Manipulando que es gerundio…

Por Carlos Aurelio Caldito Aunión.

Manipulando que es gerundio…

El mayor –posiblemente-  especialista en revoluciones y conquista del poder, José Stalin, decía lo siguiente: «De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario».

Manipular significa manejar. Manipular consiste en emplear trucos –engañar- para influir sobre otras personas cuando éstas tienen que tomar decisiones, es hacerles creer que estás buscando su felicidad, y de ese modo conseguir que adopten una actitud de servidumbre más o menos voluntaria. Manipular es conseguir que una persona tome determinadas decisiones, de la misma manera que lo consigue un encantador de serpientes…

Para conseguir manipular no es imprescindible ser la persona más inteligente del mundo, sino poseer astucia y un cierto grado de falta de escrúpulos, hasta el extremo de que los manipuladores llegan a manipular a personas más inteligentes que ellos. El manipulador actúa con automatismos. El manipulador repite hasta el hartazgo, hasta aburrir, una palabra o frase. Estamos hablando de lo que los lingüistas denominan frases y palabras talismán.

Las palabras talismán son vocablos que a lo largo del tiempo han adquirido un enorme prestigio, una fama inmerecida en la mayoría de las ocasiones, llegando a tal situación que nadie osa ponerlas en cuestión.

En el siglo XVII, la palabra ORDEN, en el siglo XVIII, la palabra RAZON, en el siglo XIX, la palabra REVOLUCIÓN. En el siglo XX y comienzos del XXI, la palabra talismán por excelencia es la palabra LIBERTAD.

El vocablo LIBERTAD, le otorga un brillo especial a todas las palabras a las que acompaña, también les da un enorme prestigio de manera automática a todas las que se le parecen, o guardan cierta relación con ella, como INDEPENDENCIA, AUTONOMÍA, CAMBIO, COGESTIÓN, y últimamente aquello “DERECHO A DECIDIR”… Por supuesto, los manipuladores, populistas, demagogos  utilizan una retórica vacua, una ambigüedad calculada para de ese modo evadirse cualquier clase de revisión crítica, de cualquier tipo de cuestionamiento.

Tal como decía un poco más arriba, los europeos del siglo XVIII concedieron rango de talismán a la facultad humana destinada a captar el orden existente y crear nuevas formas de orden: la razón, palabra mágica que constituyó el orgullo del Siglo de las Luces. Esta época de exaltación de la facultad racional humana culminó en la Revolución Francesa. Revolucionario era quien luchaba por un cambio social, político, y económico profundos, de tal magnitud que elevara al hombre a niveles acordes con su dignidad. Por el contario, el contrarrevolucionario era considerado un individuo reaccionario, enemigo de la soberanía suficiente que le otorga al ser humano el libre uso de la razón.

Durante el siglo XIX fue el término «revolución» el que suscitó un enorme entusiasmo y consiguió una tal fama que, se encumbró a la condición de «talismán».

Las grandes revoluciones modernas tenían como meta alcanzar cotas nunca logradas de libertad. En el siglo XX, aunque el enorme prestigio del vocablo “revolución” y sus derivados no disminuyeron, consiguió imponerse como talismán el término «libertad», que, como ya mencioné anteriormente, convirtió a ciertos vocablos afines en vocablos talismán por proximidad y por supuesto, representantes del sumun de la exquisitez y de la excelencia.

Permítaseme que les diga que no debemos dejarnos enceguecer, engatusar, amedrentar por la fama, generalmente inmerecida, por la autoridad y la buena fama de las frases y palabras talismán, permítanme también que les recomiende, los invite a que esté en guardia y los sometan a revisión.

Son muchos los vocablos y las expresiones con un prestigio inmerecidos, pese a su pobreza de contenido, pero que logran por hacerse acompañar por la palabra libertad y similares, como son los casos de  “igualdad”, o “equidad”, a los que se les suele añadir otra palabra de moda: “género”; relacionado, cómo no,  con la denominada “perspectiva de género” de la que todos hablan y apenas nadie sabe, o mejor dicho, no desea saber…

Pocos saben que la ideología neo-marxista, de nombre “perspectiva de género”, cuestiona hasta la pertenencia de los humanos a la Naturaleza, y niega la existencia de la herencia y afirma sin sonrojo que nacemos asexuados, y lindezas por el estilo.

