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Análisis

Del Estado y las formas de gobierno (filosofía política / politología)

El mando exige mayores cualidades de virtud y de talento que cualquier otro oficio. Si un solo hombre virtuoso ejerce el poder en orden al bien común, tal forma de gobierno es la monarquía.

Del Estado

La existencia del Estado nace de la propia naturaleza social, racional y libre del hombre. Esta naturaleza humana exige una autoridad o magistratura encargada de procurar el bien común y reclama, a la vez, que los hombres esclarecidos y destacados por su virtud y su saber se pongan a la cabeza y al servicio de sus semejantes, dirigiéndolos, como el capitán que dirige un barco. El hombre, por naturaleza, es un ser social y sociable, como había ya indicado Aristóteles. Un hombre asocial o es un genio, un ser sobrehumano, o un animal; la vida asocial o aestatal es un signo de naturaleza bárbara, de infrahumanidad. Por debajo del hombre está, como ser no social, sino gregario, el animal; por encima, Dios.

De este modo, el Estado constituye un producto de la naturaleza, no en el sentido de algo causado por ella, sino de algo que hacen los hombres en virtud de los hondos e intrínsecos impulsos de su ser; y, puesto que todo lo que es natural procede de Dios, el Estado es, en concreto, obra divina.

Con respecto al Estado, las causas secundarias son, ante todo, las relaciones humanas, y a ellas debe atender una teoría del Estado. El Estado es, por tanto, un producto del instinto social y de la institución del hombre.

La vida comunitaria del hombre arranca, pues, de su insuficiencia para vivir aislado o solitario. Pero por la razón se hace valer en la convivencia. Lo mismo también por la lengua. Gracias a ella puede el hombre comunicarse con sus semejantes, coordinar y concertar sus recíprocas relaciones. El hombre, podría decirse, es un ser parlamentario, un ser social.

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Ahora bien, si el hombre por naturaleza es un ser sociable, y siendo imposible la sociedad humana sin autoridad que la dirija, ésta es tan natural y tan de Dios como la sociedad misma. Toda autoridad legítima, sea paterna, ciudadana o nacional viene, por tanto, de Dios; y no está en el poder del hombre suprimirla, como no está el cambiar su naturaleza.

La forma primera y más elemental de agrupación social a que impulsa al hombre su naturaleza es la familia. Sin ella no podrían darse las demás formas de sociedades. Por ello Cicerón la llamó principum urbis et quasi seminarium reipublicae (la familia es el principio de la urbe y la semilla de la res pública). Pero resulta al mismo tiempo insuficiente. La vida humana tiene otras necesidades, que ve cumplidas en la comunidad política o en el Estado. El Estado está ordenado a facilitar a los hombres cuanto les sea necesario para vivir, y vivir bien. La razón del Estado no es otra que facilitar a los ciudadanos el bienvivir temporal.

Pero el Estado no tiene por qué procurar a cada hombre su bien propio y su felicidad personal. El hombre es un ser libre por naturaleza y libremente tiene él también que buscar su felicidad. El Estado tiene la misión preeminente de ordenar una situación social básica en donde la búsqueda de la propia felicidad sea factible al hombre.

La felicidad humana sólo es total en la bienaventuranza eterna. Por eso el Rey debe procurar a la comunidad una vida en que sea posible la búsqueda de ese fin eterno y bienaventurado (II, c.13). El Rey debe introducir en sus dominios una buena vida, conservar lo bueno que haya, mejorarla, evitando los males temporales y morales. Por eso debe procurar fomentar el orden ético en sus ciudadanos. Pero un Estado que no cuente con medios o bienes materiales suficientes no logrará la práctica de la virtud, porque sin ellos es imposible su práctica.

El Estado debe buscar ante todo la gratia vivendi, esto es que los hombres tengan cuanto les haga falta para poder vivir. Pero con ello sólo no cumple el Estado su misión; debe incluso procurar sublimar la vida, la dignidad del hombre. Tiene también el Estado una misión ética. Debe buscar también que los hombres no sólo vivan conforme al bien. Ello dentro de los límites y en la proporción que es posible conseguir por medio de las leyes.

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El Estado realiza su fin ético por medio del derecho. Pero el derecho es un mínimum ético.  Ni prescribe los actos de todas las virtudes, ni prohíbe los actos de todos los vicios; únicamente manda o veda aquellos actos cuyo valor ético tiene un sentido inmediatamente social. El derecho debe prohibir aquellos males de mayor gravedad que atacan a la existencia misma de la sociedad y los que suponen un prejuicio o agravio a los demás. Lo mismo respecto a la virtud: únicamente mandará aquellos actos que en sí mismos tienen un sentido social.

