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Un sacerdote mártir por defender el Sacramento de la Penintencia

El muy Ilustre y Reverendo Don José Ignacio Dallo Larequi, nació en Pamplona el 14 de junio de 1935.

El pasado 3 de mayo mi amigo y secretario de la Unión Seglar de San Fráncico Javier de Navarra, José Maria Beperet, quién trabaja asiduamente de forma desinteresada en las labores de mantenimiento de dicha Unión Seglar y ayuda, cuanto puede, a la organización y desenvolvimiento de su oficina, me comunicaba la mala noticia de que el Reverendo Don Jose Ignacio Dallo Larequi, conocido por el Padre Dallo, estaba ingresado en la UCI del Hospital de Navarra, a consecuencia, no de un ictus sino de dos, aparentemente pequeños, pero que, al no conocerse el alcance y daño causado, tampoco se sabía las secuelas que le podían quedarle, caso de recuperarse, como todos deseamos y rezamos para ello.

    Los hechos ocurrieron tras la inquietud de sus amigos y familiares, que desde el viernes 30 de abril no tenían noticias suyas, ni contestaba al teléfono ni respondía a las llamadas en la puerta de su domicilio, cerrada por dentro con cerrojo, siendo imposible abrirla con una llave que tenía uno de sus sobrinos, por lo que en la tarde del domingo, día 2, se llamó a los bomberos, quienes a través de la casa vecina, rompieron una ventana para poder entrar, y cual no fue la sorpresa al encontrar el cuerpo del Padre Dallo tendido e inmóvil en el suelo de su dormitorio, donde había permanecido durante más de 36 horas sin poderse levantar, helado de frio, paralizado medio cuerpo y sin visión. Trasladándole de inmediato al Hospital de Navarra.

     Todo esto lo cuento para que los que sois sus amigos y le conocéis, estéis al tanto de este doloroso suceso, y para los que desconocen la vida y aconteceres de este santo sacerdote le conozcan y todos juntos recemos por él.

     El muy Ilustre y Reverendo Don José Ignacio Dallo Larequi, nació en Pamplona el 14 de junio de 1935, siendo el único varón de tres hijos habidos en el matrimonio de Sabina y Julio, (sus hermanas, Teresita fallecida hace años y Josefina que también ha fallecido el pasado día 8 de mayo).

     Hasta los 11 años estudió en las escuelas municipales de san Francisco, en Pamplona, ingresando en 1946 en el Seminario Diocesano de Pamplona, siendo un alumno brillante que sacaba siempre matrícula de honor, y allí permaneció hasta el 20 de diciembre de 1958 en que fue ordenado sacerdote.

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     Los dos años siguientes los pasó en Salamanca ampliando estudios, y a su regreso a Pamplona fue destinado como Coadjutor en la localidad de Marcilla, donde ejerció una gran labor sacerdotal, fundamentalmente en el fomento del Sacramento de la Confesión, dando facilidades de horario, aunque fuera a horas intempestivas, a la gente del campo, que volvían tarde de sus tareas. Entre los años 1965 y 1979 fue Capellán del Colegio Menor Ruiz de Alda, una residencia para estudiantes de fuera de Pamplona y que estudiaban en el Instituto, al tiempo que efectuaba estudios en la Universidad de Navarra, donde se preparó para las oposiciones de Catedrático de Instituto, sacando el nº 1 de toda España, hecho que le dio ocasión de recoger su título de manos del Generalísimo Franco (fotografía que conservo en mi despacho), y del que, como dice el refrán: “es de bien nacido ser agradecido”, entiende y reconoce de forma expresa que hoy, él y todos los sacerdotes y obispos lo son gracias a Franco, al no consentir que España fuera un Gulag soviético. Desde 1968 a1999, compaginando con su sacerdocio, ejerció como profesor de Literatura en el Instituto Ximénez de Rada, en tanto que también era miembro del Consejo Presbiterial.  En1980 fue canónigo de la Catedral de Pamplona hasta 1990, en que fue suspendido tras los sucesos de la Chantrea, (que más adelante explicaré), compaginando en ese período sus obligaciones sacerdotales con la de Catedrático del Instituto de Enseñanza Media, donde daba de latín y griego. Pero, sobre todo, he de resaltar que es un santo sacerdote, bueno, piadoso, honesto y valiente donde los haya, austero y frugal, de convicciones rectas y congruentes con los principios religiosos, poseedor de una mente brillante, que ejercita escribiendo muy bien y predicando mejor.

