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Las huellas del bombardeo de Cáceres

Cáceres fue una de las más importantes ciudades en el bando nacional durante la Cruzada de Liberación Nacional. En los inicios de la contienda, allá por agosto de 1936, estuvo instalado el cuartel general de Franco, concretamente en el palacio de los Golfines de Arriba. Trascurrido un año del alzamiento, la ciudad tenía un estratégico campo de aviación y allí había numerosos cuarteles. Además de los del Regimiento de Argel y el de la Guardia Civil, se hallaban los de las tropas moras, otro de los requetés y de falangistas.

Si me atrevo a recordar este triste suceso en la historia de Cáceres, es porque el próximo viernes es 23 de julio de 2021, y se cumplirán 84 años del bombardeo que sufrió esta ciudad el 23 de julio de 1937 aproximadamente las 9:30 horas, cuando la ciudad no se lo esperaba. Ni siquiera hubo el sonido de una sirena para avisar a los ciudadanos de que debían buscar refugio. La agresión se produjo para sembrar el terror en una ciudad tranquila, de pequeñas proporciones, que por entonces terminaba antes de llegar al Paseo de Cánovas, y los 5 “katiuskas” descargaron 29 bombas con cinco aviones soviéticos, cinco espectaculares Tupolev SB2 que en España fueron bautizados con el nombre de ‘Katiuskas’. Aviones que fueron enviados en 1936 por Stalin, hasta llegar a mandar 92 aviones de este tipo. Eran bimotores muy ágiles que permitían hacer ataques rápidos con gran éxito. Alcanzaban una velocidad de 430 kilómetros a la hora, con una autonomía de vuelo de 5 horas, capaces de cargar unos 600 kilos de bombas y llevar cuatro ametralladoras. En cada avión viajaban tres tripulantes y el fuselaje era de duralumino, de color blanco.

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Es necesario hacer notar que durante este tiempo la Virgen de la Montaña, advocación mariana venerada como patrona por los cacereños católicos, permanecía en Santa María de forma permanente, y fue allí, en la plaza de la actual concatedral, donde 3 de los 18 de esos proyectiles cayeron en la Plaza de Santa María. Las dos puertas de la iglesia estaban abiertas y dos artefactos explotaron cerca de ellas. Se aseguraba que habían muerto o resultados heridos todos los fieles que estaban en la zona del fondo del templo, desde las pilas del agua bendita para atrás. Pudo haber más víctimas, ya que una de las bombas no llegó a explotar al quedar incrustada en el techo del templo.

El bombardeo causó un gran número de muertos. Las crónicas dan datos distintos respecto al número de fallecidos, seguro que fueron más de 30 y más de 70 los heridos. Niños que iban al colegio, así como personas que se dirigían a su trabajo y varias filas de feligreses que rezaban a la patrona fueron las principales víctimas del bombardeo. Sufrieron daños de importancia el Mercado de abastos, el Instituto de Enseñanza, el Gobierno Civil, la Plaza de Santa María, las calles Santi Espíritu traseras del cuartel de la Guardia Civil. También el palacio de Mayoralgo y la Concatedral se vieron fuertemente dañados, así como el suelo, donde miles de cacereños han paseado por su plaza decenas de veces, con la seguridad de que muchos no se han fijado en la diferencia del suelo que la divide, claramente, en dos. Cerca del palacio episcopal y hasta la puerta trasera de la iglesia se ven grandes losas que corresponden a la reconstrucción tras el bombardeo, mientras que el resto del empedrado, formado por pequeñas y molestas piedras que se extienden hasta la plaza de San Jorge, es el del suelo original conservado.

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La verdadera memoria: Los republicanos bombardearon a la población civil.
Señales de metralla en el Obispado. / BIBLIOTECA N. E.

Hace años en la fachada de la iglesia aún se conservaban los restos de metralla y las huellas del bombardeo que actualmente han sido eliminados en la reciente restauración. Buscando en el disco duro he encontrado algunas fotos de hace años donde se observan los daños causados por las bombas, pero no he encontrado fotogramas de aquel 23 de julio de 1937 en que la ciudad de Cáceres sufrió el trágico bombardeo que regó por las calles con los cadáveres, como he dicho anteriormente, de numerosos niños que acudían a aquella hora a los colegios y los de varias mujeres que se encaminaban a practicar en el templo sus diarias devociones, incluso nueve de aquellas acribilladas por la metralla cayeron dentro del templo.

