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Mi amigo Dámaso

Dámaso Santos Amestoy, nacido en Soria en 1942 y entusiasta soriano vocacional de siempre, se nos fue el 5 de octubre del 2009 con sesenta y siete años. Un rosario de fallecimientos… de sus dos hermanas, Pilar y la pequeña, cuyo nombre se me ha ido, de su padre Dámaso Santos Berzosa -el de La tarde en el Mirón y De la turba gentil y de las gentes, evocadores einolvidables libros para mí- y de su bellísima madre de quién cuidó hasta su final, fue sorprendido por la parca –ya postrer miembro de la familia- cuando preparaba la entrega de la biblioteca de su padre a Castilla y León.

Dejaba viuda a su mujer, Chelo, en su casa de la calle Libertad 14, repleta de libros y pinturas. La que inauguramos gozosamente con ella y mi mujer María Victoria en su día, bebiendo tequila con sal y limón y disfrutando de una velada, en las proximidades del Arrumbambaya, del Comunista y del viejo restaurante Carmencita, tan frecuentados por él. Su padre había sido testigo de la boda de mis suegros en 1944.

Era amante del casticismo y de lo pintoresco, e impenitente asiduo del Gijón, donde formaba tertulia con Pepe Esteban, con Meliano Peraile y otros hinchas de don Ramón María, a cuya próxima estatua ponían una bufanda en temporada de fríos, y en una fecha conmemorativa que no recuerdo.

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Nos conocíamos desde muy niños ambos. No se me borra que nuestras madres en alguna ocasión nos pusieron a estercolar juntos –uno frente al otro- en una esquina de la Cerca, mientras nuestros padres paseaban en una grata tarde veraniega, o charlaban tendidos en unas cómodas hamacas de lona. Así nació nuestra amistad. Eso une mucho más de lo que se pueda imaginar.

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Después los años y la edad nos distanciaron hasta coincidir en Valladolid, en la facultad de Derecho y en la grata pensión de Juan Mambrilla, la de la pulquérrima y entrañable doña Luz Fernández Balbás, viuda de un ferroviario leonés, donde me introdujo en mi aterrizaje. Inconfundible inmueble de amplias escaleras, cuyo vegetal patio de entrada presidía, y supongo que perdurará, el modelo del Sagrado Corazón que figura esculpido en lo alto de la enorme catedral de Valladolid.

Dámaso acometía Derecho y Filosofía y se abría camino en la poesía y en la erudición pictórica y su crítica, que era lo que de verdad le hechizaba y le llevó a ser jefe de prensa del Museo del Prado en su madurez y disponer de un encantador, minúsculo y fascinante despacho de Villanueva, asomado a la puerta de Goya, con escalera de caracol y todo. Allí me ilustraba, recuerdo, sobre el turinés arte povera de finales de los sesenta. Se quejaba de que no le pagaban mucho.

Entre lo que te pagan y lo que pagaría cualquiera por este despacho, único, no me sale mala retribución, amigo, le dije. Era un placer recorrer con él las salas del museo y las observaciones que me hacía sobre la anchura y longitud de las pinceladas de los clásicos… La manera de hacerlo… En una ocasión le llevaron como experto, a peritar un cuadro atribuido a Leonardo a Omaha, en Nebraska.

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Me viene a la memoria su entusiasmo por el pintor Fernández Pera, a cuyo estudio me llevó en alguna ocasión para mostrarme su estilo de pintura desnudo, lleno de puertas y vacíos, que le arrancaba expresiones de entusiasmo. No recuerdo si el artista le retrataba con traje de torero, o de cardenal en púrpura tipo Niño de Guevara. Era todo devoción hacia el artista. ¡Para mí, que le iba más lo de príncipe de la Iglesia!

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Allí, en Juan Mambrilla, paraba gente de medicina, como el canario Leo, los montañeses Jaime de la Lama, su hermano Enrique, o de ciencias como el santanderino Begines… Todos ellos gente encantadora y estudiosa. Desde la salida se divisaba la vistosa torre de la Antigua y quedaba a un paso de la Facultad de Derecho, la de los leones sobre fustes encadenados. Era muy agradable de claustros, a la vista de las aulas intituladas de personajes históricos y eruditos, como la de Hevia de Bolaños… Arriba habitaba Filosofía.

