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El papel del Presidente y las elecciones norteamericanas

Frederick D. Wilhelmsen
Frederick D. Wilhelmsen

         Un Presidente norteamericano ejerce un papel que no puede compararse con cualquier otra institución en la política occidental. Por un lado el Presidente recibe su mandato del pueblo y por lo tanto la presidencia es profundamente democrática, pero esta democracia no es inorgánica ya que el laurel de la victoria electoral no viene del sufragio universal sino de un sistema federal de cincuenta “Estados” o regiones, que votan como tales Estados. El voto de un habitante de Alaska pesa treinta veces más que el voto de un habitante de Nueva York. Los ciudadanos de los Estados no eligen al Presidente de modo directo, sino a través de un llamado “Colegio Electoral” formado de 538 hombres. El Estado más poblado, Nueva York, cuenta con 43 votos, mientras que Nevada —un desierto— tiene solamente tres. Por lo tanto, siempre queda la posibilidad de que un candidato con una minora popular obtenga la victoria.

         De esa forma, “los Padres de la República” querían que la Presidencia reflejara dos principios; a saber, el democrático y el federal o foral. Lo hicieron a fin de evitar una dictadura basada en una popularidad efímera que quisiera evitar el principio federal o el papel constitucional de los Estados. Por eso la presidencia norteamericana, en cuanto a su origen, no puede compararse con una “república presidencialista” al estilo de la Francia de De Gaulle. Históricamente la Institución americana ha manado de un suelo político que no ha conocido la atomización de la sociedad, producida por la Revolución Francesa.

         Por otro lado, un Presidente desempeña una labor y ejerce una serie de funciones semejantes a un Rey tradicional:

1.° Su gabinete se forma de Secretarios nombrados por el mismo Presidente y son responsables directamente ante él y no ante el Congreso.

2.° Es Jefe del Estado y al mismo tiempo Jefe del Gobierno.

3.° Es Jefe de las Fuerzas Armadas.

4.° Dirige toda la política exterior y solamente el Senado puede frenar su poder en las relaciones con los países extranjeros, porque tiene reservado el derecho de rechazar los Tratados propuestos por el Presidente.

5° En el interior, la Constitución exige que el Presidente “aconseje” al Congreso en cuanto a legislación, ya que solo el Congreso puede hacer, modificar, o anular una ley. Pero este “consejo” hoy día es más poder que consejo, ya que el Presidente generalmente es jefe del partido de la mayoría.

6.° A través de su partido, el Presidente es fuente y origen de un ejército enorme de funcionarios del Gobierno y así su poder llega a la aldea más humilde y olvidada de los Estados Unidos.

7.° En todo, menos el nombre, el Presidente es Alcalde de Washington.

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       Mucho antes de que Donoso Cortés descubriera en las asambleas medievales “una resistencia orgánica y un límite natural contra la expansión indefinida del Poder público”, y antes de que proclamase como principio fundamental de la política esta verdad de que es imposible limitar el Poder público desde dentro, los fundadores de la Unión Federal americana la habían hincado en el meollo de su Constitución. Un Presidente americano no es responsable ante el Congreso, pero sí encuentra en él un límite y un freno a su poder inmenso. Y el Congreso tiene detrás de él a cincuenta Estados, cada uno de los cuales goza de su propio gobierno interno, red de leyes, “fueros”, y libertades. Simplemente para indicar algo de esta riqueza de libertades y florecimiento de diversidad, pongo dos ejemplos: El Estado de Texas (la Navarra de los EE. UU.) tiene su propio ejército, y el Estado de Nuevo Méjico publica todas las leyes en castellano igual que el inglés, porque allí ambas lenguas son oficiales.

       Detrás del drama de la lucha electoral este año hay dos concepciones del papel de la Presidencia, en cuanto a la política interior del país americano. Una filosofía política, la de Goldwater, frenará el poder creciente del gobierno central y el del Presidente, en pos de una adhesión al ideal federal de los fundadores de la Unión Federal. Lo harían en nombre de la libertad. La otra filosofía, la del liberalismo de los seguidores de Johnson, agrandaría aún más el poder de la Presidencia y del gobierno central. Lo harían porque piensan que los problemas actuales pueden resolverse solamente a través de la centralización acentuada del poder en la persona del Presidente y alrededor de su administración.

       Si el lector español quisiera discernir algo de la complejidad de la política americana expresada tan dramáticamente en la lucha amarga entre Goldwater y Johnson, valdría la pena meditar un momento sobre una ley política descubierta hace unos años por el Profesor Willmoore Kendall, conocido filósofo político norteamericano: En todo lo que tenga que ver con su vida personal e íntima, el americano tiende a ser “conservador”, en términos americanos, que se traduce en castellano más adecuadamente por la palabra “tradicional”; pero en todo lo que tenga que ver con la política lejana y distanciada de su vida cotidiana tiende a ser “liberal”, palabra que equivale —con unos matices de diferencia— a lo que quiere decir la palabra “liberal” aquí en España.