    El Padre Dallo es el fundador y director de la Revista “Siempre P’alante”, órgano periodístico de la Unidad Católica de España, creada por él en marzo de 1982, siendo una revista quincenal de categoría en la que el Padre Dallo ha unido al alma sacerdotal, la defensa del sacramento de la penitencia y la Unidad Católica de España con el dominio del periodismo y el meticuloso trabajo eremita, que sin anuncios ni propagandas se ha mantenido con más de 850 números en primera línea, tras 38 años hasta hoy; siendo su principal preocupación y a la que ha dedicado la mayor parte de su tiempo. Y, a pesar de que algún suscriptor no pudiera pagarla, nunca ha dejado de enviarla. En concreto, todos los años le cuesta sus buenos miles de euros, que los sufraga con cargo a su libreta de ahorros.

     También es el promotor y coordinador de las 32 Jornadas anuales celebradas en Zaragoza para la Restauración del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo en España, amén de ejercitar un apostolado permanente sacerdotal y dirigir la Unión Seglar de San Francisco Javier de Navarra, de la que primeramente fue consiliario y el 28 de noviembre de 2020 fue nombrado presidente. Dios quiera que pueda seguir ejerciéndolo durante mucho tiempo.

     Es de resaltar, para que puedan valorar la actividad sacerdotal del Padre Dallo, que, tiempo atrás, en una plaza ajardinada de Pamplona, con una escalinata central y una columnata rematada con una imagen de la Inmaculada, construida en 1952, en aquellos tiempos de tanta religiosidad, ante la necesidad de aparcamientos, el Ayuntamiento aprobó un proyecto para desmantelar la plaza y el monumento, para construir un aparcamiento subterráneo.   Don José Ignacio se enteró que el proyecto de urbanización no contemplaba la reposición de la imagen, y ni corto ni perezoso, hizo una campaña de protestas al Ayuntamiento, hasta que consiguió que se volviera a reponer la estatua, aunque al desaparecer la escalinata, la columnata es de menor altura y ya no está en el centro de la plaza sino centrada en un lateral.

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    Otra de las actividades que organiza y dirige el Padre Dallo, con sotana y alzacuellos, lleno de vitalidad y con un megáfono y repartiendo estampas y ejemplares del Siempre P’alante, es el Rosario que se reza los primeros sábados de mes y todos los sábados de los meses de mayo y octubre, ante el monumento a la Inmaculada, que está a pocos metros de la Parroquia de San Lorenzo.    Así mismo en la plaza de la Inmaculada el día 31 de mayo por ser el último día del mes de las flores, organiza el Rosario de la Aurora, a las 6,30 de la mañana, se reza y canta, con una imagen de la Virgen de Fátima llevada en andas por jóvenes, cruzando toda la calle Mayor hasta llegar a la Iglesia de Santo Domingo donde se oficia a continuación la Santa Misa.

    También es actividad de este sacerdote, la organización el domingo anterior al de Ramos, de un Viacrucis en el monte San Cristóbal de Pamplona, donde hay instaladas 14 estaciones que finalizan en una estatua monumental del Sagrado Corazón y en que el Padre Dallo no para de rezar, de comentar cada estación y de cantar.   Nunca se ha suspendido el Viacrucis, aunque estuviera nevando o cayendo granizo.   Además, el día del Sagrado Corazón organiza por la noche en el mismo lugar del Monte San Cristóbal un acto de desagravio denominado “llamas vivas”, con rezos, meditaciones y cánticos. Y el día 11 de octubre por la noche, víspera del Pilar, organiza también en el Monumento a la Inmaculada un rosario con cánticos a la Virgen del Pilar.

    Curiosamente, siempre se ha sentido muy desasistido durante estas celebraciones, por sus compañeros y hermanos sacerdotes, que han ignorado su apostolado en la calle, y jamás han asistido a los rosarios, los actos ante el Monumento a la Inmaculada, ni al Viacrucis del monte San Cristóbal.  

    Y, ¿eso por qué?   No es fácil responder, quizás por recelo de su situación privilegiada de ser Catedrático y tener sus propios ingresos, o por estar en el “ojo de mira” de los arzobispos por los sucesos que ocurrieron en la Parroquia de Santiago de la Chantrea.   Aclarando, que, durante todos estos años, el Padre Dallo ha dado testimonio sacerdotal, a pesar de no haber recibido estipendio alguno de la Iglesia desde 1990.

