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El silencio de los lobos: «¡Gritad con cien mil lenguas!, porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!».

Sí, fenecieron aquellas algarabías guerrilleras, los gritos de «¡Santiago y cierra España!», o el almogávar «¡Desperta Ferro!».

«¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas!: porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!». (Santa Catalina de Siena)

Resulta intrigante y curiosa la contradicción flagrante de escribir un artículo sobre el silencio, porque, para ser fieles al tema, tendría que dejar las páginas en blanco inmaculado, en una pureza impoluta que expresara «lo que el viento se llevó». Pero como estas páginas en blanco ya las están escribiendo mis conciudadanos apesebrados, enfermizamente lobotomizados, me tocará una vez más ser voz que clama en el desierto… ―por cierto, la región del silencio, de las serpientes de cascabel y los escorpiones, que silencian con sus venenos… o con sus vacunas―.

Parafraseando a aquel poeta, se puede decir que el silencio es un arma cargada de presente, y ni siquiera llega a ser un arma, pues más bien lo que hace es desarmar  incluso a los antaño temibles tercios de Flandes, a los empecinados que tanta gloria dieron a España con sus navajas cachicuernas entre los dientes, a los requetés más iluminados… Sí, fenecieron aquellas algarabías guerrilleras, los gritos de «¡Santiago y cierra España!», o el almogávar «¡Desperta Ferro!». Fuéronse los gritos de tantas hazañas militares de nuestro pueblo, apoyados por picas, por alabardas, por arcabuces, por cañones, por fusilería, cuyas descargas atronaban los aires y conquistaban imperios.

Hoy en día, el silencio más famoso del cosmos es el silencio de los corderos, de los ternerillos en flor, que no balan ni siquiera camino del matadero globalista, a los que ni siquiera chemtrails, semillas transgénicas, abortos, eutanasias, guerras, radiaciones asesinas, etc. son capaces de arrancarles un simple «¡Ay!».

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Es el silencio de los kobardes, de los ignorantes, de los indiferentes, de los rebaños que triscan la basura del sistema, de las multitudes a las que, además de silenciar con las baratijas del globalismo, les han tapado la boca con un bozal para que su silencio sea visible, ominoso, rotundo, humillante… Mascarilla que ―¡ay!― les impide lamer los barrotes de su jaula, ¡qué tragedia!

Que los corderillos callen no es ninguna novedad, ni que los antílopes se den a la estampida cuando aparece un león, sin caer en la cuenta de que bastaría con que solamente dos le hicieran frente con su cornamenta para mandarle a paseo… Pero ahí se ven, calladitos, pastando tranquilitos las porquerías del globalismo, y ahora huyendo en marabunta ante la apocalíptica amenaza de un bicho que todavía no se ha aislado, lo que equivale a decir que todavía no se ha comprobado su existencia.

Pero el mutismo corderil del rebaño que obedece ciegamente a sus pastores sarnosos ha opacado otro silencio, menos conocido, pero no por eso menos ensordecedor ―valga la contradicción―: el silencio de los lobos…

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Sí, claro, es una escena tópica la del lobo aullando a la luna en la cresta de una elevación, o gruñendo mientras enseña sus colmillos temibles a una posible víctima, pero en la actualidad se está dando ―una vez más― el fenómeno de cómo los supuestos pastores del rebaño, en una metamorfosis producida por la licantropía, se han transmutado en lobos, en depredadores de los corderillos a los que supuestamente debían proteger, conducir, guiar seguros a sus pastizales.

Un proverbio latino afirma que «Lupus est homo homini» ―«el hombre es lobo para el hombre»―, frase creada por el comediógrafo romano Plauto en su obra «Asinaria». Adaptando esta afirmación a los tiempos actuales, yo diría más bien que «los pastores son lobos para los corderos», a los que, además de explotar, robar, lobotomizar, humillar, torturar, y silenciar, responden con el más absoluto de los silencios cuando alguien se sale del rebaño y les plantea batalla.

