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PODCAST: La cara oculta del suicidio

Hemos caído esclavos de la tiranía de nuestras pasiones, de nuestras emociones y caprichos.

Un factor cada vez más característico en nuestra sociedad, es su capacidad para vivir en constante contradicción. Así, entre otros disparates; aplaudimos portadas exclusivas del bebé de la celebridad que, años atrás fue celebrada por ejercer su “derecho al aborto”, promovemos leyes grotescas de consentimiento sexual al tiempo que alentamos la promiscuidad más bestial, apoyamos los avances de la fertilización artificial al tiempo que evitamos la natural fecundidad de mil maneras, y, en el colmo de nuestra incongruencia, celebramos, cada 10 de septiembre, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio a la vez, que fomentamos tanto la eutanasia como el suicidio asistido. 

Dicha celebración, que fuera establecida desde el 2003, por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio en conjunto con la Organización Mundial de la Salud; tiene como fin crear conciencia sobre el suicidio. Ya que, de acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud, se estima que 703.000 personas al año se quitan la vida en todo el mundo. Además, por cada suicidio se estima que otras 20 personas intentan suicidarse y muchas más albergan pensamientos suicidas. El suicidio se encuentra entre las 20 principales causas de muerte a nivel mundial y más de una de cada 100 muertes (1,3%), en el 2019, tuvieron como causa el suicidio.

Ante este desalentador panorama, las instituciones involucradas en la prevención del suicidio buscan, según sus propias palabras; crear esperanza a través de la acción, recordando que existe una alternativa al suicidio a través de establecer “redes de confianza” y promover el cuidado de la salud mental. 

Y es que no es casual que, a medida que nos alejamos de Dios y rompemos hasta con los que solían ser los más íntimos y estrechos lazos familiares, las enfermedades mentales aumenten, dando lugar al terrible suicidio. Uno de los fundadores de la sociología, Emile Durkheim, a finales del siglo XIX introdujo el estudio del factor comunitario en el suicidio e identificó la anomia como una condición social que surge generalmente por la falta de una ética común a causa del desarraigo y la ruptura de los valores y normas morales que guían a una sociedad. También señaló, que la ruptura de los lazos sociales provoca un desequilibrio al inducir a las personas a procurar bienes individuales en perjuicio del bien de la comunidad. Es importante resaltar que Durkheim señala que las religiones, especialmente la católica, proporcionan la base de los valores compartidos de los que carece el individuo que sufre de anomia. Así, encontró menos suicidios entre los católicos que entre los protestantes, menos entre los matrimonios que entre los solteros y menos entre aquellos que tienen hijos que entre quienes no los tienen. 

Si bien es un hecho que existen enfermedades mentales, cuyas condiciones requieren la intervención de profesionales en la materia, también lo es que gran parte de los problemas psicológicos en nuestra sociedad, son producto de nuestro estilo de vida que, al tiempo que reafirma hasta los más absurdos caprichos del individuo, le arrebata todo aquello que da un sentido trascendente a su existencia; hundiéndolo en la apatía y en el solipsismo (que postula que la realidad externa sólo es comprensible a través del yo, y que es imposible conocer la realidad objetiva). Por ello, es común que muchas personas traten de solucionar el estrés, la ansiedad, la depresión y otros males similares a través de diversas terapias; ya sean de corte profesional a través de psicólogos, comunitarias a través de grupos de ayuda y hasta esotéricas como lo son varias propuestas de la nueva era. Sin embargo, las promesas de la mayoría de dichas terapias son mucho mejores que sus limitados resultados puesto que la realidad es que, el grave problema de salud mental va en aumento, cobrando cada vez más vidas.

Con su abierto y constante rechazo a la ley natural, nuestra civilización se está suicidando, propiciando la muerte de sus miembros más vulnerables. Nos ha alejado; del amor a Dios en el cual el hombre encontraba un sentido trascendente a todo lo acontecido en su vida, haciéndolo capaz de afrontar hasta los episodios más dolorosos con fortaleza y esperanza; del temor a Su ley que nos mostraba y guiaba por el camino recto; del profundo cariño al suelo que nos vio nacer y el respeto por nuestras raíces que nos mantenía arraigados, en esa tradición heredada que a cada generación le toca transmitir y enriquecer; de la familia que, con todos sus defectos y debilidades permanecía unida, fuerte y estable, proporcionando un enclave en el cual refugiarnos y descansar en las tormentas de la vida; de las amistades profundas que eran almas, sino gemelas, personas en las que se podía confiar encontrando empatía, apoyo y consuelo. 

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No se puede negar que el totalitarismo ideológico imperante está arrastrando a muchos, especialmente a los más jóvenes, a los vicios que debilitan y enferman su cuerpo pero que, sobre todo corrompen y envenenan su alma, al grado que varios de ellos acaban por rechazar hasta la característica esencial a todo ser vivo; la preservación de su propia vida. La sociedad del “amor es amor”, en realidad desprecia todo, pues para ella, nada es sagrado, nada es amado y nada es inviolable; ni Dios, ni el matrimonio, ni los hijos y ya ni siquiera, la vida. Despreciando todo lo trascendente hemos acabado por negar lo natural, rechazando la existencia del alma hemos acabado por despreciar el cuerpo y apartando a Dios de la sociedad estamos destruyendo al hombre mismo. Vivimos en una cultura del úsese y deséchese que enferma y hasta mata, tanto el cuerpo como el alma de muchos de sus miembros y, hasta que no ataquemos el problema del suicidio de raíz, los múltiples esfuerzos actuales seguirán siendo insuficientes. 

Puesto que, una sociedad que devalúa tan atrozmente la vida humana no es capaz de prevenir un suicidio que, por otro lado, alienta ante el sufrimiento, la enfermedad, la debilidad, la invalidez y un cada vez más largo etcétera. Y es que, parecería que hemos llegado a la conclusión de que hay vidas dignas de ser vividas y otras que sólo son dignas de ser cegadas, al negar todo sentido trascendente y sobrenatural del dolor.

Ni el numeroso entretenimiento a nuestro alcance, ni las caras alegres y sofisticadas mostradas en las redes, ni el constante barullo en el que nos sumergimos para no pensar; nos permiten ocultar el desencanto y hastío que pesa en nuestra desesperanzada sociedad la cual, buscando vivir sin límites está pavimentado el camino que lleva al abismo, a la destrucción y a la muerte. 

Huyendo del camino revelado por Quien es verdad y vida, hemos caído esclavos de la tiranía de nuestras pasiones, de nuestras emociones y caprichos. Parafraseando a San Agustín, podemos concluir que nuestra alma estará inquieta, insatisfecha y atormentada, hasta que no regrese a Dios quien, con Su gran amor, creó el corazón del hombre, para que descansase, en el corazón de Dios. 

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Escrito por

Angélica Barragán Abascal (Daughter of Cortes - Hija de Cortes) es esposa y madre mexicana residente en Estados Unidos.

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