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¿Ustedes lo vieron? Pues yo sí

Ciudadanos que a las voces de los malditos franceses “capitulad y os vestiremos” ellos respondían “no sabemos rendirnos, y nuestras carnes sólo se cubren de gloria”

¿Ustedes no lo vieron? Con esta pregunta Pepe Pallejas inquiría a unos forasteros venidos de Madrid con el objetivo de unirse al ejército de Palafox en el sitio de Zaragoza. Buscaban a cierta persona importante de la ciudad y se encontraron con este Pepe Pallejas, llamado por sus paisanos Sursum Corda, cojo y mendigo que conocía a la perfección no solo cada rincón de la antigua ciudad sino también a sus gentes, a sus gentes y a sus historias. Pero si algo conocía igualmente eran todos y cada uno de los hechos heroicos, los combates, los lugares donde habían tenido lugar y el nombre de los muertos. Por ello mientras los forasteros recorrían las calles en busca del hombre ante el cual querían presentarse, Sursum Corda les contaba sus historias y al final de cada una les preguntaba “¿Ustedes no lo vieron? Pues yo sí.

“La campana de la Torre Nueva suena con clamor de alarma.

Cuando esta campana da al viento su lúgubre tañido, la ciudad está en peligro y necesita de todos sus hijos”.

Episodios Nacionales – Zaragoza. Cap. VI pag. 30
Don Benito Pérez Galdós

Les hablaba de una Zaragoza cuyos ciudadanos corrían a defender su libertad y contra la tiranía, medio desnudos, calzados con unas simples alpargatas y el cachirulo enrollado en la cabeza, hambrientos, muchos tocados por la enfermedad, heridos en su mayoría, pero todos absolutamente convencidos de que la libertad estaba en peligro, ciudadanos que a las voces de los malditos franceses “capitulad y os vestiremos” ellos respondían “no sabemos rendirnos, y nuestras carnes sólo se cubren de gloria” ¿Ustedes no lo vieron? Pues yo sí…

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Eso era lo que respondían los orgullosos y valientes defensores de Zaragoza, hombres y mujeres, ancianos y niños, todos unidos contra el tirano francés, contra el gabacho que quería imponer un nuevo régimen luego de haberles sustraído a su rey y haber cercenado sus libertades para imponer un nuevo gobierno en Zaragoza, en Valencia, en Madrid… en España. Y aún el General Palafox le respondía al emisario del Mariscal Jeannot de Moncey cuando este le exigía su rendición “Decidle a vuestro Mariscal; no sé rendirme: después de muerto hablaremos de eso”

Como el conocido “tío Garcés” zaragozano de bien que tal era su compromiso con la libertad que decían de él que llevaba un cartel en la frente que rezaba “He aquí un hombre inconquistable”

Sin embargo; y acabados los días en los que Zaragoza había estado viva, llegaron los días de la Zaragoza que tenía que sobrevivir, y conforme la ciudad era, literalmente, batida, y los muertos empezaban a acumularse en las calles, en los muros que aún quedaban en pie, en las capillas y en las iglesias convertidas en terribles campos de batalla y luego en cementerios donde se amontonaban los cuerpos pálidos e inertes de los defensores, en los fortines transformados en ruinas por el fuego de los morteros y de los cañones del francés, mientras el número de heridos y de los muertos empezaba a equiparse al de los que aún se sostenían en pie, que no vivos, las enfermedades y la peste se alió con el francés y llegó a decirse que “los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay tanta gente con calenturas…(una epidemia en la ciudad)…”Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, señores, puro miedo” Así lo expresaba entonces Don Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales.

Y es que Zaragoza tenía hambre, Zaragoza estaba enferma, Zaragoza estaba al borde del colapso en lo que a su defensa se refería… hambruna hasta un punto en el que los vivos le robaban la escasa comida que podían quitarle a los muertos en los combates, cuerpos muchos horriblemente mutilados que se amontonaban por doquier, una sardina rancia, un chusco enmohecido de pan duro, la corteza semi podrida de algún resto de queso, cualquier cosa que aún quedara en sus morrales aunque fueran solo unas migas. Pero ahí estaban los de la “Gaceta” para infundir ánimo a los defensores de Zaragoza.

Llegó el momento de las noticias fantásticas acerca de ejércitos españoles que llegarían de Tudela, de Teruel, de Valencia o de Castilla y que se acercaban a ayudar en la defensa de la ciudad, noticias que celebraban la derrota de los gabachos en algún lugar entre Zaragoza y un punto de España, del que nunca se decía cuál.

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Se arremolinaban los zaragozanos en la Plaza de la Seo, en cualquier plaza, o en cualquier lugar donde las noticias de la “Gaceta” fueran a ser leídas para animar e infundir esperanza al pueblo. Aquella “Gaceta” que llegó a decir que el general Reding pronto estaría en Zaragoza con sesenta mil soldados de apoyo, o que los ingleses subían desde Gibraltar y que ya estaban casi a las puertas de Santa Engracia, -tranquilos que pronto entrarán por la Puerta del Carmen carros y carros repletos de comida!- Pero ni la comida ni ejércitos salvadores llegarían jamás a la sitiada ciudad de Zaragoza. Mas a pesar de que los zaragozanos sabían que todo (o parte) era mentira, se tragaban aquellas noticias porque les infundían esperanza.

No sé si fue entonces y a raíz de todas aquellas mentiras, no sé si piadosas porque eran muy crueles, o por otro tipo de noticiarios de similares contenidos, que se acuñó una expresión la cual ha llegado hasta nuestro días, y que dice “mientes más que la gaceta”.

El horror y el valor lo describiría así Pérez Galdós en un breve fragmento:

“Nos revolvimos en el puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían á acometernos, y tropezamos unos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura.

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-¡Atrás, canallas!…

El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, saltando sobre los exánimes cuerpos y los montones de tierra, sobre las ruinas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica.

Era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado, marchaba majestuosa basta la horrible brecha. Pirli, que yacía en el suelo herido en una pierna, exclamó con terror:

-Manuela Sancho, ¿a dónde vas?

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Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás. Ocurrió esta transformación portentosa por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos, sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después.”

A diferencia de la España actual, aquellos zaragozanos estaban combatiendo al tirano.

Que gran desazón, porque a los españoles de hoy lo que les aterra es que un guardia les ponga una multa por no llevar puesta la mascarilla. 

¿Acaso se ha rendido España? ¿Es posible que estos españoles que viven hoy sean descendientes de aquellos que defendieron su libertad en Zaragoza, Valencia, Madrid y en toda España? ¿Ustedes no vieron lo que aquellos lograron (o no guardan memoria de)? Pues yo sí.

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Ignoro que noticias les estarán trasmitiendo los medios en España a los españoles, noticias de la UE y/o del Reino Unido en cuanto a la gestión de la situación sanitaria actual, por lo que sólo podría hablar de lo que conozco, de lo que vivo a diario, de lo que veo, y en este sentido lo que ha ocurrido en España, y lo que al parecer está ocurriendo, no tiene punto de comparación con lo que pueda estar pasando en otros países de la UE o está pasando en Reino Unido, dónde la gestión de la “pandemia” no ha dejado tocada a la sociedad ni hundido la economía, no al parecer como todos los analistas económicos internacionales están advirtiendo sobre España.

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