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Opinión

Llamamiento a un cambio de vida

La pandemia del coronavirus puede ocasionar cambios sociales y psicológicos considerables

Paseo de la Castellana, a la altura de AZCA | Intereconomía

Por José Luis Díez Jiménez – Secretario General de la Junta Nacional para la Reconquista de la Unidad Católica de España

En medio de este pánico por la pandemia de CORONA VIRUS que está afectando tan trágicamente de una u otra manera a millones de personas, miles de muertos, les adjunto el texto de un Doctor francés de un gran alto nivel, Jefe del Departamento de Nefrología en uno de los hospitales más reconocidos de Francia, La Pitié-Salpêtrière en París, que dice así:

“Durante los últimos tres años, desde el observatorio de mi hospital, he vivido numerosas crisis de salud, VIH, SARS, MERS, resurgimiento de tuberculosis, bacterias multirresistentes, siempre las hemos tratado con calma y eficacia.

Ninguna crisis ha creado un pánico como el que podemos ver hoy.

Nunca he sido testigo de tanta inquietud por una enfermedad infecciosa o cualquier otro tipo de enfermedad.

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Sin embargo, no estoy preocupado en absoluto por las consecuencias médicas del Coronavirus. Nada en las cifras actuales sobre las tasas de mortalidad y transmisión del virus justifica este pánico sanitario y económico mundial.

Las medidas tomadas son adaptadas y eficientes y garantizarán el control de la epidemia. Ya es el caso en China, el lugar de nacimiento del virus y, con mucho, el área más importante para este agente infeccioso, donde la epidemia ya está desapareciendo.

El futuro dirá si me equivoqué.

Sin embargo,

Estoy ansioso por el robo de mascarillas faciales;

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Estoy ansioso por estas peleas por el papel higiénico, el arroz y la pasta;

Estoy ansioso por este terror que empuja a las personas a almacenar cantidades escandalosas de alimentos en países donde ya hay alimentos disponibles en cantidades obscenas;

Estoy ansioso por nuestros ancianos, que ya están solos, y a quienes no podemos ver ni tocar por miedo a matarlos. Morirán más rápidamente, pero “solo” de la soledad. Ya no visitamos a nuestros padres y abuelos si teníamos gripe, pero no para evitarlos “por si acaso” y por un tiempo indeterminado; esto no es diferente para el coronavirus.

Estoy ansioso de que la salud se convierta en un tema de comunicaciones enojadas, un conflicto como todos los demás, cuando debería ser la causa de una lucha común definitiva.

Estoy ansioso de que nuestro sistema de salud, ya estirado, pronto pueda verse nevado por una afluencia de personas que presentan el más leve síntoma de gripe. No podríamos atender a todos los demás pacientes. Un ataque cardíaco o una apendicitis son siempre emergencias, rara vez un virus.

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La cobertura mediática sobre el coronavirus tiene como objetivo aterrarnos, nos alienta a cada uno de nosotros a aterrorizarnos.

El coronavirus (casi) solo mata a personas ya frágiles.

Estoy ansioso de que este pequeño organismo vivo pueda revelar las inmensas fracturas y debilidades de nuestras sociedades. Los muertos que serán contados por millones serán aquellos del choque de individuos en total indiferencia por el interés colectivo “.

Yo personalmente agregaría: Durante la epidemia de peste en Roma en el siglo VI, en algún momento, 80 personas cayeron muertas en el suelo en una hora durante las procesiones que tienen lugar en la Ciudad Santa … Nunca dejaron de rezar, organizando grandes procesiones, cantando las letanías, en toda la ciudad, con la imagen de Nuestra Señora al frente. Como resultado, apareció San Miguel, volviendo a colocar su espada en su vaina, y la peste cesó instantáneamente.

***

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Tras una pausada y meditada reflexión, me atrevo decir que el problema que estamos viviendo no es el virus COVID-19, por muy potencialmente letal que pueda ser. Este brote es un hecho biológico, como tantos que han afectado a la humanidad a lo largo de los siglos.

Si bien un virus es apolítico, puede, sin embargo, tener consecuencias políticas. Mucho más volátil que el coronavirus es el miedo. Una coronafobia está sacudiendo nuestra Patria. En este sentido, la reacción sanitaria al coronavirus es únicamente humana, política y laica. Ella nos muestra una sociedad que le ha dado la espalda a Dios, que ha abandonado a Dios, que ha apostatado de Dios. Enfrentamos la crisis confiando solo en nosotros mismos y en nuestras estrategias.

