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Apuntes para una semblanza histórica del Paraguay

Es este el Paraguay que resiste y combate, hoy como ayer, por Cristo, por sus históricos fueros, y por la verdad, única senda transitable hacia el don inefable de la libertad.

Siglo XIX: centuria apocalíptica de la antigua y primera Hispanidad, cuya estela de esplendor y frutos sin par en la historia humana perduró por más de trescientos años, abarcando un glorioso período que se inició con el católico reinado de Isabel y de Fernando en las postrimerías del siglo XV, y culminó con la inicua abdicación de Bayona y los turbios sucesos de 1808, en los cuales tuvieron arte y parte todos los enemigos de España, ya como instigadores, ya como actores protagónicos o secundarios de aquel sainete histórico, en una de cuyas más patéticas escenas le cupo a Napoleón, emperador a la sazón de los franceses, la ridícula y autoasignada misión de constituirse en “regenerador de la nación española”(1) 

Tras una sucesión de imposturas y dobleces sin paralelo en la historia de la Madre Patria, España se vio entonces, como diez siglos antes, ante la necesidad de reconquistarse a sí misma. Y fiel a la tradición de sus mayores, y ante el pasmo de los franceses, revivió su perenne Covadonga en Madrid y en Gerona, en Zaragoza y Bailén, y en cada recodo del territorio patrio rebelado ante la invasión de los extraños y la felonía de los propios. Toda la Península ardió y cual ante Fuenteovejuna rediviva, el Comendador de los franceses, el desgraciado José Bonaparte, se vio forzado a huir a matacaballo, seguido de las abatidas águilas imperiales, con el tremendo deber de llevar a su arrogante hermano las nuevas, nada buenas, de su primera y aplastante derrota en el continente europeo.

Sin embargo, y pese a tanto heroísmo, a tanto guerrillero, a tanta Numancia reencarnada, la hidra de la traición no había llegado a encontrar en la Resistencia al Hércules alerta y sagaz que arrancara todas sus cabezas de un tajo. Fue así que, llevada la trágica semilla por los vientos en popa de la felonía y de la Revolución triunfante, llegaron hasta la entonces arcádica América Virreinal los cantos de sirena de la vieja serpiente del Génesis, con su falaz y sempiterna oferta: ¡Seréis como Dioses! 

Esta oferta, aderezada con los hechizos sibilinos del hiperbolizado Enciclopedismo francés (con sus Rousseau, sus Diderot, sus Voltaire, sus Raynal) acabó por vencer las ingenuas veleidades de Eva de las élites americanas, que sucumbieron prestas, y fatales, a las tentaciones de “liberté, egalité, fraternité” que lograron infiltrarse en las valijas de los autoerigidos prohombres, en los rincones “prohibidos” de las bibliotecas de las Universidades y en las robustas mesas de lectura de los prósperos aristócratas (comerciantes, emprendedores, altos funcionarios, militares) de las Indias. Cabe resaltar que la intensa propagación de la gálica moda revolucionaria de novísimo cuño fue la perfecta compañera de una no menos intensa (y desde luego, decididamente más bélica y rapaz) intervención británica, expresada, como venía siendo costumbre desde hacía varias centurias, en la forma de periódicos intentos de saqueo y toma de puertos importantes (Panamá, Nicaragua, Cartagena, Buenos Aires), en el pertinaz acoso corsario al comercio entre las Indias y la Península, y (novedad total esta en aquel singular momento histórico) en un paciente y pérfido trabajo ideológico de zapa, consistente en la afiliación de militares y civiles americanos de relieve a las logias masónicas dirigidas desde Londres.

Las circunstancias del drama estaban, pues, exactamente configuradas para la escena de la catástrofe. El viejo Imperio Español, veterano de mil lauros y conquistas inigualadas, estaba ya, como las vides al final del verano, listo para ver arrancadas sus más jugosas uvas por zorros mucho más taimados y constantes que el de la fábula, y así, para 1824 (cuando aconteció la batalla de Ayacucho) las dos terceras partes de sus posesiones americanas habían sido ya desgajadas del tronco principal por obra y desgracia de las fuerzas históricas en pugna contra la Hispanidad, que es lo mismo que decir, parafraseando al ilustre Prof. Miguel Ayuso, el pequeño remanente fiel de la Cristiandad que aún alentaba en el Mundo.

