Opinion

Memoria histérica: damnatio memoriae, inculcación de falsos recuerdos y antifranquismo sobrevenido

En los tiempos del imperio romano, el Senado tenía la potestad de recurrir a lo que se denomina Damnatio memoriae, expresión latina que significa condena de la memoria, aunque la traducción exacta debería ser condena al olvido. Como es de suponer, consistía en condenar, una vez muerto, a quien se consideraba que no era un ejemplo a seguir, a no ser nombrado ni recordado, y mucho menos homenajeado… consistía, al fin y al cabo, en castigar a quien no se habían atrevido cuando aún vivía, fuera por cobardía, por terror, por ambas cosas, o para intentar borrar, también, que muchos de ellos habían sido entusiastas colaboradores del “condenado”. Algo así como los antifranquistas sobrevenidos.

Cuando el Senado romano acordaba oficialmente la damnatio memoriae, se eliminaba todo cuanto recordara al condenado: imágenes, monumentos, inscripciones, e incluso se llegaba a la prohibición de usar su nombre.

Los antiguos romanos no fueron los únicos en utilizar la “desmemoria” como castigo, se tiene constancia de que los antiguos egipcios también lo hacían.

Ya más cerca en el tiempo, en la ya fenecida Unión Soviética, desde 1934 hasta 1953 el régimen de Stalin tuvo la costumbre de practicar la damnatio memoriae contra sus enemigos políticos, prohibiendo bajo severas penas toda mención de sus nombres y eliminándolos de la prensa, libros, registros históricos y documentos de archivo. Tal medida incluía a los escritos de tales personajes, los cuales eran sacados de la circulación y destruidos. Incluso las fotografías oficiales acababan siendo retocadas por la censura del régimen para eliminar a los personajes incorrectos. Víctimas de esta práctica fueron León Trotsky, Nikolái Bujarin, Grigori Zinóviev y muchos otros líderes políticos que en alguna ocasión cayeron en desgracia ante Stalin.

George Orwell, en su novela distópica “1984” cuenta la historia de Winston Smith, un empleado de la oficina de propaganda de un régimen totalitario. El trabajo de Smith en el Ministerio de la Verdad era destruir fotografías y modificar documentos, rehaciendo el pasado para adaptarlo a las necesidades del presente. Parecía que en la era de las redes sociales, de Internet nadie sería capaz de manipular el pasado del modo que describe George Orwell… ¿Se puede reinventar la historia creando leyes ad hoc?

 No, evidentemente no, pero, sí puede generarse una situación de opresión, de coacción, para imponer una determinada “verdad”, como hacían en la antigua Unión Soviética, pero la historia una vez desvelada no se puede ocultar, y menos todavía en el mundo actual. En la actualidad ni la desmemoria ni la damnatio memoriae pueden imponerse por ley. Las leyes no deben aprobarse para reparar supuestos agravios, daños, o deudas históricas contraídas por nuestros ancestros.

 El PSOE presentó a finales del año pasado una proposición de ley para reformar la infame, repugnante, canalla Ley de Memoria Histórica de 2007 promovida por José Luis Rodríguez Zapatero. El PSOE pretende, además de imponer su verdad histórica como única y oficial sobre la II República española, la Guerra Civil y el régimen del General Franco, castigar penalmente a los que no se sometan a sus totalitarias, liberticidas e infames pretensiones.

El proyecto prevé una especie de Comisión de la Verdad (a la manera de la novela de Orwell) y sanciones de hasta cuatro años de cárcel, e inhabilitación por más de cinco años –incluyendo el ejercicio de la docencia– para quienes expliquen, expongan, comenten la historia del siglo XX de forma distinta a su verdad, que nos presenta la Segunda República como un paraíso que fue destruido por unos canallas, reaccionarios, contrarios al progreso y un largo etc.;  y en la que los integrantes del Frente Popular eran unos benditos pacifistas, respetuosos de forma escrupulosa con la legalidad; a la vez que se denigra todo lo que tenga que ver con el otro bando, así como el régimen del General Franco, a los que se caricaturiza, criminaliza y se presenta como el Gran Satán, y el summum  de la inmoralidad.

Stanley Payne afirma acerca de la denominada memoria histórica que ni es memoria ni es historia. Lo que se dado en llamar memoria histórica no es tal cosa, sino una versión, o versiones, creadas por propagandistas, activistas políticos, periodistas o hasta por algunos historiadores interesados. Se trata esencialmente de mitos o leyendas creados acerca del pasado. Pueden tener alguna dosis de verdad empírica, o ninguna. La memoria es individual y subjetiva, nunca es histórica o colectiva. La historia, en cambio, no se basa en memorias individuales subjetivas, sino en la investigación intelectual de los datos empíricos que sobreviven del pasado.

El pasado no está ahí para que nos guste, para que nos regodeemos y recreemos en él, o para que alguien intente reescribirlo, cambiarlo…, está para que lo “exprimamos” y extraigamos de él valiosas enseñanzas.

Como bien sabe cualquier persona suficientemente informada, la izquierda ha acabado siendo omnipresente en aquellos ámbitos y facetas esenciales de la vida cotidiana de los españoles, la izquierda ha ganado la batalla en la enseñanza institucionalizada, controla las universidades, controla y censura la ciencia y la investigación, está presente en los medios de información y creadores de opinión, y todo ello lo ha conseguido por la inacción, la apatía, el miedo, el complejo de culpa, el complejo de inferioridad y algunos factores más que, caracterizan a la derecha intelectual y sociológica -que, haberla hayla- rendición que lleva implícita el reconocimiento de una supuesta superioridad moral de la izquierda.