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Pastores poseídos por una licantropía tremenda, personas que deberían cuidar y proteger a sus ovejas, pero que no responden a aquellos ciudadanos que dan un paso al frente saliendo del mundanal mascarilleo vacunador, y se atreven a plantarse en jarras ante las puertas de los Ministerios, ante los Juzgados, ante los Colegios de Médicos… ovejas negras que se revuelven contra los opresores, contra los kobardes que en silencio contemplan la degollina de los carneros, el dantesco espectáculo de unos ternerillos esperando con frenesí la maléfica vacuna, acorazados enfermizamente tras una mascarilla estúpida mientras esperan con gozo la hora de ser marcados con la jeringuilla del infierno.

Médicos que calláis sabiendo la verdad sobre el horror sin sentido de confinamientos, hidrogeles, mascarillas y putas vacunas; policías que enseñáis los dientes a las ovejas que se atreven a salirse de las trochas marcadas; jueces que silbáis mirando para otro lado, mientras los ternerillos son atropellados y machacados por una ominosa dictadura; políticos con dientes de sable, depredadores, embusteros y bailarines, criados en los pastos de Monte Pelado; periodistas que como sherpas apesebrados escalan las más altas cumbre del Himalaya de las mentiras, sembrando el terror entre los abducidos corderillos, con aquello de «¡Que viene el virus y os mata!».

Escribid cartas a los organismos oficiales con forma de lobera, mandad emails, llamad por teléfono… presentaos ante sus portones, y ya percibiréis el colosal silencio con el que responden a vuestras demandas de justicia, de verdad, de libertad… Si acaso, os mandarán unos correos repletos de enlaces a leyes laberínticas, que te atraparán como en una telaraña… No están, no se les espera, no responden, no hacen caso, se escaquean, y, en el caso de que decidas meterte en la misma madriguera del lobo, te toparás con leyes manipuladas, con ordenanzas orwellianas, con jueces sobreseedores…

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¡Ah del castillo! Ahí están los lobos, licantropeando, plandemizando, haciendo sus pactos, calladitos ante la masacre del pueblo al que debían defender… Ahí los tenéis, incapaces de decir nada, porque saben que no tienen ningún argumento para justificar su licantropía silenciosa, porque están bajo la amenaza de que quizás se airee algo oscuro de su pasado, porque calladitos tienen lentejas y lentejuelas, porque les han amenazado con despidos y otras cosas, porque bajo sus oropeles se esconden los secretos de su cofradía iniciática…

Mas, aparte de estos silencios, existe otro, un silencio especial, que me complazco en llamar «El Gran Silencio», aquel espacio de recogimiento e iluminación que se abre en los monasterios de clausura desde el oficio de Completas hasta el de Maitines… un silencio místico donde se produce, además del sueño, la elevación del espíritu, envuelto en plegarias, que asciende a las esferas celestiales.

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Hastiado del infierno zombie que me rodea, harto de los rebaños enmascarillados-en-vías-de-vacunación, desde que empezó este circo he abandonado las trochas concurridas, y, huyendo del mundanal ruido silencioso, he seguido las sendas de los pocos sabios que en el mundo han sido.

Dejando atrás los bulevares, los centros comerciales, la parafernalia urbanita, he buscado y encontrado sendas donde poder zambullirme en el Gran Silencio de los monasterios, hollando paseos desiertos, calles abandonadas, parques silenciosos, senderos en el monte, capillas vacías… Y ahí, en ese Gran Silencio, pasando las cuentas de mi rosario, desde ese profundo silencio he elevado a Dios gritos de auxilio, exclamaciones incontables, lamentos sonorosos, rogándole que nos ayude, que tenga misericordia de los corderillos y de los lobos, que tenga piedad de este mundo sometido a una dictadura luciferina, a una Gran Tribulación como nunca hubo, a un apocalipsis zombie durante el cual los corderos van a ser definitivamente silenciados por Inteligencias Artificiales, por vacunas transgénicas, por persecuciones del Anticristo, por Belcebús desencadenados, por asteroides en camino… y ahí será el último silencio, el de los cementerios.

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