Arte y Pueblo

Arte y Pueblo

Enoi, oios essi

Llega a ser, lo que eres


Este opúsculo fue compuesto a pedido del grupo de amigos de La Musaranga, en lunfardo hacer gestos y guiños que solo el otro, como compañero, conoce y comparte. Así, sobre la base de textos escritos en diversas épocas y otros para la ocasión, los intentamos hilvanar con el hilo conductor de: arte y pueblo. Para hilvanar ideas de aquí y de allá hay que repensar el conjunto y ello es tarea muy ardua, toda vez que uno piensa o da por supuesto que ya todos saben lo que hemos venido pensando todos estos años. Y la dura realidad nos muestra que no es así. Son pocos los que nos conocen y muy pocos los que nos han leído.

La idea de arte y pueblo exige de entrada aclarar qué se entiende por cultura, luego qué se entiende por arte y, por último, que se entiende por pueblo.

Una vez realizada esta tarea previa, en una especie de propedéutica al asunto propuesto: la relación entre arte y pueblo. Entonces sí, estaremos en condiciones de intentar esbozar una respuesta o una sugerencia a la propuesta hecha por los amigos de La Musaranga.

I-  El círculo hermenéutico de la idea de cultura

Cada vez que escuchamos hablar de cultura o de gente culta, asociamos la idea con la gente que sabe mucho, que tiene títulos, que es léida, como decían nuestros padres, allá lejos y hace tiempo. Es por eso que ha hecho fama, a pesar de su demonización política, la frase de Goebbels: Cada vez que me hablan de cultura llevo la mano a mi revólver. Porque sintetiza mejor que nadie, en un brevísimo juicio, el rechazo del hombre común, del hombre del pueblo llano, al monopolio de la cultura que desde la época del Iluminismo para acá poseen y ejercen los ilustrados y sus academias.

Cultivo

En cambio para nosotros cultura es el hombre manifestándose. Es todo aquello que él hace sobre la naturaleza para que ésta le otorgue lo que de suyo y espontáneamente no le da. Es por ello que el fundamento último de lo que es cultura, como su nombre lo indica, es el cultivo.

Cultura es tanto la obra del escultor sobre la piedra amorfa, como la obra del tornero sobre el hierro bruto o como la de la madre sobre la manualidad del niño, cuando le enseña a tomar el cubierto.

Vemos de entrada nomás, como esta concepción es diametralmente opuesta a esa noción libresca y académica que mencionamos al comienzo.

Suele recomendarse en filosofía, así lo han hecho, entre otros, Heidegger, Zubiri, Bollnow, Wagner de Reyna, que la primera aproximación al objeto de estudio sea a través de un acercamiento etimológico. Porque, “el lenguaje empieza y termina por hacernos señas de la esencia de una cosa”[1]. Así comprobamos que cultura proviene del verbo latino colo/cultum que significa cultivar.

Para el padre de los poetas latinos Virgilio la cultura está vinculada al genius loci (lo nacido de la tierra en un lugar determinado) y él le otorgaba tres rasgos fundamentales: clima, suelo y paisaje.

Caracterizado así el genius loci de un pueblo, éste  podía compartir con otros el clima y el paisaje pero no el suelo. Así como nosotros los argentinos compartimos el clima y paisaje con nuestros vecinos pero no compartimos el suelo. Y ello no sólo porque sea éste último donde se asienta el Estado-Nación sino, desde la perspectiva de Virgilio el suelo es para ser cultivado por el pueblo que sobre el se asienta para conservar y reproducir su propia vida y producir su propia cultura.

Enraizamiento

Pero para que un cultivo fructifique, éste debe echar buenas raíces, profundas y vigorosas que den savia a lo plantado. Toda cultura genuina exige un arraigo como lo exige toda planta para crecer lozana y fuerte, y en este sentido recordemos aquí a Simone Weil, la más original filósofa del siglo XX, cuando en su libro L´Enracinement  nos dice: el reconocimiento de la humanidad del otro, este compromiso con el otro, sólo se hace efectivo si se tienen “raíces”, sentimiento de cohesión que arraiga a las personas a una comunidad[2]“. La filósofa ha dado un paso más, pues, pasó del mero echar raíces al arraigo que siempre indica una pertenencia a una comunidad en un lugar determinado. El arraigo supone un tiempo mayor de enraizamiento.

Y a diferencia del terruño que es el trozo de tierra natal, el arraigo abarca la totalidad de las referencias de la vida que nos son familiares y habituales.

Fruto

Luego de haber arado, rastreado, sembrado, regado y esperado, aparece lo mejor que da el suelo: el fruto, que cuando es acabado, cuando está maduro, es decir perfecto, decimos que el fruto expresa plenamente la labor y entonces, nos gusta.

Sabor

Y aquí aparece una de esas paradojas del lenguaje que nos dejan pensando acerca del intrincado maridaje entre las palabras y las cosas. Nosotros aun usamos para expresar el gusto o el placer que nos produce un fruto o una comida una vieja expresión en castellano: el fruto  nos “sabe bien”. Y saber proviene del latín sapio, y sapio  significa sabor. De modo tal que podemos concluir que hombre culto no es aquel que sabe muchas cosas sino el que saborea las cosas de la vida.

Sapiente

Existe para expresar este saber un término que es el de sapiente, que nos indica, no sólo al hombre sabio, sino a aquel que une en sí mismo sabiduría más  experiencia por el conocimiento de sus raíces y la pertenencia a su medio[3]. Los antiguos griegos tenían una palabra para expresar este concepto: fronhsiV (phrónesis)

Vemos, entonces, como la cultura no es algo exterior sino que es un hacerse y un manifestarse uno mismo. Por otra parte la cultura, para nosotros argentinos, tiene que americanizarse, pero esto no se entiende si se concibe la cultura como algo exterior. Como una simple imitación de lo que viene de afuera, del extranjero.

No hay que olvidar que detrás de toda cultura auténtica está siempre el suelo. Que como decía nuestro maestro y amigo el filósofo Rodolfo Kusch: “El simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe tener. Es por eso que uno pertenece a una cultura y recurre a ella en los momentos críticos para arraigarse y sentir que está con una parte de su ser prendido al suelo” [4].

Cultura y dialéctica

Es sabido desde Hegel para acá, que el concepto, que en el filósofo de Berlín es “lo que existe haciéndose”, encuentra su expresión acabada en la dialéctica, que tiene tres momentos: el suprimir, el conservar y el superar. Hemos visto hasta ahora como la cultura pone fin, hace cesar la insondable oquedad de la naturaleza prístina con el cultivo, la piedra o el campo bruto, por ejemplo, y en un segundo momento conserva y retiene para sí el sabor y el saber de sus frutos, vgr.: las obras de arte. Falta aún describir el tercero de los momentos de esta Aufhebung  o dialéctica[5].

Si bien podemos entender la cultura como el hombre manifestándose, “la cultura no es sólo la expresión del hombre manifestándose, sino que también involucra la transformación del hombre a través de su propia manifestación”[6](6).

El hombre no sólo se expresa a través de sus obras sino que sus obras, finalmente, lo transforman a él mismo. Así en la medida que pasa el tiempo el campesino se mimetiza con su medio, el obrero con su trabajo, el artista con su obra.

Esta es la razón última, en nuestra opinión, por la cual el trabajo debe ser expresión de la persona humana, porque de lo contrario el trabajador pierde su ser en la cosas. El trabajo deviene trabajo enajenado. Y es por esto, por un problema eminentemente cultural, que los gobiernos deben privilegiar y defender como primera meta y objetivo: el trabajo digno.

Esta imbricación entre el hombre y sus productos en donde en un primer momento aquél quita lo que sobra de la piedra dura o el hierro amorfo para darle la forma preconcebida o si se quiere, para desocultar la forma, y, en un segundo momento se goza en su producto, para, finalmente, ser transformado, él mismo, como consecuencia de esa delectación, de ese sabor que es, como hemos visto, un saber. Ese saber gozado, experimentado es el que crea la cultura genuina.

