañazo en el alma le hace sufrir. Ingenua como un niño, trae en el corazón un inmenso deseo de dedicarse y de ser querida por alguien. Necesita de protección pues su fragilidad es completa, y se refleja en la dulzura de su mirada, en las inflexiones armoniosas de su voz, en la finura de sus trazos, en la requintada delicadeza de toda su complexión. Otra sería estilo “grande”, de belleza deslumbrante, estatura y porte de reina, centro natural de todas las atenciones, de todos los homenajes, de todas las dedicaciones, presencia dominadora y fatal. En el corazón, es verdad, una crispatura oculta, una amargura profunda, un gran y oculto dolor. Es la amargura de una desilusión pasada, la búsqueda ansiosa y ya sin esperanzas de alguien que verdaderamente le comprenda. A sus pies, poetas, duques, millonarios, gimen inútilmente. Su mirada indiferente, altanera, profunda y triste, busca a lo lejos, adentrándose en la vida, aquello que jamás encontrará. Es la felicidad de un gran afecto, según las aspiraciones “elevadísimas” y torturantes que le traen al alma un secreto e incesante verter de sangre.                                                 

Esa especie de sed de emoción, inherente al romanticismo, es un grave desvío de lo que se podría llamar añoranza de Dios, que mueve al alma a la añoranza del absoluto, a la transcendencia. El romanticismo la desvía para el sentimentalismo. Fue uno de los artificios más terribles concebidos por la Revolución. Anteriormente, el Humanismo, constituyó el sueño romano. Después fue el sueño cartesiano. El racionalismo y el iluminismo son formas de sueño. El sueño típico del siglo XIX fue la vida romántica. El romanticismo es tristón, con sus melodramas azucarados y lagrimeantes. En lugar de tener añoranzas de Dios son eminentemente aislacionistas como dos solitarios, en un lugar apartado, contemplándose mutuamente e ignorando todo a su alrededor.

Puede leer:  Wenceslao Fernández Flórez: Novelas escogidas (Biblioteca Castro)

Este artículo se publicó originalmente en https://plineando.blogspot.com/

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