De hecho, el manejo de la crisis del coronavirus no acepta ayuda externa. Dios no tiene significado ni función en todos los esfuerzos para erradicarlo. En lugar de Dios, están los inmensos poderes del gobierno, movilizados para controlar cada aspecto de la vida y pretendiendo así evitar su propagación. El poderoso brazo de la ciencia lucha por encontrar una vacuna. Los mundos de las finanzas y la tecnología son movilizados para mitigar los efectos desastrosos de la crisis.

Si bien todos los esfuerzos humanos deben utilizarse para resolver los problemas, no han producido los resultados deseados. Los intentos actuales han decepcionado a una sociedad frenéticamente intemperante, adicta a las soluciones instantáneas, presionando un botón. La sociedad se ha visto obligada a detenerse, sin una fecha definida para el término de la crisis.

Por esta razón, es tan aterradora. Hay pocas instituciones como la Iglesia Católica para mitigar el tratamiento y hacerlo humano y soportable. Sin embargo, ciertos hombres de Iglesia, nos han dejado solos para enfrentar este gran peligro. El pequeño virus aísla y aliena a sus víctimas, sacándolas de la sociedad. En muchísimos casos, es el individuo frente al Estado. Los técnicos en trajes de materiales protectores tratan a hombres y mujeres como si ellos fueran el virus. En poco tiempo el gobierno socialcomunista dará la orden a los militares para que empleen una violencia brutal para forzar el cumplimiento de directivas drásticas.

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Un virus también es arreligioso. Sin embargo, eso no impide que tenga una dimensión religiosa. El coronavirus llega en un momento en que la mayor parte de la sociedad piensa que no necesita a Dios. Para tales, Dios ha sido reemplazado hace mucho tiempo por el talonario de cheches y la bragueta. Los placeres modernos afirman que no hay necesidad del Cielo. Los vicios postmodernos no proclaman el temor al Infierno. Eso son mitos pasados.

Y, sin embargo, el coronavirus tiene la extraña habilidad de convertir nuestros paraísos materiales en infiernos. El crucero, símbolo de todas las delicias terrenales, se ha convertido en una prisión infectada para los pasajeros que hacen todo lo posible por abandonarlos. Aquellos que han hecho del deporte su dios, ahora encuentran estadios vacíos y torneos cancelados. Aquellos que adoran el dinero ahora encuentran sus carteras diezmadas y las fuerzas de trabajo en cuarentena. Los adoradores de la educación observan sus escuelas y universidades vacías. Los devotos del consumismo se enfrentan a los estantes desabastecidos en los supermercados. El mundo que adoran se está derrumbando. Las cosas por las cuales se glorían, ahora están en ruinas.

Un diminuto microbio derriba los ídolos, que se consideraban tan estables, poderosos y duraderos. Ha puesto a sus fieles de rodillas. ¡Y aún insistimos en que no necesitamos a Dios! Gastaremos billones de euros, con la vana esperanza de reparar nuestros ídolos rotos.

Sin embargo, un aspecto de la crisis del coronavirus es aún peor. Ya es suficientemente malo que Dios sea reemplazado o ignorado. Se ha dado un paso más allá. Dios ha sido desterrado de la escena; le han prohibido actuar.

Entre las medidas draconianas decretadas por la Jerarquía de la Iglesia se ha prohibido el culto público, las misas, la comunión y la confesión. La Iglesia y sus sacramentos sagrados son considerados una ocasión de contagio, tratados como si fuesen un evento deportivo o un concierto de música. Y lo que es aún más importante: nos han cerrado los templos y prohibido la presencia real de Cristo.

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Parece como si en una misma burla se alegrase que incluso Dios haya sido puesto en cuarentena.

Lamentablemente, hay hombres de Iglesia que se muestran ansiosos por cumplir con tales medidas. Privándonos a los fieles de los sacramentos, exactamente cuándo más los necesitamos. Y aún van más allá de lo que piden los drásticos gobiernos desalentando funerales.

Ni siquiera los milagros están permitidos. Sepan que las propias autoridades de la Iglesia han cerrado en Francia, unilateralmente los milagrosos baños curativos en Lourdes. Esas aguas milagrosas probablemente hayan curado todas las enfermedades conocidas por la humanidad. ¿Es este coronavirus más letal?