Así la secuencia cultura, cultivo, enraizamiento, fruto, sabor,  sapiencia y cultura describe ese círculo hermenéutico que nos propusimos como objeto de este trabajo.

Círculo que se alimenta dialécticamente en este hacerse permanente que es la vida, en donde comprendemos lo más evidente cuando llegamos a barruntar lo más profundo: que el ser es lo que es, más lo que puede ser.

II- Notas sobre estética

Rasgos de la obra de arte

Es sabido que el hombre en la vida práctica (praciV, práxis) cuando actúa puede orientarse: tanto hacia un bien propio de él, algo que tiene que ver con la conducta, con el obrar, dominios de la política y la ética; como hacia la creación o fabricación de cosas, lo que tiene que ver con la producción, con el hacer, dominio del arte. A esto último los griegos denominaban poiesiV, póiesis, de donde viene acción poética o creadora.

El origen de la obra de arte está, entonces, en la práxis del hombre y dentro de ésta, en la póiesis, en el hacer. De ahí que la responsabilidad del artista es saber hacer bien las cosas que hace, debe poseer la capacidad y el hábito conducente a la perfección, al acabamiento de las cosas que hace.

Desde hace veinticinco siglos y atribuida a Platón se viene repitiendo en la tradición filosófica de Occidente que la belleza es el esplendor de la verdad (splendor veri) . Esta frase encierra dos términos splendor  y veritas. El esplendor no es un resplandor difuso sino un fulgor de luz que emana de la cosa bella y la verdad es lo que brilla. La obra de arte es entonces aquello a través del cual brilla la verdad. Y para los griegos la verdad alhJeia ,alétheia, que significa desocultamiento, develar, correr el velo que cubre la esencia de las cosas. Y es este des-ocultar, que produce la obra de arte, el que le hace afirmar a Heidegger: “En la obra de arte se ha puesto en operación la verdad del ente. La obra de arte abre a su modo el ser del ente” [7].

Pero ¿cómo es, cómo se produce este enraizamiento de la obra de arte con la verdad?. Esta es la cuestión del millón, y acá, cada maestro con su librito.

En nuestra opinión, la obra de arte expresa la verdad en forma simbólica, esto quiere decir que remite a algo que está más allá de lo que presenta. La obra de arte re-presenta algo, presenta de otra manera las cosas tal como se dan a la mirada vulgar, la trasciende. Incluso el arte no figurativo, no representativo a pesar de la intención de sus cultores también representa. Al menos intenta ser la representación de la no representación. Y dado que el arte como todo símbolo es un signo arbitrario (cada pintor pinta lo mismo pero distinto), que se distingue de la señal que es un signo natural, vgr. la nube es señal de lluvia. Y como la captación del símbolo sólo es posible por analogía, de igual forma, el acceso a la obra de arte se realiza por el mismo medio, de modo indirecto.

Debido a su carácter simbólico es que la obra de arte vincula lo singular con lo universal, lo contingente con lo necesario. Es en la conocida definición de Hegel  “expresión sensible de la Idea”, presenta en lo sensible lo suprasensible.

Entonces, en la obra de arte no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario de la representación de la esencia general de las cosas” nos viene a decir, a su vez,  Heidegger.[8]

Y en la tarea de comprender la obra de arte como símbolo, en su decodificación interviene la hermenéutica, la ciencia de la interpretación, donde se destaca el agudo filósofo mejicano Mauricio Beuchot: “Si la hermenéutica ha tenido como labor acercar y casi conjuntar la comprensión y la explicación aplicada a las obras del arte, hace que ellas nos den una comprensión (un sentido) pero también una explicación (una referencia). Ponen ante nuestro intelecto algo que nos da un sentido y una referencia a ciertos aspectos humanos que son universales” [9] .

Así cuando ante la obra de arte, que por bella place a los sentidos, sobre todo la vista y el oído, podremos gozarnos comprendiéndola sin perder la referencia, llegamos a la representación plena, al unir en un solo acto comprensión y explicación.

Existe además de acceso intelectual a la obra de arte, una aproximación emocional que se ubica en el observador. El splendor, se aprecia sobre todo en las grandes obras de arte, se traduce en conmoción del observador. La obra de arte lo saca a uno de la trivialidad, de la cotidianeidad, nos transporta otro mundo, más trascendente o más profundo. Esto lo llamó Aristóteles kaqarsiV, catharsis. Claro está, que él le dio una connotación moral como expurgación de las pasiones. Pero el hecho cierto es que una obra de arte se valora por su mayor o menor conmoción. Pensemos en los efectos de la Antígona de Sófocles que muere en desafío al poder político por ser fiel a la ley divina y a la piedad fraterna. Cómo nos conmueve una sinfonía, un cuadro, una escultura, un film, una danza bien bailada y las cientos de expresiones estéticas cuando están acabadas.

Principios que fundan el juicio estético

Decían los antiguos filósofos que el juicio es el lugar de la verdad lógica porque en él, el hombre afirma o niega una relación entre dos términos, sujeto y predicado, que cuando es conforme expresa la verdad y cuando es inadecuada se transforma en un error.

Si hablamos de estética es entonces el juicio estético el lugar a partir del cual conocemos. Y ¿en qué consiste el juicio estético?

Es aquel que emiten tanto el creador o artista como el observador o crítico de arte. De modo que un juicio estético es el que permite hacer arte o reconocerlo como tal.

Este juicio no puede tener el carácter de universal y necesario como el juicio de las ciencias duras, física, matemática, química, etc., cuyos juicios son siempre unívocos. Esto es, no permiten más que una sola interpretación, así en todo el mundo y para todo el mundo: dos más dos son cuatro, el frío contrae el calor dilata, h2o es la fórmula del agua. Si hablamos de conceptos unívocos son aquellos términos que se aplican de manera idéntica a varios sujetos, vgr.: hombre a Juan, a Pedro o a Diego.

Tampoco el juicio estético puede quedarse en la vaguedad, la ambigüedad, la imprecisión del juicio equívoco, propio de la mera opinión a que hoy nos somete todos los días la “patria locutora” massmediática, donde no existe ningún criterio entre lo bello y lo feo, lo vulgar y lo delicado, lo kitsch y lo digno. En definitiva, el juicio equívoco implica desconocimiento. El término equívoco se aplica a diversos sujetos pero en un sentido totalmente diferente, vgr. el nombre toro se aplica tanto a la constelación celeste como al animal.

La única posibilidad que tiene, entonces, el juicio estético es ser analógico. ¿Qué quiere decir esto?, que se aplica a diversos sujetos en un sentido ni totalmente idéntico (unívoco) ni totalmente diferente (equívoco) sino en parte ídem y en parte diversa, vgr. El concepto de salud se aplica al alimento, al cuerpo y a la cara. Así el alimento la produce, el cuerpo la posee y la cara la expresa,  o la belleza en la pintura, donde el pintor la produce, el cuadro la posee y el observador la aprecia.

Históricamente el conocimiento por analogía, que nace con Aristóteles y recorre toda la filosofía perenne hasta nuestros días, fue dejado de lado por el racionalismo ilustrado por oscurantista, pues él muestra que no se debe sobrevalorar la razón humana, y hoy, por causa inversa, il pensiero débole postmoderno, desencantado de la modernidad, lo desprecia porque el conocimiento analógico defiende la razonabilidad.

En la práctica una concepción univocista del ente (de la realidad) lleva a una concepción rígida y despótica, mientras que una concepción equivocista desemboca en el desorden y el caos. Una vez más apreciamos como el equilibrio en las cosas de la vida es siempre la tensión más difícil de mantener.

El conocimiento analógico deja siempre algo incognoscible, en la oscuridad, pero permite sin embargo establecer algunos contornos que hacen posible determinar qué obra es bella y cual no lo es. Es que la idea de analogía está fundada en la metafísica como estudio de la naturaleza del ente en tanto ente y los atributos que como tal le pertenecen. Y es la genial intuición de Aristóteles que extrajo de la  índole más propia del ente la idea de analogía, pues el ente mismo es análogo. “El ente puede darse de muchas maneras ( to on legetai pollawV) [10]. Puede decirse de muchas maneras, tiene muchos significados, como son diversas las maneras de conocer o de acceder a los distintos modos de ser del ente.

