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Zumalacárregui, “el tío Tomás”, en el XIX; Franco, “el generalísimo”, en el XX; ¿Quién en el XXI?

Se lucha porque no hay otra, pues la alternativa que les ofrecen es matar o morir.

«¡Muchachos! ¡Se os pregunta si queréis la paz o la guerra!» «¡La paz! », gritaron miles de voces…  (Revista a las tropas carlistas guipuzcoanas por el Infante Carlos en Elgueta, antes del “abrazo de Vergara”)

Al principio de una guerra, como la carlista en 1833, siempre hay gente bastante idealista, aunque la mayoría deba optar por el bando que ocupe el terreno donde, normalmente, se asientan los que no pudieron escapar antes de iniciarse el conflicto. Pero luego, apenas han sufrido la pérdida de un ser querido, la tolerancia se torna en furia y ésta en irracional venganza. Olvídense de lo que han leído o visto en el cine, casi nadie persigue en ese tipo de combates alcanzar el reconocimiento público con una corona de roble. Se lucha porque no hay otra, pues la alternativa que les ofrecen es matar o morir.

Por el contrario, apenas dos decenios antes, entre 1808 y 1814, la España unida que a veces aflora con una ilusión común, emprendió una tenaz lucha contra los ejércitos de Napoleón, donde unos guerrilleros desarrapados vencieron al ejército más poderoso de Europa.

¿Y por qué empieza una guerra civil?

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La cuestión sucesoria tras la muerte de Fernando VII en 1833 desató la primera contienda civil española que desembocó después en un conflicto armado inacabable, fue la conocida como guerra carlista. Aunque no se debatía con ella únicamente el eventual derecho sucesorio de don Carlos María Isidro (auto nominado como Carlos V) sino, como siempre, la disputa entre las dos Españas. Una, la cristina, estaba apoyada por los estamentos centralizadores burgueses y liberales, frente a la otra mitad, los carlistas, donde se reflejaba el tradicionalismo foral, con el apoyo mayoritario de la nobleza y el clero. Los reglamentos no escritos de la ley del talión fueron la única religión de ambos bandos; lo mismo los aplicaban unos que otros.

Ya en su inicio, el administrador de correos de Talavera de la Reina que alzó la bandera de la rebelión contra la Regente Mª Cristina, fue fusilado junto con varios de sus compañeros. Siguieron los levantamientos en Bilbao y Álava, con alternativas a favor de unos y otros, hasta que Tomás de Zumalacárregui convirtió en pocos meses una tropa inexperta en un ejército eficaz y temible. Las escaramuzas anteriores dejaron paso a una etapa de crueldad y violencia inauditas. Tal fue la imagen bárbara que daban nuestros compatriotas que provocó la condena de Europa y su intervención para humanizar el conflicto. Vano intento, porque el pasaje bíblico «ojo por ojo, diente por diente» siguió aplicándose con prisioneros y vencidos. Era la sacralización del término «retaliación», que recoge la RAE como equivalente a represalia y la sustantivación práctica de esa ley del talión milenaria que los españoles hemos rescatado del Código de Hammurabi. Como si los 3800 años que han pasado desde entonces no hubieran podido humanizarnos algo más.

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«Ahí tenéis a vuestros hermanos, que os aguardan. Corred a abrazarlos como yo abrazo a vuestro general»

(Abrazo entre Espartero y Maroto en Oñate (Guipúzcoa) en 1839 que dio fin a la I guerra carlista)

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La historia atestigua que el mal acosa cuando el hombre deja libres las pasiones y margina sus valores. Ahora bien, ese mal siempre tiende a personificarse. Así se observa que unos y otros lo sitúan en sus enemigos, lo conectan con los «vencidos», no importa si fueran los otros quienes vencieron. Más o menos así ocurrió con nuestra guerra civil del siglo XX y nuestro abrazo a la “democracia”.

«Libertad, libertad sin ira, libertad. Guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad sin ira, libertad. Y si no la hay, sin duda, la habrá…»

(Canción del grupo español Jarcha, representativa de la transición española a la democracia)

La gran desgracia de España es haber tenido entre los siglos XIX y XX, dos guerras civiles a cual más sangrienta y cruel. Durante ellas, todos los hombres que se manifestaban a favor de uno de los bandos tenían la cruz y la penitencia cuando caían en manos del otro. Las tendencias políticas mueven pasiones irreconciliables, lo estamos viendo en estos días en que sufrimos un gobierno dedicado a sembrar odio y desenterrar ofensas, con el rencor como norma. Pues bien, aunque pueda parecer lo más cómodo, nadie debiera permanecer al margen de esta realidad perversa si quiere evitar tener que sufrir sus consecuencias.

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La naturaleza se rige, sin embargo, por unas leyes que acreditan la inefable sabiduría del Creador. Ahora bien, una vez que la semilla del odio se siembra en el corazón de las gentes, éstas ven truncado en caos su orden. Tanto, que los poderes caóticos que ahora nos desgobiernan se afanan por desestabilizar el equilibrio de aquella “libertad sin ira” que quiso ser el abrazo final a nuestra guerra civil del siglo XX.

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Un día, cuando los españoles nos demos cuenta de la gran torpeza que nos ha hecho poner al frente de la nación a Sánchez y la falsa nobleza, nos volveremos a abrazar e iniciaremos un nuevo ciclo de hermandad y progreso; avergonzados de esos políticos, seguramente evitaremos otra contienda civil en el siglo XXI.

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