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Sorda y lesbiana

Pilar Lima

Luis I. Amorós

En las últimas elecciones municipales españolas de mayo en Valencia ganó cierta fama la candidata del partido neocomunista “Podemos”, Pilar Lima. Ella se presentaba a sí misma como “sorda y bollera, y lo lucía con “orgullo” (hay un vídeo de su acto de presentación en redes donde lo expresa de modo literal, que no voy a enlazar porque emplea expresiones vejatorias hacia otras personas en un lenguaje que no deseo fomentar). Es más, buena parte de la promoción de su figura política partía de esos supuestos, y del modo en que su presencia iba a suponer un gobierno (o más bien, una representación) de dichos “colectivos” minoritarios y el respeto a sus sensibilidades en el pleno del ayuntamiento.

En su currículum, de hecho, destaca sobre cualquier otro aspecto su formación como profesora del lenguaje de signos, y que fue la primera portavoz parlamentaria en emplearlo en sede, utilizando para ello un traductor.

Pasaremos de largo cierta polémica que tuvo con los comentarios jocosos y despectivos hacia su persona por parte de un “tertuliano” de un programa de televisión de escasa calidad pero muy popular en la noche televisiva española (que tampoco deseo promocionar), y que ella aprovechó para promocionarse en una respuesta pública, apoyada por su partido.

Pilar Lima es, en realidad, sordomuda. Es decir, que su sordera, bien congénita, bien aparecida en edad muy temprana, se produjo antes de que adquiriera el lenguaje. Por tanto, no sólo no oye, sino que tampoco sabe hablar. Técnicamente se llama sordera prelocutiva. Naturalmente, la incapacidad de lenguaje interpersonal es una de los defectos más severos para la relación social que, como saben mis lectores, es una parte fundamental para el desarrollo de la naturaleza humana. Somos sociales por naturaleza, y para ello debemos comunicarnos. De todas las formas de comunicación, el lenguaje es la más completa y la más refinada. Su carencia supone un verdadero obstáculo para el desarrollo personal y comunitario de quien la padece. Más aún, hasta el desarrollo de la medicina moderna se creía que todos los sordomudos llevaban aparejado un retraso mental, por cuanto la ausencia de lenguaje les impedía la adquisición de conocimientos.

Por ese motivo, existen los lenguajes de signos para sordos. Los primeros aparecieron ya durante el renacimiento, pero los modernos lenguaje de signos provienen de autores de los siglos XVIII y XIX. La comunicación entre sordomudos y con normooyentes se efectúa por medio de estos lenguajes, permitiendo a los sordos adquirir conocimientos y relacionarse entre ellos y con los demás. En pocas palabras, insertarlos en la sociedad.

Como bien aprendieron y explotaron las ideologías nacionalistas, la lengua es una forma práctica y sencilla de crear sentimientos de pertenencia, que sirvan de base para la formación de naciones (en su acepción moderna). Aunque el fenómeno se produce en todo el mundo, en España es bien conocido en el caso de los nacionalismos catalán y gallego, y en Hispanoamérica en el de los pueblos nativos, como quechuas, aymaras o mapuches. El viejo concepto de tribu se reafirma en torno al idioma.

No otra cosa distinta ha ocurrido con los lenguajes de signos. Los sordomudos que los emplean, además de permitirles comunicarse con los no sordos, hallan en ellos el modo de llegar a cientos de miles de sordomudos como ellos en todo el mundo, pertenecientes a otras culturas y costumbres, que emplean el mismo lenguaje. Forman, pues, una comunidad de hablantes. Y, para algunos, o muchos de ellos, esa comunidad trasciende hasta convertirse en una suerte de neotribu. Hasta el punto de que durante décadas ese lenguaje se empleaba como herramienta para reivindicar la sordera y mudez frente a un mundo que oía y hablaba. Un “auto-reconocimiento” de grupo. Un mecanismo psicológico de defensa frente a incomprensiones y discriminaciones (es evidente que en muchos lugares y culturas los sordomudos han sido tratados como “ciudadanos de segunda”). Llegando en algunos casos al “orgullo” por ser diferentes, y la reivindicación de esa diferencia frente a la “normalidad”.

Por muy comprensivos que debamos ser frente a las formas de protección empleadas por personas tratadas con menor dignidad por su tara (y nadie en este mundo defiende la igual dignidad de todas las personas que la teología católica), el hecho es que la sordera no deja de ser una enfermedad. Es decir, una alteración de la normalidad. Una patología.

Primero de forma experimental a finales de los años 1970, y ya con experiencia y resultados favorables a partir de 1990, la medicina ha desarrollado unos dispositivos que reproducen de forma más o menos fiable el funcionamiento del oído interno. Se les conoce como “implantes cocleares”, y son colocados mediante cirugía intracraneal. Tras muchos años de ensayos progresivamente amplios y complejos, se comprobó su seguridad y excelente funcionamiento. Desde el comienzo del siglo han entrado en los protocolos de salud infantil en todo Occidente, y progresivamente en el resto de países conforme las capacidades económicas lo permitían. Hoy en día, en España, existe una detección universal de sordera en neonatos, y aquellos que sufren sordera congénita o en los primeros años de vida, son sometidos a la adaptación de estos implantes, de modo que adquieren el lenguaje de forma normal. Es decir, siguen teniendo una enfermedad (a fin de cuentas, las causas de la sordera precoz son múltiples), pero no les afecta a su desarrollo, desapareciendo todas las desventajas frente a los normooyentes. Los resultados a largo plazo son excelentes. Es decir, que la medicina ha logrado resolver las consecuencias indeseadas de un trastorno grave de los sentidos en prácticamente todos los casos.