La razón de ser del Estado la hacen los hombres y familias agrupados en sociedad, sobre lo que debe buscar un bien común. Dado que el Estado existe por el hombre, una de las primeras exigencias de una teoría del Estado estribará en tener una idea adecuada acerca del hombre.

El hombre no es únicamente un ser social, es ante todo un ser personal. Por eso el Estado debe coordinar el bien común, que ha de buscar para los hombres, con la libre determinación de la persona. El hombre como persona es un ser libre, de forma que el Estado debe respetar este albedrío del hombre. Los hombres no pueden ser manejados como objetos, sino como personas, que se hacen y forjan también sus destinos.

Si el bien común es lo que exige constituirnos en sociedad e implantar sobre nosotros mismos la autoridad o el poder que nos una y gobierne, es también al mismo tiempo la razón de ser del Estado. Un Estado que no procurare el bien común para la sociedad, o incapaz de procurarlo, se constituye ipso facto en gobierno ilegítimo, y mediante un pronunciamiento puede y debe ser sustituido. Sin embargo, el Estado no debe abandonar la nave del gobierno por imposición de minorías ni de mayorías más o menos mediatizadas. El régimen establecido implica un pacto bilateral que sólo puede rescindirse normalmente por acuerdo de las dos partes.

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No se repara sólo en los derechos, sino también en las aptitudes. Los pobres, si no son muy buenos, no deben tener puestos de gobierno, porque están en mayor peligro de cometer injusticias con el fin de asegurar su porvenir. El mando exige mayores cualidades de virtud y de talento que cualquier otro oficio. Los males de las repúblicas no están sólo en los súbditos y en las riquezas del subsuelo de los pueblos; nacen también las más de las veces de la falta de talento y de virtud de sus gobernantes.

De las formas de gobierno

Si es cierto que la autoridad viene de Dios a través del pueblo, son los hombres a quienes toca señalar la forma de gobierno. Las formas de gobierno no son sino las formas en que actúa y se ejercita ese poder. El poder político pertenece por derecho natural a la comunidad, quien transfiere a una, o a varias o a muchas personas para que lo ejerciten. La comunidad política realiza una concesión en virtud de la cual se transfiere el ejercicio del poder como un oficio público. Por tanto, el poder político sólo puede ser ejercido a título de representante o gerente de la comunidad.

Cuando se determina las formas del ejercicio del poder, es decir, las formas de gobierno, se atiene a un doble criterio, a saber: primero, quién ejerce el poder público y, segundo, si el poder público se ejerce con miras al bien común. Si un solo hombre virtuoso ejerce el poder en orden al bien común, tal forma de gobierno es la monarquía. Si lo ejerce una minoría selecta, aristocracia. Si el pueblo en general, democracia. Pero si no se atiende al bien común, el régimen es llamado tiranía cuando el poder lo ejerce uno solo. Oligarquía, cuando lo detentan unos pocos. Demagogia, cuando es una multitud quien impone sus criterios.

En síntesis, hay tres formas de gobierno, en general buenas: monarquía, aristocracia y democracia; y tres formas corruptas del poder: tiranía, oligarquía y demagogia.

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Las teorías de las formas de gobierno no pueden ser interpretadas como meras diferencias numéricas de personas en las que está el poder. Si bien la diferencia numérica efectivamente existe, hay otras diferencias que vienen en el modo de ejercer el poder. Si todos pueden ser igualmente designados para el desempeño del poder, tenemos la democracia; si el criterio para la designación de los gobernantes consiste en cierta cualidad no común ni genérica respecto a todos los demás, sino propia de alguno de ellos solamente, tenemos la aristocracia; si el título a que se atiende para el nombramiento del gobernante es una cualidad que no es común a todos, ni propia siquiera de un determinado sector de él, sino que resulta exclusivamente suya, tenemos la monarquía.

Las leyes que en la monarquía da el Rey se llaman constituciones reales; a las que en la aristocracia dicta la minoría gobernante se las llama senadoconsultos, y plebiscitos a las correspondientes al régimen popular. Entiéndase que aquí se hace referencia a formas rectas de gobierno, pues de lo contrario no hay verdaderas leyes; a las formas degeneradas se las engloba todas bajo el nombre común de tiranía.

