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¿Por dónde empezar con el perdón?

Los intentos actuales de reabrir episodios dolorosos del pasado han de ser tratados con cuidado, de forma que se pueda homenajear, recordar e incluso hablar sobre ello, pero sin llegar a emplear aquel dolor para exacerbar el odio a los descendientes.

Foto: Pixabay

En estos días se habla mucho de “remover” el pasado para facilitar el perdón, aspecto que no es en sí una tarea fácil. Es cierto que en ocasiones “olvidar” no lleva al perdón, tampoco parece que “remover” el pasado vaya a conseguirlo, si simplemente se dejan las heridas abiertas.

Una situación difícil, la de las víctimas de uno u otro bando, que ha separado a familias y dejado a viudas y huérfanos, pero que con el tiempo se va normalizando la situación, hasta dejar el pasado atrás.

Si bien es cierto que algunas personas reclaman cierto nivel de reconocimiento sobre las víctimas para homenajearlas, eso no tiene porqué conllevar que vaya a servir para cerrar las heridas y perdonar, al contrario, “aprovechando” esa situación, se puede conseguir el efecto contrario, es decir que se exacerben las emociones y que aquello que estaba enterrado sirva para justificar el odio y la intolerancia entre los supervivientes.

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Esta es una cuestión que se plantean diversos países, tal y como en el caso de Polonia, que trata de “borrar” el pasado, la crudeza de los campos de concentración y las víctimas que fallecieron allí, para evitar que determinados sitios sigan siendo lugar de peregrinaje para los supervivientes.

Una realidad difícil de lidiar, pero que no debe de llevar a situaciones como la que me han comentado de un docente universitario, durante una estancia de investigación en México, donde algunos compañeros de la universidad se sentían mal por su presencia, considerándole un “representante” del pueblo invasor, ese que en tiempos de Colón acabó con buena parte de la civilización existente.

Una situación, que, a pesar de ser histórica, no tiene nada que ver con esa persona, más allá de por ser español, a pesar de lo cual, las heridas abiertas hacían que quinientos años después le viesen con recelo.

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Esto sería como si en Benidorm, cuando se está paseando al lado de la playa, hubiese uno de tantos turistas que fuese alemán, y que rápidamente pudiésemos pensar que se trata de un descendiente de nazis. Situaciones así estarían dando cuenta de una falta de perdón hacia el pasado, y por tanto de tener las heridas abiertas, con emociones en contra de unos u otros.

Es por ello, que los intentos actuales de reabrir episodios dolorosos del pasado han de ser tratados con cuidado, de forma que se pueda homenajear, recordar e incluso hablar sobre ello, pero sin llegar a emplear aquel dolor para exacerbar el odio a los descendientes.

Para ello, nada mejor que contar con la ayuda de profesionales de la psicología, especializados en el tratamiento del dolor psicológico, y que están presente en situaciones de emergencia y catástrofes.

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Estos profesionales saben escuchar, pero también dar apoyo, conociendo que parte del dolor debe ser expresado mediante lágrimas o gritos, y que las ceremonias conmemorativas sirven para ayudar a superar la pérdida, y el dolor que genera.

Una profesión la del psicólogo de emergencias, que se enfrenta casi a diario a las situaciones más difíciles que se pueda imaginar, pero que sabe que, con el tiempo, y con el apoyo psicológico adecuado, la persona va a recuperar su vida, sin tener porqué olvidar ese hecho, aceptándolo y siguiendo adelante.

Si en estos intentos por la reconciliación, únicamente se cuenta con historiadores, políticos, y mediadores, y no con psicólogos especializados, es difícil que el “éxito” de dicho perdón se pueda garantizar, ya que los intereses personales de historiadores, políticos y mediadores no siempre están con las víctimas, si no con el “hacer historia” al “remover” el pasado, e incluso “sacar votos” de dicha situación.

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El perdón requiere de tiempo, pero también de esfuerzo por parte de la persona, no basta con olvidar, pero tampoco sirve de nada estar rememorando continuamente lo acontecido en el pasado, ya que eso impedirá a la persona poder seguir con su vida, al encontrarse “anclado” en el pasado, con el dolor que aquello le provoca.

Sin duda se trata de un largo camino que se ha de seguir de la mano de un profesional que ayude a que la memoria histórica sea respetada, pero sobre todo sea asumida como parte de la historia, sin que con ello sirva de justificación para los sentimientos de odio hacia alguien.

El odio precisamente sería la prueba de que aquello no está curado, y que, por tanto, a la persona todavía le queda un camino por recorrer antes de poder conciliar su vida con su pasado.

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Es una importante cuestión que se plantean algunos países en donde se han dado situaciones de violencia entre sus habitantes, y en donde han de aprender a convivir entre ellos, sin odio, y para eso la única forma que hay de hacerlo es, a través del perdón.

Por Juan Moisés de la Serna (Doctor en Psicología, escritor, divulgador científico de psicología y neurociencia) | Madrid

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