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     ¿Qué ocurrió allí?   Antes de responder, quiero contar que, el 2 de enero1979 en el Barrio de la Rochapea de Pamplona, la ETA asesinó a un artificiero de la policía. Pasaba en aquellos momentos por el lugar una persona a la que varios de los presentes identificaron como un sacerdote de la parroquia. Le rogaron que le diera un auxilio espiritual y éste se negó, se rió y les dijo: “pero. ¿que alguien cree en brujerías y tonterías como esta?” Y se marchó ante la indignación de los presentes.

     Dicho lo anterior, respondo a la pregunta formulada. El 8 de abril de 1979 el Pensamiento Navarro” publicó la noticia del error sacramental de la absolución colectiva impartida ilícitamente, sin las condiciones exigidas por la Iglesia, el viernes día 6 de abril de 1979 por el sacerdote Don Jesús Armendáriz en la parroquia de Santiago Apóstol del Barrio de la Chantrea de Pamplona y consentida y aprobada pública y oficialmente por el arzobispo de Pamplona, Don José María Cirarda Lachiondo; amén de que al día siguiente, haciéndose presente en la misa parroquial para respaldar al sacerdote cometedor de la ilegalidad y darle, ante toda la feligresía, permiso sin restricciones para seguir cometiendo los abusos de impartir las absoluciones colectivas. Y así, han seguido, con el consentimiento o permisividad arzobispal, las absoluciones colectivas en toda la arquidiócesis.

    A continuación, y ya en la sacristía, el Padre Dallo, en la mejor de las correcciones fraternas evangélicas sólo le recordó al Sr. arzobispo los límites episcopales en un asunto del más alto magisterio papal. Y lleno de ira y soberbia, de un manotazo le tiró al suelo la documentación que portaba en la mano el sacerdote, inquiriéndole con violencia intimidatoria: “Mira, no me hagas posar mi báculo sobre ti, que te suspendo a divinis”.

    Frase que retrata la desproporción e injustica eclesial del arzobispo, y humanamente la incomprensible soberbia que le condujo, primero a la personal equivocación y luego al error propagado, porque desde ese día no existió comunicación ni contacto alguno entre el Arzobispo y su hermano en el sacerdocio, hasta que el 13 de junio, víspera del Corpus, se publicó en el diario “El Pensamiento Navarro” una Carta pastoral del Arzobispo de Pamplona Monseñor Cirarda, titulada “Día Nacional de la Caridad en una Navarra tensa”, sobre los acontecimientos del domingo 3 de junio de ese mismo año en Tudela (Navarra): un disparo de la metralleta de un guardia civil produjo la muerte a la joven Gladys del Estal Ferreño, de 23 años, natural de Caracas y vecina de San Sebastián, que había acudido a Tudela para asistir a los actos programados con motivo del día mundial antinuclear, condenando en ella -con exactitud y énfasis- los supuestos excesos de los custodios del orden público y de la sociedad.

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    Ocasión por la que el nuevo párroco de San Francisco Javier, Don José María Osés Ganuza, obligó a Don José Ignacio Dallo Larequi a leer como homilía en la Misa de 11 de la mañana del domingo de 17 de junio de1979, alegando que no le gustaba su predicación sobre la obligatoriedad de la individualidad en la confesión sacramental.   Al negarse el Padre Dallo a la politización y profanación del lugar sagrado con tan inoportuna lectura, que en ninguna parroquia de Pamplona se había leído, el nuevo párroco Osés le conminó autoritario: “Si no lees la carta del Sr. arzobispo, ¡fuera de la parroquia!”. El celebrante, hizo caso omiso y no leyó la nota episcopal, sino que, como era el domingo infraoctavo del Corpus, predicó sobre la Eucaristía.   El despótico nuevo párroco recibió al celebrante en la sacristía con un terminante: “¡Fuera de la parroquia!”. Y Monseñor Cirarda que ya estaba tocado negativamente por los Incidentes Penitenciales de ese mismo año el 7 de abril en la Parroquia de Santiago de la Chantrea, sin escuchar, previamente del Padre Dallo una sola palabra de descargo, dio por válida la despótica actuación del nuevo párroco.

     Pero esta decisión arbitraria y precipitada del párroco de San Francisco Javier, Don José María Osés, no terminó aquel día, sino que el domingo 17 de junio de 1979, prohibiendo a Don José Ignacio Dallo, servidor desde 1948 de la Parroquia como feligrés, seminarista y sacerdote, celebrar en adelante en la misma la acostumbrada misa dominical de las 11 de la mañana provocó que al domingo siguiente 24 de junio la reacción de los feligreses de la parroquia impidieron que otro sacerdote que no fuera el injustamente expulsado Don José Ignacio Dallo celebrara la misa de 11, e incluso impidieron por disuasión que el nuevo párroco saliera a celebrar la de las 12.