Así, todo lo que es (ente) en la medida en que existe (actus essendi) participa del ser (esse). El ser es el que hace ser al ente y el ente es el que tiene ser.

Y como la noción de ente se aplica a todo lo real y posible, tanto a la sustancia como al accidente pero de manera diversa. Así, el ente en lo real existe en acto y en lo posible en potencia. En la sustancia en sí y en el accidente en otro.

Además, en el dominio de nuestra experiencia comprobamos que todos los seres son, pero son diversos, distintos. Todos para llegar a ser participan del ser (existen) pero participan de diversa manera, sea como sustancia o accidente, como acto o potencia.

El juicio estético está fundado sobre la noción de ente que además de analógico es parcialmente incognoscible por aquello afirmaba Nicolai Hartmann: “el ente tiene  un plus no conocido que el hombre ignora y no puede conocer”.  Es que la realidad no es blanca o negra sino que pinta gris sobre gris y eso nos enseña la universalidad de la analogía del ente.

Criterios estéticos

Mucho se ha discutido y desde siempre si existen o no criterios o pautas para determinar el carácter de lo bello.

El primer aspecto que se destaca es el puramente formal de la “normatividad artística” en donde la simetría, el orden, la armonía, la claridad, la proporcionalidad, el equilibrio, la unidad en la multiplicidad o integridad, hacen a la construcción formal de toda obra de arte. Pero esto no alcanza, pues hay arte más allá de estos criterios formales, útiles sólo en la configuración sensible de la obra de arte. Sirven, en todo caso para “poner en obra” pero no especifican a la obra como bella. En una palabra, estos rasgos no alcanzan para definirla. Así lo afirma también el eminente filósofo Juan Luis Guerrero: “no pretendemos convertir, como tantos tratadistas modernos del clasicismo, a este esplendor estético en una claridad conceptual”[11].

Realizar una obra de arte utilizando, incluso adecuadamente, los instrumentos que le son dados al artista para “ponerla en obra”, no nos garantiza por sí mismos la belleza de la obra. Así, todas las pautas que la historia del arte nos ofrece en su decurso son condiciones necesarias para el establecimiento de un producto estético, pero, no son condiciones suficientes, no alcanzan para lograrlo. Es que el splendor veri no se deja reducir totalmente a la definición conceptual.

En este sentido cabe recordar acá la definición de lo bello según Kant como aquello que gusta sin conceptos. Esto es, aquello que produce placer ajeno a todo interés. Así el juicio del gusto como facultad de juzgar lo bello se apoya en el sentimiento de agrado o desagrado experimentado por el sujeto. Pero, aclara Kant, que una cosa no es bella porque me agrade (por el propio y personal gusto de los sentidos) sino que me agrada porque es bella (cuando el sujeto atribuye a los demás el mismo placer). Y así entonces, se habla de la belleza como una cualidad de las cosas.

Como ya hemos visto en el juicio estético lo bello no se deja asir fácilmente y de manera unívoca, sino que hunde sus raíces como todo lo que es, en el ser. (Cfr. Crítica del juicio, Analítica de lo bello, parágrafo 7).

Esta compenetración entre ser y belleza viene siendo estudiada desde la época de Platón hasta nuestros días por infinidad de autores entre los que se destacan, para sólo citar algunos, Aristóteles, Plotino, Agustín, Tomás de Aquino, San Buenaventura, Leonardo da Vinci, Hegel, Scheler, Roig Gironella y Heidegger.

Al sostener que lo bello y el ser se compenetran de tal manera que se convierten (ens et pulchrum convertuntur), lo bello adquiere por sí mismo el carácter trascendental, esto es, va más allá de toda categoría, no es un género, como no lo es el ser, y por lo tanto no puede ser lógicamente definido. La definición lógica es la que se realiza por género y diferencia específica y en ella se capta la esencia del ente, pero el ser no se confunde con el ente y no puede ser definido por la esencia. Error este último del esencialismo. De modo tal que podemos describir, barruntar, mostrar  la presencia de lo bello pero no podemos definirlo conceptualmente. Así como no podemos saber todo acerca del ser del ente.

Hace ya muchos años sosteníamos que lo bello como esplendor de la verdad, manifiesta no sólo la alhqeia, la presencia del ser sino que lo hace en tanto acabado o perfecto, esto es, en tanto que bueno agaqoV , como objeto de deleite [12].

Lo bello está más allá de una relación intelectual como la que nos proporciona la verdad sino que además es una relación que nos produce goce y placer.

Es así que lo bello trascendental desasosiega al artista como una aspiración que se esfuerza en realizar, siempre supera sus capacidades por eso no le satisface muchas veces lo que realiza. Hoy para el artista no-representativo el mundo físico le es insuficiente, intenta superar la forma y la materia. Esa insatisfacción lo lleva a buscar,  búsqueda que se aquietará cuando encuentre la expresión acabada.

Y este es el misterio del arte.

Apéndice sobre la estética operatoria

Con seguridad la Estética operatoria de Luis Juan Guerrero fue junto con Ente y Ser de Nimio de Anquín las dos obras de filosofía más importantes que se escribieron en Argentina.

En ella Guerrero va a sostener que los tres componentes fundamentales del hombre hacia la obra de arte son: a) el comportamiento hacia el ser de la obra de arte donde se ocupa de las manifestaciones artísticas de la obra ya producida. Esto lo trata en el primer tomo de su voluminoso trabajo titulado Revelación y acogimiento.

  1. b) el comportamiento hacia la esencia de la obra de arte donde estudia las potencialidades artísticas, en el segundo tomo denominado creación y ejecución de la obra de arte.
  2. c) el comportamiento hacia la misión de la obra de arte, que corresponde al tercer tomo titulado Promoción y requerimiento de la obra de arte.

Para el análisis de estos tres comportamientos Guerrero propone estudiarlos a través de cuatro momentos particulares: a) el de entonación, que tiene que ver con el valor estético que tiene una obra de arte para la sensibilidad del contemplador, su época y su medio. b) el de constitución, concerniente a la comprensión del sentido y el significado de la obra de arte. c) el de instauración, que tiene que ver con la proyección e integración de la obra en el mundo por su capacidad de invención y d) el de orientación, referido a la dirección estilística de la obra misma.

El arte es para Guerrero “no es edificante en sentido curialesco de antaño. Pero es tal, indudablemente, en tanto promueve la tarea “edificadora” de un ámbito imaginario de posibilidades reales para una necesaria metamorfosis de la existencia humana….en el fondo pretendemos que las obras de arte nos hablen por sí mismas; para escuchar la lección que nos brindan como tales obras de un destino humano.”[13]

III- Diferentes sentidos de pueblo

a)Como terruño

Antes que nada mi pueblo es el lugar de mis afectos comunes con otros que son mis vecinos. Es el lugar del arraigo y de ese pasado que no pasa pues está inscripto en forma indeleble en mi memoria. Mi pueblo está constituido por “esas cosas comunes” que tenemos entre pocos. Son modismos, usos, costumbres que nos distinguen de los otros pueblos. Aquellos rasgos casi imperceptibles que nos identifican entre nosotros. Luego está los apellidos, nombre y sobrenombres, apodos y chanzas.

Mi pueblo está representado en ese sentimiento de pertenencia que siento al recorrer sus calles y volver a contemplar sus casas y sus árboles. Es aquel lugar que me hace formar parte del mundo de una manera distinta a “los otros”. Es el sitio en esta vida al que siempre estoy volviendo, sea luego de unos días o de largos años. Porque es el lugar donde estoy arraigado, donde están mis raíces y la de mis antepasados. Pero también puede ser una elección, cuando alguien elige ser de “un pueblo”.