Algunos podrían objetar que adoptar una actitud no secular hacia el virus requiere un acto de Fe. Sin embargo, debemos preguntar cuál es el mayor acto de Fe: ¿confiar en Dios nuestro Señor o en las frías manos de un Estado, que ya se ha mostrado incapaz de resolver los problemas de la sociedad?

Tenemos todas las razones para confiar en Dios. El problema reside en la permisión de que la Jerarquía eclesiástica no sepa nada sobre cómo sanar cuerpos y almas.

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Se han olvidado que la Iglesia es una Madre. Ella estableció los primeros hospitales del mundo durante la Edad Media. Los fundamentos de la medicina moderna tienen sus raíces en su solicitud por los enfermos. Ella trataba a cada paciente como si fuera Cristo mismo. Por esto, la Iglesia envió sacerdotes, monjes y monjas para dar atención médica gratuita a los pobres y enfermos de todo el mundo. A través de los siglos, en medio de plagas y pestes, encontramos a la Iglesia en medio de ellos, ocupándose de los infectados a pesar de los grandes peligros.

Sobre todo, la Iglesia cuidaba las almas de los enfermos. Ella consolaba, consoló y ungió a los afligidos. Mantuvo innumerables santuarios, como Lourdes, donde los peregrinos eran recompensados por su Fe con tranquilidad de conciencia, sanaciones y milagros.

En tiempos de calamidad, las oraciones de comunidades enteras pueden, estoy seguro de ello, ser elevadas pidiendo a Dios que venga en ayuda de una sociedad pecadora que necesita Su misericordia. La historia da testimonio de que estas oraciones a menudo han sido escuchadas.

Cuando la Iglesia actúe como debe, evitará que crisis, como el coronavirus, se vuelvan inhumanas y abrumadoras. No olvidemos los fieles que ella, como una madre, siempre nos ha brindado consuelo y esperanza en los momentos de oscuridad. Ella nos ha recordado que no estamos solos y que siempre debemos recurrir a Dios. ¿Qué sentido tiene desterrar a Dios de la lucha contra el coronavirus?

De hecho, creo que la crisis del coronavirus debería ser una llamada a la confianza en Dios y rechazar nuestra sociedad impía.

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Esta crisis amenaza con ir más allá de la crisis de salud y desbaratar la economía mundial. Debemos, por lo tanto, preguntar por qué Dios es reemplazado, ignorado y desterrado. Es hora de recurrir a Dios, quien solo puede salvarnos de este desastre.

Recurrir a Dios no significa ofrecer una oración simbólica o celebrar una procesión para aplacarle, con la esperanza de volver a la vida de pecado y placeres intemperantes. En cambio, debe consistir en una CONVERSIÓN o vuelta a Él, con oración sincera, sacrificio y penitencia como la urgida por Nuestra Señora en Fátima en 1917.

Volverse hacia Dios presupone una enmienda de la vida con la observancia de los mandamientos en un Orden Moral Cristiano (Católico), frente a un mundo pagano que odia la Ley de Dios y se precipita hacia su destrucción. Significa actuar como siempre lo ha hecho la Cristianismo, con sentido común, sabiduría, caridad, pero, sobre todo, con Fe y confianza. Todos estos remedios de nuestra Santa Madre Iglesia, llenos de consuelo y cura, están con los sacramentos al alcance de los fieles.

Recurrir a Dios no significa que neguemos el papel del gobierno en el manejo de emergencias de salud pública. Sin embargo, la Fe debe ser un componente imprescindible de cualquier solución. Somos criaturas de Dios y dependemos de Él. Debemos recibir el Santísimo Sacramento, que es la Presencia Real de Dios en el mundo, del Dios que nos creó y nos conserva, nos ordena con su providencia y nos ama, pero que, Santo como es Él, distingue el bien del mal y sancionará con el premio en la gloria eterna a sus hijos obedientes o el castigo eterno a los rebeldes. Debemos recurrir a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, la Salud de los Enfermos y la Madre de la Misericordia.

No lo dudéis, vivir en gracia de Dios, recuperándola por el sacramento de la confesión individual si la hemos perdido, es el único medio válido ante el porvenir, para cuando nos presentemos al juicio de Dios. Entre tanto sigamos sirviéndole con amor a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

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