Fue en ese contexto que surgió también, en su forma actual, la república a la cual pertenece, por nacimiento y por pasión, quien suscribe estas líneas: el Paraguay. 

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Pese a que también anduvo, como no podía ser de otra manera dado el curso de los acontecimientos, tras los pasos erráticos del secesionismo, propagado popularmente como Independencia, cabe resaltar que la autonomía del Paraguay se dio en el marco de circunstancias y usos sumamente diferentes a los de las otras nacientes repúblicas americanas. 

Repasémoslos, brevemente, para dar paso a las reflexiones centrales de este ensayo.

Conforme a la usanza iniciada en tiempos de los Austrias mayores, la Provincia del Paraguay venía gozando de los paradójicos favores de la pobreza y las casi impracticables distancias entre la capital del Imperio, y aun de los Virreinatos, y su territorio. 

Estas “ventajas”, cuyo primer resultado notable fue la concesión otorgada por Real Cédula del Rey Emperador Carlos V, fechada el 12 de septiembre de 1537, para que los habitantes asentados en el recién fundado fuerte de Nuestra Señora de la Asunción tuvieran potestad de nombrar autoridades, permitieron a la naciente provincia  eludir el destino de quimera y de Arcadia deseada que correspondió a las regiones “bendecidas” por la presencia de metales preciosos como el Perú y Nueva España, o por el acceso inmejorable a la navegación marítima como el Río de la Plata, Chile, y la Nueva Granada. Privada de oro, plata y puertos de floreciente comercio, el Paraguay pudo darse, sin embargo, el lujo del aislamiento, y con él la autonomía, y con ella, el reconocimiento, goce y constitución (en el seno de las tradiciones efectivas, y no solo en el papel) de sus FUEROS; los cuales sostuvieron, pese a todos los embates de su historia, el establecimiento de una rama singular de la Hispanidad, semejante por su humildad y su donaire escondido a aquellas regiones más humildes y menos pomposas de la Península como Extremadura o Murcia, carentes del glamour y del empaque de otras zonas como Andalucía, Castilla o Cataluña; pero que han sido, desde antaño, cuna y madre nutricia de algunos de los más recios capitanes de España como Hernán Cortes y Francisco Pizarro, la una, y de estadistas de magistral andadura como Diego Saavedra Fajardo, y hombres de eminentísimo genio científico como Juan de la Cierva, la otra.

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Así también el Paraguay, aunque fundado y regido, desde los prolegómenos de la Conquista, por recios vascos de la talla de un Domingo Martínez de Irala (nacido en Vergara, en 1506) y resueltos castellanos como don Juan de Salazar y Espinoza (nacido en Medina de Pomar, en 1508), se convirtió en la Extremadura de las Indias, en el lejano y agreste rincón en cuya capital y puerto fluvial (la austera, aunque fecunda, Asunción del siglo XVI) los ambiciosos capitanes de aquella formidable gesta llegaban para saciar su hambre de pan y de reposo; retirarse, quizá, en las prolongadas tardes tropicales a observar el bucólico paisaje de la puesta del sol en la bahía epónima; para, prestamente, tornar a planificar vastas y valerosas expediciones en busca del Paititi, las tierras del  gran Rey Blanco, en donde el oro y la plata surgían, así lo aseguraban unánimes testimonios, de las profundidades de la tierra con la misma feracidad con que brotan y se multiplican los guisantes en los sembradíos.

Esa fue Asunción, y esa fue la antigua Provincia Gigante de las Indias: el Paraguay. De su materno seno surgirían las huestes que, regidas por capitanes de indómito temple como Nuño de Chávez, Alonso Riquelme de Guzmán, Ruy Diáz de Melgarejo, Juan de Garay, Juan Torres de Vera y Aragón, entre tantos otros nombres ilustres, serían las fundadoras y sostenedoras de ciudades como Santa Cruz de la Sierra, Corrientes, la segunda Buenos Aires, Santa Fe, y la Villarrica del Espíritu Santo, por citar solo algunas.