Mi pueblo es siempre el lugar de excelencia porque prefiero estar en él y pospongo estar en otro lado, pues él me formó en la preferencia de los valores comunitarios por sobre el individualismo de mercado. La ayuda, la solidaridad, la compasión, el aguante, todo esto nace de la vida de mi pueblo.

Mi pueblo no forma parte de la postmodernidad “líquida”, del imperio de lo efímero sin lealtades ni vínculos permanentes que caracteriza a la sociedad opulenta sino de la “solidez” que hace a mi identidad, que me define por lo que soy y no por  “la de todos por igual”. Y donde si no hay algo, se sabe soportar su carencia sin la compulsión al consumo. Este es mi pueblito.

b)Enfrentado a la cultura vulgar o el pueblo como plebe

Afirmaba ese gran literato español de principios de siglo, Antonio de Roxas, que: “Cuando se acentúa el funesto divorcio entre el arte y la cultura popular y la erudita, sucede fatalmente que lo popular degenera en vulgar; y la erudición en pedantería.[14]

Esta escisión se ha ido incrementando paso a paso con la homogeneización del mundo producida por la simbiosis entre el desarrollo exponencial de la técnica (segunda mitad del siglo XX) y el modelo político de one world lanzado por George Bush en 1991.

En Nuestra América la cultura popular produjo durante los siglos XVI y XVII el barroco americano, durante el siglo XVIII y XIX la imaginería hispano-criolla y durante el siglo XX la poesía y la novela  hispanoamericana de un Darío, un Carpentier, un Lugones, un Gallegos entre tantos otros.

Si nos limitamos a la Argentina, al ámbito musical, donde el tango fue la creación artística popular más genuina del siglo XX.[15] Hoy nuestro país hoy termina produciendo en su reemplazo “la bailanta”, vulgar expresión que no es ni cumbia colombiana, ni murga uruguaya, ni chevere portoriqueño. Una bazofia que extraña a todos con todos y que concluye regularmente tomando vino en cajita mezclado con coca-cola. ¡Lamentable!.

Esta sedicente vulgaridad musical, tiene su correlato literario en la televisión basura y el periodismo amarillo y sanguinolento. Lo grave es que todo ello ocupa el 90% del espacio mental de los argentinos.

Por otro lado está el saber científico y académico que durante este siglo nos dio tres premios Nobel, en el caso que esto sirviera de pauta para juzgar la cultura erudita de un pueblo, pero los premios son irreversibles. Están ahí. Son al menos una pauta cultural.

Hemos tenido durante este siglo literatos como Angel Batisttesa, filósofos como Alberto.Rougés o Nimio de Anquín, sin embargo el siglo termina con la estéril pedantería filosófica de un Guariglia y de pseudos científicos como Klimosky y Nudler.

La nefasta escisión entre cultura popular y cultura erudita que concluye como bien afirmara Antonio Roxas en la vulgaridad cultural y el eruditismo estéril plantea, entonces, la pregunta de Lenín: ¿Qué hacer? Difícil respuesta, porque no es ni una, ni unívoca.

Si de música hablamos retomar la enseñanza de nuestra música y danzas populares, folklore y tango, en los colegios secundarios. En cuanto a filosofía y ciencia es menester comenzar enseñando sus respectivas historias, privilegiando la Argentina y americana. Pues, sólo se ama lo que se conoce y hoy por hoy, el desconocimiento de lo nuestro, por parte de nosotros mismos, es casi ofensivo.

Es harto concebible que la Universidad de Buenos Aires hoy día no tenga casi alumnos en filosofía pues no tienen ningún maestro. No sólo no existe ningún filósofo sino, lo que es peor aún, no existe ningún ejemplo a imitar. A lo más que llegan es a ser eruditos de lo mínimo. Buscadores de un gato negro en una pieza oscura y, para colmo, el gato no existe, según la vieja metáfora de Kant cuando se refería a los metafísicos de escuela.

La filosofía tiene en toda Nuestra América, como es sabido, tres manifestaciones básicas: la filosofía analítica, los universalistas y los americanistas. A los primeros puede aplicárseles hoy idéntico juicio al que Coriolano Alberini (1886-1960) aplicara al positivismo argentino: “careció de espíritu filosófico, de potencia analítica y de erudición crítica.”[16] Los segundos hoy siguen transmitiendo opiniones ajenas-europeas y yanquis- y elaborando un pensamiento desarraigado de su medio. Finalmente los sedicentes americanistas, producen una literatura ensayística que se limita a proclamar sus preferencias ideológicas.

Políticamente hablando los primeros tienden a ser liberales, los segundos socialdemócratas, mientras que los terceros también lo son pero…con chiripá.

El divorcio entre cultura erudita y popular alcanza en el aspecto político su más marcada escisión, pues no hay ningún americanista-filósofo o artista- que hipotéticamente tendrían que ser los más allegados a la cultura popular,  que sea nacionalista- de Patria grande, se entiende-. A eso agreguemos que la cultura popular, devenida en cultura vulgar, no tiene ningún nivel de exigencia para con los contenidos híbridos que a diario se le presentan.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve hasta en las pocas movilizaciones políticas que hoy se convocan: gente en curda, carteristas por doquier, altoparlantes a todo volumen con animadores insustanciales. Mensajes simplemente declamativos sin contenido político meditado.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en las denominadas fiestas populares: gauchos con lazos pintados de aluminio, con tenazas cromadas atadas a los tientos, con pompones en las botas y sombreros extravagantes, afeitados los pichicos de los matungos y la cola cortada al maslo. Una payasada grotesca.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en esos bailarines de tango acrobático. En el sinnúmero de cantores de tango melodramáticos y lacrimógenos. En los tantos conjuntos folklóricos disfrazados de indios y en las letras vanas y de tonos gritones. (Aquel que canta a los gritos no escucha su propio canto: A.Yupanqui).

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en la falta de conciencia nacional de esta última. Lo popular cuando es genuino expresa el fondo telúrico de los pueblos. El ethos nacional. Si es espurio, cuando se transforma en cultura vulgar o de masas, sirve a intereses antinacionales como lo acaba de hacer notar el historiador Roberto Ferrero[17] (3).Esta cultura bastarda está manejada por la inducción del consumo, en general de cosas vanas

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en la pérdida de nuestros usos y prácticas elementales como el saber amasar el pan o las pastas, el saber qué hacer con un lechón o un cordero. El saber hacer los dulces y algún vino patero. El hecho elemental de saber prender fuego sin dañar el medio o  el de producir una pequeña huerta.

La vigencia de un pensamiento único se ve en la uniformidad de la cultura vulgar – se visten de igual manera,  escuchan la misma música y al mismo volumen, comen lo mismo, ambicionan lo idéntico- en contraposición a la cultura popular que siempre es expresión de lo diverso, de lo distinto, de lo propio.

No pretendemos un retorno a la vida bucólica, sólo queremos llamar la atención en que esto no lo saben hacer las jóvenes generaciones. Ni siquiera se intenta. Y ello es gravísimo porque el acto de preferir está al inicio de cualquier valoración. Pues solo se prefiere lo que se valora, y para valorar antes hay que conocer. 

Existe un principio filosófico que dice “nadie puede dar lo que no tiene”. Y esto se aplica a los jóvenes padres que no pueden enseñar estas cosas, y otras muchas, a sus hijos,  porque ellos no las han aprendido.

Argentina ha sufrido un corte, un quiebre en lo que Joaquín V. González llamó su tradición nacional. Y este corte lo queremos restaurar con libros, con películas y la restauración no es ni libresca ni mediática. La restauración tiene que ser vivencial. Pues son las vivencias y sólo ellas la que incorporan los valores al hombre, a la conciencia del hombre. Así estos valores, intentados muchas veces, terminan formando el carácter, que es como decir “creando o recreando un nuevo hombre”, por aquello de Heráclito ethos anthropos daimon (el hombre es su carácter).

c) como obstáculo= katéjon

Permítaseme una lectura totalmente distinta, diferente y atemporal sobre el pueblo, habida cuenta que sobre más de lo mismo ya se han escrito toneladas de papel.

