Miscelánea

Conversando con adolescentes

En el trabajo con el adolescente lo esencial es lograr una sólida relación y comunicación efectiva.

Por Dr. Jose Ramon Ponce Solozábal


“El principio es lo más importante en toda obra, sobre todo cuando se trata de criaturas jóvenes y tiernas. Pues se hallan en la época en que se dejan moldear más fácilmente y admiten cualquier impresión que se quiera dejar grabada en ellas”.

Platón


Un momento de desconcierto en la familia es cuando los niños alcanzan la adolescencia. Es cuando aparecen en ellos importantes cambios que a menudo los adultos no saben manejar. Surgen comportamientos nuevos, los cuales pueden ser irritantes en la medida en que se hacen impredecibles o marchan en contra de lo establecido en el hogar.

Este conflicto se agrava debido a un factor del cual pocos se dan cuenta, pero sucede. Tal como se conoce en la Psicoterapia familiar, las irritaciones causadas por preocupaciones, temores, privaciones y otras causas, que sufren los miembros de la familia, tienden en ocasiones a desplazarse hacia el «eslabón débil», o sea, hacia un «chivo expiatorio», una «oveja negra». Usualmente éstos son los adolescentes de la casa, y si es uno solo, peor. Por ello las críticas, reproches e inculpaciones siempre tienden a ser dirigidas hacia ellos. Si algo se rompió, extravió u olvidó, la inclinación, consciente o inconsciente, de los adultos es culpar al adolescente. A ello se le agrega que en ocasiones la comunidad rechaza sus comportamientos, por lo que cierran filas con los padres o tutores de éstos, agravando más el problema. Finalmente, los adolescentes, angustiados por la incomprensión, se refugian en su grupo de amigos y desprecian la sociedad.

A través de la historia se ha mantenido la contradicción entre las nuevas y viejas generaciones. Desde la antigüedad las viejas se quejan de la «deformación» de los jóvenes; lo que demuestra que siempre los adultos tratamos de hacer a éstos a nuestra «imagen y semejanza» e incluso más perfectos. Queremos que actúen de acuerdo a nuestra época e incluso, a veces, no recordamos que nosotros también fuimos adolescentes. En la mayoría de los casos, los padres y maestros queremos ver en ellos el arquetipo perfecto, ideal, tal como nos imaginamos o como nos consideramos a nosotros mismos, pero esto no es más que una utopía.

Durante años en el ejercicio profesional de la psicología, y en el trabajo con adolescentes en diferentes sentidos, me he ido percatando que muy pocas personas los pueden comprender. Los problemáticos presentan una conducta más o menos conflictiva, incluso antisocial o criminal, pero en realidad esto no es más que apariencia. Es como si se crearan una «coraza» la cual es la presentada a las familias y a la sociedad, pero debajo de ésta se encuentra el verdadero individuo. Detrás de su conducta anómala yacen características de nobleza que no se manifiestan más que bajo circunstancias especiales, y esas circunstancias a menudo no se les facilitan. En la medida en que se agraven las condiciones adversas para ellos, en función de los antecedentes familiares que arrastra, esa llamada «coraza» penetra paulatinamente en su interior. Cuando alcanza su personalidad ya es tarde.

La influencia, manejo y educación del adolescente requiere serenidad, habilidad y comprensión. Una caja fuerte es muy difícil de abrir y es casi impenetrable si no se tienen los medios para ello, podemos estar días y meses golpeándola y no lograremos abrirla. La mentalidad de estos jóvenes es similar, es casi imposible que responda a nosotros si no lo tratamos de manera correcta. Además, cada caja fuerte tiene su combinación para ser abierta, y de igual manera son ellos. Tienen que ser tratados con sus características particulares, la manera en que se aborda a uno de ellos no tiene que ser exactamente en la que se aborda a otro; si un método nos da resultado con uno no nos tiene que dar necesariamente resultado con otros.

No podemos pretender que los adolescentes posean motivaciones, intereses y gustos que a los adultos les puede parecer muy bien, pero no son los de ellos. Sobre esa base, y solo sobre esa base, se pueden establecer canales de comunicación que permitan influir sobre esas edades. Debemos evitar que cuando se les trata de conducir digan “sí” y cuando viremos la espalda actúen de un modo distinto. O peor aún, te miren fijamente y te digan “si”, pero para sus adentros están diciendo: “si, para que te calles”.

Algunos aspectos a tener en cuenta en el manejo del adolescente son los siguientes:

  • Evitar actitudes paternalistas o protectoras.
  • Evitar sermones y palabrerías, solo frases cortas y definitorias.
  • No obligarlos a decir «si» y cuando «viremos la espalda» actúen de forma incorrecta.
  • No jugar el papel de «consejeros que los llevan por el buen camino».
  • Evitar amenazas o explosiones de ira contra ellos.
  • Evitar prohibiciones contraproducentes y sin sentido.
  • No exigir motivaciones e intereses que no son los de ellos.
  • No compararlos con nadie.
  • No criticarlos al estar con sus amigos.
  • Evitar mayor complacencia o regalos que los merecidos por su comportamiento.
  • No ponerles etiquetas desfavorables: «haz hecho eso porque eres mal hijo», «insoportable», «desordenado». Sino: «¿Cómo tú, con lo inteligente que eres, con lo noble que eres, con lo respetuoso que eres, has hecho eso?»
  • No desestimar sus argumentos situándolo como un niño.
  • No utilizar tonos de ruego o sentimentales.
  • Estimular de inmediato las acciones correctas con una frase elogiosa.
  • No acorralarlo u hostigarlo en la familia.
  • No responder a su agresividad con más agresividad, sino con ecuanimidad.
  • Ante el temor al castigo no dejarlo solo y sin «puertas abiertas».
  • Respetarlos como se respeta a un adulto.
  • Tratarlos como a un amigo.
  • Tratarlos como se espera que nos traten: con completa responsabilidad.
  • Otorgarle la confianza y dignidad que una persona le otorga a otra.
  • Brindarle apoyo ante sus conflictos con la sociedad y familia.
  • Escuchar y aceptar sus argumentos, aunque después se les demuestre otros que él «no ha visto».
  • Permitirles independencia para que encuentren su sentido a la vida y se entrenen en lidiar con ella.
  • Permitir que sufran las consecuencias de sus errores.

En resumen, en el trabajo con el adolescente lo esencial es lograr una sólida relación y comunicación efectiva. Después, todos los propósitos se lograrán por sí solos.

 

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