       Esta esquizofrenia política ha producido un fenómeno irónico: En este siglo, el electorado casi siempre ha puesto a un liberal en la Casa Blanca, mientras que ha elegido un Congreso más o menos “conservador”. Por lo tanto, el votante siempre ha puesto a un liberal en abstracto en la presidencia, mientras que el Congreso ha sido un espejo de su adhesión concreta a las antiguas tradiciones del pueblo. Esto se ve muy claramente en el asunto de los “derechos de los Estados” (fueros) y en el asunto de la ayuda económica y financiera proporcionada a los países afroasiáticos. El Congreso ha defendido los fueros contra una Presidencia cada día más poderosa y ha tratado de frenar el anhelo presidencial de gastar el dinero de los ciudadanos ayudando a países neutralistas como la India y comunistas como Yugoslavia. Esta tendencia por parte del electorado americano ha cruzado las líneas trazadas por los dos partidos hasta formar lo que pudiéramos llamar “terceros partidos no oficiales”, el partido del Presidente y el del Congreso. Aunque los demócratas suelen ser más liberales que los republicanos, el mismo fenómeno existía en los tiempos de Eisenhower, único Presidente republicano desde 1932. La estrella de Goldwater que ha caído, no solamente en América, sino en el mundo occidental entero como si hubiera sido una bomba, puede entenderse tomando en cuenta el hecho de que por primera vez, en los últimos seis o siete lustros, un candidato por la Presidencia ha levantado la bandera hasta ahora defendida únicamente por el Congreso: Fueros por dentro y anti-comunismo por fuera.

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       Unida con la “Ley de las dos Mayorías” captada por el profesor Kendall, hay otra ley que tiene un rigor indiscutible: Cuanto más nos distanciamos del Este, tanto más encontramos una resistencia tanto al poder como a la política de la Casa Blanca. Hasta ahora, el Partido Republicano ha encontrado su cuerpo en el Centro-oeste pero su cabeza en el Este. Hay una gran concentración de dinero bancario en el Este que hizo posible las candidaturas de Dewey (1944, 1948), de Eisenhower con éxito (1952, 1956), y de Nixon (1960). El Este no representaba la opinión de los republicanos del Centro-oeste y aún mucho menos de los del Oeste, pero ha sido capaz de manejar el destino del partido hasta que Goldwater levantase su bandera. La aparición de Goldwater en el teatro de la política americana se debe en parte a un viraje en población y en riqueza hacia el Oeste. Aunque el bloque de Estados que forma el Oeste, la antigua frontera americana, ha recibido mucha ayuda de Washington para desarrollar su economía, se sienten cortados de un papel decisivo en la vida pública del país. Ya que el dinamismo espiritual del pueblo americano siempre empieza en el Este y termina en el Oeste, este último siempre se encuentra defendiendo unas tradiciones americanas contra aquellos que se las otorgaban y que ahora las han abandonado. Todo lo bueno y todo lo malo del país cruza el continente desde el Atlántico hasta llegar al Pacífico. Una situación semejante existe en las relaciones entre España y el resto del Continente europeo. Podemos decir que la frontera antigua, en la persona de Goldwater, se ha levantado en contra de la Frontera Nueva de Kennedy y Johnson.

       Los Goldwaterianos —hartos de una política dirigida por “El Establecimiento” de la costa atlántica— se han apoderado del partido republicano aunque hay muchos que piensan que debieran haber esperado cuatro años más. Irónicamente las tropas del Senador de Arizona suelen ser o los ciudadanos más viejos o más jóvenes del país. Representan una reivindicación de una América más anti comunista, más descentralizada, más independiente de Washington, y cortada del sentido de bienestar que domina el ambiente americano. El mejor amigo que tiene Johnson es el nivel tan alto de la vida y el miedo hacia Goldwater quien pregona una cruzada contra el comunismo. La coexistencia o la victoria, son los lemas que han dividido al país en dos.

       Históricamente el partido demócrata ha encontrado su apoyo en su bastión del Sur, que no perdonaba a Lincoln por haber sido republicano, y en las minorías raciales del Norte. Los demócratas del Norte han sido liberales y los del Sur conservadores, pero ahora el Sur se inclina hacia la postura del Senador Goldwater, debido a su adhesión a la antigua estructura federal del país, pero los demócratas han recuperado esta pérdida por haber ganado mucha simpatía en el Centro-oeste que está abandonando su antiguo republicanismo. Todo esto indica un cambio de adhesiones y de lealtades en la vida política americana.

Esta campaña electoral ha despertado un polvo de odio y de rencores hasta ahora desconocidos en los Estados Unidos. Dos ideologías resaltan ahora con toda su crudeza y brillantez. A pesar de las acusaciones de la corrupción y de la inmoralidad lanzadas contra el Presidente Johnson por los partidarios de Goldwater, es el mismo Goldwater quien ha resaltado como la figura más controvertida de la política moderna occidental. Johnson en su discurso aceptando el nombramiento de candidato por el partido demócrata habló como si la eliminación de la pobreza y un nivel más alto de la vida fuesen las metas de la civilización occidental, en este momento de la historia. Goldwater, en su discurso, habló de una “civilización nueva atlántica” libre de la amenaza del Comunismo renovada en su espíritu cristiano y despojada de ideologías extrañas. ¿Se ha puesto Goldwater en contra del río de la historia y de una coexistencia inevitable como dicen sus enemigos? o ¿ha hecho una llamada a la conciencia, no solamente de América sino del Occidente entero, en su cruzada contra el comunismo y en su insistencia de que la única tarea digna de hombres libres es, ahora, la reconquista del occidente? Hay un tajo desgarrador entre estas dos posturas. Los Estados Unidos, por primera vez desde la Guerra de Secesión, son un país dividido en dos bandos cuyas lealtades no permiten ninguna tregua.

Federico Wilhelmsen (publicado en Montejurra nº 1, 2-8 noviembre de 1964)

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