Pero más allá de su carácter maternal y nutricio, la provincia del Paraguay, cuya población iría creciendo en proporciones casi geométricas debido al intenso mestizaje estimulado y ejemplarizado en persona por Domingo Martínez de Irala, primer Gobernador del Paraguay y del Río de la Plata, se iría transformando, velozmente, en una especie de sólida fortaleza de la Conquista, pródiga en todos los órdenes de dones de la Providencia: alimentos, agua, clima saludable, y, por sobre todo, hombres y mujeres de temple, acostumbrados desde sus más tiernos años a la continua defensa de su emplazamiento, ya contra las feroces incursiones de los indios guaycurúes del Chaco, ya surtiendo de efectivos a las expediciones de conquista de territorios y fundación de pueblos aledaños, ya prolongándose hacia el Noroeste en busca de la anhelada Sierra de la Plata, ya acudiendo prestamente hacia el Este en defensa de los territorios de la Corona, codiciados desde etapas muy tempranas de la Conquista por la codiciosa mirada lusitana, ya conformando los cuadros heroicos de las Órdenes Religiosas (franciscanos jesuitas, mercedarios, dominicos), milicia espiritual y transcendente de la Conquista, que atrajera hacia la Iglesia instituída por Jesucristo a cientos de miles de almas de nativos y a sus descendientes hasta hoy día; en fin,  firme y leal fue el bastión asunceno, así como vasta fue la obra social, bélica y espiritual de aquella señalada y esforzada generación, cuyas huellas perduran, acrualmente, en la configuración política, social, cultural y religiosa de los pueblos del Plata.

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Pero en lo que toca, particularmente, al espíritu que animara desde su nacimiento, en la cuarta década del siglo XVI, a la república del Paraguay, (y es menester subrayar lo de República, pues la Monarquía de los Austrias, sabiamente, permitió y promovió la conformación de instituciones forales y republicanas en aquellas provincias)  lo que impresiona profundamente, y llama a la esperanza, aún hoy en medio del maremágnum campante de la Posmodernidad, es la supervivencia de modos de vida estrictamente adheridos a la Tradición y a los Fueros Comunitarios de antaño; los cuales han logrado permear, inclusive, la inmensa y artificial mole del Derecho positivo y constitucional, que empezara a clavar sus feroces garras en el cuerpo social del Paraguay a partir del malhadado año de 1870, con ocasión del desdichado final de la Guerra emprendida por nuestra nación contra la Triple Alianza (y lo de Triple, solo por convención histórica, pues  varios más fueron los múltiplos de aquella infame entente).

En efecto, es a partir de 1870 cuando se inicia la denominada “Era Constitucional” en el Paraguay, pues si bien la Consitución surgida en aquel año, tras el execrable magnicidio del Mariscal Francisco Solano López en Cerro Corá en marzo de aquel año, no fue la primera Ley Suprema de la República (dado que ya mucho antes el Congreso Nacional, reunido en 1844, había sancionado otra en que aparecía específicamente la expresíón “Fuero Común”) fue dicha obra jurídica, no obstante, la primera en dar carta de adopción a la ideología liberal en el seno de nuestras leyes; evento seguido y robustecido, desde luego, por una avasalladora y alienante campaña de demolición de las tradiciones patrias (persecución del idioma nativo, execración de los héroes nacionales, con énfasis en la figura del Mariscal López, importación de las ideas krausistas y/o positivistas vigentes entonces en España y en Francia, intenso y criminal despojo del patrimonio económico del Estado, establecimiento de las primeras logias masónicas, paulatina laicización de la vida civil) así como por el impulso brindado desde el poder político vigente a partir de la posguerra a otras muchas columnas de choque de la acción anticristiana y antiforal de la Revolución Moderna, ofrecida, propaganda educativa y cultural mediante, al aburguesado público por los proxenetas de la política con los atractivos atavíos de la democracia parlamentaria y la primacía del Estado secular en la vida civil; con la  desvergonzada boca de sus cañones ideológicos apuntadas directamente hacia corazón de los pertinaces remanentes de las comunidades tradicionales, de las cuales el Paraguay había llegado a ser, hasta 1870, encarnación auténtica y militante.

