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Nuestro deber es decirles que la verdad los hace libres

El diálogo y el consenso son el fruto posmoderno de creer que no existe la verdad.

Imagen Pixabay

Una definición etimológica de la filosofía nos arroja la idea de que esta es una pasión, un amor, una amistad, que se establece con el conocimiento. Aristóteles lo señalaba en su metafísica al decir que todos los hombres, por naturaleza, queremos saber. Véase que esta tendencia se manifiesta en nosotros desde que somos pequeños, pues el mundo que nos rodea nos despierta la curiosidad y es cuando aparece en nosotros el fenómeno de la pregunta. ¿Por qué hace calor? ¿Por qué cae la lluvia? La mirada inocente de nuestros primeros años nos conduce a las cosas mismas, la inquietud de la inteligencia nos ubica ante una realidad que nos asombra, y como tal, nos maravilla, siendo que como un instinto, queremos saber por qué el mundo es como se nos comienza a presentar. 

Los que hemos tenido la experiencia y la oportunidad de obtener un poco de formación filosófica, redescubrimos al niño que preguntaba sin prejuicios. Redescubrimos nuestro estado de inocencia en donde las cosas que nos parecían bellas eran contempladas sin la presunción de creernos dueños de ellas. Redescubrimos, sin embargo, nuestro natural estado de ignorancia por la que la filosofía nos induce a escapar de dicha situación. Empezamos a darnos cuenta, además, que las cosas no eran como los otros nos contaban o como nosotros, ingenuamente creíamos que eran. La buena formación filosófica nos pone los pies sobre la tierra y nos hace comprender que la realidad, toda la realidad nos supera. La buena filosofía nos forja la virtud de la humildad. 

Resaltemos esto último. De acuerdo a la concepción materialista de la realidad, todo se explica en términos físicos. Los científicos más recalcitrantes han llegado al consenso de que una explicación de los fenómenos en términos no materiales es una pseudo-explicación. Pero no es que la doctrina materialista en sí misma sea consistente, nada de eso. Lo que pasa es que el engreimiento y la soberbia intelectual les ha llevado a la asunción de una creencia que no se puede demostrar por medio de las mismas herramientas de las ciencias naturales. Hoy se cree que la medida de la verdad es lo que proviene única y exclusivamente, de las ciencias ‘duras’. Por lo tanto, el conocimiento filosófico o religioso, no es un conocimiento verdadero; afirmarían. A esta doctrina filosófica (irónicamente) la llamamos, cientificismo. Un científico honesto debería considerar que la misma ciencia no tiene la capacidad de explicar todos los acontecimientos que existen en el mundo, por la lógica interna de la ciencia, pues ella solo trabaja con lo que puede ser cuantificable. Pero Dios o la consciencia, no son entidades físicas, por lo que la ciencia no tiene jurisdicción y mucho menos autoridad para proclamar que aquello no existe o no es real. 

En este sentido, una de las características de la filosofía es que aspira al conocimiento de todo y no solo de lo que es visible, como en el caso de la ciencia. La filosofía va más allá de lo que es estrictamente medible. Pero también, la filosofía no admite un discurso basado en las emociones o en los prejuicios comunes. Ella, al contrario, fundamenta lo que dice, en la razón. Por eso es que el ejercicio filosófico es patrimonio únicamente de nuestra especie humana. Sin embargo, no son pocos los políticos que han buscado desterrar de los sistemas educativos actuales, su enseñanza. Es bien sabido que los tiranos encuentran a los que piensan por sí mismos como sus más grandes enemigos. A estos hombres que no se dejan adoctrinar es necesario extirparlos de la comunidad. La filosofía es crítica, pues no admite la idea de normalidad. Donde el común de los mortales asume lo que se impone como la norma, el filósofo encuentra anomalías en lo que la gente asume sin cuestionar. Tomemos como ejemplo paradigmático, el caso del virus chino que paralizó (tiranizó) al mundo por los últimos dos años. Los que cuestionaron la opinión dominante fueron cancelados y censurados. ¿Y qué decir de las famosas vacunas? Los efectos negativos de su aplicación, que los medios no reportan, es la prueba de lo que significa ser un borrego del sistema de dominación mundial. Pero además de que la filosofía estudia lo que no es cuantificable, de su naturaleza crítica y racional, ella es parcial. Pero se es parcial por una sencilla razón: la verdad siempre divide. Cuando uno toma partido no es por nada menos que por la verdad, esa es la búsqueda del filósofo y al encontrarla debe honrarla aceptándola como aparece. La objeción sentimentalista de los posmodernos, es sostener que la verdad es una pretensión totalitaria de unos cuantos que quieren imponer su cosmovisión particular a todos los demás. Sin embargo, véase de cómo en nuestros días, cuestionar los movimientos homosexuales o feministas: está prohibido. ¡Pero se nos impone creer que sus doctrinas son verdaderas! Tomar partido, significa que, ante todo, se elige seguir la verdad hasta donde esta nos lleve. 

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Ahora bien, siendo que la filosofía es racional, crítica y parcial, el ejercicio pleno de esta, se concentra en la discusión. Sin embargo, la ‘alternativa’ menos combativa es el diálogo y el consenso. Pero lo cierto es que las sociedades progresan cuando circulan toda clase de ideas y se discuten racionalmente, mediante la presentación de argumentos a favor o en contra. Pensemos por un momento en aquellos que creen que el aborto es un derecho ¿A qué consenso se puede llegar con los que creemos que no lo es? Aquí ya tenemos una discusión de posturas. Porque el diálogo solamente se da entre aquellos que tienen un sistema de creencias parecido y no con aquellos que difieren totalmente entre sí. ¿A qué consenso puede llegar un musulmán, un católico y un ateo? A ninguno: ¡son cosmovisiones diferentes! El diálogo y el consenso son el fruto posmoderno de creer que no existe la verdad. En cambio, la discusión pone el foco en la verdad de los argumentos y en la fundamentación que le damos a nuestras propias ideas. Lo auténticamente civilizado es discutir racionalmente y no consensuar o dialogar. Dos personas sensatas pueden discutir sus posturas, toda vez que ambos están de acuerdo que lo que se debe buscar, es únicamente la verdad. 

Pero lo que, lamentablemente observamos, es una mediocridad intelectual de nuestras sociedades, la incompetencia de tantos individuos masificados al intentar fundamentar sus opiniones, la pobreza mental de los que no quieren discutir. Y sobre todo, cómo se ha ido sacando poco a poco el ejercicio filosófico de los espacios públicos para no confrontar las ideas dominantes que circulan por todas partes. Hoy, que existen tantas ideologías chapuceras es cuando más pensamiento crítico debería de existir en las escuelas, universidades, medios de comunicación y redes sociales. Y no solo porque es bueno en sí mismo, sino porque hay amenazas reales que intentan cercenar nuestra libertad de pensamiento. La censura, la cancelación y lo políticamente correcto están a la orden del día. Nuestras sociedades cada vez están más adoctrinadas y el antídoto contra ello, es la filosofía. Como deber de los que vamos escapando de aquella caverna de sombras, según la alegoría de Platón, es intentar convencer a los nuestros que aún están en la oscuridad, de que la realidad no es la que nos venden los medios de comunicación, ni las redes sociales, ni lo que nos enseña Hollywood, ni las modas absurdas, ni las ideologías políticas, ni lo que opinan los influencerstenemos que decirles que deben resistir a lo que otros nos intentan imponer. Nuestro deber es decirles que la verdad los hace libres. 

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