Aunque se puede ser partidario de alguna forma de gobierno en estricta justicia, ninguna de estas es absoluta. En primer lugar, toda forma de gobierno halla su orientación y su guía en el bien común. Pero, además, por encima del poder político, normándolo y limitando su acción, está siempre y en todo caso la ley divina, hasta el punto de que las decisiones del poder político que se opongan a ella son nulas, carecen de fuerza de obligatoriedad y deben ser desobedecidas. Asimismo, el poder está sujeto al derecho natural, a la ley natural, con respecto a la cual el derecho natural está en la relación de parte a todo. También el gobernante está sujeto a la ley.

En el seno de una multitud cuyos miembros disienten en sus opiniones no puede formarse una unidad social, porque la unión consiste precisamente en que todos atendieran a sus fines particulares sin ocuparse de los comunes, la sociedad se disolvería. De ahí que el fin principal del gobierno político es la consecuencia de la unidad social, y, como para ello evidentemente tiene en sí más poder lo que es uno que lo que es múltiple, resulta evidente que el gobierno de uno solo es preferible al de muchos.

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Si en las formas rectas de gobierno la preferencia se toma de mayor a menor bondad —monarquía, aristocracia, democracia—, en las formas corruptas —tiranía, oligarquía y demagogia— el orden de valoración es inverso: la forma corrupta peor es la tiranía de uno solo, y la menos mala es la democracia corrupta, mientras que la oligarquía ocupa la posición intermedia. La tiranía monárquica o gobierno de uno solo en provecho de su interés personal es la pésima de las formas degeneradas de gobierno. Y la democracia corrupta es la menos mala de las formas injustas de gobierno.

Si la tiranía monárquica es la pésima de las formas corruptas de gobierno, no es menos cierto también que la monarquía degenera en tiranía menos frecuentemente que la democracia. El gobierno ostentado por muchos se derrumba mucho más frecuentemente en la tiranía que en el representado por uno solo. La monarquía es aquella forma de gobierno en la cual el poder total del Estado, la plenaria potestas, se encuentra en las manos de un solo hombre que ejerce como gerens viem totius multitudinis, como representante de toda la comunidad. Se llama rex simpliciter cuando quien gobierna lo hace en bien de toda la comunidad y concentra en su mano la plenitud del poder. Esta monarquía puede ser electiva o sucesoria. Las dos formas son buenas y tienen sus ventajas.

El gobierno del reino debe ser organizado de tal modo que se le quite al monarca toda ocasión de convertirse en tirano. Su poder debe ser regulado de forma que no pueda derivar hacia la tiranía.

Hay una modalidad de régimen mixto formado de los tres ya mencionados, que resulta ser el más óptimo. Se hace eco de la organización política de los lacedemonios, en la que hay un rey (principio monárquico), un cuerpo de senadores (principio aristocrático) y una asamblea de éforos de elección popular (principio democrático). Permítaseme transcribir aquí un texto de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino en el que puede verse sintetizada esta forma mixta de poder de la que se habló en este inciso:

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«Para la buena ordenación de los gobernantes en una ciudad o nación, dice, hay que atender a dos cosas. Primero, que todos tengan una parte en el gobierno, pues por ello se conserva la paz del pueblo y todos amas una tal ordenación y se hacen sus defensores, como se dice en el libro segundo de la Política. En segundo término, hay que atender a la forma del régimen, es decir, al modo de organización del poder. Existen diversas especies de gobierno, según enseña Aristóteles en el libro tercero de la Política. Sin embargo, las principales son: el reinado, en que uno solo gobierna, según la virtud; la aristocracia, es decir, el régimen de los mejores, en donde gobierna una minoría, según la virtud. Por consiguiente, la mejor forma de gobierno en cualquier ciudad o reino será aquella en la cual uno sea puesto al frente del Estado e impere según la virtud, y subordinadamente a él colaboren otros magistrados principales, y, sin embargo, tal régimen sea de todos, en cuanto todos pueden ser elegidos y electores. Tal es, en verdad, todo régimen bien combinado de monarquía, en cuanto que uno rige o preside sobre todos; de aristocracia, en cuanto un crecido número participa en el régimen, según la virtud, y de democracia, es decir, de gobierno popular, en cuanto los gobernantes pueden ser elegidos del seno del pueblo y al pueblo pertenece la elección».

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