     Al domingo siguiente, día 1 de julio el señor arzobispo Monseñor José María Cirarda se presentó en la parroquia para celebrar la misa de 11 y confirmar al nuevo párroco en su despótica decisión, provocando la reacción testimonial negativa de los feligreses, en apoyo de la fidelidad doctrinal de Don José Ignacio. Con cantos de ave-marías se impidió al Sr. arzobispo celebrar la misa y dirigir la palabra a los presentes. Tras veinte minutos en el altar y varios intentos abortados de iniciar la santa Misa, Monseñor Cirarda tuvo que abandonar el altar de San Francisco Javier entre duras recriminaciones y protestas y salió del templo por la puerta lateral pequeña de la sacristía entre abucheos y gritos de “¡Cirarda, Vete!”, protegido por la Policía.

    Ambos hechos, el del asesinato del artificiero y el de las absoluciones colectivas ilícitas, fueron condenados enérgicamente por más de 2.000 personas, entre las que figuraba el Padre Dallo, a lo que el arzobispo respondió con tibieza y disculpando a los infractores.

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    A raíz de entonces, en los planes de Monseñor Cirarda dormía la ira del orgullo episcopal herido a la espera de la ocasión propicia en esas fechas y posteriores para la venganza, y tras de tenerle bajo la amenaza de su báculo, las consecuencias nefastas para el sacerdote que tuvo la valentía de corregir a su Prelado sobre el abuso de las confesiones colectivas, no se hicieron esperar, y en 1990 se le privó por cinco años de su oficio de canónigo, legítimamente ganado, y al ostracismo en la Archidiócesis de Navarra, gracias a una maniobra administrativa, pero en realidad penal y vengativa, con total indefensión y falsedad de hechos de Monseñor Cirarda contra el sacerdote que valiente y fraternalmente le corrigió.

    Casi dos meses después Monseñor Borobia, obispo auxiliar intentó una reconciliación cristiana de corazón, que diese por terminado justa y edificantemente este asunto, pero no se llegó a ningún acuerdo, y la sentencia de cinco años se convirtió en perpetua.

    Y es que Monseñor Cirarda mantuvo a don José Ignacio Dallo, como he apuntado anteriormente, bajo su báculo de “percussor, non pastor”, así calificado por el fiscal de la Signatura Apostólica, que ante la prevalencia influyente de las mitras sobre la verdad, en el juicio que en represalia condenó al Padre Dallo, incomprensiblemente, “por jugarse todo” en lucha dogmática-pastoral por defender la recepción individual del sacramento de la Penitencia frente al abuso de las absoluciones colectivas, consentido y propiciado y fomentado desde 1979 ante el error magisterial público de Monseñor Cirarda, y que hoy, sigue acusado y en la cárcel de por vida (como ya he apuntado), porque aunque en principio era de cinco años absurdos, se han ido prolongando, primero con Monseñor Sebastián y después con Monseñor Pérez González, hasta nuestros días, convirtiendo al Padre Dallo en mártir defensor de sacramento de la confesión, y a pesar de ello, el Padre Dallo, con su temple navarro y sabedor de que está en la verdad con el Magisterio de la Iglesia, sigue acusando a los tres arzobispos culpables de la ruina del sacramento penitencial en la archidiócesis de Pamplona.

En cuanto al espíritu español y patriótico del Padre Dallo, basta con leer en la primera página el lema de su Revista, que lo dice todo: “Por Dios y por España”, frase que refleja fielmente la personalidad y entrega de este sacerdote, ejemplo de lealtad y fidelidad a los valores cristianos y españoles, que lo demuestra cada día con su trabajo y amor a Dios y a España.

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    Creo, que hoy, en el estado y tesitura en que se encuentra el Padre Dallo, su arzobispo, Monseñor Pérez González, reflexione cristianamente y movido por la fraternidad sacerdotal, considere que ha llegado el momento de darle a ese sacerdote suyo una muestra de paternidad y caridad. ¿O, hemos de constatar una vez más, que para el arzobispo no rige aquello de que antes de subir las gradas del altar se debe ir a reconciliarse con su hermano?

    Sólo me resta pedirles una oración por su pronta curación y recuperación, porque le necesitamos, al tiempo se mitiguen los grandes dolores que, sin duda alguna, estará sufriendo, y que, estoy seguro, ofrece por Dios y por España.

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