En nuestro criterio, en esta elección (la francesa sobre la Constitución Europea de Maastricht)  aparece de nuevo la idea de katéchon como el obstáculo mencionado en las cartas de los apóstoles. Como el impedimento a la llegada y entronización del mal, o mejor, los males.

La segunda carta paulina a los tesalonicenses  da a entender que el katéchon es el obstáculo que debe ser retirado del medio para la llegada del Anticristo.

El breve y enigmático texto de San Pablo habla en dos breves versículos, 6 y 7,  seguidos y continuos sobre: lo que detiene (to katéchon) y el que detiene (ho katéchon). Estas expresiones han desvelado a las mejores cabezas de Occidente, así San Agustín pudo afirmar: “no entiendo lo que quiso decir”[18].

La tradición occidental afirma, mutatis mutandi, que lo que detiene la llegada del Anticristo, entendido metapolíticamente como los males, no es ya el Imperio romano de la época de San Agustín, que ya no existe, sino la vigencia, aunque leve y desteñida del orden romano, que la paradójica Constitución europea niega en todo y en sus partes.  Aquello poco que queda de la romanitas resulta ser aún el mejor y más fuerte obstáculo al reinado de los males sobre el hombre y su vida en sociedad.

La romanitas quiso significar la manera de pensar y actuar de los romanos que en un proceso romanizador del imperio se extendió a todos sus confines.

El concepto de romanitas, indica un principio de identidad y un valor determinante de universalidad, significa sentirse formando parte de una cultura, la europea, con valor universal.

Es por ello que el filósofo Martín Heidegger (1889-1976), en su Carta sobre el humanismo va a resaltar la  equiparación entre romanitas et humanitas afirmando: “En Roma encontramos nosotros el primer humanismo. De ahí que éste sea un fenómeno específicamente romano, surgido del encuentro de la romanitas con la cultura helénica”.[19]

A su vez la romanitas  al incorporar la  paidéia griega (todo aquello que hace a la formación del hombre) constituye lo específico del humanismo. Esta categoría de humanitas se hizo equivalente, en gran medida, a la categoría de christianitas cuando el cielo y la tierra del orbe pagano se transforman en mundo con el cristianismo.

Así la secuencia paideia, romanitas, humanitas, christianitas termina de configurar, definitivamente, la idea de Europa.

Esto es lo que no expresó taxativa y claramente la Constitución europea, básicamente por la influencia determinante de un masón agnóstico convicto y confeso como Valery Giscard d´Estaing, presidente de la comisión redactora.

Pero nos resta aún el segundo aspecto del katéchon. El que detiene, el que impide, el ho katéchon.

Y ¿quién ha sido el que impidió, en este caso? El pueblo francés.

El fue quien hizo las veces de katéchon,  que psicológicamente puede explicarse como un mecanismo de autodefensa para preservar su ser.

Lo mismo sucede hoy a 17.000 km. de distancia con el pueblo boliviano, que como katéchon americano impide y obstaculiza la entrega de sus riquezas y su extrañamiento como nación.

Visto esto, ¿qué lectura metapolítica podemos hacer del katéchon  en la actualidad? Que son los pueblos hoy los que detienen, los que hacen las veces de ho katéchon, o mejor aún de katéjones,  de ta katécha, para decirlo en correcto griego.

Los pueblos y su protagonismo han reemplazado como, el que detiene, a los grandes príncipes como Federico II u Otón el Grande. Los pueblos organizados y en espontánea acclamatio  se han transformado en el ocaso de la democracia procedimental con su falsa representatividad en los que detienen.

Estamos asistiendo al fin de una época, al entierro de la modernidad con todas las secuelas que implican las pérdidas y los duelos, pero al mismo tiempo estamos observando el nacimiento de nuevas formas de organización y participación. Como sostiene Luis María Bandieri en un artículo imperdible: “A la democracia se le ha perdido el pueblo y no acierta a recobrarlo”.[20]  

 

 d)como realidad “allí estante”: nuestra originalidad.,

Uno de los rasgos del discurso político cultural de hoy día es su contenido homogéneo.

Lo denominado políticamente correcto se vuelca en un discurso que exaltando las diferencias homogeniza todo y a todos. Este discurso está compuesto de grandes categorías de pensamiento entre las que se destacan para Nuestra América la de latinoamericano, multiculturalismo, pueblos originarios, etc.

Mucho hemos escrito sobre el falso concepto de latinoamericano para definirnos a nosotros los hispanoamericanos, iberoamericanos, indo ibéricos o americanos a secas. Detenernos nuevamente a explicar que el origen del concepto es espurio pues nace de la idea de Chevallier, asesor de Napoleón III para intervenir en Nuestra América y ponerse al frente de “los pueblos latinos o la latinité”, sería redundante. Pero insistimos en que su instrumentación es ideológica y falsa pues ni los canadienses son considerados latinoamericanos, siendo gran parte de ellos de origen francés, ni los rumanos son considerados latinos, cuando hablan un idioma derivado directamente del latín. Y es falsa su instrumentación porque el concepto es falso, ya que latinos son solo los habitantes del Lacio en Italia. Ningún italiano se va de denominar latino sino es de la región del Lacio.

Tampoco nos vamos a detener en el concepto de multiculturalismo pues como ya lo  hemos desarrollado en varios lugares es un concepto ideológico de dominación y extrañamiento pues nosotros los iberoamericanos no somos muchas culturas separadas sino muchas culturas juntas, somos una “intercultura” o cultura de síntesis. El concepto de multiculturalismo fue creado por los antropólogos culturales norteamericanos. En un reciente reportaje hemos afirmado: “La teoría del multiculturalismo como Ud. observa es una creación del think tank estadounidense en donde bajo la mascarada de respetar a las minorías lo que se hace es « otorgar derecho a las minorías por el solo hecho de ser minorías y no por el valor intrínseco que ellas representen ».

Es una falsa teoría pues por un lado dice respetar la identidad del otro pero lo encierra en su particularismo y por otro es un engaño que despolitiza el debate político (niega pensar en términos de Estado-nación) y se limita a las cuestiones sociales, raciales, económicas y de género.

Nosotros proponemos la teoría del interculturalismo que nos enseña que en los hispano-criollos habitan varias culturas que conforman un sujeto simbiótico, esta cultura de síntesis de la que hablamos, que somos nosotros mismos.”[21]

Nos vamos a ocupar ahora de la falsa interpretación y posterior instrumentación del concepto de pueblos originarios.

El primero del que tenemos conocimiento que llamó la atención sobre este asunto fue el historiador chileno perteneciente a la izquierda nacional, Pedro Godoy, cuando afirmó: El pueblo originario de Chile es el pueblo chileno real y concreto que conocemos en las calles, los estadios y las fiestas.[22]

Y esto se aplica a toda Nuestra América donde el pueblo originario es el pueblo criollo que se ha dado arquetipos en todos los países: huaso, gaucho, cholo, pila, montubio, ladino, llanero, jíbaro, charro, etc. Si bien ya no vamos más vestidos así, pues lo tiempos cambian, lo criollo es la valoración como lo más genuino de estos arquetipos.

Vayamos por parte.

Los indios, mal llamados aborígenes= ab ovo, que significa “desde el huevo”, son también inmigrantes porque llegaron a América como lo ha hecho todo el mundo. A América se llega y americano se hace. Por eso podemos definir a América como “lo hóspito”, pues recibe a todo hombre que viene de lo inhóspito.  Y la diferencia con la inmigración europea que nace con Colón es que no cambiaron sus hábitos ni fecundaron a América, se quedaron pegados a la naturaleza que les ofreció este grandioso continente. Mientras que, españoles y portugueses, cambiaron hábitos, usos y costumbres al mixturarse con los indios y creando una cultura de síntesis o intercultura.

América se incorpora con rasgos propios a la historia del mundo cuando comienzan a nacer y a producir con rasgos distintivos los criollos americanos, que  son, como dijera Bolivar: ni tan español ni tan indio.

