Opinion

Federalizar y teñir a España de rojo

Pedro Sánchez ¿pretende una nueva orgía sangrienta que tiña de rojo de nuevo a España?

HAZ QUE PASE, dice el cartel bajo el que se ampara Pedro Sánchez. ¿Y qué quiere este señor que pase? Pues ya está claro. Se acabaron las conjeturas: Teñir España de Rojo, así lo afirma sin ningún rubor.

Es inmediata la reacción nada más oir estas palabras. A muchos nos estremece un escalofrío recordando aquella época por ellos tan añorada de la II República, precisamente por ese interés que parecen tener en emular a Companys, Largo Caballero, Dolores Ibarruri, y, por supuesto, Santiago Carrillo, que con denodado interés ya tiñeron a España de rojo asesinando a todos los que no participaban de sus ideas, especialmente si tenían sentimientos religiosos.

La represión contra civiles en la zona republicana durante la guerra civil Española fue una sucesión de acciones violentas al igual que las originalmente ocurridas durante la revolución bolchevique, cometidas por grupos de revolucionarios contra aquellos a los que percibían como sus enemigos de clase y, consentidas por aquellos que tenían posibilidades de haberlo impedido. En la España republicana, la persecución incluía tanto a empresarios, terratenientes, industriales, ensayistas, críticos literarios y políticos ya fueran teóricos o en activo, como a miembros y bienes de la Iglesia católica, a quien tradicionalmente las fuerzas de izquierda había visto siempre como alineada junto a las clases capitalistas y reaccionarias, actuando como un factor necesario para la represión psicológica del obrero. El número de religiosos muertos, sin contabilizar los seglares católicos que fueron asesinados, no por lo que supuestamente hubieran hecho individualmente sino por pertenecer a una asociación confesional católica o meramente por ser católicos practicantes,  ascenderá a más de 7.000, de los cuales 13 eran obispos, 2365 religiosos y 283 religiosas.

Esto de inflamar a las masas con argumentos mendaces, ya lo habían utilizado los anticlericales cien años antes. Entre 1831 y 1835 una epidemia de cólera, que se había originado en la India hacia 1817, se extendió por toda Europa. A España llegó en enero de 1833 causando más de cien mil muertos en toda España y medio millón de personas enfermaron. Los anticlericales aprovecharon para excitar a las masas afirmando que la culpa la tenían los frailes que habían envenenado las fuentes públicas; de modo que la masa enfurecida tiñe de rojo Madrid. En total, de 74 a 81 frailes en una noche.

Al año siguiente, también en julio, la plebe vuelve a ser azuzada para que exigiera el restablecimiento de la Constitución de 1812. En ese contexto se aprovechó para volver a los motines anticlericales fundamentalmente por el apoyo que daban las órdenes religiosas a los carlistas. Los más importantes tuvieron lugar en Zaragoza y en Reus, pero también en Barcelona y otras localidades catalanas durante los cuales fueron asaltados numerosos conventos y monasterios, resultando muertos setenta miembros del clero regular y ocho sacerdotes.

Esta violencia siempre se manifestó en contra de los derechos fundamentales de miles de personas, muchas de las cuales fueron asesinadas —incluso, tras sufrir tortura—. También se ejerció de manera sistemática contra aquellos bienes y objetos considerados símbolos de la religiosidad, dañando o destruyendo gran parte del patrimonio arquitectónico, artístico y documental. No se sabe con absoluta certeza quién quemó los alrededor de cien edificios religiosos que ardieron total o parcialmente aquellos primeros días del advenimiento de la Segunda República.

La causa más reiterada de las alegadas por los revolucionarios para los asesinatos del clero en 1936, fue que desde las iglesias y los campanarios se había disparado contra las milicias leales a la República o contra «el pueblo», una afirmación de la que no se pudo demostrar ni un solo caso, pero que los miembros de los comités revolucionarios creían firmemente porque se identificaba a la Iglesia con las derechas y se hacía caso de las «informaciones» y de las soflamas anticlericales de determinados periódicos. Por ejemplo, el diario de la CNT Solidaridad Obrera justificó la matanza de los Hermanos de San Juan de Dios del Hospital San Pablo de Barcelona con la absurda y nunca probada afirmación de que éstos habían administrado intencionadamente inyecciones letales a los enfermos o heridos.