Pasemos ahora al uso de los términos cambio y progreso. Desde el punto de vista etimológico, progresar y regresar hacen referencia  a un movimiento de ida y vuelta en el espacio y poseen un carácter neutro desde el punto de vista axiológico: no tienen un valor concreto, ni positivo ni negativo.  Igualmente el mero cambio no implica más que la alteración de algo; no implica necesaria ni inevitablemente un ascenso a una situación más elevada y prestigiosa. Sin embargo, las expresiones «ir adelante», «adelantar», «salir adelante»… nos las presentan asiduamente provistas de un carácter valioso, en contraposición a los infinitivos «estancarse» y «retroceder». La voz estancamiento queda, así, enfrentada al término talismán libertad y adquiere automáticamente un tono peyorativo. No se olvide que quien pretende manipular actúa siempre con automatismos; procura por todos los medios evitar dirigirse a la inteligencia de las gentes, y busca “epatar” desde el punto de vista emocional y afectivo. Debido a la «valoración por vía de contraste», la mera oposición a un término desprestigiado -en este caso, «estancamiento»- cubre de prestigio automáticamente a los términos «progreso» y «cambio». Pero se trata de un prestigio falso, vacío, iluso, fantasmal, pero terriblemente eficaz si el manipulador es una persona hábil y no estamos ojo avizor.

Cuando un político, o un tertuliano de cualquier medio de información, o un intelectual dicen de sí mismos que son «progresistas», lo hacen porque están convencidos de que el “palabro” (permítaseme el neologismo) posee un grandísimo prestigio y los encumbra y los dota de una autoridad casi incuestionable.

Si retomamos el significado de la palabra “progreso” podríamos afirmar que es lo que, para bien y para mal, ha llevado al género humano desde los tiempos más primitivos a disfrutar del bienestar que disfrutamos hoy día. Desde esta perspectiva, otorgar de forma excluyente el vocablo “progresista” a los que comulgan con una determinada doctrina política es un absoluto sacrilegio lingüístico, pese a que se haya consolidado entre nosotros casi de forma definitiva… Progresistas fueron Sócrates, Aristóteles, Epicteto, Séneca, Leonardo da Vinci, Galileo, Descartes, Einstein, madame Curie y muchísimos pensadores y científicos más, ingenieros, arquitectos, médicos y personas de los diversos ámbitos de la ciencia que emprendieron acciones para que los humanos lográramos beneficiarnos de sus descubrimientos, y consiguiéramos mayores cotas de bienestar y felicidad.

Si despojáramos a la palabra “progresista” de ciertas adherencias ideológicas que le quedan del pasado y carecen de toda vigencia en la actualidad, le ocurriría como al personaje de “El traje nuevo del emperador” o cuentos similares…

Insisto nuevamente. Es necesario estar atentos y analizar concienzudamente el lenguaje y no tenerle miedo a las palabras.

Hay que realizar actos de existencia, manifestar el desacuerdo, interrogar a los papanatas y decirles ¿de qué libertad habla usted, de qué progreso, de qué igualdad, de qué equidad…?.

Estén seguros de que los manipuladores responderán con violencia, con dureza, sin ninguna tolerancia, con el ánimo de descalificar, con intención de vencer, pues lo que menos les importa es convencer.

Hay que mantener la calma, aguantar, pues ni son demócratas, ni les interesa la libertad, les interesa coaccionar a los demás para que piensen como ellos. Trataran de amedrentar, recurrirán a todo lo inimaginable, tratarán de criminalizarnos, recurrirán a la falacia ad hominem, y toda clase de falacia lógica, pero hay que mantenerse firmes, y no rehuir el combate pues está en juego nada menos que nuestra libertad en el sentido único que debe dársele a la palabra, la de ser personas capaces de elegir, sin tutela de ninguna clase, y de hacernos responsables de nuestros actos, como personas adultas…

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