Los indios son poblaciones preexistentes al concepto o la idea de América. El pueblo que da origen a América es España y en menor medida Portugal. Ahora bien, el carácter de originario nos lo da la mixtura o simbiosis, puesta de manifiesto en esos arquetipos que nombramos antes, y que resumimos en lo criollo.

Los indios como siglos después los vikingos, antes de Colón, han “hallado” un continente, pero no lo “descubrieron”. Pues hallar es toparse con algo sin hacerse cargo de lo que es, mientas que descubrir implica una conciencia y una voluntad de hacer  manifiesto algo que estaba oculto.

El descubrir revela la originariedad de América como un mundo que estaba oculto, que era mudo pues nada le dijo a la conciencia india o vikinga, pero sí a Colón y los posteriores descubridores. A partir de allí nace la originalidad “en el sentido de lo que emerge y se sostiene y crece desde sí mismo”[23]

Vemos como la originariedad está ahí, muda como las plantas autóctonas, mientras que la originalidad es algo nuevo, es algo diferente. Así la originariedad puede existir sin descubrimiento, pero no puede haber originalidad sin originariedad.

Y esto último exige que  nuestro pensamiento sea arraigado, que pensemos siempre desde América si queremos ser genuinos y auténticos.

Debemos rechazar por falso el concepto de pueblos originarios limitado a los pueblos indígenas, los pueblos originarios de América somos nosotros los criollos bajo sus distintas denominaciones. Además los pueblos indígenas no son tales pues la mayoría está mestizado. ¿O Evo Morales es indio por más que se disfrace de tal?  Y al mismo tiempo debemos rechazar la copia y peor aun el remedo, pues ser americanos es un esfuerzo, es un trabajo, es una decisión. No somos genuinamente americanos por el simple hecho de nacer, comer y dormir en América sino que tenemos, de alguna manera, que hacer fecunda a América, como la fecundaron los mejores de nuestros antepasados.

Baste esto, dicho brevemente, para comenzar a desarmar otra categoría de dominación del pensamiento único y políticamente correcto, y que los “progre” utilizan a diestra y siniestra.

 e) Como principal sujeto de la realidad política o el pueblo como demos

Pero cómo, no cantábamos nosotros “si este no es el pueblo, el pueblo a donde está”?. Y este no es el pueblo, el pueblo no está, no aparece, pues, y ésta es nuestra tesis: la categoría de pueblo se ha licuado en la categoría de público consumidor, de gente.

Y el pueblo argentino? El kirchnerismo ha intoxicado al pueblo argentino de tal forma y a tal grado que salvo una catástrofe y la pedagogía que ella encierra, no barruntamos que pueda salir fácil y rápidamente de tamaña intoxicación. Envenenó la convivencia y a falta de ideología propia tergiversó la historia reciente reemplazándola por la memoria, siempre subjetiva y personal. Trabajó sobre el resentimiento, entendido como rencor retenido, e hizo de él factor de coherencia interna y propaganda política, lo que terminó por envilecer a la propia justicia.

El principal sujeto de la realidad política para nosotros es el pueblo, pero el kirchnerismo  “armó una realidad” falsa y aparente, para usarla ellos y para la gilada, (la oposición) y el sujeto de “esa realidad” es una pura apariencia. Hoy no existe el pueblo.

El gran mérito del gobierno de los KK es que lograron trastocar la categoría de pueblo por la de “público consumidor”, sumándose a la tendencia mundial sobre este asunto. Los votos que logró no son del pueblo peronista  sino del “público consumidor” en forma de subsidios, prebendas y canonjías. Y de una aceitada maquinaria de corrupción desde los más altos cargos del Estado.

El gobierno posterior de Macri continua con el concepto tergiversado de pueblo como gente o público consumidor con el agravante, por su fuera poco, de la búsqueda del envilecimiento moral con la promoción del aborto. Aduciendo que son las “mujeres del pueblo” las que padecen a las aborteras clandestinas, cuando las que abortan son, en general, mujeres de clase media y que buscan en él evitar la sanción judicial y moral,  y la comodidad de no criar un hijo.

A pesar de todo el pueblo conserva la capacidad de decir: no. Como lo demostró en Maastricht, con el rechazo al Brexit, en Colombia con las Farc, en Estado Unidos votando contra el imperialismo internacional del dinero de Wall Street y su candidata H. Clinton y en cien ocasiones más.

Hay algo que el gobierno mundial actual, esto es la unión del imperialismo internacional del dinero y el de los grandes masmedia no puede hacer a pesar de contar con todos el dinero y la propaganda posible, y es anular o captar el corazón de los pueblos y sus movimientos de autodefensa y preservación en su ser. Ya Perón advirtió: cuando los pueblos agotan su paciencia hacen tronar el escarmiento.

El pueblo genuino funda su identidad en el ethos nacional, expresado en los valores patrios, aquellos representados por el himno completo- y no el tarareo vulgar de las canchas- y la bandera. Y en el pensamiento nacional, aquel que nos viene desde Martín del Barco Centenera (1535-1605) y su poema La Argentina y llega hasta nuestros días y que logró expresar a través de un medio centenar de autores, lo más profundo del ser argentino en la historia del mundo.

El concepto de pueblo=populus que viene de puber=joven, significa conjunto de seres humanos que constituyen una comunidad en función de un ethos común.  Ya sean estos valores, religión, lengua, cultura, usos, modos y costumbres.

Cuando un pueblo se da a sí mismo un destino específico dentro de la historia del mundo a partir su ethos histórico, crea una nación. Y cuando ésta se organiza jurídicamente termina creando un Estado.

Hay pueblos que no llegaron a ser naciones, por ej. los diaguitas en Argentina o los araucanos en Chile. Otros pueblos llegaron a naciones pero no a Estados como los kurdos en Irán, Siria e Irak.

Otros, como los judíos, que llegaron a constituir un Estado pero siguen funcionando entre ellos como un único pueblo repartido por todo el mundo.

Dicho esto, la vinculación de arte y pueblo hay que buscarla en la relación del artista con su ethos. Su genius loci como decía Virgilio; con su clima, suelo y paisaje. Un artista popular es un artista no ilustrado, que prefiere las alpargatas a los libros, aun cuando tenga veleidades de sobaco ilustrado. Vanitas vanitatum omnia vanitas.

La unidad del pueblo está dada por su ethos común y su consecuencia política es la democracia en tanto que la muchedumbre, multitud o gentío posee una naturaleza múltiple y carece del sentido de la unidad. Su consecuencia política es la oclocracia o gobierno espurio.

f)     la relación con el pasado

Nuestra relación personal con el pasado se da a través de la memoria, que es aquella capacidad por la cual recordamos lo sucedido desde nuestra subjetividad.

La otra relación con el pasado, la científica. Nos la brinda la ciencia de la historia, que a través de testimonios y documentos intenta una interpretación objetiva de dicho pasado. Quien dice ciencia, dice conocimiento sistemático.

Así memoria e historia son formas distintas de entender el pasado. En un Estado de derecho  aquello que forma al ciudadano es la historia, al contrario de lo que sucede hoy en nuestros Estados democráticos postmodernos de corte político socialdemócratas, donde la exaltación de la memoria prima por sobre la historia.

Cabe distinguir acá que la memoria a la que criticamos no es la memoria popular, la memoria de todo un pueblo encarnada en sus tradiciones y valores permanentes, sino la memoria parcial e interesada de los lobbies que buscan poner la historia a su servicio[24].

Así la memoria se mantiene mediante conmemoraciones, actos, homenajes, mientras que la historia exige investigación, trabajo de atenerse a los hechos, esfuerzo constante y la más de las veces tedioso.

La historia y su método pasan por distintas etapas: a) heurística, que es la búsqueda de los testimonios. b) la crítica, que realiza el análisis de las fuentes. c) la síntesis, que pone en orden lo recabado, y d) la exposición, que debe ser clara, sencilla y acompañada del aparato erudito.