Dámaso era diletante, curioso de todo y muy amigo de cualquier intelectualidad que se le aproximase. Siempre acicalado, peinado, afeitado y perfumado, creo que nunca le vi sin su medida y cuidada barba, que sabía acariciar pausadamente en sus charlas. Le dedicaba tiempo al asunto. Sin prisa para nada, se tomaba siempre el tiempo que fuese para aparecer en escena con su aire nihilista y su bondad comprensiva para con cuantos le frecuentábamos. No se apeaba de sus camisas finas negras, su gesto grato y su comprensiva actitud hacia todos. Era respetuoso y querido de quienes le rodeábamos. En alguna ocasión, en el Mandarria, me describió como displicente, de una suave pincelada. Me hizo gracia y nunca lo he olvidado.

En otras ocasiones se alojaba en la famosa Pensión del Huevo, con la silenciosa vecindad del Colegio de Sordomudos de la ciudad y amplísimas escaleras. Era una institución más allá de la casa de la Troya, con mesa enorme y común y grandes habitaciones, de paredes ilustradas con fechas y evocaciones por el paso de las generaciones estudiantiles. Se contaba que a partir de cierto momento del mes todo eran tortillas, huevos fritos, cocidos, pasados por agua, o en salsa, y poco más.

            En aquellos tiempos solíamos recalar en una cava cercana al ayuntamiento, de abovedados techos bajos, donde merendábamos sangre de toro picante y sabrosa con vino de frasca –de la Seca, o de Boecillo, nada menos- y donde siempre disponíamos de una guitarra que nos inducía a cantar y festejar.

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Nos acompañaban fieles amigos, admiradores de Dámaso, como Manolo Cambronero, o el otro Manolo, que trabajaban en el Norte de Castilla, cercanos a Delibes, o la que entonces era su novia, Adela, que se fue pasando a mi campo cuando él se ennovió con Chelo, de Miranda ella y que no sé si fue exactamente la que llegó a ser su mujer. Creo que sí. Cenábamos en los Vascos unos deliciosos bocadillos de lomo adobado con pimientos y vino, o lo hacíamos en el SEU, en Campo Grande, por una minucia, acompañados del Pipas -el mendavita le decía yo- que iba de sargento Pérez, fumaba en pipa y nos aseguraba por su honor que si alguna vez caíamos por su pueblo de la ribera, Mendavia, y decíamos que éramos sus amigos, que no nos harían nada. Nos tranquilizaba mucho aquel aserto.

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En aquellos años de estudios, siempre recalábamos en Padova, la acogedora cafetería de moda, en el soportal camino de la facultad, en la que coincidíamos todos antes o después. Raramente nos sentábamos en la terraza del café Norte, o paseábamos por la calle Santiago, que era el paseódromo de verdad.

Cuando comenzamos a crear la fundación Desarrollo y Naturaleza, DEYNA, en la Soria del 92, desde la mítica Residencia de Estudiantes de Pinar 21 con César Romero, Raúl Pisano, Ramiro Cercós y Fernando Palacios, fue de los primeros a quienes convocamos y le recuperé de pleno. Asistía con regularidad al salón aquel “de los tresillos y el piano” como Jesús Posada, y recuerdo que aportó una vinculación con Plinio el Viejo y su Historia Natural, muy bien fundamentada y redactada, que nos agradó y animó a proseguir en el empeño. Desde entonces nos encontrábamos los veranos en Soria y viajábamos por la provincia con otros personajes como Clemente Sáenz, Emilio Ruiz… Estuvo muy vinculado, contábamos con su apoyo y se involucraba. Soria le gustaba, la amaba y se encontraba bien allí cuando iba, junto a sus ancianas tías. Nunca le faltaban amigos, ni adeptos. Asistió a la boda de nuestro hijo en marzo del 2006.

Cuando se jubiló en 2007 y comenzó a ordenar la entrega de la biblioteca paterna, encontró un par de libros que yo le prestase en su día. Una gramática de griego y un librito de poesías de Gerardo Diego, La sorpresa. Vino a la Fundación en primavera del 2009, a traérmelos -entonces en Príncipe de Vergara, 136- Tomamos café charlamos, incluso Mariví nos hizo una foto juntos y me trasladó su intención de ordenar un montón de escritos que había ido dejando para ese momento de la vida laboral. Tenía mucho qué hacer…

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En octubre murió sólo, entre los libros que habían sido su vida, supongo que un infarto. No era de cuidarse, tan sólo tomaba un Adiro de 50mg cada día. Me produjo una gran impresión y una tristeza enorme. Era un viejo y buen amigo y compañero de tanto tiempo, al que quería de verdad y evoco con cariño.

Espero encontrarle al otro lado junto a su sonrisa bonancible y afectuosa, acariciándose la barba.

Pelayo del Riego- Junio del 2021

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