En pocas palabras, que la sordomudez está llamada a desaparecer, porque tiene tratamiento. Y con ella, pronto desaparecerán los lenguajes de signos y los traductores. Al igual que ocurre con las lenguas ancestrales que desaparecen porque sus últimos hablantes se van muriendo, así ocurrirá con los lenguajes de signos.

Quizá sorprenda a mis lectores saber que, al comienzo de la protocolización e indicación sanitaria de los implantes cocleares, hubo una resistencia a los mismos por una parte de la comunidad de sordomudos. Precisamente de aquellos sordomudos cuyos hijos también lo eran (por ser en este caso hereditaria la enfermedad). Muchos de ellos se resistieron a someterse a la intervención y a que sus hijos se intervinieran. Pretextando inseguridad de la intervención, o acusando a los médicos de estar experimentando con niños, en realidad se estaban resistiendo a curarse. Querían aferrarse a esa neotribu, a esa identidad comunitaria de las personas con una tara que se comprendían entre ellas frente a un mundo hostil, y que habían logrado llevar una vida más integrada por medio de herramientas como el lenguaje de signos. Personas que estaban convencidas de que su sordomudez les proporcionaba una “cultura única”, una hermandad que los demás no podían comprender, y que quedaba amenazada por la curación.

Estas polémicas, antiguas de más de dos décadas, han quedado sepultadas en el olvido. Naturalmente, los niños con sordera profunda son intervenidos para permitirles oír, y poco a poco muchos adultos también se someten. Es lo lógico cuando una terapia nueva demuestra ser segura y efectiva: se impone por sí misma.

Pilar Luna tiene 46 años, y por tanto en sus primeros años de vida no existía el implante coclear, salvo por terapias experimentales en pocos centros extranjeros. Ella con seguridad ha sido aconsejada posteriormente para operarse, y lo ha rechazado (es cierto que en adultos el resultado en la adquisición del lenguaje tras el implante coclear no es tan excelente como en los niños). Y, por las trazas, tiene pinta de militar en el “orgullo sordomudo”– si se me permite la expresión- en parte por convicción y en parte porque el lenguaje de signos y la representación del colectivo sordomudo se ha convertido en parte fundamental de su carrera profesional y política.

El símbolo que representa en ambas carreras, me temo, está más que anticuado. Es cuestión de tiempo que sencillamente aquello que representa desaparezca.

Resulta, permítaseme emplear el término, providencial, que esta misma candidata y su partido, hayan relacionado de forma tan fuerte y tan simbólica (han sido ellos, y no yo) su sordomudez con su homosexualidad. Porque ambas representatividades, ambos “orgullos” son el mismo.

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Aunque hoy en día la ideología dominante considere un delito y condene a quien lo diga, también la homosexualidad, como la transexualidad y otras desviaciones sexuales, son alteraciones o taras de la normalidad. En este caso psicológicas y no físicas, pero el sentimiento de defensa, la creación de comunidades humanas (tribus) basadas en esas desviaciones, el “orgullo”… son los mismos mecanismos de defensa frente a la normalidad, degenerados últimamente en ideología, cuando no demagogia.

Es evidente a la razón que la sexualidad tiene como objeto la reproducción humana y la perpetuación de la especie. Cuando una persona no siente la inclinación carnal hacia el otro sexo sino el propio, es obvio que se está apartando del fin esencial del sexo. Más profunda es la divergencia cuando la psique ni siquiera acepta el propio sexo biológico y se identifica con el opuesto. Es inevitable ver aquí diversos grados de desorden con respecto a la naturaleza de las cosas.

Podemos sentir toda la compasión y solidaridad con las personas homosexuales o transexuales que han sido despreciadas, discriminadas o incluso vejadas (a veces físicamente) por su inclinación, pero esa defensa de su dignidad como personas, independientemente de su tara, no puede jamás ser justificación de dicha tara, o pretender que la anomalía constituye una suerte de “cultura alternativa” o “contracultura”. No sólo porque estaríamos faltando a la realidad, y pervirtiendo el concepto de salud o normalidad, sino porque con ese planteamiento, estamos vedando o cerrando a las personas con desviaciones sexuales el camino hacia la curación, del mismo modo que las asociaciones de padres sordomudos impedían a sus hijos curarse de la enfermedad por un mal entendido sentido de pertenencia superior.

Bueno es defender a sordomudos y homosexuales de la discriminación, pero mejor es para ellos poner a su alcance los medios para que puedan desarrollarse como personas normales y sanas, tanto física como psicológicamente.

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