El historiador tiene que realizar todo el esfuerzo posible por desvincular sus juicios de sus prejuicios, e intentar superar la subjetividad. De ahí que sea sumamente importante la idea aportada por la fenomenología de verificación intersubjetiva según la cual se puede hablar de objetividad sólo cuando sobre un mismo hecho (lo sucedido=res gestae) se produce una coincidencia mínima del juicio de los pares, (conocimiento de ese suceder= rerum gestarum) que en el caso de la historia es el juicio de los historiadores.

Cuando la relación con el pasado, sostiene Alain de Benoist, avanza por el camino de la memoria, nada le importa la verdad histórica. Le basta con decir: ¡Acuérdate!”[25]

Con el recurso a la memoria se trata de que el pasado esté siempre presente, que el pasado no pase sino que esté siempre vivo, siempre ahí.

Como cuenta muy bien Javier Esparza recordando la denominada polémica de los historiadores entre Jürgen Habermas y Ernest Nolte, donde éste último quería tomar distancia y así poder historiar la segunda guerra mundial y aquél primero sostenía que el nazismo estuviera siempre presente. Fue así que Nolte deploró “ese pasado que no pasa” como un daño al logro de la unidad alemana.

Uno de los rasgos de la postmodernidad es el reemplazo cada vez más de la historia por la memoria. Es que ésta es más atractiva y aquella más ardua, pues la memoria tiene el condimento de la imaginación. Además la memoria privilegia la visión de la víctima. Y en una sociedad como la de hoy en donde los Estados otorgan a los ciudadanos infinitos “derechos incumplibles”, el recurso a la memoria les ofrece el simulacro de la reparación. Los ejemplos son tantos y tan recientes que se los dejamos a elección del lector.

En esta parodia de felicidad postmoderna en donde lo único que se nos prohíbe es ser infelices, como bien denunció Fray Beto respecto de la nueva constitución del Brasil, la aliada es la vieja idea romana de damnatio memoriae, la condena y destrucción del pasado. Donde se condena el recuerdo de un hombre público prohibiendo pronunciar su nombre, como ocurrió con Perón en el Golpe del 55, borrando su nombre o retirando sus estatuas, como acaban de hacer en España con Franco o descolgando cuadros, como sucedió aquí hace muy poco.

La damnatio memoriae es otro de los simulacros políticos más utilizados últimamente y de menor eficacia real, pues si funcionara no nos tendríamos que acordar de aquellos que se pretende borrar de la memoria. Pero….“conforma a la gilada” como diría un reo.

La Historia como magistra vitae según la definiera Cicerón, como la formadora del hombre y sobre todo del ciudadano, pues sólo ella le muestra su pertenencia real, ha dejado paso cada vez más a la memoria, en donde el ciudadano ha sido transformado en “público consumidor”. Consume y compra no sólo alimentos sino relatos interesados de “las memorias” que terminan alienando su espíritu.

De modo tal que como la memoria está siempre escrita a favor del narrador, ella transforma muchas veces al victimario en víctima según sea quien la narre. Así los judíos con el mitema por antonomasia del siglo XX, se presentan siempre como los perseguidos por todos; el indigenismo presentará a nuestros pampas como angelicales perseguidos por el opresor blanco; los ingleses del carnicero general Kimberley persiguiendo a los boers para liberar a Suráfrica;  los turcos persiguiendo a los bárbaros de los cristianos armenios; las madres de la plaza de Mayo monopolizando el sufrimiento de todos los argentinos y desde hace un siglo, los yanquis sacrificándose por todo el mundo para hacer, por la guerra, “la democracia a palos”.

A los poderes mundiales, a los poderes indirectos que gobiernan este mundo a piacere, más allá de los parlamentos nacionales y de los grandilocuentes gestos de algún gobernante infatuado, les es funcional la categoría de memoria político-cultural porque ella al estar más allá de cualquier examen crítico permite una recreación permanente de relatos míticos, los cuales no sólo oscurecen los hechos reales y tal como han sucedido,(revelación reservada a la historia) sino que “estas memorias” logran desviar a los pueblos(entreteniéndolos con debates culturales) de su verdadero objetivo: La construcción de un poder nacional o regional autónomo y soberano. El asunto es lograr que nuestras comunidades, nuestros pueblos, no se pregunten por la naturaleza del poder, cómo se construye y cómo se conquista, ni cuestionen a quienes lo ejercen.

No al ñudo un marxista lúcido como el esloveno S. Zizek pudo afirmar que en nuestra época el discurso sobre el poder ha sido reemplazado por el discurso cultural, con lo cual los que ostentan el poder siguen haciendo lo que quieren a espaldas y a costillas de los pueblos sometidos a sus designios.

En este mismo sentido otro marxista de origen argentino pero yanqui por adopción y primerizo estudioso de Perón, el sociólogo Mark Falcoff acaba de afirmar: La repentina resurrección de la izquierda en la región (Suramérica) es un evento más cultural que estrictamente político”.

IV- La relación arte y pueblo

Esbozada las ideas de cultura, arte y pueblo, pasamos ahora a intentar mostrar cual tendría que ser la relación entre ambos conceptos para terminar logrando una acabada expresión cultural lo más genuina posible.

La categoría de relación es uno de los grandes conceptos que se usan en filosofía desde siempre y que junto con las de sustancia, cualidad, cantidad, acción, pasión, nos ayudan a explicar lo que es y existe.

La relación indica el traslado o referencia de una cosa o concepto a otro. Es la más inasible de todas las grandes categorías y que los griegos la decían ta pros ti=lo que se refiere a otro. Se usó esta categoría para explicar la Trinidad Divina, pero ahora, desacralizado el mundo, la utiliza la sociología para explicar los fenómenos sociales.

Si nosotros relacionamos arte y pueblo ya estamos sosteniendo de entrada que son conceptos relativos uno a otro. Como lo son padre de hijo, alto de bajo o izquierda de derecha. De modo que aceptamos de entrada que no puede haber arte sin pueblo ni pueblo sin arte.

En lo que va de la historia del hombre en la tierra hubo períodos que se caracterizaron por una imbricación de arte y pueblo y otros que no. Así por ejemplo, en América durante los siglos XVI y XVII lució el barroco americano que fue expresión de nuestra propia índole como pueblo original que apareció en el mundo. El término  barroco deriva del vocablo portugués que indica  una perla no perfectamente esférica, significando por lo tanto algo irregular y diferente de lo común.

Nuestro ethos fue fijado de una vez y para siempre por el ethos barroco, que posee otra racionalidad y otra sensibilidad que procede del mestizaje indo ibérico, que nos determinó en lo que somos. Y afirmamos “de una vez y para siempre” porque la conciencia católico-barroca descubridora, en mixtura con la originariedad de América, selló desde el momento mismo del descubrimiento y durante tres siglos sin interferencias ajenas a ella, la originalidad iberoamericana. El hecho es irreductible, salvo que se produjera un extrañamiento u alienación total ella.

El barroco se opone a la concepción mecánica de la naturaleza, a la idea individualista de la sociedad y al racionalismo y la Ilustración. Él nos da una pauta de los senderos que debe recorre el arte para llegar a ser arte popular. Nos indica que, como la perla no del todo perfecta, así es probable que deba de ser nuestro arte. A lo mejor dejando de lado un poco la perfección y el acabamiento pero no la búsqueda del esplendor. A la criolla como se dice habitualmente, sin buscar el perfeccionismo absoluto pero haciendo la obra. Es un arte que trabaja sobre lo verosímil y no sobre lo exacto. Que privilegia el esplendor por sobre las reglas de construcción.

El arte debe buscar la recuperación del pluralismo en contra de la mentalidad homogeneizadora, uniformadora, totalitaria e intolerante de la pedagogía jacobina que dramatiza lo perfectamente normal. Al mismo tiempo que insistir en la búsqueda del bien común frente al individualismo de corte liberal.

El pensamiento barroco reúne razón y pasión, magia y ciencia, sagrado y profano, español e indígena, catolicismo y heterodoxia. Todo ello es la base última del pensamiento popular hispanoamericano que se volcó luego en múltiples formas de acción y construcción política, que van desde la experiencia del obispo Vasco de Quiroga con sus pueblos hospitales y la  jesuítica de las misiones hasta las últimas formas de organización política como lo fue la comunidad organizada de Perón.