Las tropelías que se produjeron en 1834, 1835 y posteriormente, tras la Revolución de Asturias y la guerra civil, siempre fueron causadas por la inacción del gobierno que permitió que los radicales a los que tanto habían azuzado, tanto en una ocasión como en otra, quemaran edificios religiosos sin oposición de nadie y que los asesinatos, como escribió Clara Campoamor, en la Dehesa de la Villa de Madrid se contaran por centenas a diario.

Sobre los causantes de este terror rojo muchos historiadores están divididos en cuanto a la explicación de los acontecimientos, pues mientras unos defienden que los asaltos a los conventos y los asesinatos de frailes fueron el resultado de un complot organizado por las sociedades secretas, incluida, por supuesto, la masonería, otros, con algo de ingenuidad, defienden la espontaneidad del movimiento.

Y con estos antecedentes, Pedro Sánchez ¿pretende una nueva orgía sangrienta que tiña de rojo de nuevo a España? Nos induce a pensarlo, no solo por los antecedentes de su partido, sino por la deriva que lleva, especialmente a partir de Rodríguez Zapatero, al que Sánchez supera al pactar con Bildu, el brazo político de la banda terrorista de ETA. ¿Cabe imaginar a Macron sacar adelante una votación con los secesionistas corsos, a diferencia de un Sánchez que no tiene ningún escrúpulo en plegarse por su ambición de poder? Ha pasado de darse el abrazo con Ciudadanos a darse el pico con la serpiente del separatismo filoetarra[1].

O también con el otro brazo en que se apoya, el catalanismo independentista, de Quim Torra al que, sin ningún pudor recibe como si fuese ministro plenipotenciario de un país extranjero, siendo como es un individuo supremacista que insulta a los españoles llamándoles bestias carroñeras, con una tara en el ADN.

Y a todos ellos hay que añadir a Pablo Iglesias, aquél que apareció en política echando de menos actuar con una guillotina en la Cibeles o amenazando a una locutora diciéndole que la azotaría hasta sangrar.

Sin embargo, siendo esto muy preocupante, lo más dañino para España es el craquelamiento, la parcelación, la rotura de la nación en mil y un trozos que Sánchez  pretende hacer tratando de convencer a la plebe de que la vieja piel de toro es como una sábana de la que pueden salir 20, o más servilletas. Si alguien le rebate diciendo que tendremos muchas servilletas pero perdemos la sábana que es un bien mayor, le contesta con tranquilidad pasmosa que las servilletas se pueden volver a unir y ya tenemos de nuevo la sábana….(sin comentarios).

España, es una gran nación con una historia rica en gestas gloriosas y algunos hechos risibles, según los personajes que han manejado el timón de la gobernanza. No parece que Sánchez esté abocado a realizar gestas gloriosas, más bien lo segundo al plantear que la Constitución que el PSOE defiende  “es la mejor manera de articular la unidad de España” para caminar hacia una “España federal en la que se reconozca la pluralidad y la diversidad de los distintos territorios”. “Tenemos que caminar hacia un estado federal, que exigirá, no solo reforzar elementos de autogobierno en aquellas CCAA que tienen esa vocación de autogobierno, sino mejorar todos los instrumentos de cooperación que existen entre el Estado y las CCAA”.

Es decir, en vez de dedicarse a solucionar las evidentes desigualdades de los españoles, que lleva a que lo de la igualdad sea uno de los mitos que peor se sostienen cuando se los confronta con la realidad: diferentes niveles de financiación, distinta dotación en infraestructuras, desigual calidad en los servicios públicos… Un simple repaso de los distintos indicadores autonómicos deja al descubierto la magnitud de esa desigualdad por incumplir el artículo 138.2 que dice: “Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales.” y el 139.1 que aún más claramente establece que Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado.”, a pesar de lo cual, y a modo de ejemplo reseñamos que la atención médica se encuentra con la dificultad de falta de comunicación entre sus bases de datos y de uniformidad en las prestaciones sanitarias a que tienen derecho los ciudadanos, salvo en el mínimo regulado por el Estado. Tampoco es igual la regulación de parejas de hecho, que depende de las autonomías, y muestra, no ya una clara descoordinación, (es posible inscribirse con una pareja de hecho diferente en cada Comunidad Autónoma y, además, estar casado e inscrito en el Registro Civil) sino evidentes desigualdades de derechos para los ciudadanos según donde residan, aunque la mayor desigualdad entre los ciudadanos se produce en los impuestos que se establecen según su lugar de residencia.

