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El Leviatán despierta

Este totalitarismo no es otra cosa que el régimen liberal global en su forma descarnada, desenmascarada, brutal.

Imagen: Pixabay
Por Flavio Belisario

Nos encontramos frente a uno de los embates finales del Globalismo. Este esquema de poder, jaqueado por todas partes (Trump, Brexit, Gilets Jaunes, Ola Celeste), recurre a una última jugada desesperada: la instrumentalización de un virus y la construcción de una pandemia artificial utilizando todos sus cañones comunicacionales globales para inocular el terror en la población. No vamos a entrar en la discusión acerca de la naturaleza del virus. Es irrelevante (aunque debemos decir que no sorprende que este peculiar evento se haya originado en China, el principal interesado en sostener el sistema globalista luego de la ruptura de Donald Trump con dicho sistema). Lo único que nos interesa tener en claro es que la tan cacareada pandemia es una farsa cuyo único objetivo es inmovilizar y controlar a la población a escala global. El obsceno contador de infectados y de muertos, la cínica teatralización del gobierno italiano haciendo desfilar a los féretros por las calles y el incesante martilleo de los medios masivos de desinformación, todo forma parte de un mismo guión: la elite planifica, los gobiernos acatan y ejecutan (por oportunismo o por genuflexión), los medios aterrorizan y en consecuencia, el pueblo, el blanco de todo este mecanismo, es neutralizado y destruido; los restos de su parcial derrota son los individuos atomizados y encarcelados.

El Globalismo necesitaba recuperar el control de la situación. El hecho de que haya tenido que modificar el modelo de su control es el dato más relevante de toda esta situación: de un control indirecto basado en la manipulación de los impulsos básicos de los individuos (consumo, sexo, dinero) a un control estatal directo. Su enemigo es, naturalmente, el Populismo ¿Qué es el Populismo? La articulación de diferentes grupos sociales en el seno de los diversos países constituyendo un nuevo sujeto colectivo furiosamente anti-establishment y anti-iluminista. Esto y no mucho más puede decirse hasta ahora acerca de este fenómeno. Cada país presenta su propia versión. Hay que hacer hincapié, sin embargo, en su característica principal: es una construcción colectiva contingente. Una reacción popular creativa cuyo futuro está abierto. Esta es la cuestión. No se trata únicamente de reivindicar la autonomía nacional frente a las organizaciones supranacionales totalitarias como la ONU o la UE, sino además, de reivindicar lo colectivo: al ethnos, al narod, al Volk, al populus frente al hombre-átomo del Globalismo liberal. Es una guerra de nacionalistas contra globalistas y de populistas contra individualistas.

Ahora bien, el totalitarismo que estamos experimentando en este preciso momento no es nada nuevo. Tampoco se trata de una invasión comunista o fascista. Ni siquiera se trata de un nuevo tipo de glorificación del Estado. Por el contrario, este totalitarismo no es otra cosa que el régimen liberal global en su forma descarnada, desenmascarada, brutal. Esto es liberalismo, no otra cosa. Se trata de un liberalismo herido de muerte, asustado, que se ve obligado a mostrarse tal cual es: como un monstruo. Es el Leviatán. Esto está escrito. Se suele asociar inmediatamente al liberalismo con sus padres: Adam Smith o John Locke. Pero hay una tercera figura que el liberalismo con frecuencia se resiste a reconocer como parte de su familia: Thomas Hobbes (1588-1679), quien es, de hecho, el verdadero padre del liberalismo. Esta reticencia a reconocer a Hobbes por parte de los liberales se debe a que es el teórico del Estado Absoluto. Pero sucede que también es el filósofo que mejor teorizó a la sociedad como un sistema de reglas abstractas fundadas en la primacía del sistema judicial. Además, es a este hombre a quien le debemos la retórica que identifica a los deseos individuales en tanto ‘derechos’ legítimos y quien despojó a las pasiones individuales de todo sentido pecaminoso. Para Hobbes, todos los hombres ‘en estado de naturaleza’ (ficción analítica) son iguales y todos tienen derecho al máximo poder. Sin embargo, que cada individuo acceda al máximo poder y concrete todos los objetivos que sus pasiones les dictan es lógicamente imposible y por esta razón el estado de naturaleza es un estado de guerra de todos contra todos. En semejante estado de desorden, el único soberano es el miedo. La única solución a este dilema (fundado en el miedo) es el pacto mutuo de los individuos en el cual se comprometen a abandonar sus pretensiones particulares (pactum societatis) y a su vez someterse a un Soberano Absoluto que instaure el orden (un orden) que asegure la supervivencia de los átomos individuales (pactum subiectionis). Este artificio es el Leviatán, el lado oscuro del liberalismo. Una construcción monumental que Hobbes se esfuerza en presentar como todopoderosa, pero que en realidad no lo es. Porque su poder reside en dos cuestiones (y esto es lo importante): a) en el miedo y b) en el impedimento externo de movilización de los individuos-átomo. Es decir, el poder del Leviatán liberal es puramente negativo. Se erige sobre la inmovilidad de sus súbditos. Sin mencionar que está basado en el consentimiento de los ciudadanos (de los ciudadanos muertos de miedo). En su concepción mecanicista-cartesiana, Hobbes concibe a la libertad (liberty) simplemente como ausencia de impedimentos externos.