No pudo, empero, penetrar esta invasión maligna, esta carcoma fatal, hasta los sillares mismos sobre los cuales estaba sólidamente asentada aquella entidad inasible, y no obstante esencial, que un escritor nacional revisionista Manuel Domínguez ́(1868-1935), acertaría en denominar “el alma de la raza”. Esta pervivió indemne, y se expresó en las voces de los reivindicadores de las glorias patrias como el historiador Juan E. O’ Leary (1879-1969), en poetas bilingües de inmediata y genuina popularidad como Emiliano R. Fernández (1894-1949), en obispos y sacerdotes que reavivaron la llama de Cristo y María en los corazones sencillos de las gentes de la campiña paraguaya como Monseñor Juan Sinforiano Bogarín (1863-1949, como el Padre Julio César Duarte Ortellado (1906-1943), como el Padre Ernesto Pérez Acosta (1889-1977), como tantos otros consagrados y consagradas nacionales y extranjeros, que revitalizaron el magullado tejido social de la nación paraguaya, enjugando las lágrimas de sus tragedias con aquella promesa de Cristo que nunca podrá, por su dulzura y verdad, ser desoída por las almas anhelantes de esperanza: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera”. (Mt. 11, 28-30).

Así pues,  pese a todos los embates del modernismo, de su falange ideológica designada con el falaz apelativo de liberalismo, de su engendro de filiación no reconocida, el marxismo, del existencialismo, de la New Age, de la progresía vigente y reinante, del lobby LGTBI+, de los malthusianistas, de los secularistas, del clero corrompido y cómplice del globalismo; pese a los partidos políticos surgidos de la Posguerra del 70 (copia al carbón del bipartidismo anglonorteamericano); pese a los veneradores locales del vulgar y chirriante american way of life; pese a propagadores propios y extraños de modas y males de toda laya, el espíritu del Paraguay eterno, del Paraguay hispano-guaraní, siguió vivo. El mismo espíritu que alentó el mestizaje, que edificó catedrales inmensas en las selvas del Paraná, que anudó en un lazo de amor el culto lenguaje castellano con la dulce lengua vernácula, el guaraní; el que inspiró al Doctor Francia en 1825 a rechazar de plano, y sin remilgos, las propuestas “emancipatorias” de Bolívar; el que inspiró la epopeya de todo un pueblo (mujeres, niños y ancianos incluidos) en aquella gesta que se prolongó desde 1864 hasta 1870, y que culminó con el holocausto de Cerro Corá; el mismo que inspiró la adopción de la nomenclatura mariana para las principales ciudades de la república (Asunción, Concepción, Encarnación), el mismo que encendiera las revueltas comuneras del siglo XVIII contra los abusos insufribles del  clero y la autoridad; el mismo que partiera al unísono hacia el Chaco en 1932 para defender, una vez más,  la heredad nacional, al grito de ¡Vencer o Morir!; el mismo que, aún hoy, con un cirio resplandeciente, encendido en los altares de innumerables hogares del campo y la ciudad, resiste al Nuevo Orden Mundial, elevando sus preces a la Virgen de los Milagros de Caacupé, a San Blas, patrono histórico del Paraguay, a San José (presente en mil pueblos y parajes), a San Miguel, capitán de las milicias angélicas, a San Antonio, a San Cayetano, a Santa Rosa de Lima, a San Francisco, a San Lorenzo, en fin, a todos aquellos que, habiendo elegido seguir las huellas de la estrecha senda del Divino Maestro, han alcanzado la gracia de la santidad,  y emanan luz y ejemplo vivificante para los fieles del pueblo sencillo.

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Es este el Paraguay que sigue siendo, aún hoy, en esa lucha que no es,  como la definiera luminosamente San Pablo, “contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo”, el oculto amparo y reparo de la Hispanidad en tierras del sur de nuestra América. Es este el Paraguay que resiste y combate, hoy como ayer, por Cristo, por sus históricos fueros,  y por la verdad, única senda transitable hacia el don inefable de la libertad.


(1) El 3 de junio de 1808 se publicó en la Gaceta de Madrid una proclama de Napoleón firmada nueve días atrás, la cual finalizaba con estas líneas: “Yo quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos, y que exclamen: Es el regenerador de nuestra patria”. (extraído de “La Guerra de la Independencia Española”, artículo disponible en línea en https://www.uv.es/ivorra/Historia/SXIX/1808.htm )

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