Y en vez de solucionar estas diferencias, pretende aumentarlas, porque la solidaridad regional desaparecería, las distancias entre las regiones ricas y pobres se exacerbarían para perjuicio de sus ciudadanos y el Estado tendría «serias dificultades» para «ejercer con efectividad» funciones como la defensa y las relaciones exteriores, la coordinación de las políticas educativas y sanitarias y la promoción de la cohesión social y territorial. Y en este sentido cabe destacar que los informes anuales del Consejo Escolar del Estado de las últimas dos décadas constatan la completa ausencia, por parte de los sucesivos Ministerios de Educación de una verdadera política de compensación de desigualdades regionales.

Llama la atención que estos políticos partidarios del despiece de España, son, al tiempo, fervientes admiradores del unitario estado francés, aunque su presidente a pesar del lema oficial de la República Francesa[2], sólo contempla de manera simbólica reconocer la singularidad de la isla de Córcega en una futura reforma constitucional.

No se entiende que Sánchez vuelva a insistir en la misma ideica ya fracasada en tiempos pasados. Si supiera algo de historia conocería el desastre que supuso el federalismo para la España de la I República. En sus primeros once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo, todos ellos del Partido Republicano Federal hasta que el golpe de Estado del general Pavía del 3 de enero de 1874 puso fin a la república federal proclamada en junio de 1873 y dio paso a la instauración de una república unitaria.

Mientras tanto, dio lugar a una constelación de cantones independientes. Los levantamientos se produjeron a nivel provincial como Valencia y Málaga, a nivel municipal como Murcia, Alcoy, Algeciras, Almansa, Andújar, Bailén, Cádiz, Castellón, Granada, Motril, Salamanca, Sevilla, Tarifa y Torrevieja y aún en municipios pequeños como el pueblo de Camuñas. Sin embargo, el más conocido es el  famoso Cantón de Cartagena bajo la inspiración del diputado federal murciano Antonio Gálvez Arce, conocido como Antoñete.

Los presidentes Salmerón y Castelar, representan una reacción conservadora que, con el apoyo del Ejército, restablecieron el orden, la autoridad y el gobierno frente al movimiento cantonalista. “El imperio de la Ley”, que defendía Salmerón. Efectivamente acabaron con el cantonalismo, pero esta jarana que provocó el sistema federal, además de la disgregación territorial de España, causó tal sangría que también hizo que la nación se tiñera de rojo.

En resumen, el teñir de rojo España, haya sido por odio a ideas políticas contrarias, o por odio a la fe, como ocurrió en la guerra civil, o por desunión política como con el federalismo que defiende el señor Sánchez, España se ha visto en varias ocasiones cubierta de rojo con la sangre de sus ciudadanos. Ciudadanos a los cuales de momento “motivan con la necesidad” de llegar a un acuerdo para cambiar la Constitución y de ese modo lograr “paz y estabilidad” en España. Así van macerando la opinión del pueblo hasta que logran reblandecerles tanto el cerebro que pueden afirmar que es necesario hacerlo porque la masa lo pide y ellos están al “servicio del pueblo”.

Nos tememos que pueda hacerse realidad ese afán de teñir de rojo a España si se cumple el objetivo que encubre su eslogan de campaña, como parece ser crear una Federación de Repúblicas Comunistas. Así que, ante ello y, por si acaso, decimos:

¡¡HAZ QUE NO PASE!!


[1] FRANCISCO  ROSELL, El Mundo, 7 abril 2019

[2] «Libertad, igualdad, fraternidad» (en francés, Liberté, égalité, fraternité) es el lema oficial de la República Francesa, así como la divisa del Gran Oriente de Francia. … Fue establecido por primera vez como lema oficial del Estado en 1848, por el gobierno de la Segunda República francesa.

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Valentina Orte

Licenciada en Geografía e Historia, fue profesora hasta su jubilación.

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