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Opinión

¿Quién necesita conspiraciones cuando los progresistas definen abiertamente el mundo post-coronavirus?

Las teorías de la conspiración necesitan métodos ocultos, poder no controlado y redes masivas para ser lo suficientemente creíbles y encontrar simpatizantes

Por John Horvat

Publicado en American TFP

Cualquiera que piense que la crisis del coronavirus ha representado una tregua en la furiosa guerra cultural está muy equivocado. Esta solamente se acelerará.

Igualmente, cualquiera que crea que existe una necesidad de elaborar complejas teorías de la conspiración para explicar lo que está pasando está equivocado.

Los pensadores “progresistas” declaran cómo conciben el orden post-coronavirus. No piensan en términos de una narrativa en la que todo volverá a la normalidad. Dicen que la tornemta pasará, pero que el mundo cambiará para siempre, preferentemente, a su imagen y semejanza liberal.

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Los pensamientos de estos visionarios deben de ser causa de preocupación para aquellos que defienden un orden moral y la Fe. Sus pronósticos excluyen las visiones de tales defensores, al considerarlas como desesperanzadoras, retrógradas e incluso peligrosas.

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Habla un visionario

Un visionario como tal es Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. No es un escritor al margen de las cosas. Sus libros han llegado a ser “bestsellers” del New York Times y recibido apoyos de gente como el ex presidente Barack Obama y Bill Gates. Si alguien puede habla para el establishment liberal, Harari tiene las claves. Su pronóstico post-coronavirus aparece en la boquilla formal del sistema, The Financial Times.

Su cosmovisión también refleja un mundo secular sin fe. En su libro Homodeus (2017), el doctor Harari argumenta que no hay Dios ni alma ni libre voluntad. Para él, la vida es simplemente una sucesión de reacciones químicas y algoritmos que interactúan y evolucionan con la naturaleza. Cree él que la humanidad tecno-habilitada dará lugar, finalmente, a dioses inmortales.

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Por tanto, este mago post-moderno representa lo innovador del pensamiento progresista. Esto es por lo que tiene sentido escucharle cuando habla. El autor hace tres observaciones espeluznantes sobre el futuro post-corona que no han de ser ignoradas.

Grandes cambios, hechos rápidamente

La primera observación es que la crisis del coronavirus va a cambiar la economía, la política y la cultura radicalmente, en un corto periodo de tiempo si los líderes mundiales actúan “rápida y decisivamente”.

Esta crisis acelerará “procesos históricos”. Permitirá a los oficiales dirigir experimentos masivos incluyendo incluso tecnologías peligrosas. Las decisiones que normalmente llevarían años, incluso décadas de deliberación, serán tomadas en cuestión de horas. En este clima de pánico, la gente aceptará medidas que nunca aceptarían en tiempos normales.

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Aquellos que comparten esta visión no desean un retorno a la normalidad. Ellos quieren un orden diferente que refleje su cosmovisión. Este futuro no se presenta como una elección sino como un hecho consumado. La crisis se impondrá sobre las naciones. No habrá punto de retorno a un antiguo orden.

Que los viejos paradigmas deben cambiar en conformidad con la “solidaridad global”. Las ideas anticuadas no funcionarán más en este bravo nuevo mundo. Tecnócratas informados, por medio de la “ciencia” y los datos, tendrán mayor capacidad de control del mundo que los oficiales elegidos.

El aspecto más preocupante de esta observación sobre el futuro es su carácter sigiloso. Entra en escena, no de manera distinta al coronavirus, rápidamente y sin el consentimiento de las partes afectadas.

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Vigilancia totalitaria o empoderamiento ciudadano

La segunda observación del doctor Harari es la era de vigilancia universal de los ciudadanos que está por venir. Él remarca que la crisis del coronavirus ya nos está brindando instrumentos online para la monitorización pública, aminorando todos los esfuerzos anteriores para observar a la gente. La crisis del coronavirus amenaza con “normalizar el desarrollo de herramientas de vigilancia masiva en países que las habían rechazado hasta entonces”.

El visionario progresista no es tan ingenuo como para pensar que esta tecnología no puede ser dañina o peligrosa. Un smartphone que transmite la localización de las víctimas del virus también puede programarse para monitorizar la temperatura y la presión sanguínea. El control médico también puede registrar fenómenos biológicos como las emociones, las alegrías y los enfatos. También podría medir reacciones a ideas conservadoras o liberales encontradas online. Toda esa información puede recolectada y vendida a departamentos de marketing de corporaciones… y a agencias gubernamentales.