Es fácil observar que la jugada globalista liberal ha sido extraída de su polvoriento manual hobbesiano. El liberalismo entonces, en algún sentido ha involucionado. Ha dejado de endulzarnos el oído con los cantos de sirena de un John Stuart Mill y ahora intenta pintarnos un mundo más sombrío: la amenaza del estado de naturaleza, la muerte que acecha, fría e implacable. No hay mayor enemigo para el mundo liberal secular que la muerte. Hay que admitir que el plan es elegante, y en principio, muy efectivo: todo colectivo populista ha sido desbandado de manera automática. En este momento no hay pueblo alguno. Tampoco hay misa: Dios debe ser erradicado del mapa para que no haya ninguna otra esperanza para el individuo que la salvación por medio del Leviatán. Lo único que se observa por todas partes son individuos encerrados que denuncian a sus compatriotas que violan la cuarentena por temor al contagio, cuando no están masturbándose compulsivamente para descargar la energía que el miedo genera en el organismo. Los Estados proveen consecuentemente pornografía y plataformas de denuncias online. Todo marcha como el Régimen quiere. Al menos por ahora.

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En Argentina tenemos a un presidente que encarna al Régimen Globalista en forma plena y transparente. Sólo Macron en Francia es más servil. Alberto Fernández no es más que un avatar por medio del cual el Régimen se expresa. No hay nada que esperar de este hombre más que la reproducción acrítica de los dictados liberales-globales. El pueblo argentino deberá decidir más temprano que tarde si decide hundirse en las fauces del Leviatán junto con Alberto Fernández o si, por el contrario, lo rechaza y se salva. Creemos que pasado el shock inicial del terror mediático y la cuarentena, el pueblo argentino comenzará a reaccionar.

En definitiva ¿qué es el Leviatán, más allá de ser el nombre del Estado según Hobbes? En el Antiguo Testamento, es presentado como una bestia marítima indestructible que representa al Caos, o en otras palabras, a la anti-Creación. El Leviatán es nihil. La nada. Pero la nada en tanto algo. Es una bestia que representa a la nada. En términos metafísicos, el Leviatán representa la conquista del mundo sagrado por parte de las fuerzas del Caos que residen en el Inframundo. ¿Qué es esta bestia sino una enorme serpiente que se levanta desde la Oscuridad para devorar al mundo diurno del Bien, de la Luz, de la Belleza, de Dios? En otras palabras, estamos inmersos en una guerra metafísica, y por ser metafísica es una guerra más terrible que cualquier cosa que seamos capaces de imaginar. Perder esta guerra significa acelerar el Fin de los Tiempos. El Abismo se devoraría casi todo lo existente.

Pero creemos que estamos lejos de esto. Hay razones para ser optimistas. Este fenómeno pandémico traerá mucho dolor pero también muchas revelaciones y perspectivas esperanzadoras hacia el futuro. Tampoco hay que olvidar que este Régimen se funda en el consentimiento de los individuos. El liberalismo ha mostrado definitivamente su verdadero rostro monstruoso, sin mediaciones. Los individuos liberales han comenzado a entrar en contacto con la muerte. Han comenzado a tomar conciencia de que han nacido para morir. Comienzan a ver que sus vidas basadas en el consumismo y las banalidades han sido siempre una ficción. Esto significa el comienzo de la conformación de un nuevo ser, el ser posliberal. Este ser posliberal emprenderá una nueva lucha, y esa lucha girará en torno al lugar que le asignará a la muerte en su realidad: la muerte como fundamento es nihilismo, son las fauces del Leviatán, el terror perpetuo; pero la muerte como umbral hacia una nueva existencia, una existencia plena y verdadera, luminosa y eterna, es lo que comprende nuestro horizonte y toda nuestra esperanza.

Esta entrada se publicó por primera vez en Ante Diem Rationis

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1 Comentario

  1. El despertador

    30/03/2020 at 17:56

    Muy buen artículo, el liberalismo caerá, es necesario luchar por el mundo tradiciona

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