Debido a que la derecha sociológica ha renunciado a defender sus ideas y al combate y a la confrontación intelectual, entendiendo que es innecesario, o casi, y que se defienden por sí solas; los que dicen de sí mismos que son progresistas, han monopolizado todo, y si no todo, poco les falta, y lo han conseguido fundamentalmente adoctrinando a la gente desde los primeros años de vida. Desde el aprendizaje de las primeras letras, desde el instante en el que se enseña a leer a los alumnos se les inculcan una serie de “valores” (mejor habría que llamarlos contravalores) tales como que ellos y sus votantes son “pueblo” y que ellos son los únicos representantes de “el pueblo”, y por lógica, todos los demás “no son pueblo”, es más, son enemigos del pueblo.

La inacción de la derecha, permite también que proclamen sin rubor que ellos son los únicos representantes de los trabajadores (aunque la mayoría de ellos nunca han dado un palo al agua); lo mismo podemos decir del peculiar concepto que los izquierdistas tienen de ciudadano y ciudadanía, de los cuales se apropian en exclusiva y niegan a quienes con ellos no comulgan. Como también se han apropiado de la expresión demócrata y democracia (y gritan y vociferan aquello de no nos representan, “¡¡Democracia –real- ya!! ¡Derecho a decidir!) y se dedican a conceder diplomas y carnés de demócratas, demonizando a quienes según ellos no lo son, tildándolos de todo lo más abominable e indeseable.

En fin, quienes consideran que hay terrorismo bueno y terrorismo malo, violencias revolucionarias, violencias progresistas y violencias reaccionarias (y por tanto víctimas de diferentes categorías, dependiendo de quién sea el victimario y quién sea violentado…); quienes consideran que la segunda república española era el Edén y que una pandilla de energúmenos (que por supuesto, ni eran gente, ni pueblo, ni representaban al pueblo, sino que eran enemigos del pueblo) acabó con aquella sociedad perfecta en la que se olvidan de decir que quienes ellos alaban y ensalzan practicaban la violencia, llevaban un revólver al cinto y ponían bombas, asaltaban cuarteles, promovían insurrecciones como el golpe de estado de 1.934 (revolución de Asturias la llaman); pretenden imponernos su verdad sea como sea, y de paso ganar la guerra que, aquellos de los que dicen ser herederos, no fueron capaces.

Pero ¿Se puede lograr que la gente acabe aceptando que ocurrieron cosas que nunca han pasado? Más todavía: ¿Se puede conseguir que la gente acabe “recordando” algo que nunca ha sucedido?

Elizabeth Loftus, psicóloga cognitiva que estudió la memoria y la forma en que podemos generar falsos recuerdos en la mente de otros individuos; afirma que, si se aconseja a alguien cuidadosamente para recordar algo, y si se le entrena lo suficiente, se puede acabar consiguiendo.

Elizabeth Loftus y otros expertos han demostrado sobradamente que se pueden implantar falsos recuerdos en las cándidas mentes infantiles. Pero, no sólo en las infantiles.

En experimentos calificables como poco de inmorales, en consultas psicológicas o psiquiátricas, se logró generar falsos recuerdo en numerosas personas, en los años 90 del pasado siglo en EEUU.

Muchos adultos, incitados por sus médicos, hicieron aflorar en sus mentes el recuerdo de un maltrato infantil supuestamente perpetrado contra ellos por parte de sus progenitores. Como resultado de todo ello acabó emprendiendo una caza de brujas, que el escéptico Michael Shermer expone magistralmente en su libro “Por Qué Creemos en Cosas Raras”.

Los falsos recuerdos, como los verdaderos, se pueden describir con detalle, expresar con confianza y ser expuestos emotivamente. Sin confirmación independiente, es muy difícil saber de forma fiable si algo es una memoria auténtica o un resultado de la imaginación, los sueños, o alguna otra experiencia.

Y alguno se preguntará y me preguntará que a cuento de qué les hablo de falsos recuerdos…

Pues muy sencillo: esa es la principal táctica que se está empleando en España por parte de la izquierda y la derecha estúpida y acomplejada, desde el parvulario hasta la universidad, y luego es remachada por las televisiones y demás medios de información y creadores de opinión…

Un buen ejemplo de todo ello son las diversas series de televisión como “Cuéntame cómo pasó” y otras por el estilo. Hasta tal extremo de que gente que peina canas no se acuerda de cómo vivía durante los años del hambre, o cuando en los colegios se repartía la leche en polvo americana, o cuando…

No deja de ser chocante que siendo la partitocracia y la casi totalidad de los actuales partidos herederos del franquismo, el antifranquismo siga siendo uno de sus principales recursos dialécticos (habiendo pasado más de cuatro décadas desde la muerte del General Franco) de igual modo que en la Segunda República se recurría con frecuencia al antiprimoriverismo -por aquello del régimen del General Miguel Primo de Rivera- pese a que el PSOE colaboró estrechamente con el padre de José Antonio, así como tantos promotores del republicanismo. Para explicar esto, solo se me ocurren dos interpretaciones: la necesidad de correr un tupido velo respecto del pasado, lo cual es muy frecuente en los conversos (y la urgencia de convencer a todos de que se es cristiano viejo); y la falta de proyecto para construir un sistema político que sea perdurable y acorde con las necesidades reales de la sociedad española, y sin perder de vista la problemática en la que el mundo está inmerso en estos momentos.

 

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