Empero, el escritor afirma que la monitorización universal también puede ser una fuente de empoderamiento ciudadano. Esta sería beneficiosa si estuviera moderada por instituciones que construyeran relaciones de confianza. Su solución no es la reconstrucción de la confianza en la familia, la comunidad o la iglesia. En cambio, enumera instituciones que han traicionado esa verdad en el pasado y se encuentran en el núcleo de la guerra cultural.

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«La gente necesita creer en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios», señala él. En adición a la tensión, él desprestigia las teorías de las conspiración así como a «los políticos irresponsables que han socavado de manera no deliberada su confianza en la ciencia, en las autoridades públicas y los medios».

Por tanto, la narrativa progresista de la crisis del coronavirus sigue el guión de Harari, presentando el falso dilema entre la aceptación de una tecnocracia ilustrada o un totalitarismo irresponsable. Él excluye alternativas reales más alineadas al pasado americano.

Solidaridad global

La observación final presenta, sin embargo, un falso dilema. El profesor afirma que la sociedad post-coronavirus ha de elegir entre lo que él llama “aislamiento nacional y solidaridad global”. La opción normal de una nación que afirma su propia identidad, empero, comparte una humanidad común, no está encima de la mesa. La acción efectiva frente a la crisis solo puede hacerse a través de una cooperación global no siempre voluntaria.

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Por tanto, las naciones necesitan “compartir” información, tecnología y descubrimientos de manera global. Ha de haber un espíritu de cooperación global y confianza. Más bien se trata de una conclusión irónica desde que pocos creyeron a las autoridades chinas, que fallaron al “compartir” las noticias de la enfermedad cuando implosionó. Los científicos occidentales continúan cuestionando el uso creativo de la estadística, por parte de los comunistas chinos, para apoyar su agenda.

Esta nueva solidaridad ha de trascender todas las diferencias políticas, filosóficas y culturales. Un gobierno comunista, una teocracia islámica o una dictadura brutal son iguales en su gran esfuerzo para salvar vidas. Él predice un tipo de comunidad universal coordinada por líderes y tecnócratas ilustrados.

«Igual que los países nacionalizan industrias clave durante la guerra, la guerra humana contra el coronavirus puede requerirnos una “humanización” de las líneas cruciales de producción». El célebre autor imagina que las naciones ricas recurrirán a los países pobres incluso para buscar personal sanitario y distribuir suministros vitales de una manera más justa. La cooperación global también se necesita en el frente económico ya que las naciones ricas serán “invitadas” a compartir la riqueza.

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Tales sueños comunales de cooperación global son raramente nuevos. Estos han ocupado los sueños de los planificadores sociales utópicos, que solo están deseando de imponer sus planes al mundo, siempre con resultados catastróficos. No obstante, el pánico de esta crisis es cómo lo inconcebible se hace posible.

Un futuro sin Dios

Las tres observaciones de Yuval Harari tienen características en común. La primera es una notoria hostilidad hacia la perspectiva de guerra cultural de muchos americanos. Estos son descartados, como fuerzas de desunión que se oponen a la “ciencia” y la solidaridad global.

Una segunda característica alarmante es una voluntad para esquivar procedimientos establecidos y libertades, con el fin de imponer su cosmovisión sobre la nación.

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Finalmente, el plan de juego de Harari excluye un marco moral basado en estándares objetivos sobre lo correcto y lo erróneo, incluso sobre el Estado de Derecho. Igual que uno que no cree ni en el alma ni en la libre voluntad, él niega cualquier rol de la religión y de Dios. El suyo es un mundo frío y brutal sin propósito o redención.

La narrativa de Harari se encuentra en la avalancha diaria de noticias. Es fácil encontrar las medidas, métodos y objetivos que señala entrelazados en la crisis. Un editorial reciente de The Wall Street Journal, escrito por Henry Kissinger, repite la idea de que la crisis “alterará el orden mundial para siempre”.

Una innumerable cantidad de escritores, pensadores y políticos hacen eco de este amenazante mensaje.

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Las teorías de la conspiración necesitan métodos ocultos, poder no controlado y redes masivas para ser lo suficientemente creíbles y encontrar simpatizantes. Sin embargo, en el caso de la crisis del coronavirus, ¿quién necesita teorías de la conspiración? Pensadores como Yuval Harari escriben, abiertamente, sobre su espeluznante y futuro post-coronavirus sin Dios.

Afortunadamente, Dios también tiene un futuro en mente. Sigue escribiendo, con renglones torcidos. Él podría tener algunas sorpresas que los visionarios progresistas no pueden ver.

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