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«Visitando Tierra Santa»

Si es verdad que los cristianos en esta vida tenemos tres peregrinaciones que cumplir: Tierra Santa, Roma y Santiago, creo que yo ya puedo morirme.

Hace unos años mi esposa y yo visitamos Tierra Santa. Y desde entonces pienso que la Iglesia debería subvencionar a sus hijos un viaje a Jerusalén para saber que Belén está a sólo 8 km, o que Santa Isabel no fue la menesterosa prima de la Virgen que nos pintan los exegetas del pobrismo…

También para imaginar dónde San Pedro oyó el gallo, tras las tres negaciones. Justo aquellas que impidieron que los guardias del Sanedrín le apresaran y que la Iglesia, muy probablemente, no existiese. No me convence eso de que lloró arrepentido sino, más cierto, que hizo lo que tenía que hacer.

Al segundo día navegamos por el mar de Galilea. Cerca de sus orillas, en un gran restaurante nos sirvieron el pez de San Pedro, el de la moneda (Mt 17, 27), que hoy se multiplica por miles en la granja de un enorme kibutz. En los kibutz se practica una mezcla de filosofía hippy, marxismo y comuna autogestionaria. Por cierto, cuántas amenazas se desprenden de sus objetivos: Amor Libre, No al Derecho de Propiedad, Hijos entregados al Estado, Vivienda Colectiva…

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El desierto

El desierto es una llamada a la que pocos humanos podemos responder. Desde que Moisés y Elías convivieron con Dios, en este mismo de Judea, multitud de hombres y mujeres buscaron la catarsis de sus retiros. Después de flotar en el Mar Muerto y visitar las cuevas esenias, contemplamos la pared, yerma y agreste, de la que cuelga el monasterio ortodoxo de San Jorge en alucinante verticalidad. Particular retiro para unos monjes, del siglo IV, que allí se establecieron cercanos a la cueva donde los cuervos alimentaron a Elías.

Fue en este camino de Jerusalén a Jericó, citado en la parábola del Buen Samaritano, que unos beduinos al lado de una hoguera, era ya anochecido, nos vendieron tocados para la cabeza.

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El Santo Sepulcro

Así se llama al templo que guarda ofertas de enorme importancia para el cristiano. Bien aconsejados, acudimos puntuales a la procesión de los franciscanos. El canto de sus antífonas y padrenuestros era un gregoriano simplificado por Pablo VI. Su cadencia guiaba nuestras voces que al poco se mezclaban con las de otras procesiones.

Rezando en latín, todo era en latín, bajábamos y subíamos las estaciones. Más emotivas las nuevas que las que dejábamos. Pasamos por altares de otros cultos, entre ellos destacados las capillas ortodoxas de bellísima iconografía bizantina. Y ante los restos del templo de Santa Elena, en lo que queda de sus ciclópeas columnas. ¡Cómo sería aquél si aquellas eran sus ruinas!

Al final del recorrido se unió a nuestras voces el gran órgano con su batería de tubos a todo viento, mezclados con las campanadas de la Basílica. Todo el conjunto nos llevaba a un inesperado Grande Finale digno de Wagner, a coro nuestras gargantas con el órgano, las campanas y la gratuita coreografía del público que nos esperaba y aplaudía.
Ritos guardados del olvido

Yo creo que están allí representadas todas las comunidades (iglesias) cristianas. Con ellas seis católicas, sus fieles y sus ritos particulares.

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Por cierto, todavía se guardaba el de la Misa Tridentina que en nuestros templos hace décadas que se persigue.

Oportuno será citar algunos ritos, católicos, que se ofician en el templo del Santo Sepulcro:

Rito  y Fieles
Armenio Católico de Cilicia. 50 familias.
Caldeo Católico de Babilonia. 25 fieles.
Greco-Melquita Católico de Antioquía. 50.000, en Israel.
Maronita de Antioquía 10.000 en Galilea.
Sirio Católico de Antioquía 300 en Antioquía.

Jerusalén

Tierra Santa es un portento y Jerusalén su crisol histórico. Para final quiero hablar de esta verdadera “ciudad de los prodigios” donde por todos lados se ofrece al visitante algo, mucho, que guardar en la memoria. Para inicio subrayemos que en Jerusalén se registra el asentamiento de veintiuna civilizaciones y culturas, y que sus murallas han sufrido ya dieciséis destrucciones, reconstrucciones y ampliaciones.

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“¡Jerusalén, Jerusalén! La que apedrea a los profetas que le son enviados.” (Mt 23, 17; Lc 13, 34).

¡Jerusalén! Constante idea de Cristo que hace implícita la oración desde un volcán incontenible de gratitud hacia quien
“mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando, con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura…”
(San Juan de la Cruz, Cántico espiritual.)

Jerusalén, a 880 metros sobre el nivel del mar, fue fundada en el mismo lugar en que el Patriarca de Ur, Abrahán, se dispuso a sacrificar para Dios a su primogénito Isaac. Prueba de entrega y fidelidad que consolaba a Dios de su fiasco con Adán. Como si fuera un ensayo de la crucifixión del Verbo, Isaac cargó sobre sus hombros los leños de su sacrificio.

