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En su hora más oscura

Reflexiones en torno a la Jefatura del Estado en España.

Hora más oscura, la que atraviesa en estos momentos -por lo demás críticos para la Nación y el Pueblo Español-, ya que existe un plan para subvertir, de modo doloso, el Orden Constitucional que el Pueblo Español Soberano, del que emanan los poderes del Estado, e otorgó a sí mismo mediante la aprobación de la Constitución de 1978.

Y decimos de modo doloso porque, siguiendo a Rousseau, teórico principal del Poder Constituyente que reside en la Soberanía del Pueblo, los valores del Estado están por encima de los actos de los individuos. Así, a día de hoy, en España, se intenta subvertir el orden político, concretamente, cambiar la forma política del Estado –derribar la Monarquía Parlamentaria- a partir de los actos, supuestamente delictivos, de un ciudadano, “Rey Emérito”, que, por lo demás no es ya Jefe del Estado, sino un particular. Se ataca de este modo a la Jefatura del Estado, subvirtiendo y manipulando el Principio Político de Soberanía Popular, a fin de cambiar la forma política del mismo.

Al igual que en otros momentos de la historia de España, queda patente, de esta forma, el nulo respeto de la casta dirigente –con independencia de las “familias” de la misma, por los principios superiores de Paz Social y respeto a las Instituciones del Estado –seas cuales fueren las que estén en vigor en cada momento, en España siempre se ha mostrado nulo respeto por el “Bien Común”, principio en que se concretan los Postulados Superiores de Soberanía Popular y Paz Social.

De ello existen numerosos ejemplos a lo largo de nuestra dilatada y agitada historia como colectivo social: poco importó a los aristócratas godos del clan del difunto rey Witiza llamar en su ayuda a los árabes y beréberes que campaban por el norte de África, conduciendo de este modo a toda la península a la penuria y a la guerra. Una guerra de ochocientos años –aunque algunos, en su dolosa actitud intelectual, se nieguen a verlo-; poco importó a las “fuerzas vivas” de la Segunda República Española fomentar un clima social irrespirable para buena parte de la población, conduciendo de nuevo a la Nación a una guerra fratricida; poco importa, al parecer, a estos nuevos adalides de la “clase política” dilapidar la herencia del proceso de

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Transición Política que cristalizó en la Constitución de 1978.

Poco importan, al parecer, en este país -en que más pronto que tarde tendrán  que toma las riendas los jóvenes de la “generación más preparada de nuestra historia”- las lecciones de la historia.

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En lugar de tomar debida nota acerca de la reacción de resistencia –prácticamente unánime- de todo el norte peninsular ante la invasión árabe de 711, se impone negar su existencia, concretando la estrategia negacionista en la figura del Rey-Caudillo Pelayo, la batalla de Covadonga, y la propia existencia del Reino de Asturias y León.

En lugar de defender los logros de la Monarquía Hispánica y su indudable papel civilizador –con sus evidentes e inevitables errores y abusos-, se impone mejor fomentar una campaña de desprestigio de los logros culturales, sociales y políticos de la Hispanidad, atacando despiadamente a sus agentes: quema de estatuas de Colón, acusaciones infundadas de “genocidio”-en un ejercicio de “buenismo” patético que no se creerían, si se lo pusieran delante, ni los propios aztecas-, con lo cual, aunque no trascienda en primer plano, se está atacando igualmente a la Monarquía Hispánica.

En lugar de –una vez consumada la renuncia al trono de D. Alfonso XIII- luchar lealmente por la II República, las fuerzas destructivas de esta pobre Nación se impusieron la tarea de echarla abajo a fin de servir a los intereses de la dictadura totalitaria bolchevique –con la inestimable ayuda de las propias instituciones republicanas y sus dirigentes políticos-, provocando, con la reacción de los sectores más conservadores del país, una nueva guerra fratricida.

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En lugar de aprender todas estas lecciones del pasado “alguien” animado por el mismo fuego interior –inextinguible, al parecer- se ha impuesto, nuevamente, la tarea de destruir a la Nación y al Pueblo Español, manipulando conciencias y sembrando odios y funestas doctrinas, a fin de poner a su servicio –y de su poder, tanto personal como de casta- al Sagrado Instrumento de la Soberanía Popular.

No es, no obstante, un caso aislado el nuestro. Ya la República de Roma, sistema político aparentemente perfecto basado en el reparto equilibrado de poder entre todas las clases actuantes en la organización social romana, degeneró en una lucha abierta por el poder entre los aristócratas de las diferentes facciones, lo que llevó, a la postre, a un sistema de monarquía que terminó por ser el “Dominatus”, una monarquía absoluta con un soberano elegido por la “providencia divina”, modelo muy de acuerdo con el espíritu cívico-religioso de la sociedad romana, y que, con escasos matices –basados éstos en la mayor o menor fuerza militar de los candidatos a la corona- perviviría en Europa hasta la proclamación de la República Francesa en 1789 -con los honrosos precedentes de las Cortes de León de 1188 (en las que se quiere ver el inicio de la Monarquía Parlamentaria, por haberse convocado a ellas a representantes de los tres estamentos sociales  Nobleza, Clero y Pueblo llano), Inglaterra (Carta de Derechos de 1689 que concedía primacía política al Parlamento-.

 Y es que, la República moderna, donde, en general, el Jefe del Estado pertenece a una facción o partido, presenta el problema de Principio de la falta de neutralidad de la Institución.

En frente del modelo republicano, la Monarquía Parlamentaria -más democrática que muchas Repúblicas, al estar desprovisto el Jefe del Estado de ningún tipo de poder, que no sea el de Arbitraje o el Moderador, tal como establece nuestra Constitución de 1978 en su Título II- ofrece la indudable ventaja de la Neutralidad Política del Jefe del Estado, que, de esta forma, puede centrarse verdaderamente en su papel de Moderar las actuaciones de los agentes políticos y Arbitrar para solucionar los conflictos.

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Es por todo lo dicho por lo que proponemos esta humilde contribución al fomento de la Lealtad a la Jefatura del Estado, deseando a nuestro rey un largo y venturoso reinado en beneficio de la Soberanía del Pueblo Español y de la Paz Social y prosperidad de todos los pueblos amparados bajo la Corona Hispánica, aunque estemos ahora, en su hora más oscura… [1]

El artículo es expresivo de la opinión del autor.

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