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Es bochorno

Esa gran nebulosa argumental del mundo abertzale o de los aún etarras para justificar su presentación actual en sociedad es una tarea imposible, pero la dialéctica da para todo.

Según los estudios más fiables, hablar del tiempo es la actividad verbal más recurrente en los ascensores de altos edificios, cuando se ha instalado la amabilidad en su trayecto. La singularidad de hoy está en que han hecho de las temperaturas la portada de todos los informativos en medio de una sorprendente competición. Dicen que, sin embargo, hablar y hablar del calor que hace da mucho más calor. Lo cierto es que el ser humano siempre anda expectante a ver qué puede sorprenderle; el frío, el calor y la lluvia, son asuntos estelares. Y bien está que nos sobrecoja un tifón, una tempestad o una ola de verdad helante, lo que no se entiende es nuestra propensión al estupor cuando nada de verdad nuevo nos acontece.

Aunque calor, o más bien bochorno, este verano sin duda producen escenas como la de la entrevista en la TVE de todos de Arnaldo Otegui –así se escribe o se escribía en español-. Porque blanquear el terror sí que sonroja y hace subir la temperatura de la indignación. Este terrorista, condenado por pertenencia a ETA y aún inmerso en parte de su condena, sigue inhabilitado para el ejercicio de todo cargo público hasta bien entrado el año 2021. Para los que tengan mala memoria o para aquellos que casi no vivieron aquellos años rojos es bueno poner en su conocimiento que los miembros de la banda practicaron el terror. O sea, la amenaza permanente instalada en prácticamente todo el territorio de España de que a cualquiera le podía estallar una bomba que le podía matar o mutilar de modo permanente. La ETA atentó o al menos lo intentó en casi todos los puntos geográficos de nuestro país. No digamos los tiros en la nuca a miembros de las Fuerzas Armadas, políticos del PP o el PSOE, ya fueran importantes dirigentes o concejales de cualquier latitud. Hubo también asesinatos en masa con artefactos explosivos colocados en cuarteles o centros comerciales para matar a muchos en una sola acción. El inmenso dolor que la criminal actividad de los etarras produjo en nuestra sociedad no puede dejar de reprocharse, no tendría ningún sentido. Esa gran nebulosa argumental del mundo abertzale o de los aún etarras para justificar su presentación actual en sociedad es una tarea imposible, pero la dialéctica da para todo. Fíjense que algunas veces determinados terroristas saltaron por los aires con resultado muerte cuando manipulaban sus propios artefactos explosivos destinados a matar al prójimo. En otras ocasiones hubo asesinos de la banda que murieron en tiroteos con la Guardia Civil o con la Policía Nacional. Los filoetarras se refieren con insistencia a estos fallecidos y hablan sin complejos de “las víctimas de ambos lados”, como si pudieran compararse unos con otros, las víctimas con sus verdugos o los criminales con sus objetivos humanos o con los que protegían a la sociedad de esos indeseables canallas.

Pero en esta historia, créanlo, lo peor no es que los embarcados en esta causa asesina se defiendan, lo peor es que encuentren cierta comprensión que les facilite su horrendo discurso. Recordemos que hoy día hacemos verdadero énfasis en despreciar expresamente a los culpables de otras violencias o conductas vergonzosas, hasta de pasados remotos. No tiene pues sentido que se toleren deferencias ni sonrisas a representantes de los que tanto daño, tanta muerte y tanto dolor causaron, más allá de la legalidad formal. La maldad absoluta de ETA está escrita con letras de sangre y muerte para siempre, el tiempo podrá hacer lejanos sus crímenes pero nunca podrá borrarlos. El chocante sucedido de que el independentismo catalán haya acogido al propio Otegui o al movimiento que representa y a algún otro para sumarlos a su causa no responde a otra motivación que no sea la propia desesperación de sus expectativas. En Cataluña también causaron terror y muerte, mucha. No es lógico que nos contaminemos o que se nos contagie este espíritu de relativizar o atenuar las responsabilidades contraídas por estos terribles personajes. Tampoco es comprensible que nadie intente ganar posiciones políticas con el apoyo activo o tácito de diputados o concejales del entorno etarra, pero mucho menos que por esa conveniencia se blanquee su abyecta biografía colectiva.

En España no hay pena de muerte, ni está institucionalizada la venganza, pero sí que tenemos un estado de derecho cuyos poderes legítimos legislan, juzgan y hacen cumplir las sentencias judiciales con todas las garantías. Ésas y no otras han de ser nuestras respuestas como sociedad. Vaya con ello también –y sin efectos jurídicos, pero sí sociales- nuestro más profundo desprecio.

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Por  Joaquín L. Ramírez

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