Es también, Jerusalén – el Cenáculo es propiedad de los musulmanes – donde el Hijo Unigénito del Padre, “la noche antes de ser entregado” y tal como anunciaron los Profetas, selló la Nueva y Eterna Alianza a la manera del Sumo Sacerdote Melquisedec, aquel que ofreció a Dios uvas y trigo en Te Deum a una gran victoria. (Gen 14, 17-18).

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¡Jerusalén, Jerusalén! El desideratum para los historiadores, para los arqueólogos, para los doctores, para los exegetas y teólogos.

Jerusalén eterna, fuente inagotable de ingresos para todas las agencias de viaje del mundo.

Si ya es acontecimiento visitar Jerusalén, en aquella ocasión lo fue más al coincidir con la fiesta del Carnaval Judío. Fácil era encontrar corros festivos; cómicos aficionados haciendo de Charlot y payasos con narizotas y zapatones para diversión de niños y mayores.

Aquellos, los niños, con batas de raso negro y sombreros de ala que recordaban a los amish de la película de Peter Weir, “Único testigo”.

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De otro lado estaban los diversos transeúntes apresurados, obviamente “vestidos de judíos”: barbas copiosas, invariables traje negro y camisa blanca, grandes sombreros, negros también y, algunos, del tamaño de la rueda de una scouter.

En el Muro de las Lamentaciones su explanada rebosaba de fieles ortodoxos cumpliendo sus devociones. Particular atención despertaban los que, con un gran chal -o parecido- sobre sus hombros y de pie ante una mesa o atril, recitaban textos acompañándose de rítmicas reverencias. Su vista me indujo un profundo respeto. ¡Cuántos milenios estarían así representados…!

La ciudad vieja

Las calles, las puertas de la muralla, las barriadas angostas del Viejo Jerusalén son punto y aparte; una orgía para los sentidos.
Por ejemplo, el de la vista. Desde el atardecer el regalo de un arcoíris de luces y multiforme humanidad. Una evocación de La Pera, de Estambul, o de La Qasbah, de Casablanca. Más el gentío de toda raza y procedencia que hacíamos parte en el espectáculo. O por los reclamos de banderas, alfombras, sedas, blusas, velos, escudos…

El sentido del oído por las mil voces que te llegan por delante o por detrás. Hebreo e inglés las destacadas… Después, el español, seguido de cerca por filipinos y de la ex-Indochina Francesa, que ya no hablan francés. A diestra y siniestra se nos reclama para que compremos a precio de millonarios lo que un regateo deja en su quinta parte…

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El sentido del olfato. En Jerusalén los olores ofrecen un cóctel agradable gracias al imperio de las resinas de Omán: ¡El incienso!

Sorprende la limpieza de lugares que hasta bien pasado el mediodía te habían ofrecido carne y pescado, hortalizas y especias. Abigarrado y constante desfile de toda clase de gentes, y carros de mano de donde te gritan pidiendo paso…

Finalmente, el sentido del tacto porque nuestros ojos tocan piedras y cielos que tomamos cercanos a Jesús. En Jerusalén, para el peregrino, siempre aparece Él, de principio a fin, el Hijo del Altísimo, el Verbo encarnado, Cristo Redentor:

“Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”. (Jn 1, 9)

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“El Perfecto, el que curará nuestras heridas y elevará nuestras almas, que encaminará nuestros pies (…) hasta Dios y la sabiduría; el que llorará con nosotros conociendo nuestra carne para devolvernos lo que hemos perdido (…)”, como predijo Sócrates.

“El cordero que teñirá por sí mismo su vellón con el vivo color de su sangre”, como anunció Virgilio. (Bucólicas, IV)

Para terminar, añadiré algunos apuntes a vuelapluma.

Por ejemplo, el Museo del Mar Muerto. De una arquitectura muy original pero desproporcionada para la escasa muestra que ofrece.

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Lástima que de los cinco Rollos de Qumran tres hayan terminado en manos desconocidas.

O las tumbas del Valle de Josafat en tanto que huella esjatológica, lo último de cada cual ignorado y anónimo a los pies de la muralla.

Que sobre la Llanura de Esdrelón está profetizado se libre al final de los tiempos la batalla de Armagedón.

No lejos está el Monte Tabor. Paseando entre sus gigantescos y frondosos laureles puede imaginarse la transfiguración de Jesús y su encuentro con Elías y Moisés…

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La fortaleza de San Juan de Acre, huella generosa de los cruzados.

Y el Monte de las Tentaciones. La subida en teleférico nos ahorró dos kilos de sudor. Nos apeamos a 148 escalones de otro monasterio ortodoxo excavado en lo más alto de la montaña. Desde ella el panorama único, con Jericó a los pies, que pone precio al “todo esto te daré si postrándote me adoras.” (Mt 4, 9)

*
Si es verdad que los cristianos en esta vida tenemos tres peregrinaciones que cumplir: Tierra Santa, Roma y Santiago, creo que yo ya puedo morirme.

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