Una España que no debería morir

Por Jaume FERRER SANZ * | Benicarló (publicado en la Revista Reino de Valencia nº 106)

Una España que no debería morir

Pocos días  antes de su muerte el gran y controvertido Salvador Dalí pronunció sus últimas palabras ante los medios de comunicación: “Cuando se es un genio no tenemos derecho a morirnos porque hacemos falta para el progreso de la Humanidad.”

¡Casi nada! Ciertamente necesitamos genios, personas geniales, originales, excepcionales, genuinas, que en los diferentes ámbitos de la sociedad ayuden a mejorarla, a hacerla avanzar sin necesidad de perder sus esencias y sus raíces. A veces pensamos que esos “genios” los encontramos únicamente entre figuras más o menos conocidas: artistas, personajes de la política o de la economía, científicos… Pero no…Gracias a Dios seguimos encontrando entre nosotros a muchos de esos genios que son personas auténticamente anónimas y que gracias a ellos se siguen conservando las esencias más genuinas y auténticas de nuestras Españas.

He tenido la dicha de poder pasar unos días en familia recorriendo algunas poblaciones de la Montaña Oriental Leonesa. Saliendo a tomar el fresco al anochecer pude entablar un rato de tertulia, de “charraeta”, con algunos de los pocos vecinos que siguen resistiendo viviendo en su pueblo, manteniendo unas formas de vida que el mundo moderno parece querer hacer desaparecer para siempre.

En esos momentos de amena conversación con el señor Salustiano redescubrí con fuerza la importancia y el significado de conceptos como genuino, auténtico, tradicional…Nos dio a conocer su vida dedicada a la ganadería bovina tradicional, ahogada y arrasada por las grandes corporaciones lecheras, lo que ha obligado al abandono de las pequeñas explotaciones y, por lo tanto, al éxodo rural que ha acabado matando a muchos pueblos; la ilusión por el trabajo bien hecho con el que ha podido sacar adelante una familia numerosa, y es esa la mayor satisfacción: verse rodeado de hijos y nietos que quieren a los abuelos; el valor de las cosas sencillas, de las rutinas de cada día que nos hacen ser personas de bien tratando de mejorar el mundo en que vivimos.

De toda aquella lección que pude recibir en esa improvisada tertulia quisiera destacar una palabra que me caló muy hondo, una palabra que no aparece en el diccionario de la RAE: “projimista”, una expresión que encierra un significado profundísimo, tal y como se encargó de exponer mi interlocutor: “yo no soy teólogo, ni político, soy una humilde persona de pueblo, casi analfabeto, pero sé que en esta vida hay que ser projimista, hacer el bien a los demás, ayudar a aquellos que nos necesitan, ser sociales…y veo que el mundo no va por ahí, no vamos bien porque nos hemos olvidado de las cosas sencillas pero importantes de la vida, ya no pensamos en los demás…” Sí, nos hemos olvidado de ellas, de las cosas genuinas, “puras y netas”, como la leche que producían las vacas del señor Salustiano, y ahora nuestro mundo tan tecnificado se ha ido deshumanizando a pasos agigantados. Porque volver a los orígenes no es retroceder…

Por desgracia, esas formas de vida tradicionales, ese medio rural, esos pueblos, esa mentalidad “projimista”, están desapareciendo. Todo eso ¿Nos hará mejores? ¿Ayudará al progreso de la humanidad? Es toda una genuina forma de vida y de visión del mundo, basada en algo tan sencillo y tan difícil de encontrar hoy en día como la ley natural y el sentido común, la que está en juego. Es una España auténtica y genial la que se está muriendo, a pesar de la resistencia de algunos que, como Salustiano, sólo le piden a Dios poder acabar sus días en su pueblo, junto a su esposa, sus hijos, sus nietos y sus vecinos, pudiendo sentarse cada noche en la puerta de su casa a contemplar las estrellas, con la conciencia bien tranquila y dando gracias a Dios por los dones recibidos. ¡Esto también es cosa de genios, de los que ayudan a hacer un mundo mejor!

Ojalá nos pudiéramos parecer cada día un poquito a ellos.

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