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Dado que el bando nacional silenció entonces el ataque por razones de estrategia, dejó sin confirmar el número de fallecidos y de heridos. Un año después, en 1938 se confirmó que hubo 40 fallecidos y 60 heridos; Sin embargo, otros estudios han elevado el número de muertos a medio centenar. Es difícil determinar su número exacto, aunque según los datos aportados por el cementerio municipal, en este lugar se enterraron 35 personas en un primer momento y después otros que murieron por sus graves heridas, amén de que hubo otras víctimas vecinas de pueblos cercanos que fueron enterrados en sus localidades.

Este es el testimonio que hizo Felisa Leal escrito en su libro “El mirador de la plazuela”: “Esa mañana me dirigía a ver a la Virgen de la Montaña en la iglesia de Santa María, antes de ir a la Caja de Ahorros (lugar de mí de trabajo). Al llegar a la esquina del Palacio Episcopal me encontré con mi prima Demetria, que venía de Santa María. Me paré para decirle buenos días y saludé a las hermanas Torno que, al parecer, venían detrás de mí y en ese momento me adelantaron. Al poco oímos unos aviones y una ráfaga de ametralladora. Yo le dije a mi prima que se tirase al suelo y nos tiramos las dos. Pasado el susto y viendo que la gente corría, nos pusimos en pie y Demetria se fue corriendo a su casa y yo a Santa María, donde supuse que estaba mi madre, ya que todos los días acudía a esa hora a misa. Las bombas habían caído en la puerta de Santa María y las dos hermanas Torno, que entraban en ese momento, cayeron ametralladas. Nada más entrar en la iglesia me asusté mucho, porque en el banco en el que mi madre se solía poner había una señora muerta. Era la madre de Fernando Quirós. Luego vi a Elia Castellano, también en el suelo, herida de muerte. Como la metralla había penetrado por las puertas de la Iglesia, había más personas heridas o muertas. Menos mal que me encontré con un compañero de la Caja que me dijo, “tu madre está acurrucada en uno de los altares de la izquierda”. Fui y, efectivamente, allí estaba. Gracias a Dios la encontré rápidamente, acurrucada en un rincón. Me dijo que no sabía por qué, ese día no se había puesto en su sitio de costumbre”.

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Otro testimonio importante es el recordado por el periodista Fernando García Morales: “El lugar del bombardeo no era casual: en Santa María estaba la sede del Gobierno Civil, en donde ahora se encuentra la Diputación Provincial, y un cuartel de milicias había sido instalado en el Palacio de Ovando. Las dos personas que hacían guardia en las puertas de ambos lugares fueron víctimas del ataque aéreo. Del carabinero que hacía guardia en el Gobierno Civil se encontró sólo la gorra; del que hacía guardia en las Milicias Nacionales una bomba le arrancó un brazo que quedó pegado en una bóveda, también vi a una mujer mayor arrodillada sin cabeza.

A mí, como a otros niños, nos cogió en el colegio de don Ponciano, que nos mandó a casa y con el temor y la curiosidad infantil, atravesamos ese espectáculo dantesco… No se me olvidará la figura del Obispo, el dominico Fray Francisco Barbado Viejo, con su blanco hábito cubierto de sangre, reconfortando a los heridos, ayudando a todos y dando la extremaunción a los muertos; los legionarios escayolados evacuando heridos, y algunos miembros, seccionados brutalmente por la metralla, colgando de la bóveda del palacio de Canilleros, que era cuartel de milicias. En las carpinterías de Cáceres se terminó la madera para hacer ataúdes. Se autorizó a llevar, sin muchos trámites, a los muertos a enterrar a los pueblos de los que procedían… Treinta y tres personas fueron enterradas en el Cementerio de Cáceres, aparte de miembros amputados de algunas otras… y se decretó el silencio oficial por razones de guerra”.

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