El artista popular como un nuevo Danton debe afirmar: moi, je suis le peuple et le peuple est avec moi= yo, si yo soy el pueblo, y el pueblo está conmigo. Él está obligado a entender al pueblo como demos=poder y dejar de lado la visión interesada de entender al pueblo como plebe=rebaño. Toda su tarea debe de estar dirigida a expresar lo mejor del pueblo y no sus bajezas. El artista popular debe autoconstituirse en el mayor enemigo de la vulgaridad, de lo soez, caracteres tan explotados por los grandes mass media para extrañar de sí a los pueblos y entonces poder dominarlos.

Él debe de realizar un doble esfuerzo, que el común de los mortales no puede hacer en su interpretación del pueblo y de él como pueblo. Primero, comprender el sentido que el pueblo le da a las cosas y segundo, encontrar las referencias que le permitan explicar eso que hace. Así, comprensión y referencia, búsqueda del sentido y explicación son las tareas específicas de la hermenéutica de un artista popular.

En el fondo, él debe practicar un pensamiento de ruptura que rompa con la opinión publicada, practicando una forma de disenso a través del cual pueda ofrecer “otra opinión”, una opinión alternativa a la dada. Ya sea por los mass media, por el poder del dinero o la corrupta dirigencia partidocrática. Si un artista se libera de estos tres grandes condicionamientos que utiliza con éxito la sociedad de consumo, terminará transformándose en un agente de liberación de los padecimientos habituales de su pueblo.

Lejos está el artista popular de ser un intelectual iluminado que perora sobre la necesidades del pueblo, así como lejos del artista moralizante, sino que él recoge vivencias suyas y de los otros (el pueblo) que puede plasmar en la obra. Ese opus=obra objetivada que es también, en su caso, un labor=obra subjetiva, esplende, en definitiva, la verdad en la apariencia que es la representación artística. Es que la apariencia en el arte no está reñida con la verdad, pues lo que aparece: opus-labor, cuando lo hace con esplendor está desocultando la alhJeia, la verdad. De ahí que el carácter de espléndida sea el último fundamento de la  genuinidad de la obra de arte.

Llegamos así a la frase del poeta griego Píndaro (518-438 a C.): enoi, oios essi que figura en su poema Pythia II v.73 dedicada a los deportistas griegos de las olimpíadas que se superan cada día logrando triunfar porque antes que nada se superan a sí mismos. Al artista popular le aconsejamos lo mismo: Hazte lo que eres.

 


[1] Heidegger, Martín: Poéticamente habita el hombre, Rosario, ed. E.L.V., 1980, p. 20

[2] Weil, Simone: Echar Raíces, Barcelona, Trotta, 1996, p. 123

[3] Buela, Alberto: Traducción y comentario del Protréptico de Aristóteles, Bs.As., Ed. Cultura et labor, 1984, pp. 9 y 21. “Hemos optado por traducir phronimós por sapiente y phrónesis por sapiencia, por dos motivos. Primero porque nuestra menospreciada lengua castellana es la única de las lenguas modernas que, sin forzarla, así lo permite. Y, segundo, porque dado que la noción de phrónesis implica la identidad entre el conocimiento teórico y la conducta práctica, el traducirla por “sabiduría” a secas, tal como se ha hecho habitualmente, es mutilar parte de la noción, teniendo en cuenta que la sabiduría implica antes que nada un conocimiento teórico”.

[4] Kusch, Rodolfo: Geocultura del hombre americano, Bs.As. ed. F.G.C., 1976, p.74

[5] Buela, Alberto: Hegel: Derecho, moral y Estado, Bs.As. Ed. Cultura et Labor- Depalma, 1985, p. 61 “En una sucinta aproximación podemos decir que Hegel expresa el concepto de dialéctica a través del término alemán Aufhebung o Aufheben sein que significa tanto suprimir, conservar como superar. La palabra tiene en alemán un doble sentido: significa tanto la idea de conservar, mantener como al mismo tiempo la de hacer cesar, poner fin. Claro está, que estos dos sentidos implican un tercero que es el resultado de la interacción de ambos, cual es el de superar o elevar. De ahí que la fórmula común y escolástica para explicar la dialéctica sea la de: negación de la negación”.

[6] Buela, Alberto: Aportes al pensamiento nacional, Bs.As., ed. Cultura et labor, 1987, p.44

[7] Heidegger, M.: Arte y poesía,  México, FCE, 1978, p.68

[8] Heidegger, M. Op. cit, p.64

[9] Beuchot, M.: Estética y hermenéutica analógica, en Logos N°88, México, enero-abril, 2002

[10] Aristóteles: Metafísica, 1003, a 33. También en Tópicos 107 a 3-17.

[11] Guerrero, Juan Luis: Qué es la belleza, Bs.As., Ed.Columba, 1954, p.64. Filósofo argentino (1896-1957).Doctorado en la universidad de Zurich (1926) se destacó por su meditación continuada sobre la obra de arte. Su principal trabajo es Revelación y acogimiento de la obra de arte (Ed.Losada, 1956, 475pp). Las autoridades culturales del golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955 lo dejaron cesante de su cátedra  junto a destacados filósofos como Diego Pró, Miguel Ángel Virasoro, Nimio de Anquín, Leonardo Castellani, Carlos Cosio, Eugenio Pucciarelli y tantos otros, perseguidos por José Luis Romero, el Catón de la Revolución Libertadora, hermano del capitán filósofo Francisco Romero y padre del “progresista” historiador homónimo, apoltronado desde niño en la Universidad de Buenos Aires.

[12] Buela, Alberto: El ente y los transcendentales, Bs.As., Ed. Cruz y Fierro, 1972, p.26.-

[13] Guerrero, Luis J.: op. Cit. tomo I, prólogo, p. 21

[14] de Roxas, Antonio,P.: La Literatura española comparada con la extranjera, Madrid, 1928, p.14

[15] Afirmó el  gran Macedonio, el primer filósofo gauchi-político argentino, maestro de Borges y de tantos otros: el tango es lo único que Buenos Aires no tomó prestado de Europa. (Macedonio Fernández 1874-1952)

[16] Alberini, Coriolano: Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina, La Plata, Ed. Univ. La Plata, 1966, p. 237

[17] Roberto Ferrero: ¿Cultura nacional o Cultura popular?, en Cauce Latinoamericano, Nro.7, Buenos Aires, invierno 2000

[18] San Agustín: La ciudad de Dios, 20,19

[19] Heidegger, Martín: Carta sobre el humanismo, Madrid, ed. Taurus, 1966, p.15.-

[20] Bandieri, Luis: ¿Dónde está el pueblo?, correos de internet, mayo 2005.

[21] En la revista parisina Nouvelle Revue d’Histoire, nº 65, marzo-abril 2013.

[22] Es interesante notar, que en los muy buenos pensadores chilenos, encontramos las mejores meditaciones sobre qué sea lo de pueblos originarios, por ejemplo Pedro Godoy o Petras Petrus. Seguramente, por los inconvenientes que presentan los partidarios de la República Pseudos mapuche para el sur de Chile con sede en Londres.

[23] Caturelli, Alberto: El nuevo mundo, Ed.Edamex, México, 1991, p. 54

[24] El profesor Alfredo Mason en carta comentando el presente artículo desnuda un mecanismo perverso de la memoria en su utilización político-cultural: “Fijate una cosa, si la preocupación es mantener viva la memoria de los compañeros que por sus ideales fueron perseguidos y desaparecidos ¿por qué recordarlos por lo que nunca quisieron ser? Pues recordarlos por desaparecidos y no hacerlo como compañeros peronistas que se entregaron a la causa del pueblo hasta el final, es negar la esencia misma de la cuestión”.

[25] de Benoist, Alain: Enfrentarse con la historia, revista El manifiesto N° 3, Barcelona, 2005

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